Un tranvía llamado deseo

15 Marzo 2010

Somos un resultado, un balance provisional. El filósofo afirmaba que a partir de los cuarenta tenemos la cara que nos merecemos. En cualquier momento de nuestras vidas somos lo que hasta ese momento hemos estado siendo.

El presente es una cara, un cuerpo, una cabeza llena de sueños, ilusiones y proyectos, una cuenta bancaria, una familia, un círculo de amistades… Y también un corazón gastado por las decepciones, las batallas ganadas, y, especialmente, las amargamente perdidas. De ese material que somos nosotros mismos construyen los dramaturgos norteamericanos (Miller, O´Neill, Williams) de los cincuenta sus mejores obras teatrales en donde encontramos personajes también inmensos en situaciones que limitan con su propia resistencia. Y todo ello en un contexto social también muy presente, muy influyente en los interiores de esos personajes, en donde algunos de los componentes especialmente importantes son la inmigración y los conflictos interculturales.

Eso es el teatro de Tennesse Williams, el certero autor teatral nacido en 1911 y muerto en 1983: un choque de trenes, una explosión, con sus momentos anteriores y sus consecuencias posteriores. Hace falta magníficos actores que hagan creíbles esas excursiones a los límites de la realidad. Y siguen haciendo falta magníficos actores para llevar al cine lo que en principio fue concebido para verse sobre un escenario. Por eso, Elia Kazan, que sabía mucho de cine y de teatro y, en concreto, de esta obra que había ya montado en Broadway hacía escasamente tres años, no tiene dudas al asignar nuevamente a Marlon Brando el personaje de Stanley, el rudo inmigrante polaco, y a Viven Leight el de Blanche Dubois en esta versión cinematográfica de “Un tranvía llamado deseo”. A Marlon no le dieron el Oscar, pero a Vivien sí, y con éste ya llevaba dos después de su mítica intervención en “Lo que el viento se llevó”.

Sin embargo Brando está extraordinario. Qué fuerza, qué técnica, qué calculo de energías para un actor de veinticuatro años, con tan poca experiencia a sus espaldas pero con una intuición y una sabiduría intuitiva fuera de o común. Algunos de sus momentos, compartidos con Vivien, o con Kim Hunter (esta sí, Oscar a la Mejor Actriz de reparto), pertenecen ya a los mejores recuerdos del cine: la que Stanley grita desconsolado el nombre de su mujer, la de Stanley desmontando a Blanche su mundo de fantasía, la imagen de Stela clavándole los dedos a su marido en la espalda en un abrazo desgarrado, lleno de pasión y de amor…

Ese cine y ese teatro ya no pertenecen a nuestro tiempo, como tampoco pertenece a nuestro tiempo el teatro de Shakespeare. Lecciones intemporales de talento artístico, de cómo se escribe un guión, de cómo se dosifican los elementos racionales y emotivos de manera exacta para contarnos una historia desgarradora, posible, reconocible, de cómo se da vida a un personaje. Tal vez Nueva Orleáns no sea ya como aquí aparece –convertida en signo de la alegría, la corrupción y el exceso-, pero cualquier lugar en donde los celos, los fantasmas, el deseo y la crueldad forman parte de un mismo cóctel puede ser Nueva Orleáns.

Un decorado de teatro, que no se disimula a sí mismo, puede ser más evocador que todos los efectos especiales de Avatar. Porque en ese decorado nos sería posible situarnos si nos sentimos algo más que meros espectadores de lo que a los demás les ocurre.


Rousseau: Las Confesiones (y 3)

13 Marzo 2010

 

“Nada temo tanto en el mundo como una mujer hermosa”.

                                                        Jean Jacques Rousseau

 

Parece evidente que en la vida de Rousseau las mujeres jugaron un papel confuso, pero esencial. Su vida nació marcada por la muerte de su propia madre al nacer él, y un aroma de búsqueda permanente de la figura materna preside el discurrir de sus días de principio a final. Un episodio, sin embargo, es especialmente revelador: su relación con la señora de Warens, una conversa al protestantismo como él, que le acogió en su casa durante diez años cuando apenas era un joven lleno de complejos y de dudas. La llamaba cariñosamente “mamá”, y siguió llamándola de ese modo hasta cuando empezó a tener relaciones sexuales con ella algún tiempo más tarde. Relaciones, por cierto, que tuvo que compartir después con algunos mozos que cuidaban la casa de su amante, algo que terminó siendo insoportable para él.

 

Fue siempre un seductor nato. Necesitó siempre ser admirado y querido por diferentes tipos de mujer, y fueron las mujeres sus principales valedoras y protectoras. Bertrand Rusell en el libro citado llega a apuntar que la única razón por la que vivió maritalmente durante tantos años con una mujer (y la madre de ésta, a la que odiaba profundamente pero que nunca abandonó a su suerte), era porque necesitaba sentirse claramente superior a ella, inculta e incapaz de leer correctamente el más sencillo de sus textos.

 

 

Algunas mujeres llegaron a obsequiarle con regalos y favores que le proporcionaron en muchos momentos el confort y la intimidad que necesitaba para leer y escribir sus obras literarias. En su etapa parisina frecuentaba los salones cultos regentados por esas dignas continuadoras de “las mujeres sabias” del maestro Molière. Algunas de esas amistades, aunque le causaba cierto fastidio mantenerlas porque su tendencia innata a la soledad le hacían muy complejo mantener una vida social intensa, le iban a resultar, sin embargo, muy útiles posteriormente. Por ejemplo, la Señora de Epinay mandó construir para él una casita llamada Ermitage en sus terrenos en donde él y Theresa llegaron a residir unos años hasta que esa relación se enfrió de manera definitiva y fueron desalojados de allí de una forma bastante abrupta, abriendo un periodo final de su vida en el que los desplazamientos, la inestabilidad y el desarraigo serían definitivamente la norma.

 

La segunda fidelidad de Rousseau fue simepre la música. Puede decirse que esa fue siempre su segunda actividad, tras la literatura y el pensamiento filosófico, y tal vez la vocación más constante y placentera de su vida, aunque también en este ámbito tuviera conflictos diversos y sufriera algún que otro disgusto. Llegó a estrenar composiciones operísticas propias en el Teatro de la Opera de París, obteniendo un más que notable éxito con las mismas, y estuvo trabajando muchos años en un Diccionario de la Música.

 

 

Tuvo relaciones profesionales con músicos distinguidos, entre ellos con el compositor y clavecinista Jean Philippe Rameau, a quien admiraba y no le discutió jamás su magisterio. Además, con la actividad musical se ganó parte de su vida, e incluso de su madurez, como copiador de partituras y libretos.

 

De todo ello se habla en las Confesiones, un libro que, en definitiva, nos presenta en clave autobiográfica la vida de un hombre que, en parte, se engañaba a sí mismo, interpretando a veces de un modo injusto el comportamiento de los demás y no sabiendo ver de manera adecuada la paja en el ojo propio. Finalmente Rousseau, antes de regresar al continente en donde terminaría sus días, tuvo que marcharse a Inglaterra en donde su amigo, el filósofo empirista David Hume, le proporcionó cobijo. El odiaba Inglaterra y no tenía ningún afecto por los ingleses pero los apuros a los que terminó estando sometido le obligaron a aceptar la generosa oferta del autor del Tratado sobre la naturaleza humana.

 

De eso ya no se habla en las Confesiones, ni tampoco, como es natural, de los últimos compases de su atormentada existencia de un hombre lúcido y contradictorio, insomne impenitente, obsesivo hasta la saciedad, hipocondríaco, tendente a la soledad, que vivió siempre instalado en el desasosiego personal, y cuya obra iba a tener una importancia extraordinaria en los siguientes compases de la historia de Francia y de toda Europa.

 

Una obra, que, como su vida, tiene muchas lecturas, y que ha inspirado posteriormente, tal vez de manera abusiva, tanto a algunos de los dictadores que iban a  sembrar la desolación y provocado la conculcación de las libertades, como a algunos ilustres defensores de la igualdad y de la democracia. La contradicción, pues, le siguió acompañando tras su muerte.


Rousseau: Las Confesiones (2)

12 Marzo 2010

 

“Cuando cometemos una mala acción no nos atormenta inmediatamente, sino mucho después, porque su recuerdo no se extingue.”

 

                                                                           Jean Jacques Rousseau

 

Las Confesiones parecen inspiradas en una supuesta insobornable sinceridad consigo mismo y con sus hipotéticos lectores. “El verdadero objeto de mis confesiones es hacer comprender exactamente mi interior en todas las situaciones. He prometido la historia de mi alma; y para escribirla con fidelidad no necesito otros recuerdos”. Sin embargo, esa supuesta sinceridad ha sido puesta en duda por muchos críticos y pensadores posteriormente. Concretamente Bertrand Rusell en su Historia de la Filosofía Occidental dice “que están escritas con gran detalle, pero sin demasiada sujeción a la verdad. Gozaba pintándose como un gran pecador y a veces exageraba en este aspecto”.

 

Son ciertas las dos cosas. La primera es que, a veces, el gran detalle llega a ser retórico, abusivo e innecesario, al menos desde una perspectiva contemporánea. De ahí el tedio que producen ciertos momentos de su biografía que parece frecuentemente estancada en digresiones vanas y en tejer una maraña de excusas por nadie solicitadas.

 

En demasiadas ocasiones también Rousseau se presenta a sí mismo como un hombre cargado de defectos y de taras personales, tanto que nos pone muy pronto en guardia sobre la fiabilidad de sus palabras y del alcance de sus juicios. Afirma: “En mí se juntan dos cosas que son incompatibles, sin que yo mismo pueda comprender el cómo: un temperamento muy ardiente, pasiones vivas, impetuosas, y lentitud en la formación de las ideas”. Este cóctel interior es, en su opinión, el origen de una personalidad y un carácter exageradamente reprobables. Sin embargo hay quien afirma que esta aparente sinceridad es una especie de cortina de humo moral para no reconocer sus verdaderos defectos, que, éstos sí, fueron muy notables.

 

Porque hay comportamientos en su vida absolutamente inexplicables. ¿Cómo es posible que un hombre que escribe el “Emilio”, tan monumental y fundamentada obra sobre la educación, decida no ejercer sus propios conocimientos en el asunto y se desprenda de sus cinco hijos por el mismo orden en que fueron llegando al mundo, entregándolos a la inclusa, sin mayor remordimiento de conciencia? ¿Cómo es posible que con una frialdad absoluta pueda llegar a decir que no sintió jamás el menor atisbo de amor hacia Thérèse le Vasseur, la mujer que se los dio, y con la que compartió su vida desde 1745, a pesar de ser horriblemente fea e ignorante?

 

Estas son solo dos de las incógnitas más sorprendentes en la vida de un hombre peculiar, capaz de expresar las más sublimes emociones, presentar los exacerbados sentimientos propios como lo mejor de sí mismo, y, al mismo tiempo, comportarse con una torpeza moral, que en el mejor de los casos era el disfraz de un egoísmo absolutamente brutal.

 

Difícil es adentrarse, por tanto, en el interior de alguien que parece ensalzar de manera especial virtudes elementales de las que él carece. Con una sensibilidad extrema para algunas cosas (por ejemplo para valorar hasta límites increíbles la belleza del paisaje y de la naturaleza, algo que le hace conectar con la mismísima existencia de Dios), y una indiferencia cruel ante el sufrimiento de algunas personas a las que tenía muy cerca.


Rousseau: Las confesiones (1)

11 Marzo 2010

 

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

“Una desdicha, cualquiera que sea, jamás me turba y me abate, mientras sepa en qué consiste, pero tengo propensión a temer las tinieblas, me asusta y me repugna su lobreguez; lo misterioso me inquieta siempre, es harto contrario a mi carácter abierto hasta la imprudencia. Creo que el aspecto del más horroroso monstruo me asustaría poco; mas si de noche creo ver una figura bajo un lienzo blanco, tengo miedo. He ahí, pues, cómo mi imaginación se inflamaba  con ese prolongado silencio y se empeñaba en forjar fantasmas”

 

                                               Jean Jacques Rousseau

 

 

Durante los últimos días he tenido entre mis manos un libro de más de seiscientas páginas, que he conseguido terminar finalmente. Durante el proceso hubo de todo. Momentos de profundo aburrimiento y otros de auténtico interés y concentración en la lectura. El título: “Las Confesiones”. Autor: Jean Jacques Rousseau.

 

El filósofo, pensador y literato ginebrino, nacido en 1712, desgrana en esta obra los momentos más importantes de su propia existencia, salpicada, sin duda, de desdichas y contratiempos. Muchos de los cuales vinieron como consecuencia de la repercusión pública de sus propios textos, especialmente de “El Contrato social”, que ahora leo, y el “Emilio”, que Fernando Savater considera el libro más influyente que se haya escrito sobre el arte de la educación. Esas obras le valieron una justa fama y un merecido prestigio en los círculos intelectuales más importantes de Europa, pero también la desgracia, en forma de destierro, de viajes intempestivos, huyendo casi al final de su vida de posibles represalias de las autoridades francesas y ginebrinas que le consideraban el infame autor de unos textos que consideraban impíos, subversivos y revolucionarios.

 

Solo por eso Rousseau merece ahora nuestro respeto, dos siglos y medio después de su desaparición física, acaecida en París en la más completa de las miserias y en circunstancias que hacen pensar en el suicidio. Fue un hombre que peleó siempre por conseguir y practicar una saludable independencia en sus juicios y opiniones, intentando que éstas no estuvieran mediatizadas por sus contactos con el poder, en cualquiera de sus múltiples formas, renunciando en más de una ocasión a tratos de favor, estipendios, pensiones, etc., que le hubieran solucionado sus permanentes problemas económicos, fruto en muchos casos de una contradictoria relación con el dinero y que se tradujo en una pésima administración de sus bienes. Ese espíritu de independencia le acarrearía dramáticas consecuencias personales, especialmente dolorosas al final, cuando la enfermedad, la soledad y la decrepitud física y mental se fueron aliando con un evidente síndrome de persecución que le hacía ver más enemigos en la sombra que los que ya tenía a plena luz del día.

 

Entre esos enemigos estaban Diderot y D´Alembert, con los que tuvo en principio una estrecha relación, colaborando en el gigantesco proyecto de la Enciclopedia que ambos llevaban entre manos. Precisamente fue en 1750, yendo a visitar al primero, recluido en el Castillo de Vincennes, a las afueras de París, y cuyo trayecto recorría a pie en bastantes ocasiones, cuando Rousseau se entera de la existencia de una especie de concurso literario convocado por la Academia de Dijon sobre el tema “¿Han traído las artes y las ciencias beneficios a la humanidad?”.

 

Después de pensarlo, decide presentarse al mismo ganando el primer premio y defendiendo la tesis de que no. Es decir, esbozando ya un primer dibujo de lo que sería posteriormente su teoría fundamental, desarrollada en sus principales textos, y, en especial, en El Contrato Social: el perjuicio que las instituciones públicas y la civilización habían causado en los seres humanos que de manera primigenia estaban imbuidos de una bondad natural. Ese primer paso le abrió las puertas del respeto intelectual, y, al mismo tiempo, de la envidia de muchos. Denis Diderot terminaría siendo uno de sus “fantasmas” en la oscuridad, cuyos tentáculos siempre quería ver cuando le acontecía alguna desgracia y que él terminó relacionando hasta con las sórdidas maquinaciones de la madre de su propia compañera.

 

Otro de sus ilustres enemigos en el último tramo de su vida fue Voltaire, y famosas fueron sus querellas con el pensador francés, dieciocho años mayor que él, y a quien en principio admiraba profundamente como él mismo reconoce: “Nada de cuanto escribía Voltaire se nos escapaba. La afición que entonces cobré a estas lecturas me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia y hacer lo posible para imitar el buen colorido de este autor que me tenía prendado”. Sin embargo la vida los fue enfrentando, y Voltaire se opuso frontalmente a su teoría del “buen salvaje” ridiculizándola en algún que otro escrito, algo que le dolió profundamente a Rousseau, especialmente por venir de donde venía. El abismo entre ambos se fue abriendo cada vez más, llevándolos a enfrentarse públicamente por la interpretación de hechos naturales como el terremoto de Lisboa, de 1755, que, en opinión de Voltaire, expresada en uno de sus poemas, desacreditaba bastante la imagen de un dios misericordioso que, sin embargo, permitía la destrucción de una ciudad, y el sufrimiento y la muerte de sus habitantes. Otro enfrentamiento se centró en el asunto de la consideración que los espectáculos públicos merecía a cada uno: favorable para el francés y desfavorable para Rousseau, a pesar de haber estrenado este último un texto propio en la mismísima Comedie Française.

 

 

 

 


Hombre Vertiente

22 Febrero 2010
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Anatomía de un instante

21 Enero 2010

 

“Anatomía de un instante” es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Es sutil, conmovedor, mordaz, dulce, incisivo, desmitificador… Es un libro en el que se nos invita a reflexionar sobre un gesto: el de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado frente a los golpistas del 23F, y, en especial, ante Tejero y los guardias civiles que secuestraron el Congreso de los Diputados aquella tarde noche eterna. Los tres renunciaron a tirarse al suelo y se mantuvieron erguidos entre las balas de los asistentes: ¿qué fue aquello, qué significó verdaderamente aquella actitud de digno enfrentamiento ante la barbarie y los bárbaros?

 

Pero el procedimiento me parece sencillamente asombroso: del gesto a su interpretación simbólica. De su interpretación simbólica al análisis de sus significados más profundos, y de ahí, a la interpretación del golpe que conmocionó nuestras vidas, aportándonos no solo datos, innumerables datos que el autor ha conseguido leyendo y escuchando, sino intuición personal para comprenderlos.

 

Javier Cercas es un novelista que renuncia aquí a escribir una novela, pero que, finalmente, la escribe. Molière simula no hacer la función de teatro que está ensayando, pero fingiendo que no lo hace, la representa. Asistimos en esta crónica del golpe a una catarata de información que no nos pesa, a una traducción de los hechos basada en un estudio concienzudo de los mismos, pero, a la vez, en una potente imaginación que los trasciende, que va mucho más allá de los mismos.

 

En este texto se esboza la personalidad de estos tres hombres con una crudeza que espanta, que entusiasma, que desmitifica, que nos acerca al interior de sus corazones. Es, en este sentido, demoledora, irrefutable.

 

Lo que pudo ser y no fue. Lo que finalmente fue y no pareció que lo era. Los que dieron el golpe y los que estaban detrás. Los que estaban detrás de los que estaban detrás: la placenta del golpe, en palabras de Cercas. Sus beneficiarios últimos, sus instigadores, las diversas variables de golpistas que en esa noche se conjuraron.

 

Cuatrocientas páginas en donde no sobra una coma, a pesar de que los pensamientos a veces se repiten para recordarnos las claves profundas. Libro que se lee de un tirón una vez empezado, porque sus intuiciones nos explican lo que nadie había explicado así y nuestros ojos tienen prisa por conocer toda la verdad, y nada más que la verdad, admitiendo la posibilidad de que ésta no lo sea por completo. A riesgo de no haber sido exactamente así. Oímos las conversaciones que nadie oyó, porque Cercas nos las sugiere, nos las propone, nos las inventa.

 

Este libro es imprescindible para todas las personas que no pudieron dormir aquella noche, o porque querían que triunfara, o porque deseaban su fracaso. También lo es para quienes se mantuvieron en el confort de la duda, porque sacarán conclusiones acerca de su propio cáncer moral. Como algunos de los mejores textos fue escrito por el autor para explicarse a sí mismo otro tipo de cosas más personales y secretas. La historia, a veces, nos cuenta esas otras cosas que no parecen pertenecerle.

 

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Esperanza en Haiti

17 Enero 2010

 

La tragedia de Haiti desencadena reacciones extremas, generosas, conmovedoras y también curiosas en todo el mundo. Las demagógicas son las peores: en concreto las que vienen a expresar que ha tenido que haber una tragedia para que nos acordáramos de ese país caribeño. Claro, como todas las demagogias se sustentan en una base firme y esa afirmación es cierta. Ha tenido que pasar esa gran desgracia para que muchos pongan en algún sitio del mapa la palabra Haiti. La parte falsa es que para muchos de quienes eso nos recuerdan con tan afilado estilete moral, Haiti tampoco existía antes, digan lo que digan ahora. Yo creo que en el fondo es una coartada para no rascarse el bolsillo tampoco en esos momentos en que hasta tres euros son necesarios.

 

Pero lo de Haiti tiene aspectos positivos. El país era ya una miseria y su historia era la de un pueblo que parecía condenado a la desgracia, en gran parte por la culpa de sus propios gobernantes que han propiciado la corrupción y su propio enriquecimiento, y, en parte por la asfixia económica que otros países de la zona ejercían sobre el más débil. Con el terremoto han tocado techo en la destrucción y eso ha provocado una inusitada reacción en particulares, gobiernos, instituciones y autoridades de todo el mundo. Los medios de comunicación se han volcado, y tengo la sensación de que jamás han sido tan útiles como ahora.

 

La reacción de muchos está siendo extraordinaria. Desde los famosos de Hollywood, o los deportistas de elite, hasta los gobiernos de los principales países. Me gusta esa imagen de Obama, Clinton y Busch solicitando la colaboración de la ciudadanía estadounidense. En esa imagen no había signos de estrecho bipartidismo republicano/demócrata sino sentido de la responsabilidad de la nación más poderosa con respecto a otra que prácticamente ha desaparecido. ¿Sería pensable una similar con José Luis Rodríguez Zapatero en medio de José María Aznar y Felipe González? Ojala lo fuera.

 

Tal vez el terremoto sea el principio de una reconstrucción real, sostenible y duradera. Tal vez sirva también para que el capitalismo internacional, que está sufriendo el cáncer de la crisis que sus propios excesos han generado, recapacite sobre la imposibilidad de que un país se desarrolle si no existe una planificación más social, más humana y menos egoísta, que incluye la aplicación de normas estrictas que, al menos, palien sus efectos perversos con los países subdesarrollados y contra el medio ambiente. Tal vez, a estas alturas de la historia, sea de las pocas cosas a las que podemos aspirar con ciertas perspectivas de éxito y, en consecuencia, exigir como ciudadanos.

 

Si ese es el objetivo a medio y largo plazo, a corto no podemos olvidarnos del primero: ¡ayudemos a Haiti!.


Cincuenta años sin Albert Camus

8 Enero 2010

 

En un accidente de automóvil- ese artefacto en el que concentro personalmente buena parte de mis odios- perdió la vida el 4 de Enero de 1960, es decir, hace cincuenta años, Albert Camus. Leo estos días artículos en su memoria, de lo cual me congratulo. Siempre es bueno que se recuerde, y que se lea, claro, la obra de quien nunca quiso tragar con ruedas de molino, ni personales, ni intelectuales. En estos tiempos que corren todavía más.

 

En Orán, cuando estuve en 1999, me escapé de la protección de los que eran mis guardaespaldas para conocer la casa en donde escribió su emblemática novela “La peste”, publicada en 1947. Fue por mi parte un acto de irreflexiva rebeldía que le dediqué a él y que me costó más de un quebradero de cabeza. Estaba yo en Argelia en representación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, y logré llegar hasta ese lugar sin demasiadas dificultades, sin ninguna sensación de peligro. La vuelta fue más difícil. Me perdí por las calles y luego supe que la policía me buscaba por toda la ciudad porque yo era un objetivo muy apetitoso para los integristas locales. Anécdotas aparte, allí pocos lo conocían, algo que, naturalmente, me sorprendió.

 

Más tarde dejó de sorprenderme. Cuando estuve en aquel país se respiraba un clima de desasosiego civil, de permanente amenaza terrorista. Días antes de llegar habían sido asesinados en una carretera interior varios turistas europeos. En esas coyunturas, o se está en contra o se está a favor, sin demasiados matices intermedios, y Albert Camus fue siempre el hombre de los grandes matices, insobornable, comprometido siempre con su propia conciencia. O dicho de otra manera: era y sigue siendo difícil reivindicarlo como un mártir, o como un líder espiritual o político.

 

Hace años leí la muy recomendable biografía que publicara en 1996 el escritor neoyorkino Herbert Lottman, y en esas páginas me emocioné con su relación con María Casares, nuestra eximia y también olvidada actriz española, que tuvo la mala fortuna de morirse al mismo tiempo que Marcelo Mastroniani, con lo que ni siquiera en Francia tuvo demasiado eco su desaparición física. En ese libro aparece con detalle sus encuentros y desencuentros a partir de 1952 con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, su fascinación por las mujeres en general, sus raíces españolas, su vinculación a la resistencia, con la revista “Combat”, etc.

 

Cuando yo era niño una compañía de repertorio trajo a Zaragoza una representación de una de las piezas de Camus. La puesta en escena era sencilla, pero no pobre. A través de ella comprendí lo que era el teatro de ideas, la función movilizadota de las conciencias que el teatro puede llegar a tener. Hace bastante menos tiempo, leí su última e inconclusa obra –“Le premier homme”-, que llevaba en un manuscrito precisamente cuando tuvo ese fatídico accidente y que publicó su hija en 1994. Me conmovió ese pasaje en el que el protagonista habla ante la tumba de un hombre que es su propio padre y describe con hermosas y desgarradoras palabras en qué consiste quedarse huérfano. Me acordé mucho y muy profundamente de ellas cuando algún tiempo después el que conoció el trágico desarraigo de la orfandad fui precisamente yo.

 

Cincuenta años ya y tan presente todavía. Tan presente su reflexión, su lucidez, su amor a la vida, a la humanidad. Tan hermoso lo que dijo sobre el fútbol (para indiferencia o escándalo de a quienes no les gusta…), sobre la voluntad, sobre su propia infancia, sobre su madre analfabeta…

 

Tan joven, tan jodidamente atractivo con su gitanes en los labios, Albert Camus.


La lista de Schindler (1993)

25 Diciembre 2009

 

La bondad es posible

 

Sin duda la película de Spielberg estaría en todas las listas de mejores películas no sólo de la década de los noventa, sino de la historia del cine.

 

Es abrumadora. En extensión, en profundidad, en belleza, en provocadora de desbordados sentimientos. El momento en que Oskar Schindler se despide de los judíos a los que ha salvado la vida, en donde estos le regalan un anillo, es de una extrema capacidad de provocar nuestra respuesta emocional. He visto a llorar a muchas personas, inteligentes y cultas, en ese momento.

 

Pero eso no es todo. Su forma, a caballo entre el documental y la narración, es inapelable en cuanto a la denuncia que lleva implícita sobre el holocausto, la gran tragedia de la humanidad, tan horrenda y tan cercana. Tal vez los detractores de la película tienen razón cuando la acusan de simplificar la figura del protagonista, quienes consideran un oportunista que no tuvo la heroica dimensión que Spielberg le atribuye. ¡Qué más da! Pónganle esta película a cualquier joven de quince años y se vacunará para siempre contra cualquier tentación fascista…

 

Cuando una película aparece ante nuestros ojos revestida de grandeza es porque todos los elementos funcionaron tan bien que la excelencia termina no sorprendiéndonos. Eso ocurre en “Lo que el viento se llevó”, “Ben Hur”, y tantas otras. Como aquí: el guión, la fotografía y, naturalmente, los actores que están sencillamente espléndidos, aunque ninguno, a juicio de la Academia, mereció un Oscar.

 

Dicen que se pasó diez años pensando en cómo la haría, y dicen también que el rodaje casi le cuesta su felicidad conyugal. Al final no fue así, y la señora Spielberg puede sentirse dichosa del talento inconmensurable de su marido, ya sea para contarnos historias de marcianitos que se vuelven humanos o de seres humanos que se olvidan de su condición.

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¿Feliz Navidad?

19 Diciembre 2009

 

Pensaba escribir un post sobre la Navidad, y supongo que eso es lo que estoy haciendo…

 

Me pregunto la razón. Siempre tuve una extraña relación con los periodos festivos: me parecieron desde niño pausas no deseadas o incómodas interrupciones de lo que se considera normalidad o rutina, que para mí es lo mejor de la vida, o, por lo menos, de la mía. Es decir, no me gusta que pare la engrasada máquina de la cotidianeidad con la excusa de que nos tenemos que poner alegres, o románticos, o entrañables.

 

La Navidad me gusta y no me gusta. Los valores que supongo intenta realzar durante unos días son recordatorios de nuestras carencias permanentes. No creo que haya que ponerse tiernamente fraterno una vez al año, y como prueba de ello, además, haya que poner un arbolito iluminado en el balcón, como para avisar a los demás de que ya nos hemos puesto tiernamente fraternos… Por el contrario, creo que hay que ser discretamente fraterno, pero todo el año, no solo unos días.

 

Por tanto, las navidades propiamente dichas deberían durar los trescientos sesenta y cinco días del año. Así, tal vez se evitarían algunas guerras, algunas injusticias, algunas majaderías personales y colectivas. Aunque no creo.

 

Curiosa contradicción: no me gustan las navidades y pido que duren más… No me gustan las navidades y les dedico un cuarto de hora de mi tiempo escribiendo cosas como ésta… No me gustan las navidades y a veces las luces de colores, los villancicos y las uvas me ponen infantil y tierno… No me gustan las navidades y me dedico a felicitar a través de estas líneas, y otras particulares y privadas, a todas las personas por las que siento algo de cariño…

 

¿Felicitarles, porqué? ¿Porque es Navidad, porque se acaba pronto, o porque me apetece felicitarles, sin más?

 

Lo pensaré durante estas navidades.

 

 

 

 


Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?

7 Diciembre 2009

 

 

Se han celebrado ya en España dos presentaciones de “Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?”, que he escrito y que recientemente ha publicado la editorial Arbolé. La primera tuvo lugar el 11 de Noviembre en la Sala de la propia compañía Arbolé, en Zaragoza, y este fin de semana fue en Sevilla, en la Sala La Fundición.

 

A la primera asistieron su hija Elena y la madre de ésta, Carmen Hernández, que fue durante muchos años esposa de Miguel. En la mesa estuvieron presentes Marissa Noya, directora de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, que también prologa el libro, Esteban Villarrocha, editor e impulsor del proyecto, Elena Garrido y yo. En el patio de butacas estaban además, entre otras muchas personas, Rafael García, amigo de la primera etapa alemana, María José Sarrate, alumna de Miguel en Zaragoza, Alfonso Pablo, actor y alumno de Miguel, Arancha Azagra, alumna y en la actualidad profesora de la Escuela, Tomás Fernández, director de Teatro Paraíso, Merche Lorente, antigua actriz de Tarima, y Mariano Anós, Mariano Cariñena, Rafael Campos, y otras personas que han colaborado en la edición, ya sea facilitándome materiales, cartas, fotografías, etc, o escribiendo algún texto para la segunda parte del libro en la que varias personas recogen aspectos puntuales de la vida personal y profesional de Garrido.

 

Fue un acto muy emotivo y entrañable. Junto a las personas citadas se reunieron muchas otras, interesadas por la figura del biografiado, ya sea de manera indirecta, o porque tuvieron relación con él durante los dos periodos en que residió en Zaragoza.

 

En Sevilla la segunda presentación coincidió el pasado día 4 de Diciembre con el estreno de la compañía Síndrome Clown en la Sala La Fundición de uno de sus trabajos coincidiendo con los diez años de su trayectoria. Precisamente Miguel Garrido fue, junto a Práxedes Nieto y Víctor Carretero, cofundador de este proyecto artístico empresarial que ha devenido en una realidad perfectamente asentada en los circuitos de exhibición andaluces y del resto de España. En la mesa, además de Víctor y de Práxedes, nos sentamos Pedro Alvarez-Ossorio, en su triple condición de director de la sala, amigo de Miguel y colaborador del propio libro que hizo una pequeña introducción del acto, y el autor de la edición.

 

Al mismo asistieron, entre otras personas, Juan Bravo Castillo y Juan Muñoz, amigos de la infancia de Miguel, colaborador el primero en el libro, Inma Alcántara, actriz que mantuvo una larga relación personal con él, y actores, compañeros del Instituto del Teatro y amigos, entre los que estaban Jorge Cuadrelli, de la Fundación Viento Sur y Manuel Molina, antiguo actor de Esperpento.

 

La editorial Arbolé ha hecho un notable esfuerzo tanto en la edición de este libro que tiene una extensión de trescientas cincuenta páginas y un gran volumen de fotografías correspondientes a momentos de la vida de Miguel, como de espectáculos en los que él intervino como actor o como director. Ese esfuerzo suple con creces el desinterés de otras instituciones públicas que nacieron en Aragón precisamente para mantener la memoria de las personas más influyentes de nuestro teatro. Como editorial ha corrido íntegramente con los gastos de esta primorosa edición, auque el Ayuntamiento de Zaragoza y el Ministerio de Cultura aportaron diversas ayudas.

 

Se está trabajando en algunas presentaciones más, concretamente en Madrid, Vitoria y Bilbao, lugares estos últimos en los que Miguel dejó constancia de su magisterio y de su bonhomía.

 

 

 


Lo que el viento se llevó (1939)

22 Noviembre 2009

 

Su fama le precede, sí. Tal vez un buen equivalente en España sea nuestro Quijote: su prestigio exime a muchos de tener que leerlo. Y, sin embargo, todo el mundo parece conocer al caballero de la triste figura como si fuera un pariente lejano.

La historia la ha colocado en un lugar del olimpo de nuestros sueños, y con razón. Veamos porqué.

Por los actores. Espléndidos y creíbles, cercanos y lejanos, al mismo tiempo. La metamorfosis que se produce en el personaje de Vivien Leigh es extraordinaria, y podemos perdonar el escaso esfuerzo que desde la producción se tuvo con el rigor del paso de los años. El cambio, que apenas se aprecia en la piel de su rostro, se manifiesta sobre todo en sus procedimientos interpretativos. Y junto a ella un Clark Gable justito, una Olivia de Havilland deliciosa en su papel de Mamy, etc.

Por el guión, que escribió Sydney Howard a partir de la novela de Margaret Michell, que ya era un auténtico best seller cuando se compraron sus derechos para llevarla a las pantallas. Ese origen literario le confiere un poso extraordinario a todo el conjunto, ayuda a trazar esos personajes y atrapa al espectador por la rotundidad y el interés de su argumento. Lejos de ser un problema, su extensión es un activo importante para ir atrapándonos provocando en nosotros calculados efectos de empatía.

Por la fotografía, los encuadres, el tratamiento de la puesta en escena, que a mí me parecen memorables. Claroscuros, contraluces, siluetas ante el atardecer, paisajes desolados, pictóricos, hermosos. El contexto perfecto para contarnos una historia de pasiones arrebatadas, de conflictos extremos.

Por la dirección. ¿Quién dirigió esta película? Se dice que cinco fueron los directores que metieron su mano en la película, que algunos desaparecieron por la puerta de atrás, y que unos cuantos más participaron de manera auxiliar filmando escenas secundarias, a lo largo de un proceso que duró más de cuatro meses y en donde se quemaron los decorados de King Kong para simular el pavoroso incendio de Atlanta.

Es el cine que nos hace soñar, que nos arrebata. Nos habla de un mundo anterior cuyos valores se han perdido por el camino. Tal vez ese mundo no existió jamás, ni esos valores. Sabemos que esa armonía entre blancos y negros que se apunta es pura falacia, encubridora de otras realidades más crueles e injustas. Pero ese es otro tema. Porque es un cine al que no hay que pedirle rigor histórico, ni capacidad para analizar los procesos de la historia, sino agradecerle su eterna capacidad para evocar sentimientos y conseguir emocionarnos con ellos.

 

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La última tentación de Cristo (1988)

3 Noviembre 2009

Siempre se ha dicho que hay películas que mejoran con el tiempo. Esta es una de ellas. Y el tiempo también relativiza las polémicas, pone en su sitio, en este caso, el desconcierto indignado de a quienes les pereció que hablar de Jesucristo en términos de ser humano era una falta de respeto, una horrorosa blasfemia, una provocación. ¿Dónde quedaron aquellas manifestaciones airadas en las puertas de algunos cines de Estados Unidos, o el rasgarse las vestiduras de monjas y curas de todo el mundo?

Veo la película con atención y no encuentro nada irrespetuoso.

Por el contrario, yo, que no creo en absoluto en su divinidad, ni en la de nadie, valoro la creación del personaje de Cristo desde esos parámetros. Hasta el momento del estreno de esta película a finales de los ochenta, y con muy escasas excepciones, su figura pertenecía a los esquemas creativos de Disney: un héroe perfecto, como Bamby, sin contradicciones, ni sufrimiento interior. Le salen las cosas bien porque nació para que les salieran las cosas bien… La lectura que hace Scorsese, procedente de la novela de Nikos Kazantzakis, y el resultado interpretativo de Willem Dafoe, nos presenta un ser humano doliente, temeroso, incluso cobarde, que hasta el último momento se pelea consigo mismo para conseguir hacer con un esfuerzo desgarrador la misión que le ha sido encomendada. Y digo yo: si no hubiera sido con ese gran esfuerzo, ¿qué valor ejemplificante hubiera tenido esa misma misión?

Creo recordar que lo que causó especial revuelo fueron las escenas eróticas… Vaya estupidez. Después de presentar a Cristo en la cruz como uno de los personajes masculinos con más carga sexual de la historia de la pintura y de la imagen, provocador permanente de turbaciones adolescentes, y no solo adolescentes, verlo fugazmente manteniendo una relación física imaginada con María Magdalena les pareció inadmisible. Si Cristo era hombre -¿lo era, no?-, y siguiendo la línea expositiva, su propio sexo en relación al de los demás debería al menos provocarle una cierta inquietud. El decide tirar por el camino de la castidad, con dificultades para conseguirlo, naturalmente. Solo faltaba eso.

Pamplinas, que afortunadamente se las llevó el tiempo. Inteligencia cinematográfica, rigor artístico, profundidad ideológica. Imágenes perfectas, contenidas y eficaces, sin truculencia especial, sin los chorros de sangre de colorines de la versión que años más tarde haría Mel Gibson. Y colaboraciones de lujo: magnífico el trabajo del gran Harvey Keitel, excelente aparición de David Bowie en su pequeño papel de Pilatos. Eficacísima la concepción musical de Peter Gabriel. Todo rezuma excelencia al servicio de una idea. Película imprescindible entonces e imprescindible todavía.

 

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Marlon Brando

16 Octubre 2009

 

 

Su manera de actuar revolucionó el propio cine. Llevó como ningún otro “la verdad” a la pantalla, después de recibir una intensa formación en el Actor´s Studio de Nueva York de manos del propio Lee Strasberg, fundador y maestro de una generación de profesionales.

 

Como actor tuvo dos grandes momentos. En el primero era un hombre joven y hermoso, con toda la vida por delante y una energía que a veces se desbordaba. En ese hizo creaciones antológicas, como la de “Un tranvía llamado deseo” (1951), Julio César (1953), y “La ley del silencio” (1954), a las órdenes de Elia Kazan y Joseph L. Mankiewicz. Tras largos periodos de desaparición o en películas de un tono menor, lo volvemos a encontrar esplendoroso en “El Padrino” y en “El último tango en París”, (ambas de 1972). En todas ellas nos transmite ese misterio de la indiscutible genialidad interpretativa, un resultado entre coherencia, imprevisibilidad y economía.

 

Pero cuando le otorgaron el Oscar por su participación en la película de Francis Ford Coppola por su creación inolvidable de Vito Corleone, en su lugar mandó a una mujer india, despreciando así el mismo premio, a quienes se lo daban y a todo el tinglado de la industria cinematográfica. El ya estaba ya en otro sitio.

 

Brando descreyó de sí mismo, de su propia capacidad artística y de la importancia del cine y el teatro para cambiar el mundo. Empezaron a interesarle otras cosas que él consideró más auténticas, como por ejemplo la denuncia del genocidio de los indios en su propio país lo que le llevó a avergonzarse de su condición de ciudadano estadounidense. Durante unos años no hubo protesta social en la que el actor no se involucrara con los consiguientes problemas. Por último, su vida personal se ennegreció. Su querida hija Cheyenne se suicidó, y su hijo, alcohólico, fue acusado del asesinato del novio de ésta.

 

Entonces Marlon Brando se aísla, desarrolla un sentido escéptico de la existencia, y se aparta de Hollywood, industria a la que considera cómplice del genocidio, y, en cualquier caso, propagandista y beneficiaria máxima del mismo.

 

Acabo de leer un libro en el que todo esto aparece con una gran claridad, no exenta de sentido del humor: “Yo confieso. Brando al desnudo”, que escribió el periodista Lawrence Grobel, y que ahora se publica en España. Un libro con insuficiencias, pero muy interesante y útil para adentrarnos en la persona que fue Marlon Brando.

 

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Si la cosa funciona (2009)

6 Octubre 2009

 

Obligatoria para fundamentalistas

 

Lo que funciona en esta película es su aparente sencillez. Aparente: porque,  ¿no me digan que no es complejo juntar de esta manera los mundos de unos personajes que, una vez se conocen por casualidad, cambian sus vidas y sus personalidades dan un giro de 180 grados?

 

Esa sencillez es la consecuencia del inmenso talento, la experiencia y el oficio de uno de los artistas más preclaros que ha dado el siglo XX y que hace que a sus 74 años no solo lo conserve sino que lo demuestre de este modo.

 

Sabe dirigir actores como nadie. Todos están magníficos: sus personajes les entran como guantes y ellos no desaprovechan esta oportunidad. Pero Evan Rachel Word merece una mención aparte porque, aunque había dado muestras de gran solidez interpretativa y de una precocidad magnífica, hace aquí el papel de su vida. Hará otros después –sus 22 años se lo permitirán con creces-, pero jamás olvidará esta lección interpretativa que Woody Allen le ha dado de manera generosa, un director que a lo largo de su carrera se ha distinguido por su exquisita manera de dirigir actrices y enamorarse de algunas de ellas.

 

Allen y su equipo han construido una pequeña maravilla, rebosante de sentido del humor, de inteligente autocrítica, de lucidez filosófica. Desde el guión, obra del director, hasta la dirección artística de Santo Loquasto, fiel entre los fieles, que es, en mi opinión, una de las herramientas de su éxito.

 

Y, por encima de todo, ahí está el mensaje diáfano: que cada cual haga lo que tenga que hacer y esté con quien quiera estar para ser feliz, a pesar de profetas, parlanchines, políticos, consejeros, hechiceros, sacerdotes y el vecino del tercero, un pedazo de cabrón sin vida propia, empeñado en que nosotros tampoco disfrutemos de la nuestra.

 

Los fundamentalistas de cualquier signo deberían realizar una cura de desintoxicación viendo varias veces esta magnífica película.

 

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El secreto de sus ojos (2009)

5 Octubre 2009

 

¡Qué pena haberla visto ya…!

 

Pocas veces se tiene una sensación de plenitud cuando se sale de una sala de cine. Cuando eso ocurre es sencillamente magnífico. En “El secreto de sus ojos” se obtiene esa sensación. En la que yo estuve, al final el público parecía pegado a las butacas. Nadie se quería ir mientras pasaban lentamente lo créditos. Cada cual reflexionaba sobre lo que había visto. Alguno establecía paralelismos con algún aspecto de su vida. Cine, pues, que habla de lo que nos pasa, como quería Lorca que hiciera su mejor teatro.

 

El guión es sutil hasta lo indecible y sirve para hacer fácilmente comprensible una historia, sin embargo, compleja, en donde el pasado y el presente se entrecruzan, y los personajes rinden cuentas ante ellos mismos y los demás. La dirección de Juan José Campanella es briosa e inteligente, como no podía ser de otra forma. Los actores están sublimes, sencillamente sublimes. Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella… Ni una fisura pues, todo encaja a la perfección.

 

Poco más habría que decir. Solo ir a verla. Qué pena haberla visto ya…

 

Pasan los minutos y uno se deleita con los sorbos de la obra maestra, a caballo entre cine de poso romántico y trhiller de investigación policial. Aparece en todo momento una Argentina cotidiana y entrañable en sus excesos, siniestra en su lado oscuro, ese en el que se crían los dictadores, los represores y sus secuaces de medio pelo. Pero también está la otra: la justiciera, la poética, la de las personas que leyeron a Borges a tiempo y se empaparon de su profunda y cercana complejidad. Ahí están sus cafés, sus canchas de fútbol, sus calles enamoradas de un eterno Gardel que no aparece, pero que siempre está poniendo la banda sonora de sus vidas.

 

No se habla de política, pero la política está. Con sus enredos siniestros, con sus tramas corruptas. Al estar todo eso, es normal que se produzcan desgarradas historias como en donde todo el mundo acomoda sus recuerdos a través de la venganza o del perdón, pero nunca del olvido.

 

En este cine no hay trucos, ni efectos especiales, ni persecuciones por las calles, ni más sangre que la que circula por las venas de unos personajes que desean ser felices.

 

Aquí hay historias, personajes y recuerdos. Un cine de seres humanos hecho para seres humanos.

 

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Malditos bastardos (2009)

3 Octubre 2009

 

Cine nazi consumido por progres

 

Supongo que reprobamos unánimemente el comportamiento de los soldados nazis por el hecho de que no sabían distinguir entre el bien y el mal en su actitud hacia los judíos en particular, y las poblaciones en las que entraban, torturando, saqueando, violando, matando y vejando a cuantos se encontraban por delante. Creo que todo eso, más que la ideología de su jefe o la de ellos mismos, es lo que la historia ha terminado censurando. En cualquier constitución de cualquier país mínimamente democrático hay una condena taxativa de todas estas prácticas ignominiosas. Pues bien, Tarantino vuelve a proponernos una obra cinematográfica en la que el exceso visual y el culto a la violencia son la fuente principal de inspiración.

 

En ellas, el ser humano es una marioneta. Su vida, una realidad sin valor. Su sangre, un bello color esparcido por el suelo.

 

Me cuesta entender cómo una sala cinematográfica, integrada por espectadores que no me parecen especialmente incultos y proclives a la violencia, se muere de risa con una banda de “malditos bastardos”, asesinan sin piedad, le cortan el cuero cabelludo y torturan salvajemente a unos soldados nazis a los que han hecho prisioneros. Es decir, que hacen exactamente lo mismo que lo que nosotros ahora les acusamos de hacer.

 

De nada me vale que Tarantino sepa hacer cine, que construya bien las escenas, que dirija bien a los actores, que haya creado un lenguaje reconocible en cuanto a sus procedimientos, que sea eficaz e incluso atractivo. Hay algo que me chirría desde siempre: su amoralidad. Esta película, con la perfecta excusa de que se mofa de los nazis y conecta así con una especie de inconsciente colectivo, se erige como un manifiesto de la crueldad, la desproporción y la ausencia de valores humanistas y democráticos en los que las palabras respeto vida y dignidad significan algo importante.


El Mercader de Venecia de Michael Radford y Al Pacino (2004)

24 Septiembre 2009

Caminos que conducen a Shakespeare

 

En el DVD auxiliar que acompaña a la película Al Pacino expresa con enorme claridad la virtud que posee esta versión cinematográfica del texto homónimo de Shakespere, escrito entre 1594 y 1597: ha interiorizado en los personajes, y él, en particular, en la línea de su magnífico “Looking for Richard” de 1996, ha buceado en las profundidades de un personaje complejo obteniendo un resultado magnífico.

 

En esta versión de Michael Radford, el Shilock de Pacino es un hombre torturado, deprimido, que atraviesa un periodo infame en su vida tras la muerte de su esposa, y que, por eso, ahora le cuesta aceptar las humillaciones que en otros momentos aceptaba con más resignación, e incluso con indiferencia. Sabido es que los judíos tenían permiso para realizar negocios, y que, al mismo tiempo, eran despreciados por ello. Ese poso de amargura es lo que le lleva a solicitar el pago de una deuda contraída con un cristiano hasta las últimas consecuencias.

 

En ese mismo material auxiliar, Jeremy Irons, que también está soberbio, dice que el director ha conseguido un trabajo excelente también como consecuencia de que conoce por experiencia el mundo del cine documental. Ahí está, en mi opinión, la clave de esta magnífica película: es cine brillante, de imágenes hermosas que no se recrean en exceso en su propia contundencia, y, al mismo tiempo, informa y conmueve. Está, pues, en un punto en el que se cruzan varios caminos, varios lenguajes artísticos al servicio de una historia inmortal.

 

El trabajo actoral es también perfecto: contenido, expresivo, ajustado a los patrones impuestos por el director, supongo que consensuados con Al Pacino con quien el director habló el primero. Josep Fiennes vuelve a demostrar un talento especial para recrear el mundo isabelino (ya lo hizo precisamente encarnando al propio dramaturgo en “Shakespeare in Love”, de 1998), y Lyn Collins (a quien acabamos de ver en “Lobezno”) maravilla también con su personaje de Porcia, que, como ella misma dice, deambula entre la ingenuidad y la astucia y se convierte en la heroína de un autor bastante aficionado a crear personajes femeninos de gran dureza o gran fragilidad.

 

Esta película debería verse en colegios, en escuelas teatrales y cinematográficas. Es fiel a lo esencial del texto original, pero no desprecia la tecnología que el cine ahora le ofrece. Recrea admirablemente el mundo veneciano del siglo XVI y, al mismo tiempo, no es historicista en el rancio sentido de la palabra. Mantiene el discurso y la intención del autor, y, al mismo tiempo, todo lo que ocurre interesa al espectador desde una perspectiva contemporánea.

 

No elude el escollo que a Al Pacino le hizo desechar tantas veces el personaje central: el supuesto antisemitismo. El judío es presentado como un fundamentalista, sí, pero entendemos las razones por las que lo es, sin hacernos pensar que ese sea el único fundamentalismo posible. Desgraciadamente hay bastantes más donde elegir.

 

Imprescindible.

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Jaime

21 Septiembre 2009

Jaime, Antonio, Pilar y yo en la terraza de aquella casa inefable

 

 

Hay personas que “están ahí”. Pasa el tiempo y siguen “estando ahí”. Ni el tiempo ni la distancia erosionan una relación que va mucho más lejos, o es más profunda, que lo que viene a llamarse convencionalmente amistad.

 

Lo he escrito muchas veces: me siento afortunado porque tengo amigos a los que quiero de verdad, y sé que su sentimiento hacia mí es recíproco. En puridad, no hay nada mejor en la vida.

 

El listado se ha incrementado notablemente en los últimos años. Mi último trabajo arrojó a la orilla de mi vida una cantidad nada desdeñable de náufragos de parecidos barcos a los que ya querré también siempre.

 

De entre mis amigos hay uno que destaca por su inteligencia, su sentido del humor y su bonhomía: Jaime. Compartí con él unos años magníficos. Conecté con su manera de ser, nos lo pasamos bomba, por ejemplo, en un alucinante viaje a Barcelona, asistí al momento en que se declaró medio objetor de conciencia, compartimos noches de risas y felicidad, y una sensación común de haber sido unos antifranquistas rarísimos, que le sacamos la gracia a lo que no la tenía en absoluto. La transición fue para ambos una especie de sainete tragicómico y divertido, aunque, al msimo tiempo, nos la tomamos muy en serio.

 

Tenemos recuerdos, asociados también a otros amigos comunes: Javier, Alvarito, Antonio, Carmen… Después las circunstancias nos separaron y él imparte clase de dibujo en un instituto de Galicia.

 

No es pesado, no agobia, no pide nada. No aparece nunca, pero está siempre en mi corazón. La vida nos separa, pero nuestro cariño nos mantiene eternamente juntos. Pasamos periodos –largos períodos-, sin vernos, sin hablarnos por teléfono, sin saber nada el uno del otro. Es igual: sus silencios los interpreto a veces como que en lugar de echarme una bronca por algo, desaparece para no echármela.

 

Se alegra de lo bueno que me pasa, se entristece con lo malo, y se preocupa ante mis errores. No hace falta que me lo diga. De hecho, como digo, no me lo dice.

 

Repito: está ahí. Y a mí me gustaría que él sintiera mi presencia/ausencia con la misma intensidad.


El Othello de Stuart Burge (1965)

13 Septiembre 2009

Lo mejor: Shakespeare

 

Hay algo que no funciona en esta película. Tal vez esta sensación sea el resultado de dos aspectos innegables: estamos ante una manifestación evidente de teatro filmado. Si la comparamos con la versión que hizo Olivier Parker, con Kenneth Branagh en 1995, o la de Orson Welles en 1952, en las que asistíamos a magníficos “empates” de lenguajes artísticos, ésta es de Stuart Burge de 1965 nos puede parecer demasiado literal, demasiado supeditada al texto de Shakespeare, a su exacta ordenación dramatúrgica.

 

El segundo aspecto constituye, a la vez, su mejor virtud y su mayor defecto: Laurence Olivier es el factor dominante, y todo parece hecho para su lucimiento personal. Como es lógico, no cuestiono la excepcionales cualidades de este emblemático actor, experto en encarnar personajes shakesperianos en ambos lugares, sino que con el paso del tiempo, este tipo de “tour de forces” interpretativos, y de esta manera, se han quedado algo anticuados.

 

Olivier está excesivo, gesticulador, histriónico, en algunos momentos. Es un genio indiscutible, que se sabe genio indiscutible.

 

Lo mejor de la película para mí no son sus valores cinematográficos, sino sus resplandecientes valores teatrales: sus situaciones, su olor a decorado viejo, el color oscuro de la piel del actor blanco. Teatro filmado, pues, y, como tal, un documento excepcional, hecho desde el respeto, la sabiduría, el rigor de los profesionales del National Theatre de Londres, el lugar donde está depositado el tesoro de la memoria del poeta y dramaturgo inglés por excelencia.

 

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