El diario de Jules Renard (1887-1910)

21 Enero 2012

He construido castillos en el aíre tan hermosos que me conformo con las ruinas.

Jules Renard.

El diario de Jules Renard (Ediciones Debolsillo) es una delicia. Transmite todo la fiebre de finales del XIX y principios del XX en un París efervescente, lleno de grandes figuras del arte y la literatura, orientados o desorientados.

El libro nos desnuda la mente de un escritor poco conocido en España, cuya obra, sin embargo, gozó de gran prestigio en su momento y en su contexto, tanto como novelista y escritor, como autor teatral de abundantes éxitos. Amigo de los grandes –Edmond Rostand, Toulouse Lautrec, Sarah Bernhardt-, siempre los miró con un punto de distancia y, en algún caso, de envidia más o menos controlada.

No se corta. Fue su mujer quien se dedicó a cortar después de su muerte quemando centenares de folios, según parece, para evitarnos ciertas concreciones sexuales que, según ella, hubieran enturbiado su recuerdo. El opina, expresa, adjetiva, subraya las paradojas de los comportamientos, de las situaciones que le tocó vivir en ese ambiente de bohemia controlada en la que más o menos estuvo siempre confortablemente instalado. Hombre peculiar, alardea de su fidelidad mantenida a lo largo de toda su vida, pero odiaba a su madre y así lo afirma con claridad, de la que dice que hubiera deseado la muerte en su propio parto. Confiesa no saber si amaba o no a sus hijos, y la amistad, como relación posible entre los humanos, no parece para él más que un juego de distancias e intereses.

Sin embargo, sus reflexiones con respecto a su padre son totalmente diferentes: “Un padre, aunque apenas lo veas, aunque apenas pienses en él, sigue siendo alguien por encima de ti; y es dulce sentir que alguien está por encima, que si es necesario puede protegernos, que es superior a nosotros por edad, sensatez, responsabilidad”.

Mantiene en todas sus páginas un peculiar sentido del humor de un aroma suavemente nihilista: “La palabra más verdadera, la más exacta, la más llena de sentido es la palabra “nada”, afirma.

Existe en toda su obra una voluntad de estilo bastante rigurosa. Le gusta subrayar los contrarios y el choque que entre estos se produce, pero busca la simplicidad y, a la vez, la brillantez para expresar las ideas. Establece una relación aritmética entre las palabras y las ideas. Escribe para expresar este objetivo esta magnífica frase: “las palabras no deben ser más que el traje rigurosamente hecho a medida del pensamiento”. En este sentido, se le ha situado cerca del universo las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, aunque yo no estoy nada seguro de eso.

Habla de sí mismo con cierto descreimiento, nada comparable, sin embargo, al descreimiento que los demás le producen. Dice: “solo hago vida social cuando tengo ganas de aburrirme”.

A veces su espíritu moderadamente de izquierdas se le revelaba como un sarpullido: “Declaro que siento una atracción súbita y apasionada por las barricadas. Declaro que la palabra Justicia es la más bella del lenguaje humano, y que si los hombres ya no la entienden, es para echarse a llorar”.

Al final se aburría de verdad. Intuyó la muerte que le llegaba de puntillas. Escribió entonces esta maravillosa reflexión: “Ya voy abriendo el apetito paseándome por los cementerios”. Murió y comenzó a aplicarse su propia convicción: “los que más saben de la muerte ya están muertos”.


Begginers (2010). Dir: Mike Mills

8 Enero 2012

Una película de amor

Película que reconcilia con el cine. Lo que siempre ocurre: en manos de un inepto, esta historia se hubiera disipado a los quince minutos, o hubiera traspasado los límites de lo coherente y/o aceptable.

Sin embargo, el talento cinematográfico de Mike Mills nos conduce con extrema sabiduría por un denso territorio hecho de sentimientos profundos, de reconstrucciones de paisajes interiores. Un país se transforma, y sus habitantes también. Los cuerpos cambian y los interiores evolucionan, a pesar de la enorme fuerza de la presión social que es siempre conservadora y tiende precisamente a lo contrario: a la esclerosis y a no dejar vivir libremente.

No sería el mismo resultado sin unos actores maravillosos -Ewan McGregor (Oliver), Mélanie Laurent (Anna) y Christopher Plummer (Arthur), que cumplen con extrema perfección su trabajo, encarnan a unos tipos, tan insólitos como reales. Diferentes en su realidad, reales en su diferencia.

De eso va esta conmovedora película, en donde un hijo asiste a la propia muerte de su padre, aceptando con decisión y firmeza sus últimas voluntades, y el padre aceptándole a él, con sus incertidumbres y a sus propios fantasmas interiores.

Película, pues, de amor, de gran calidad de amor.

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El ilusionista (2010). Dir: Sylvain Chomet

7 Enero 2012

Ecos de un pasado reciente

Es una genialidad de principio a fin. A los niños debería educárseles el gusto viendo esta película. A los mayores, especialmente a los que lo perdieron hace tiempo entre escenas muy rápidas en las que no pasa nada, entre efectos absurdos que compiten en cada entrega por su espectacularidad vacía, habría que atarles a la butaca para que la vieran.

Una historia llena de ecos, que explica con argumentos sencillos un mundo que ya no existe. Una belleza de imágenes extraordinaria. Inteligencia cinematográfica. Buen gusto.

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On the road. Kerouac.

2 Enero 2012

Kerouac y Cassady

Kerouac y Cassady

“Me desperté cuando el sol se ponía rojo: y aquel fue el momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía ni quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato que nunca había visto antes, oyendo los siseos del vapor afuera, y el crujir de la vieja madera del hotel, y pisadas en el piso de arriba, y todos los ruidos tristes posibles, y miraba hacia el techo lleno de grietas y auténticamente no supe quién era yo durante unos quince extraños segundos. No estaba asustado; simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal, la vida de un fantasma.”

Son palabras de Sal Paradise, trasunto del propio Jack Kerouac en su novela autobiográfica “On the road” (“En el camino”). El protagonista se busca a sí mismo en un largo y apasionante monólogo interior. Y para hacerlo se precipita en un viaje permanente por Estados Unidos. De la costa Este a la costa Oeste, respirando ambientes, conociendo personas, viviendo situaciones complejas… El alcohol, las drogas, el delirio, la locura, en busca del sentido de la vida. Toda una generación en la búsqueda de sí mismos, desechando la posibilidad de una vida acomodaticia, aceptando sumisamente los valores de la mayoría.

Por eso, Sal confiesa:

“…la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un “¡Ahhh!!”.

Y de entre todos los locos, el más loco de todos: Dean Moriarty, el pseudónimo de Neal Cassady, el que ha terminado convertido en un icono de la  ”beat generation”. Un tipo capaz de tener hijos en varios lugares, y mujeres en distintos puntos del país. Para verlas, debe cruzar desiertos, detenerse en burdeles, conducir horas y horas por inciertas y polvorientas carreteras, hablar, hablar, hablar de una manera desesperada, porque en hablar se le iba la vida, de un modo generoso y, a la vez, egoísta.

La vida se vivía encima de un coche, tal vez huyendo hacia adelante. Huyendo de aquellas fotos, que como Sal confiesa:

“eran las fotos que algún día mirarían asombrados nuestros hijos pensando que sus padres habían vivido unas vidas tranquilas, ordenadas, estables y levantándose por las mañanas a pasear orgullosos por las aceras de la vida, sin imaginarse jamás la locura y el follón de nuestras arrastradas vidas reales, de nuestra auténtica noche, del infierno contenido en ella, de la insensata pesadilla de la carretera. Todo el interior de unas vidas interminables y sin final que es el vacío. Lastimosas formas de ignorancia.”

Kerouac nació en Massachussets el 12 de Marzo de 1922 y murió en Florida el 21 de Octubre del mismo año en que en los bulevares parisinos miles de jóvenes querían interpretar las propias claves de sus vidas. Escribió “On the road” en 1951 y no fue publicado hasta seis años después.

Este libro extraordinario se ha convertido en un manifiesto de todos los que se buscan a sí mismos, y eligen el camino equivocado para hacerlo. ¿Equivocado?

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Los cien libros de mi vida

26 Diciembre 2011

Como estamos en navidad y todo el mundo saca a colación su lista de libros favoritos del año que concluye, me ha parecido el momento oportuno para confeccionar la mía. Pero he decidido que sea la lista de los libros que a lo largo de mi vida me han causado mayor placer.

Algunos son recientes. Otros llevan en la estantería desde hace décadas, y son, por tanto, objetos que me han acompañado en los penosos traslados, que han acumulado el polvo que yo he respirado. (Aclaro que no están en la lista por lo del polvo, sino a pesar de él…)

Unos y otros, los antiguos y los recientes, están aquí porque me acuerdo de sentir placer al leerlos, porque devoraba sus páginas hacia el encuentro de la resolución de sus conflictos, porque me sentí felizmente enseñado, o excitado, o enfadado, o provocado…, porque al leerlos algo en mí se removió y algo continúa removido desde hace días, semanas, meses, años…

No ha sido fácil confeccionar la lista, sobre todo al final. Al final he tenido que tachar y tachar hasta quedarme con los cien. Me dio hasta pena desembarazarme de maravillas, tal vez de libros mejores.

No están todos los que son, pero son todos los que están.

La arboleda perdida. Rafael Alberti.

Paula. Isabel Allende.

Dinero. Martin Amis.

El lazarillo de Tormes. Anónimo.

Trilogía de Nueva York. Paul Auster.

El palacio de la luna. Paul Auster.

El país de las últimas cosas. Paul Auster.

El libro de las ilusiones. Paul Auster.

Invisible. Paul Auster.

La piel de zapa. Honoré de Balzac.

Homero, la Hiliada. Alessandro Baricco.

Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Alessandro Baricco.

La busca. Pío Baroja.

Una novela francesa. Frédéric Beigbeder.

Opiniones de un payaso. Heinrich Böll.

El Aleph. Jorge Luis Borges.

Hilos del tiempo. Peter Brook.

Vida del señor de Molière. Mijail Bulgakov.

Mi último suspiro. Luis Buñuel.

Si una noche de invierno un viajero. Italo Calvino.

El primer hombre. Albert Camus.

Amor y anarquía. Martín Caparrós.

A sangre fría. Truman Capote.

El siglo de las luces. Alejo Carpentier.

Residente privilegiada. María Casares.

El Quijote. Miguel de Cervantes.

Conversaciones. E.M. Cioran.

La Regenta. Leopoldo Alas “Clarín”.

Bajo la mirada de occidente. Joseph Conrad.

Rayuela. Julio Cortázar.

Cuentos. Julio Cortázar.

Memorias de ultratumba. Chateaubriand.

El placer. Gabriele D´Annuncio.

Historia de dos ciudades. Charles Dickens.

El jugador. Fedor Dostoievski

Nietochka Nezvanova. Fedor Dostoievski

El viaje a ninguna parte. Fernando Fernán Gómez.

Madame Bovary. Gustave Flaubert.

La educación sentimental. Gustave Flaubert.

Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.

Werther. Goethe.

Pombo. Ramón Gómez de la Serna.

Señas de identidad. Juan Goytisolo.

Recuento. Luis Goytisolo.

Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway.

El lobo estepario. Hermann Hesse.

Juliet Naked. Nick Hornby.

Fiebre en las gradas. Nick Hornby.

Plataforma. Michel Houellebecq.

El mapa y el territorio. Michel Houellebecq.

La metamorfosis. Franz Kafka.

El castillo. Franz Kafka.

En el camino. Jack Kerouac.

Nada. Carmen Laforet.

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.

Vuelva usted mañana. Mariano José de Larra.

Si esto es un hombre. Primo Levi.

Los novios. Alessandro Manzoni.

La herencia de Eszter. Sándor Marai.

Tan lejos, tan cerca. Adolfo Marsillach.

Tiempo de silencio. Luis Martín Santos.

El manifiesto comunista. Karl Marx.

Nosotros los Rivero. Dolores Medio.

El desorden de tu nombre. Juan José Millás.

Trópico de Cáncer. Henry Miller.

Cuentos. Yukio Mishima.

El horizonte. Patrick Modiano.

Villa trisite. Patrick Modiano.

El peso de la paja. Terenci Moix.

Tokio Blues. Haruki Murakami.

El astillero. Juan Carlos Onetti.

1984. George Orwell.

Los pazos de Ulloa. Emilia Pardo Bazán.

La desheredada. Benito Pérez Galdós.

Notas sobre París. Josep Pla.

Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.

La vida del Buscón. Francisco de Quevedo.

Diario 1887-1910. Jules Renard.

Confesiones. Jean Jacques Rousseau.

Justine. Marqués de Sade.

Buenos días, tristeza. Françoise Sagan.

El jarama. Rafael Sánchez Ferlosio.

El evangelio según Jesucristo. José Saramago.

Todos los nombres. José Saramago.

El gran Gatsby. F. Scott Fitgerald.

El lector. Bernhard Schlink.

El largo viaje. Jorge Semprún.

El filo de la navaja. W. Somerset Maugham.

Soberbia. W. Somerset Maugham.

Rojo y negro. Stendhal.

Parejas, transeúntes. Botho Strauss.

El perfume. Patrick Süskind.

Amado monstruo. Javier Tomeo.

Patio de butacas. Javier Tomeo.

La tía Tula. Miguel de Unamuno.

Sonatas. Ramón del Valle Inclán.

Cuerpos y almas. Maxence Van der Meersch.

Conversación en la catedral. Mario Vargas Llosa.

La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa.

Tratado sobre la tolerancia. Voltaire.



Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Alessandro Baricco.

25 Diciembre 2011

La teoría es fascinante: se han infiltrado en nuestras vidas, en nuestra civilización. Son los bárbaros que nos han tocado a nosotros.

En anteriores ocasiones, los bárbaros entraban, saqueaban, y toda esa destrucción se veía a la luz del día. Es decir, se les veía a ellos en plena faena, montando a caballo, asesinando, destrozando las conquistas y la estabilidad de las comunidades y las culturas que arrasaban furiosamente. Contra ellos se podían construir murallas defensivas, o, al menos, disuasorias, que retardaban el ataque o amortiguaban sus resultados. Nosotros, sin embargo, no tenemos la suerte, o la desgracia, de verlos. Han venido, sí, están aquí, y no los vemos, y sus ataques son mortíferos aunque inicialmente imperceptibles.

Comprobamos sus destrozos. Por ejemplo, en el gusto. En ciertos hábitos de consumo: en los libros, en la música, en los vinos, en la gastronomía, en el cine, que es un territorio en el que se sienten como peces en el agua, incluso en el fútbol. Baricco nos enseña, y nos demuestra, que sentar a los mejores futbolistas, los de más talento, en el banquillo, es un síntoma de la barbarie que preside nuestras vidas.

Los bárbaros desprecian el pasado. Tienen de él en el mejor de los casos un concepto estúpidamente arqueológico, que no distingue épocas ni distancias temporales. El pasado son las ruinas de algo que no comprenden pero que, sin embargo, les parece utilizable como elemento decorativo. El pasado es bueno si es adquirible en un centro comercial. Sin el más mínimo rubor, son capaces de instalarse columnas del Partenon en el jardín de sus chalets horteras. Y de quedarse tan tranquilos sin saber en realidad qué es lo que han puesto al lado de sus enanitos horribles.

Se mueven como los surfistas: por la superficie horizontal y a la mayor velocidad posible. Desprecian la verticalidad, la profundidad y veneran la espectacularidad vacía de contenido. En el fondo sienten una nostalgia difusa de ese pasado que desprecian y se inventan unos productos análogos que ellos han producido, a los que han dado vida sin alma.

Son incapaces de estar mucho tiempo en ningún sitio, y mucho menos de descender por sus raíces. ¿Para qué perder el tiempo en ello habiendo tanta extensión abarcable?. Por eso, se han establecido en Google, campamento de la inmensidad en donde todo está y en donde nada esté en el fondo, y nunca mejor dicho.

Desprecian también la lentitud y el esfuerzo, Y ensalzan la rapidez, lo inmediato y lo que ellos llaman la diferencia, que no es el resultado de un desarrollo o de un proceso, sino de un invento comercial que se distingue con alguna claridad de los anteriores inventos comerciales, pero que no los mejora, ni los supera, ni es su consecuencia, pues no se trata de eso.

Después de la fascinante lectura de “Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación”, de Alessandro Baricco (Editorial Anagrama), he llegado a dos conclusiones. La primera hace referencia al autor. Baricco es uno de los mejores regalos que ha podido hacerme mi librero habitual. Su literatura es diáfana, hermosa, bien construida. A la vez, su pensamiento es clarividente: los síntomas que yo intuía en forma de malestar quedan elevados con sus textos a la categoría de sistemas de pensamientos, de teorías coherentes. Es, como Voltaire, un escritor que escribe filosofía sin menosprecio de su literatura.

La otra conclusión es aterradora: nuestros bárbaros son verdaderamente peligrosos. Están por todas partes. Están aquí mismo. Están dentro de mí.


La piel de zapa. Honoré de Balzac

19 Diciembre 2011

Ilustración de Adrien Moreau

Vivir, sí, ¿pero cómo…?

Balzac publicó en 1831 La Peau de Chagrin (La piel de zapa, Alianza Editorial) por entregas, siguiendo los procedimientos de marketing del momento, y obtuvo un éxito comercial resonante que le confirió al escritor una incipiente notoriedad pública, superando la que ya tenía en exclusiva en ciertos minoritarios ambientes intelectuales parisinos. Sorprende todavía el hecho de este triunfo: no es una novela comercial al uso, ni en su argumento, ni en sus procedimientos, ni en sus significados.

Argumento sencillo, pero complejo al mismo tiempo. El protagonista –Rafael Valentín- atraviesa por periodos de su vida, conoce personas, se enamora de ellas, y enferma gravemente. Todo ello acompañado de un trozo de piel con poderes mágicos: en principio le proporciona cuanto anhela, pero, al mismo tiempo, se reduce cada vez más en función de la intensidad de los deseos.

Los procedimientos están al servicio de la historia: descripciones largas, repletas de adjetivos certeros. Ambientes meticulosamente desmenuzados, estados de ánimo, exclamaciones que provienen del interior atormentado de los personajes. A veces, todo es excesivo, una de las características estilísticas de Balzac, que insiste en explicar y en explicar, que da infinitos rodeos y parece complacido en darlos, aunque sea a costa, como le reprochaba Baudelaire, de hacernos perder el hilo y la perspectiva de unidad general de la obra. Novela, por tanto, de naturaleza dudosa, de complicada clasificación en la que París es más que una ciudad, una caja de sorpresas, un mundo a caballo entre la realidad y la ficción. Precedente, tal vez, de una literatura de ciencia ficción, que conjuga la profundidad de la filosofía con el inteligente entretenimiento.

La significación: el sentido de la vida, ni más ni menos. Los caminos posibles para vivirla: despacio o deprisa, con intensidad, que contiene emociones, pasiones al límite de lo resistible, o sin ella. Es decir, a través de ese discurrir monótono de los días, sucedáneo de la existencia, rutinaria repetición de los mismos gestos, de las mismas costumbres. La eterna dicotomía entre la extensión y la calidad, como términos antinómicos en los que el ser humano suele debatirse y que a día de hoy no parece todavía tener solución. Como dice un personaje de la novela: “Matar los sentimientos para llegar a la vejez o morir joven aceptando el martirio de los sentimientos. Esta es nuestra sentencia”.

Pero ni el argumento, ni los procedimientos ni el significado agotan los valores de esta maravillosa y original creación artística, que nos seduce desde la primera página y nos obliga a reflexionar, que nos desorienta, nos ilumina y nos sumerge en una delectación literaria profunda, inolvidable y enigmática. Goethe dijo de ella que “era un ejemplo de la corrupción de la sociedad francesa”, y todavía se discute si estas palabras representan o no un elogio.

Imágenes de la versión cinematográfica de Alain Berliner.


Repetir

20 Noviembre 2011

Hay algo reconfortante en la repetición de los mismos gestos, de los mismos silencios, en recorrer un mismo itinerario. En un mundo variable es necesario algo que no cambie, algo que parezca vencer al tiempo…

Jean-Claude Carrière


Historia de dos ciudades. Charles Dickens.

18 Noviembre 2011

Hay libros imprescindibles. Son libros que todo el mundo debería leer, que son, además, germen de otros libros. Libros que permanecen en la memoria en forma de sentimiento indeleble. Tal vez algunos puntos argumentales, algunos personajes y situaciones, pueden olvidarse, pero lo esencial permanece en ella, porque nos tocaron algún punto sensible, ya sea en forma de bofetada, de caricia, de golpe brutal o de abrazo amoroso. Jean Claude Carrière ha escrito: “Me resulta fácil reconocer una obra maestra: solo hay que abrirla al azar y siempre nos habla de nosotros”. Eso es.

Uno de esos libros es “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens, publicada en 1859, cuando el escritor era ya un hombre muy famoso, con diez hijos a las espaldas y una situación matrimonial en plena crisis. Londres y París en dos momentos coincidentes en el tiempo y absolutamente diferenciados en el espíritu. La primera, ordenada, aburrida, estratificada socialmente; la segunda, convulsa, brutalmente sumida en un caos organizado que ha invertido el poder de las clases sociales, sumida en el terror de unos y en la ejecución de una venganza por fin materializada.

Visto con el tiempo, la imagen de la revolución francesa que Dickens nos ofrece, pudiera parecernos tendenciosa. Ni Londres era un espejo de virtudes, ni lo que sucedía en París era simplemente el feroz ejercicio de la crueldad humana. Sin duda, la revolución era una consecuencia y supuso la llave de una puerta posteriormente transitada por la libertad y la tolerancia. Pero es lícita esa forma de ver las cosas, es comprensible y hasta justa, como una metáfora sagaz de dos realidades contrapuestas.

Dickes es un sabio narrador. No es difícil descubrir en la lectura una minuciosa planificación que atiende a todo y no deja nada en el aire. Al revés: estamos ante una de cientos de páginas que conforman el mejor de los puzzles literarios posibles. Todo en ellas termina concordando a la perfección. Personajes al principio secundarios adquieren un protagonismo extraordinario al final; aquella situación que apenas quedó dibujada, manifiesta su sentido profundo en el decurso de la trama; lo que no entendíamos en su momento, queda explicado, y de qué modo, después. Armonía, sentido del equilibrio minucioso entre lo pensado para informar, para producir emoción, para causar sorpresa. Hasta lo previsible está contado con procedimientos inesperados.

Por último, recomendar su lectura a quien le guste la literatura de personajes contundentes. Aquí los hay magníficos, sumidos en profundas contradicciones, como Charles Darnay, el aristócrata que renunciará a su linaje poniendo en extremo peligro su propia vida, Alexandre Manette, el doctor encarcelado durante años en La Bastilla por la tiranía monárquica que debe enfrentarse al pueblo revolucionario para salvar la vida de su yerno, o Sydney Carton, un hombre al que su propio y voluntario sacrificio y muerte restituyen finalmente el sentido mismo de la existencia. Personajes, como decía, contradictorios, porque son finalmente hijos de un mundo contradictorio. Si estos son los que tienen un mayor peso en la trama y, en consecuencia, son los mejor dibujados, los demás son la consecuencia de una necesidad que les confiere un rotundo perfil literario.


Para matar el recuerdo. Jean-Claude Carrière.

10 Noviembre 2011

Jean-Claude Carrière nos describe en “Para matar el recuerdo” (Editorial Lumen. Memorias y Biografías) su relación con España. Un francés en nuestro país, fascinado por lo que le gusta de él y por lo que no llega a entender del todo, galardonado recientemente con la Orden de las Artes y las Letras que concede el Ministerio de Cultura.

Tuve la inmensa suerte de conocerle hace cuatro años y las páginas de este libro han sido para mí un ejercicio de recuerdo, justo lo contrario de lo que expresa su propio título. Me invitó a su casa de París, un antiguo y hermoso caserón, que, según me contó, fue burdel a finales del siglo XVIII. Dos enormes y majestuosos gatos se desenvolvían con extrema precisión entre jarrones, muebles y alfombras, que decoraban la vivienda con un gusto sencillo y elegante. Todo en ella era esencial, parecía como que ninguna pieza podía estar en otro sitio más que allí. Similar sensación, por cierto, a la que se siente después de ver un espectáculo de Peter Brook, de quien Carrière es dramaturgo y guionista.

Pero antes, desde “Diario de una camarera”, filmada en 1964, lo fue de Luis Buñuel. De ahí le viene al escritor esta inmensa fascinación por España, porque en gran medida la conoció paseando con el hombre de los ojos tristes y la mirada burlona. Aquellas memorias del cineasta aragonés tituladas “Mon dernier soupir” (Editions Robert Laffont. París. 1982) fueron en realidad un libro escrito por él. Porque ambos formaron un tándem que traspasó con mucho los márgenes de la mera relación profesional e incluso los de la amistad entendida de un modo convencional.

De esa relación, y de la propia personalidad de Luis, se habla en extenso. De sus procedimientos para trabajar juntos, para pensar en películas, para aceptar y desechar ideas, a través de un curioso sistema de vetos que entre ellos se imponían. Si no fuera porque son autores de grandes películas, galardonadas y hoy en día consideradas entre las mejores del pasado siglo, se diría que ambos jugaban y se divertían, participando de un humor común, desbordante, corrosivo, de origen claramente surrealista.

El libro explica también su relación, menos conocida y menos intensa profesionalmente, con José Bergamín, de quien le tradujo al francés en 1971 “El clavo ardiente” y del que dice que “daba siempre la impresión de que se lo podía llevar una ráfaga de viento”.

No hace falta decir que Carrière es un grande de la escritura, tal vez algo oculto por el hecho de ser más conocido por escribir para otros. En este libro afloran resplandecientes su personalidad, su inmensa cultura, sus propios conceptos y creencias, su visión de lo español, su admiración por algunas ciudades -Barcelona, Toledo, Sevilla-, por su gastronomía y su profundo conocimiento por algunos entresijos de su historia, que él ha estudiado a fondo para escribir textos como “La controversia de Valladolid” (1992). Y también sus dudas y su inesperada fragilidad en algunos aspectos de la existencia.

Estando con él en París, y después de contarle mi peripecia para llegar hasta su casa desde el aeropuerto, sorteando un atasco monumental provocado por la lluvia, se quedó pensativo y, después de unos instantes de silenció en el que clavó sus ojos en el jardín a través de la humedad de una gran cristalera, musitó estas palabras: “recuerdo que Buñuel, ya completamente sordo, me dijo que echaba de menos escuchar el sonido de la lluvia”. Eso lo recoge en el libro, y me inclino a pensar que está allí escrito por esos mismos días en que a mí me lo dijo. Me gustaría creer que yo involuntariamente se lo recordé. Lo que no se plasma en él, porque nos es posible hacerlo, es su propia mirada de nostalgia teñida de infinita tristeza ante la realidad inexorable de que su maestro en tantas cosas se muriera demasiado pronto, tan solo un año después de aparecer su autobiografía, y juntos no pudieran terminar tantos proyectos como les hubiera gustado hacer.

Libro hermoso, triste, que destila una moderada melancolía. Un comienzo de despedida, tal vez, sin dramatismos, nada lacrimógeno. Carrière parece en estas páginas sentirse viejo, desmintiendo de este modo su propio aspecto, la rotundidad de su voz, su mirada penetrante, su pragmática, afilada y sutil inteligencia.

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Papillón (1973). Dir: Franklin J. Schaffner

27 Octubre 2011

Dustin Hoffman y Steve Mcqueen

Dustin Hoffman y Steve Mcqueen

Para la gran pantalla

Había un cine de aventuras, en donde primaban la interpretación de los actores y la destreza en el guión (en este caso, Dalton Trumbo, nada menos…), habitualmente realizado a partir de un “Best Seller”, como en este caso. Si el argumento provocaba la empatía, mejor que mejor. Y qué mejor empatía que la que se crea desde la gran pantalla cuando el protagonista se quiere escapar de un sitio en donde está injustamente retenido. Dentro del género de aventuras nace una especie de subgénero, en el mejor sentido de la palabra, en el que la fuga, la evasión o la escapatoria se convierte en un deseo compartido.

No es un cine profundo, pero es un magnífico cine. No se profundiza en las causas políticas, ni en las leyes injustas, ni en la arbitrariedad manifiesta de su aplicación, ni en las secuelas irreversibles que estas situaciones provocan, pero es un cine apasionante, especialmente si hay sabiduría detrás de la cámara. Parece incluso que se evita explícitamente entrar en los territorios del análisis para no perder espectadores por el camino, pero esta castración deseada consigue masificar la propuesta ideológica que inevitablemente encierra: la libertad es tan necesaria como la vida misma.

Papillón es uno de sus ejemplos más relevantes. Hay imágenes que han perdurado en nuestra memoria y forman parte ya de nosotros mismos. Por ejemplo, el reencuentro final entre Papillón (Steve Mcqueen) y Louis Degá (Dustin Hoffman) y su última separación. O esa otra en que el primero se arroja por el acantilado y se aleja por el mar camino de la libertad que al final conseguiría.

Buen cine, bien dirigido en este caso por Franklin J. Schaffner, autor ya en ese momento de “Nicolás y Alejandra” (1971), “Patton” (1970) y “El planeta de los simios” (1968). Un cine ligero de conceptos, comercial, realizado con abundancia de medios, que ya no se hace. Cine seguramente para verlo en el cine, porque la pequeña pantalla de nuestra casa se queda exactamente eso: pequeña.

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El largo viaje, de Jorge Semprún

5 Octubre 2011

Narrar lo inenarrable

El libro narra el viaje que le llevó a Jorge Semprún desde Francia hasta el campo de concentración de Buchenwald, a cinco millas al noroeste de Weimar, construido por los alemanes en 1937, en un vagón de mercancías junto a más de cien personas durante cinco días con sus cinco noches. Condiciones extremas que algunos de sus compañeros no pudieron soportar. Libro traducido a múltiples idiomas, galardonado por ser ya un clásico de la denuncia de unos hechos históricos todavía sorprendentes y todavía cercanos en el tiempo.

Estremece lo que en sus páginas se cuenta. Estremece imaginar el grado de ignominia a la que se pudo llegar en el contexto de la Alemania nazi. Estremece saber, por ejemplo, que los judíos que hacían el mismo viaje en idénticos trenes todavía lo hacían en circunstancias peores, más hacinados, soportando condiciones aún más extremas y con el objetivo final de morir a causa del espantoso trabajo que les era impuesto o quemados en el horno. Estremece saber que hubo momentos de nuestra historia reciente en donde el hombre cometió tales crímenes contra sí mismo y puso a prueba su propia condición humana.

Pero estremece también lo que podríamos llamar “el segundo grado de culpa”: el del cómplice que, sabiendo o intuyendo lo que estaba ocurriendo en su propio país, o lejos de su vivienda, o tan solo a unos metros, nunca reaccionó para intentar evitarlo. El libro es interesante también en este sentido y hay páginas memorables que ilustran esta condición de “segundo grado de culpabilidad”. Por ejemplo las que relatan la visita que Semprún hizo a la vivienda que estaba justo enfrente del campo en donde se exterminaba de un modo sistemático y diario. Desde ella se podía ver perfectamente el humo del crematorio, como una antorcha diaria de la que la familia que confortablemente contemplaba el espectáculo debió de preguntarse su naturaleza. ¿Lo hizo? Claro que lo hizo, pero como cientos de miles de personas, los miembros de ésta prefirieron aceptar el horror conviviendo con él como si tal cosa, sin que perturbara el monótono discurrir de sus días.

Hay un trasfondo de reflexión moral sobre la culpa que subyace todo el libro y que probablemente lo convierte en testimonio imperecedero. La transmisión de la culpa, reflejada en ese niño que arroja piedras contra el tren de presos, con un odio infinito en la mirada, inoculado por sus propios mayores. ¿Qué habrá sido de ese niño que tan pronto aprendió a odiar a su prójimo? ¿Qué fue de quienes inocularon el virus del odio profundo y violento a una persona incapaz de racionalizarlo y tan siquiera de comprenderlo?

El viaje acaba con la dramática muerte del joven a quien Semprún conoce en el vagón y con el que comparte la pesadilla, hablando y hablando, soportando el cansancio terrible, el frío helador, la nausea de los olores, la angustia física y sicológica de la sed y del hambre. Su corazón no resiste las inclemencias del tiempo, del hacinamiento y muere entre los brazos del escritor. En realidad el libro es la crónica de esa muerte anunciada.

Y junto a ello, episodios como el de los niños judíos huyendo inútilmente de los perros furiosos, y rematados en la nieve por los otros perros, esta vez humanos y con pistola. Momentos terribles convertidos en literatura igualmente terrible, a través de un procedimiento que permite al autor la reflexión sobre el antes y el después de lo que nos cuenta, como los detalles de su propia detención a manos de la Gestapo o los de su regreso en un camión hasta Francia. Saltos temporales, asociaciones de ideas y de acontecimientos vividos que se mezclan en la cabeza del narrador y que arrojan luces indirectas sobre el propio hilo vertebrador de la narración. Procedimientos literarios que también empleará después en “La escritura o la vida”, libro sobre este libro. Curioso escritor que escribe libros sobre sus propios libros, tal vez de uno solo, y eso sí, grandioso libro sobre el holocausto.

Estilo Semprún de narrar lo inenarrable para que la memoria del horror perdure para siempre. Para vergüenza de todos y para prevenirnos de nuestros propios excesos.

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La escritura o la vida. Jorge Semprún.

28 Septiembre 2011

Jorge Senprún nos relata en “La escritura o la vida” (Fábula Tusquets) la monstruosa experiencia que vivió en el campo de concentración de Buchenwald cuando apenas había cumplido los veintidós años. Esa experiencia se enmarca y se parece a la de cualquier ciudadano recluido en uno de esos lugares espantosos en donde los alemanes hacinaban en unas condiciones lamentables a quienes habían luchado contra ellos a la luz o en la sombra de la resistencia. Sin embargo, la diferencia estriba en la propia personalidad del prisionero.

Semprún era un joven que en ese momento poseía ya una enorme vocación intelectual, y que se relacionaba a pesar de su juventud con lo más granado de los escritores y poetas franceses del momento. Es la historia, por tanto, de un intelectual encerrado, que solo posee para defenderse las armas de su inteligencia y de su sensibilidad, y que, en efecto, hace utilización de ellas para conseguir el milagro diario de la supervivencia, para ayudar a morir a otros, incluso para escapar metafóricamente de su encierro.

El libro, además, es la crónica de un regreso a un lugar del que en realidad nunca se había marchado. Muchos años después, el preso, como casi todos los demás, seguía escuchando en mitad de la noche las aterradoras voces de sus carceleros, oliendo el inconfundible olor de los hornos crematorios. A esos lugares regresa físicamente más de cuatro décadas después y la casualidad consigue que allí mismo, y en presencia de sus seres queridos, tome conciencia de uno de los aspectos que él desconocía por los que pudo salvar la vida en mitad de aquel dantesco espectáculo.

El texto -un poco novela, un poco crónica de unos hechos históricos, un poco reflexión sobre los propios mecanismos de la creación literaria-, es sencillamente fascinante. Los hechos contados –antes, durante y después del encarcelamiento-, son pocos en número, pero inmensos en profundidad. Hay en ese fondo una reflexión sobre la vida misma, sobre los límites de la existencia, sobre la dignidad humana. El autor utiliza procedimientos literarios que le permiten la digresión y el análisis sin menoscabo del interés argumental y del dramatismo esencial de la situación central que describe. El encierro es la muerte, y nos hay palabras para explicarla. No es posible escribir sobre la muerte, y, para conseguir aproximaciones hay que rodearla con las palabras y acercarnos despacio. Este libro es, en ese sentido, un rodeo para llegar a esa esencialidad deseada.

Eso hace Jorge Semprún en este libro extraordinario: contar una experiencia no ya solo inolvidable, por extrema y terrible, sino que imprime un carácter esencialmente inapelable al resto de cualquier vida vivible y vivida para quien la padeció.

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Dos obras de Voltaire

20 Septiembre 2011

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

“No tratéis de forzar los corazones y todos los                                                                                                      corazones estarán con vosotros”

Voltaire (Tratado sobre la tolerancia)

Leo Las cartas filosóficas y Tratado sobre la tolerancia, de Voltaire, editados por Gredos, con un magnífico estudio introductorio de Martí Domínguez. Regreso muchos años después a unas lecturas en las que me siento relajado, como en casa. Es una sensación más de confort que de convulsión, más de regusto y delectación por las ideas, que de excitación por lo que de provocador puede perdurar a estas alturas en ellas. Recuerdo las propias palabras de François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, cuando decía en otra de sus obras que “los pensamientos de un autor deben entrar en nuestra alma como la luz en nuestros ojos, con placer y sin esfuerzo…” Así me ocurre a mí con los suyos, y constato que dice muchas cosas que yo pienso… Bueno, es una manera torpe de expresar exactamente lo contrario: que lo que leí con suma atención hace tiempo ha calado tan dentro de mí que esas ideas me pertenecen ya, las he hecho mías y casi, casi, olvidé que eran suyas. Curioso este apropiarse de las ideas de los demás, y reconocerlas ajenas al cabo del tiempo. Hay algo de impostura en ese pequeño hurto, que haría feliz, sin embargo, a quien las produjo porque forman parte de un cierto sentido común, dos siglos y medio después.

Experimento también nuevas sensaciones. Me cuesta recordar y entender que Voltaire terminara siendo en vida, y mucho más tras su muerte, un verdadero personaje maléfico para los retrógrados del pensamiento y de la moral. Su imagen destructora y diabólica se impuso al verdadero y sosegado análisis de lo que sus libros verdaderamente decían. Y, por eso, no hizo falta leerlos en su tiempo, o en la España intelectual de Franco, pongamos por caso, para condenarlos o lanzarlos a hogueras reales o simbólicas. Y resulta que es todo lo contrario, y que eso se nota ahora mucho más, porque sus textos suenan a suaves, aunque documentadas y persuasivas, recomendaciones. No aplastan, sino que persuaden y convencen. No escandalizan, espabilan las conciencias.

Me sorprende, porque no lo recordaba así, la tibieza filosófica de Voltaire, que no discute la existencia de Dios, sino que la afirma y sobre ella edifica sus reflexiones. Léase con atención su conmovedora “Oración a Dios”, incluida en su Tratado, que podría suscribir cualquier teólogo actual, cuyos ojos para ver la realidad del mundo no estuvieran completamente cegados por la metafísica. Y desde esa perspectiva, la del cristiano puro y duro, defensor de la Iglesia, de su tradición y de sus principales personajes, eleva el edificio de su defensa de la tolerancia. O dicho de otra manera: es la intolerancia de los cristianos la que precisamente más le duele y la que más reprueba porque le avergüenza que en nombre de unas ideas que él comparte porque las cree inspiradas en la generosidad y el amor, se torture, se excluya, se pueda llegar incluso a matar. “Lo digo con horror, pero con sinceridad; ¡somos nosotros, cristianos, los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! ¿Y de quién? De nuestros hermanos”, afirma. Leer estas dos obras del maestro del siglo XVIII es aceptar la preeminencia, en su opinión, de la fe sobre la razón (donde no llega la segunda entra en juego la primera) y de la razón sobre la ignorancia y la superstición, pero en ese orden.

En sus Cartas filosóficas, publicadas en 1734, destila su admiración por algunos aspectos de la cultura y de la intelectualidad inglesa. Una frase antológica enmarca a la perfección esta admiración: “No sé, empero, quién es más útil a un estado, un señor bien empolvado que sabe precisamente a qué hora el rey se levanta, a qué hora se acuesta, y que se da aires de grandeza haciendo el papel de esclavo en la antecámara de un ministro, o un negociante que enriquece a su país, da desde su despacho órdenes a Surate y al Cairo, y contribuye a la felicidad del mundo”. Es, podíamos decir, una pregunta retórica. Voltaire cree que es más útil el comerciante (inglés), que el parásito de la Corte (francés). En poco tiempo se convirtió un experto en la literatura de ese país que admiraba, y de algunos de sus filósofos y científicos. Admiró también ese proverbial pragmatismo inglés cuyas manifestaciones principales en el orden intelectual aplaude y hubiese querido que los franceses asumieran y cultivaran, sin perder, por otra parte, sus virtudes nacionales. Agudos, aunque discutibles, son los comentarios que le merecen, por ejemplo, las obras de William Shakespeare.

Menos interés, en mi opinión, tienen sus reflexiones sobre los pensamientos de Pascal. Mucho de lo que decían, tanto el uno como el otro, está desfasado, y es consecuencia de las limitaciones y peculiaridades concretas del siglo en que vivieron y de una curiosidad intelectual que ya no es la nuestra. Sin embargo, de este famoso desencuentro filosófico resplandece ese luminoso optimismo, en absoluto fruto de la ingenuidad, sino más bien de la sabiduría, que tanto irrita de Voltaire a sus enemigos, esos que se pasan la vida penalizando la risa y la felicidad. Frente a la tesis pascaliana de que todo va horriblemente mal en el mundo y de que nos precipitamos indefectiblemente en el abismo, Voltaire contrapone la sencilla teoría de que todo es mejorable, en efecto, pero que muchas cosas de las que disponemos, y muchas conquistas que hemos logrado, no son nada baladíes, y que vivir, gracias a ellas, puede ser una bella aventura, a pesar de los pesares.

Tratado sobre la tolerancia, publicado en 1767, es, como se dice en el prólogo, una especie de refugio todavía vigente y seguro al que hay que regresar cuando nuestro ánimo decrece como consecuencia de las acciones brutales e injustas que vemos a diario perpetrar a la mayoría de los gobiernos, incluidos los que presumen de muy democráticos. Confieso que fui hacia él y lo abrí el día en que Estados Unidos asesinó en mi nombre, pero sin mi permiso, a Osama Bin Laden. Voltaire describe un mundo de relaciones posibles en donde todos deberíamos respetar las ideas de los demás y en el que las prácticas de la convivencia y la persuasión deberían prevalecer sobre la opresión, la venganza y la violencia. Posibles en el presente y en el futuro, porque, según afirma, ya fueron posibles en el pasado, aunque los ejemplos que utiliza sean, en algunos casos, discutibles.

Como ejemplo del comportamiento intolerante Voltaire se explaya con detenimiento en el caso del ciudadano Jean Calas y su familia, condenados el 9 de marzo de 1762 por un tribunal en Tolosa, y la intransigencia de sus vecinos, por un crimen que en realidad no cometieron. La historia acaba bien, porque otro tribunal desmintió al primero, ordenando la reparación del desastre cuando ya no tenía remedio, cuando el cabeza de familia había sido ejecutado en condiciones inmensamente crueles. El filósofo hizo suya la causa de esta modesta familia porque entendió que los hechos eran muy clarificadores sobre hasta qué punto la sociedad puede precipitar a sus ciudadanos al horror, linchándolos directamente, o influyendo en la opinión de los tribunales, en nombre de unos principios basados en la superstición y el fanatismo, pero mayoritarios, olvidando que, a veces, por desgracia, la ignominia y la sinrazón es lo que anida mayoritariamente en el corazón de los hombres.


La resistencia. Agnès Humbert.

3 Septiembre 2011

Crónica de un horror compartido

Quise leer un libro y leí otro. Enrique Buenaventura, el director teatral colombiano, hablaba de los “errores fecundos”… A veces, un error se convierte en un acierto, como en este caso.

Quise documentarme sobre un aspecto de la resistencia francesa, y leí “La resistencia”, de Agnès Humbert (RBA). Buscaba documentarme sobre un asunto sucedido durante los primeros días de la ocupación de París por las tropas alemanas y me encuentro entre las manos con un testimonio sobrecogedor: la historia de una mujer culta, que decide desde el primer momento organizarse con otros intelectuales en un grupo resistente, cuando todavía el fenómeno general de la resistencia era solamente un embrión. “Creo que me voy a volver loca si no hago algo para reaccionar… La única solución es agruparnos, una docena de compañeros, no más…”

Pero Agnès es detenida muy pronto y encarcelada en diferentes lugares de Francia y, posteriormente, de Alemania. Sufrió una tortura diaria ignominiosa, enfermó, transformó su cuerpo en otro cuerpo, pero manutuvo firmes de manera admirable la cabeza, las ideas y el ánimo durante los años de que duró su cautiverio, realizando trabajos duros y peligrosos que estuvieron a punto de matarla, o de destrozarla física y sicológicamente. En lugar de limitarse a lamentar su suerte y enumerar un inmenso catálogo de horrores y humillaciones, las páginas del libro contienen perlas de gran calado intelectual, como por ejemplo las ideas que construye en su interior sobre la relación del ser humano con la máquina que él mismo ha creado y termina esclavizándolo, sobre la propia utilidad de la filosofía, sobre el concepto mismo de solidaridad humana.

Esta mezcla de extrema fragilidad y enorme fortaleza fue la que, sin duda, terminó siendo el antídoto contra los horrores que padeció. En este sentido, algunas reflexiones son también conmovedoras, como por ejemplo la que se hizo delante de un escaparate en el que vio reflejada su propia imagen una mañana en la que una fila de presas políticas iba circulando por la calle de una ciudad alemana: “Esta viaja campesina que cojea, calzada con unas botas ridículas, peinada de manera grotesca soy yo…” Pero, enseguida, la firmeza moral que tiene despierta y de pie, interviene: “¡El hombre y la mujer son verdaderamente mezquinos si, para calmarlos –para salvarlos de una humillación hiriente-, basta simplemente con tres pequeños trozos de tela cosidos juntos…!”.

Cuando en 1945 las tropas estadounidenses aparecieron por Wanfrield, la zona en la que estaba su última residencia penitenciaria alemana, Agnès Humbert se convierte de la noche a la mañana en una persona que olvida su enorme cansancio casi de un plumazo y asume responsabilidades entre la población civil, poco antes de regresar a París, a reencontrarse con su amado hijo, con esos libros de su biblioteca que tanto añoró, y con la tumba de su madre, muerta durante su cautiverio.

Testimonio estremecedor. De dos cosas: de la ignominia a la que los seres humanos pueden llegar, invadiendo, violando, sojuzgando ideas y personas. Y testimonio también de la resistencia moral, física intelectual ante eso mismo. Libro optimista, por tanto, dentro de su brutal dramatismo. Autobiografía escrita a partir de textos escritos en su diario del horror y otros que recuerdan con una fidelidad estremecedora lo que padeció un ser humano noble e inteligente. Libro hermoso, bien escrito, con momentos literarios memorables, que termina siendo testimonio de lo que no debió de ser nunca, pero desgraciadamente fue.


Biutiful (2010). Dir: Alejandro González Iñarritu.

27 Agosto 2011

Nazarin en Barcelona

Magnífica. Bardem es un actor sencillamente extraordinario. Alejandro González Iñarritu es ya uno de los grandes.

Historia conmovedora, por posible y bien contada. Una Barcelona fea como marco de la ignominia del día a día, del sobrevivir a duras penas. Un buen corazón, que hace lo que puede en mitad de ese estercolero de personas y cosas. Un Nazarin, tan imposible como el de Buñuel, tan ingenuo, a pesar de su buena voluntad, como la mismísima Viridiana. Personajes que son el resultado del disparate. Los niños, por desgracia, lo serán también, si un milagro no se produce de pronto.

Personajes y actores excelentes. Eduard Fernández está espléndido, pero mi sorpresa ha sido Maricel Alvarez, actriz argentina con experiencia sobre las tablas. Proviene del teatro, y de ahí ese soberbio binomio que forman las emociones y la manera de expresarlas. Conmovedora en la construcción de la desdicha misma.

Una vez más Iñarritu y sus extremos. Iñárritu y esa tensión entre la vida y la muerte que ya le conocíamos de otras películas como 21 gramos. Magnífico también su guión, envolvente, dramatúrgico, minucioso, y, en especial, ese prólogo y ese epílogo que tanto explican y tanto sorprenden.

Una obra de arte. El aroma de Buñuel en un mundo postecnológico.

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Víctima perfecta (2011). Dir: Antti Jokinen

20 Agosto 2011

El espectador es la víctima

Eso lo descubrí a la media hora de comenzar la película cuando las imágenes de Nueva York, en concreto del puente de Brooklyn, la atmósfera inquietante de la casa en donde se desarrollan los hechos principales, y la correcta interpretación de los dos actores protagonistas, Hilary Swank y Jeffrey Dean Morgan, no eran elementos suficientes para mantener el interés. Los guionistas no se estrujaron las meninges. Solo buscaron porqués (traumas infantiles y cosas por el estilo…) a los comportamientos de víctima y verdugo y los dejaron actuar. Para rematar el plomazo, las típicas escenas de persecución, con sangre y golpes sonoros que amplifican la realidad. ¿Para qué este derroche de decibelios en una película que quiere ser realista, al menos un poquito? Ese exceso tiene al menos una virtud: no escuchamos la conversación de los novios de atrás. La escasez de talento, sin embargo, no tiene ninguna ventaja. Más de lo mismo: cine comercial, con pretensiones, prescindible.


Howl (2010). Dir: Rob Stein y Jeffrey Friedman

2 Agosto 2011

Cine de altura intelectual

Excelente película sobre la vida del poeta norteamericano Allen Ginsberg, considerado junto a Jack Kerouac y algunos otros, como uno de los iconos más visibles y reconocidos de la llamada beat generation.

Es una biografía centrada en hechos reales relacionados con la prohibición de su libro Howl (Aullido), especialmente revelador del ideario personal y poético de su autor, y el juicio posterior en el que el juez Clayton W. Horn dictó una sentencia ejemplar que supuso un relanzamiento extraordinario de la libertad de creación artística en los Estados Unidos y en todo el mundo.

La película adopta en su mayor parte el lenguaje documental, pero ilustra los poemas de Ginsberg con unas imágenes de animación realmente extraordinarias. Como su metraje es breve, el conjunto se ve con auténtico interés, en gran medida también por la magnífica interpretación de James Franco y, en general, de la totalidad del reparto.

Se incluyen escenas extraídas de las actas del juicio, que están magníficamente dirigidas, y que suponen una inteligente reflexión sobre lo que es la literatura y el papel que debe cumplir en la sociedad en la que nace. Por ello, todo el conjunto transpira inteligencia, ideas, altura intelectual.

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El triunfo de la razón en tiempos irracionales

29 Julio 2011

Entre unos pocos hicieron una obra colosal. Colosal por las dimensiones, colosal por el significado. La Enciclopedia fue un escalón más en la dirección de la razón y uno menos en la dirección contraria: la de la barbarie, la intransigencia, las dictaduras mentales de las religiones, etc.

Denis Diderot siempre, y Jean le Rond D´Alembert, de otra forma más discontinua, con largos periodos en los que se apartó ostensiblemente de ella, lideraron un proyecto que terminó bien, a pesar de las peripecias, las incomprensiones, las persecuciones enconadas, las traiciones de los propios editores, etc. Se rodearon de magníficos colaboradores, que como Voltaire o Rousseau, escribieron excelentes entradas. Supieron convocar a quienes, como ellos, se imaginaban ya un futuro laico y democrático. Supieron establecer vínculos secretos con sus miles de lectores, burlando muchas veces los rigores y brutalidades del poder. Sirvieron a una causa que excedió con mucho el perímetro de su tiempo, ayudaron a construir la arquitectura mental que hizo que la historia de Francia, y la del mundo, avanzara hacia territorios de libertad.

Leyendo el libro de Philip Blom “Encyclopedie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales” (Editorial Anagrama), que es de una amenidad absoluta, no exenta de rigor intelectual y documental, se hace inevitable reflexionar sobre lo difícil que nos resulta a los seres humanos desembarazarnos de ciertas cargas que nos acompañan pesadamente desde el principio de los tiempos. Siguen ahí, cambian de aspecto, pero su apariencia multiforme es cíclica, pertinaz, agobiante. Los enciclopedistas lucharon contra la comodidad de las fórmulas, exigieron a sus lectores el esfuerzo de la reflexión, implícitamente la lucha contra las supuestas verdades rebeladas.

Lo hicieron con suma habilidad, claudicando en lo anecdótico y no transigiendo en lo sustancial. Para Diderot el viaje no fue cómodo. Encerrado en la cárcel de Vincennes, comprendió en sus carnes la ira de la monarquía francesa. Pero eso no fue lo peor, puesto que al fin y al cabo su periodo carcelario no fue demasiado largo, y en parte del mismo sus condiciones de vida mejoraron ostensiblemente. Lo peor fue la renuncia casi completa a terminar siendo un hombre admirado por sus propios libros, algunos de los cuales fueron rescatados del olvido y de la mugre y publicados a mitad del pasado siglo XX. Esa fue la razón de su ulterior despego personal a una obra magistral, cuando ya no tenía remedio, cuando la enfermedad y la muerte estaban llegando junto con una revolución que, afortunadamente, no fue demasiado injusta con él.

Casi en el anonimato la figura de Jaucourt, la persona que escribió más artículos en la Enciclopedia. Refleja como nadie, tal vez incluso más que Diderot, con quien nunca tuvo una relación afectuosa, el espíritu de la empresa. Trabajó en silencio, a razón de ocho artículos diarios durante muchos años. Puso en peligro su propio patrimonio, pues tuvo que contratar ayudantes a lo que pagó con su propio dinero. Creyó en la Enciclopedia, y de un modo abnegado, artesanal, constante, fue cumpliendo sus objetivos en silencio, sin resaltar demasiado, en una actitud intelectual basada en el esfuerzo, la constancia y el rigor.

Ninguno de los enciclopedistas se hicieron ricos con su trabajo. Su prestigio intelectual estuvo siempre más alto que el volumen de su patrimonio. Es sin duda un sarcasmo de la historia saber que quienes ganaron dinero con esta obra extraordinaria fueron quienes vieron en ella la posibilidad de un negocio y no se entusiasmaron nunca con lo que aquellos artículos expresaban. Acertaron y se hicieron ricos. Hay cosas que, por lo visto, nunca cambian


Noviembre, de Gustave Flaubert

9 Junio 2011

Leo Noviembre, un texto corto que Gustave Flaubert redactó hacia 1841 y que tal vez sea el más importante de su primera etapa como escritor. Desde las cimas de Madame Bovary y La educación sentimental es, sin duda, un texto de menor peso, sin ser nada desdeñable. Además, en él ya aparecen algunas de las características literarias que el autor iría desarrollando y llevando a la excelencia en su obra de madurez.

Me gusta ese aroma de tormenta de verano que despide el relato desde la primera página. Cuenta el hervor juvenil de un joven –él mismo-, al que la vida, la naturaleza y, especialmente, las mujeres, le parecen una epopeya de enormes dimensiones. Describe ambientes, colores, rumores, sonidos de la naturaleza, paisajes interiores, estados de ánimo, sin ahorrar adjetivos, pero eligiendo siempre el mejor y el más preciso. Ya es el orfebre del lenguaje, que no tiene empacho en poner un verbo rotundamente poético en boca de una pobre prostituta que se convierte en el contrapunto amoroso, en clave sensual y, a la vez, desgarradora, de su personaje central.

Atraído por las mujeres, pero apocado ante ellas, se decide a visitar a la joven. La describe minuciosamente, y su lupa de aumento penetra en su corazón para que nos cuente de una forma pormenorizada las razones de su lamentable situación. Surge entre ambos primero el deseo y poco más tarde, el amor, y después la tragedia. Ella desaparece y él la buscará infructuosamente. Su recuerdo febril le acompañará para el resto de su vida, cuyos acontecimientos principales parecen carecer de importancia a la vista de tan exuberante comienzo.

Magnífica construcción interior, que consigue a estas incipientes alturas de su capacidad como escritor, el mejor resultado: atraparnos en su trama y hacernos llegar al final con el corazón sobrecogido por la emoción. Lo que le falta a Flaubert de experiencia es compensado por la intuición y la luminosa brillantez. Y sus lecturas e influencias: por ahí andan los escritores románticos, y, en especial, el Werther de Goethe, de quien extrae el procedimiento de cambiar de narrador casi al final del relato.