La vergüenza (1968). Ingmar Bergman.

1 Septiembre 2010

Bombardeos interiores

 

Cuando Bergman rueda “Vergüenza” el mundo es un clamor pacifista. La guerra de Vietnam era el punto de reflexión de millones de personas que, como nunca antes, se habían planteado la inmoralidad de esa guerra en concreto, y de todas las guerras en general. Esta película está llena de implícitos, y éste no es el menos importante.

 

Como es su costumbre, Bergman disecciona comportamientos, bucea en el interior de las conciencias. En este caso se nos plantea este tema recurrente en toda su obra, pero esta vez en el contexto de una guerra. La guerra no solo mata los cuerpos, parece decirnos, sino cualquier vestigio de nobleza. Lo peor de nosotros mismos asoma y se hace evidente: observable para los demás. Las relaciones humanas se convierten automáticamente en un sálvese quien pueda, y donde hubo amor se instala el feroz egoísmo.

 

Otro implícito: la propia dirección de Bergman. Como ya lo conocemos, sabemos de qué nos habla y buscamos significados con enorme placer, por cierto. Si no lo conociéramos, la película tal vez se nos haría demasiada densa, e incluso aburrida, a pesar de la soberbia interpretación de Liv Ullman, para la que ya no hay adjetivos, de Max von Sydow y del resto de los actores. Las hermosas imágenes en blanco y negro subrayan un ritmo a veces exasperantemente lento.

Una guerra no son solo los bombardeos exteriores.

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El hombre elefante (1980). Dir: David Lynch.

30 Agosto 2010

Sufrimiento y soledad

 

A mucha gente le colma de felicidad ver una película basada en “hechos reales”. Por eso los productores suelen ponerlo en su publicidad como un reclamo seguro. A mí me parece más valioso, en general, ponderar la habilidad y el oficio de los guionistas, que concederle medallas a la naturaleza o simplemente a la casualidad. Desde ese punto de vista me gustan mucho más las historias inventadas y que no tienen complejo de inferioridad de serlo, porque son fruto del esfuerzo de la inteligencia.

 

Dicho esto, reconozco que me he quedado estupefacto viendo las fotografías de John Merrick, un desgraciado que se pasó la vida sufriendo por una enfermedad que le sobrevino al poco tiempo de nacer y le convirtió en un verdadero desastre humano. Esas fotos se parecen extraordinariamente a la caracterización que padeció John Hurt en esta película.

 

Confieso que verlas me ha cambiado un poco la percepción que tenía de ella desde la primera vez que la vi. Me pareció siempre un producto del género ternurista, pensado sobre para sobresaltar las conciencias más débiles, para dar pena, para conectar con las profundidades más vulnerables del gran público.
De ese prejuicio mantenido a lo largo del tiempo, me queda todavía un rechazo de esos malos de opereta que esclavizan al desgraciado y lo convierten en un negocio de tres al cuarto… Y de esos buenos, buenísimos, que, por el contrario, le ayudaron desinteresadamente, vieron muy pronto los extraordinarios valores y el refinamiento natural de ese mismo desgraciado. Cómo si los científicos fueran señores desprendidos y maravillosos que no se benefician en absoluto de sus pacientes…

Pues bien, si prescindo de ese maniqueísmo, me queda una película que, aunque sobrevalorada, es correcta, bien concebida y realizada, que trata sobre el dolor y la soledad, la intransigencia hacia el diferente, y, en especial, contra la fealdad, en un mundo –el nuestro- en el que hay que ser guapos y llevar una buena dieta alimenticia para estarlo.

 

Lo que debió de sufrir John Merrick en sus escasos veintisiete años de vida. Lo que tuvo que sufrir John Hurt detrás de su máscara, haciendo tal vez el personaje más importante de su carrera por el que nunca, sin embargo, será reconocido, literalmente reconocido, quiero decir. Un eficaz Anthony Hopkins y un hierático (como de costumbre) John Gielgud le añaden calidad a un buen reparto.
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Boston Legal

30 Agosto 2010

 

Televisión de ideas

Sería una serie de abogados de las muchas que hay en las televisiones si no fuera por estas características que la hacen sencillamente inigualable:
-Los casos que estos abogados atienden parecen salidos de un pozo literario inspirado en lo más extremo de Kafka y de Ionesco: son absurdos, increíbles, inverosímiles. Cada uno supera al anterior en imaginación, en disparatado, en atrevido. Aquí son los guionistas los que merecen un premio.

-En ese bufete ocurren las cosas más inverosímiles, que terminan pareciéndonos verosímiles. El absurdo termina pareciéndonos normal. Aquí los directores tienen gran responsabilidad.

-Los abogados tienen unas peculiaridades personales que les hacen estar fuera de cualquier catálogo. Entre éstos se lleva la palma Allan Shore, el personaje interpretado por James Spader, actor que se hizo muy popular por su participación en “Sexo, mentiras y cintas de video”. Aquí está sencillamente extraordinario, componiendo a un profesional locuaz, imaginativo, culto, sensible y brillante. Y qué decir del abogado encarnado por William Shatner, el capitán Kirk de “Star Trek”, todavía más excéntrico: imprevisible, arbitrario, reaccionario, irreverente…, capaz de echarse un pedo ante el mismísimo Tribunal Supremo. Junto a ellos, Candice Bergen, Mark Valley, Julie Bowen y otros magníficos actores que encarnan personajes también eficacísimos, reconocibles y recordables.

-Capítulo aparte merece la relación personal entre los dos primeros. Diferentes en cuanto a sus ideas y a sus edades, pero amigos de verdad, que comparten todas las noches un rato para beber un vaso de whisky, fumarse un puro y hablar de lo divino y de lo humano. Encarnan un precioso mensaje de respeto y tolerancia.

-Pero, por encima de cualquier otra característica, lo que hace “Boston Legal” algo insuperable para quienes amamos las teleseries, es su capacidad para hacernos pensar. Si hay un teatro y un cine de ideas, también hay una televisión de ideas: ésta. Todos los temas, desde el aborto a la eutanasia, desde el racismo hasta la legitimidad de la política en Estados Unidos, desde la xenofobia hasta la ilegalidad de la invasión de Irak, todos los temas importantes terminan saliendo a colación, estableciendo un debate interesante con el propio espectador y alimentando una conciencia libre y autocrítica.

Por eso, estas palabras de Allan a su amigo Dany en el último episodio de la quinta temporada antes de irse a pescar resumen de manera excelente la ideología que transpira esta magnífica teleserie: “amo este país, pero… a veces no logro reconocerlo”.

 

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Tras el ensayo (1984). Dir: Ingmar Bergman.

28 Agosto 2010

 

Reflexión desde uno de los lados

 

Una pequeña joya. En poco más de una hora, tres personajes mantienen una relación a caballo entre la realidad y la estilización de esa misma realidad. Personajes que tienen una dudosa entidad y que entre todos conforman un puzzle de afectos y de desdichas compartidas: muertos que regresan, vivos que retroceden en el tiempo, entes que confluyen en un presente incierto.

 

En esa peculiar “sonata de espectros”, como telón de fondo, el sexo, la relación entre los sexos. El director ensaya “El sueño”, de August Strindberg, y mucho del autor sueco pervive entre las viejas tablas del teatro cuando casi todos los actores se marchan a sus casas y tan solo quedan dos: la joven actriz y el experimentado director.

 

Hay mucho también de autobiografía. Bergman es, sin duda, ese experimentado director, lúcido en su soledad, enamorado y víctima del amor, al que las jóvenes actrices siguen perturbando en su caída hacia los territorios de la ausencia definitiva, pero también sus recuerdos y sus tormentas interiores. Bergman/Strindberg en este caso y casi siempre subyugados por el eterno femenino y, al mismo tiempo, encadenados a él como una especie de condena.

 

Reflexión desde lo masculino, con sus excesos, con sus subjetivismos, con sus peligrosos estrabismos, pero cabal, sincera, auténtica, atormentada. Tan noble y necesaria como la que se produce desde el lado… ¿contrario?.

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Sonata de Otoño (1978). Dir: Ingmar Bergman.

27 Agosto 2010

Un profundo olor a Strindberg

El mismo año en que estrena esta película (1978), Ingmar Bergman lleva también a la escena una obra de August Strindberg (1849-1912): “El sueño”. No es en absoluto una casualidad. En las dos anteriores ocasiones también habían sido textos de Strindberg sobre los que trabajara en el teatro, y especialmente en su propia sala de Estocolmo. Toda su vida profesional supuso una relación permanente con ese dramaturgo obsesivo y peculiar al que tanto admiraba, con esos personajes torturados que salían de su compleja imaginación y de sus propias vivencias, concebidos por un hombre que nunca pudo ser realmente feliz. Pero es en los últimos compases de su carrera profesional cuando Bergman se siente con la suficiente sabiduría práctica contrastada y la familiaridad necesarias como para bucear en los significados y los procedimientos de quien considera un autor de la talla de Shakespeare.El cineasta se pasó, pues, su vida en contacto con la obra de Strindberg. Es completamente normal que en sus películas encontremos siempre su aroma. En este caso en el que, además de dirigir también escribe el guión, el aroma se convierte en olor penetrante. Strindberg está instalado en ella: ahí están sus personajes insomnes, atrapados en su propio egoísmo, en sus preocupaciones mezquinas, ahí están sus momentos de confesión, ahí sus instantes desgarradores tras tantos años de silencio. Strinberg escribe crónicas de ese día en el que por fin el dolor del personaje se convierte en un rabioso caudal de palabras. Bergman aquí también.

Y ahí están también sus principales acusaciones: “el dolor de una hija es el éxito de la madre”, se pregunta Eva en esta película, sospechando la respuesta. La vida, pues, como eterno cordón umbilical, en donde somos lo que nos han hecho que fuéramos y convertimos a los demás en nuestras propias víctimas. Una cadena de causas y efectos de donde escapar es francamente complicado, por no decir imposible. Se vive soportando ese fardo de la culpa compartida, que se transmite y transmitimos de generación en generación.

Bergman cuenta que mantuvo con Ingrid Bergman una batalla campal durante el rodaje. Dice que no entendía sus propuestas y que se las rebatía de forma ardiente. Nunca se podría adivinar tal cosa. Esa diosa parece interpretar el mejor personaje de su vida, lleno de verdad, de dolor, de escapatoria. Y Liv Ullmann, la fiel actriz del maestro sueco, que aquí vuelve a estar excepcional. ¿Qué decir de ella…? La escena del piano, por ejemplo, en la que escucha tocar a su madre, y su mirada refleja todo el universo de sentimientos contradictorios, es para recordar eternamente.

La película es una obra maestra de la proporción, de la intensidad, de la inteligencia, de la profundidad en la reflexión sobre los comportamientos humanos y en nuestra condición de tales.

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La primavera romana de la señora Stone (1961). Dir: José Quintero.

8 Agosto 2010

 

 

Extraña, irregular, sorprendente…

 

Termina uno de ver esta película con una sensación contradictoria: por una parte hay aspectos excelentes, como por ejemplo la presentación ante nuestros ojos de una Roma que, además de un contenedor de arte y de belleza, lo es también de podredumbre y de corrupción moral. Por otra, hay insuficiencias manifiestas. El resultado final es, sin embargo, positivo.

 

 

Algo no funciona. O funciona a veces y otras no, no sabría definirlo con exactitud. Me refiero tal vez a una cierta laxitud en el guión, que procede de la novela del dramaturgo norteamericano Tenesse Williams y que no termina de cuajar, de progresar, de atraparnos. Tal vez por impericia del director panameño José Quintero, reputadísimo e interesantísimo como director teatral pero inexperto absolutamente en estas lides cinematográficas, hay demasiados momentos en que pasan cosas que no nos interesan demasiado que pasen, que no ayudan a vertebrar adecuadamente la trama principal. Hay lagunas, bajones de intensidad.

 

Y, sin embargo, son creíbles las peripecias de los personajes porque los actores los construyen muy bien. En esto se lleva la palma Vivien Leigh en su papel de ex actriz mayor, que tiene dificultades consigo misma para aceptar precisamente el paso de los años.

 

Y aquí viene lo mejor: el misterioso vaso comunicante entre lo que se cuenta y quiénes lo cuentan, que confiere a la película, en mi opinión, el brillo de lo verdadero, de lo auténtico. Warren Beatty parece verdaderamente un gigoló, componiendo una especie de mequetrefe sexy muy convincente. La actriz pone en boca de su personaje una falsa enfermedad, que en realidad era una enfermedad verdadera –la tuberculosis- que seis años después le costaría la vida.

 

Ese tufillo a verdad atraviesa por las arterias de la película. Williams sabe de los que habla cuando pinta a jóvenes prostitutos, cuando describe minuciosamente los cimientos hipócritas de la moral dominante y que a él le estuvieron torturando toda su vida. Por esa razón la película constituyó un pequeño escándalo y pasó desapercibida para premios y galardones. Solo la gran Lotte Lenya, que está magnífica en su papel de condesa alcahueta, fue nominada en 1961 a un Oscar como mejor actriz de reparto, algo que no consiguió. Y por esa misma razón, hoy la seguimos viendo con especial interés, aunque tampoco figurará nunca entre nuestras favoritas.


La tentación vive arriba (1954), de Billy Wilder

3 Agosto 2010

 

 

Cuando la penitencia es anterior al pecado

 

Hay mucho talento, mucho oficio, sí… y, por supuesto esas imágenes que ya pertenecen a nuestro cerebro: Marilin con la falda levantada encima de uno de los respiraderos del metro de Nueva York, en mitad de un verano caluroso y excitante.

 

Además de eso, como no podía ser de otra manera tratándose de Billy Wilder, hay inteligencia e ironía a raudales. ¡Ay, los remordimientos de un típico “Rodríguez”!… El solo se lo guisa y se lo come: antes de sucumbir a la tentación y pecar, ya se siente dominado por la culpa… Antes de acostarse con la tentadora vecina de arriba, da por hecho que su esposa está haciendo lo mismo con su amigo… La mente como autocensura. Y mientras él se tortura inútilmente, a la joven vecina solo parece preocuparle de verdad el calor asfixiante y la imposibilidad de dormir en Nueva York.

 

Mejor todavía que la escena de las faldas al aire, aunque lógicamente desprovista de su sensualidad, es la que nuestro don Juan de pacotilla le explica a la tentadora vecina los porqués de las cosas, mientras ella calcula los inconvenientes del calor. Pura ironía, afilado estilete para mostrarnos las heridas de la moral tradicional, incluyendo el plato fuerte de la culpa judeocristiana, siempre omnipresente y pelmaza como ella sola.

 

Marilyn está genial. Qué bien hacía lo que sabía hacer… Qué bien construido tenía ese personaje, hecho a partir de sí misma, de su propia explosiva belleza y de esa arrebatadora ausencia de intelectualidad. Su compañero Tom Ewell creo que no le llega a la suela del zapato. En los duelos con los hombres, Marilyn siempre gana, y si no que se lo digan a Laurence Olivier que llegó a odiarla durante el rodaje de “El príncipe y la corista, y seguramente a maldecirla cuando vio el resultado. Ewell, compañero de la actriz en las clases de Lee Strasberg en el Actor´s Studio, y actor en la obra de teatro original de la que procede el guión, hace lo que puede para no desaparecer de la pantalla cuando le acompaña esa enigmática y hermosa mujer que en ese momento estaba a punto de cumplir los treinta y toda la vida por delante…

 

No es una obra mayor, pero sigue siendo imprescindible.

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La noche de la iguana (1964). John Huston.

27 Junio 2010

Richard Burton y Ava Gardner

Richard Burton y Ava Gardner

Sí, pero no…

Si “Un tranvía llamado deseo” (1951), de Elia Kazan, como película me parece una maravilla, el lenguaje que nos plantea John Huston para filmar “La noche de la iguana” no me lo parece. Creo que desmerece la calidad dramática del texto teatral, del ambiente dramático y de los personajes que en él se dibujan, no es el adecuado. Y no es por falta de calidad: Rochard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr, Sue Lyon… y un largo etcétera. Algo así debieron pensar en la Academia cuando la película solo recibió en 1964 el Oscar al mejor vestuario y una nominación para Grayson Hall, como actriz de reparto, interpretando muy bien a una fanática intransigente y reaccionario.

 

John Huston a sus cincuenta y nueve años era ya un maestro, pero aquí se equivoca. Se equivoca en el guión, que escribe junto a Anthony Weiller, y que comienza casi como una película de locas aventuras y que ya desde el principio, en mi opinión, traza un personaje de Shannon, el pastor anglicano, completamente deshilachado y estúpidamente excéntrico, desprovisto de la carga existencial que en el texto original posee, a pesar de una introducción soberbia de Richard Burton encaramado a su púlpito y echando pestes sobre los desconcertados feligreses de su parroquia.

 

No me gusta la película: ni su ritmo, ni la manera de exponer, o de ocultar, el sentido profundo de la obra, que, como todas las piezas dramáticas de Tenesse Williams nos remite a la compleja relación que ciertos individuos (perdedores, desequilibrados, soñadores, etc.) tienen con la sociedad represiva y con algunos de sus miembros más representativos. En este sentido hay como una apuesta por convertir la tragedia en algo más digerible, en algo híbrido y difícil de definir, pero que se acerca peligrosamente a la caricatura.

 

A pesar de eso, como es evidente y no podía ser de otra manera, la película tiene valores y curiosidades. Una de las mayores ver a la diosa Ava Gardner con unos añitos, cuarenta y dos para se exactos, bella todavía y excéntrica. Y a la joven Sue Lyon, en plena sazón física a sus dieciocho, dos después de haber obtenido el resonante éxito por su intervención en la Lolita de Stanley Kubrik.

 

Poco más que decir. Tal vez lamentar que Richard Burton, que objetivamente era el actor adecuado, por razones técnicas e incluso biográficas, no logre una interpretación totalmente convincente por razones de las que él no es el único culpable.

 

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Celda 211 (2009), de Daniel Monzón

20 Junio 2010

 

Dimensión exacta

 

Han pasado los meses desde que ví en un cine Celda 211. El tiempo en mi cabeza la ha tratado bien. Recuerdo perfectamente su intensidad, su guión eficaz, y, sobre todo, las magníficas interpretaciones de los actores, especialmente la de Luis Tosar. El y la propia película barrieron en la edición de 2010 de los Premios Goya, frente a otras que, como el caso evidente de la de Amenábar, habían sido producidas de un modo fastuoso. ¿Cuánto dinero menos que Agora había costado esta otra de Daniel Monzón, ese joven y para mí desconocido guionista y director mallorquín?

 

Interpreté eso como un aviso. Está claro que el dinero y los medios son buenos cuando son bien utilizados. Agora gustó aunque sin entusiasmar a nadie, a pesar de que a su director nadie le discute ya un gran talento. Sin embargo, el talento, asociado a una economía de medios, produce resultados excelentes. El cine –y el teatro- se presenta entonces en una escala perfecta para contar historias desgarradoras y cercanas, que nos emocionan o nos hacen pensar. Las superproducciones nos minimizan un poco a nosotros, colocan  a los espectadores en una dimensión de pequeños consumidores que, a veces, nos apabulla y nos distancia.

 

Lo que acabo de decir no es evidentemente una regla de oro porque habría muchos ejemplos contrarios que desmentirían afirmaciones categóricas y simplistas. A lo largo de la historia del cine ha habido grandes producciones que siempre estarán ahí, en nuestra memoria, en nuestro corazón. Sin embargo, encontramos a veces una explosión de belleza, de intensidad dramática, servida en un vehículo mucho más modesto, que, por esa razón, nos conmociona de manera especial: El cuchillo en el agua, de Polanski, algunas películas del Bergman más conciso, otras del más simple Fellini, algunas de las que hizo en México Luis Buñuel, y tantos otros ejemplos de naturaleza y estéticas diferentes. Todas ellas coinciden en la misma fórmula: poco dinero y gran talento.

 

El futuro de todas las artes está en la adecuación entre continente y contenido, en su simplicidad: cuanto menos, más. Viva lo grande, sin duda, pero vivirá mejor y más tiempo lo que siempre venga envuelto en la dimensión exacta. Es decir, ni grande ni pequeña: la que tiene que ser.

 

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Alicia en el país de las maravillas (2010). Dir: Tim Burton

14 Junio 2010

La Alicia eterna

 

Veía yo “Alicia en el país de las maravillas” rodeado de niños que se lo pasaban bien. Para ellos era más de lo mismo, acostumbrados ya a digerir otras películas con muchos más efectos especiales, en las que conviven seres humanos y máquinas, animales o bichos de todo pelaje y condición, etc. Y me preguntaba, sin embargo, qué hubieran dicho viendo esto los niños de hace cien años, con unas retinas prácticamente vírgenes de otra cosa que no fuera la cara de sus padres, el río de su pueblo, o la vara del profesor.

 

Alicia sigue siendo una historia compleja, difícil de entender, y, tal vez por eso, siga manteniendo la atención. Qué curioso, ¿no? Si tuviera que competir con otras, de poderosas imágenes, de ruidos ensordecedores, etc, tal vez los niños actuales simplemente se aburrirían. Aquí aguantan porque en cada momento hay una sorpresa, un personaje que trae una noticia, un caminar hacia algún sitio. Es decir, hay una dramaturgia, o un guión sólido que proviene de un libro que ninguno de ellos habrá leído seguramente y que, oh desgracia, tal vez nunca leerán.

 

Me gusta por eso. No me entusiasma, porque nada de Tim Burton me entusiasma, pero reconozco una coincidencia de estéticas y de mundos. Por cierto, tampoco me entusiasma Lewis Carroll, pero no seré yo el que le quite el mérito de haber construido una literatura que se adelantó a su tiempo e hizo volar la imaginación de muchas generaciones.

 

Alicia vuela hacia abajo, se monta encima de perros que corren, se estira y se encoge, pero no echa a volar a nadie. Otros personajes vuelan más y mejor que ella –de hecho hay una saturación del espacio aéreo de la imaginación-, pero sigue teniendo la capacidad de inquietar y hacerse preguntas. Tal vez sea ese el pasaporte de su inmortalidad.

 

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Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann

14 Junio 2010

La elección de ser digno

 

Esta película tiene algo insuperable: la tristeza en la mirada de Gary Cooper. Esa dramática soledad sonora siempre será un referente de nuestra propia soledad, ese caminar por las calles de un ciudad desierta, en una búsqueda inútil de hombres dignos y valientes con los que hacer frente a la ignominia, tiene mucho de paradigma de un vida vivible y se convierte en un ejemplo que trasciende con mucho el género del western. Hay que ponérsela a los niños en las escuelas para que comprendan en qué consiste el valor social de la dignidad.

 

Siempre me emocionó la epopeya de un hombre que se queda solo el mismo día de su boda, impelido por su propio concepto de la moral. Siempre me parecieron felizmente expuestas las razones de quienes le dejaron solo, que tampoco son banales. La vida se manifiesta aquí en su plena complejidad y no como una falsificación ridícula en la que los buenos y los malos lo son porque el guionista los hizo así. Una paleta de comportamientos, pues, que nos resume muy bien a los seres humanos, siempre frágiles y contradictorios, y esa maldición que parece presidir siempre nuestras vidas: elegir. Kierkegaard decía precisamente que vivir es elegir.

 

La vida y la ficción se entrecruzan en ella. El guionista, Carl Foreman, dijo sentirse muy solo ante ese inefable Comité que diseccionaba inquisitorialmente la vida y la ideología de los intelectuales norteamericanos cuando fue acusado de actividades políticas subversivas y muchos de sus compañeros miraron en ese momento para otro lado, o se fueron al cine a ver una película de John Wayne.

 

Además de Cooper encontramos a otros actores magníficos que representan esas elecciones. Por ejemplo a la mexicana Katy Jurado, con sus ojos turbadores, que al año siguiente iba a coprotagonizar “El bruto”, una de las mejores películas que Luis Buñuel iba a rodar en su país. Y, naturalmente, la bellísima Grace Kelly, en la segunda película de su corta carrera cinematográfica, y dos años antes de ganar un Oscar a la mejor interpretación por su papel en “La angustia de vivir”, de George Seaton. Aquí tenía veintitrés años y su esposo en la ficción Gary Cooper, cincuenta y uno.

 

Fred Zinnemann, de origen austríaco, era seis años más joven que él. Ya tenía detrás de sí algunos títulos memorables, como “La Séptima Cruz”, basada en la novela de Anna Seghers y protagonizada por Spencer Tracy, pero con ésta se manifiesta como un director sólido y valiente. Tal vez no lo sabía, pero “Solo ante el peligro” iba a granjearle, además de un enorme prestigio, muchas enemistades entre quienes cultivaban un género de western en el que los indios eran los malos y forajidos con pistola, muy buenos.


An Education (2009), de Lone Scherfig

25 Marzo 2010

 

 

Las segundas oportunidades

 

Me gustó mucho An Education: era un mal día, porque en la sala, inmensa, estábamos solo dos personas. ¿Es un síntoma o una casualidad? Siempre me lo pregunto, pero la verdad es que las últimas veces que he ido al cine el paisaje ha sido parecido.Me gustó por su impecable factura, muy limpia y británica, el guión, la interpretación y eso que conocemos con el nombre de mensaje. Es un mensaje positivo, optimista, en absoluto ñoño o ternurista de baja ralea. En la vida es posible sobreponerse a los golpes, a las mentiras y a los enredos, y luchar por los verdaderos objetivos. Es posible, aunque no fácil. Aquí se alaba el esfuerzo, la posibilidad de aprovechar las segundas oportunidades. Errar es humano, rectificar también. El mal existe: el infierno son los demás, los que saben más que nosotros y utilizan su sabiduría (parcial) para manipularnos. Ojo, pues.

Con una aire de comedia –de esas comedias británicas (insisto), burguesas, refinadas, divertidas-, termina apareciendo una tragedia muy bien llevada. No era fácil, por el argumento, por la situación. Hay que verla para comprender lo que digo. Doy otra pista: a mí que me horripilan las películas de adolescentes en apuros, ésta, lejos de horripilarme, me conmovió profundamente.

Y dos sorpresas agradables: las interpretaciones de Carey Mulligan y Peter Sarsgaard, un tipo que trabajó en “Pena de muerte”, a las ordenes de Tim Robins, y que se distinguió por su oposición a la guerra de Irak. Desde que he sabido esto último, me cae bien, porque salí odiándolo del cine. Su trabajo es impecable, inteligente, sutilísimo. Y el de Olivia Williams, encarnando a la maestra que finalmente contribuye a reparar lo que se torció por el camino.

Es un cine de seres humanos a los que les pasan cosas de seres humanos de hoy. Que yo sepa esta película no ha ganado ningún premio, pero yo sé más de tres o cuatro que deberían darle y quitárselo a otras.

 

Argumento:

Una joven inteligente y con un futuro excelente cae en las garras sentimentales de un hombre bastante mayor que ella. Su relación le va apartando de sus propias metas, y en el transcurso va descubriendo la verdadera personalidad de su mentiroso y manipulador pretendiente

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Los santos inocentes, de Mario Camus (1984)

23 Marzo 2010

  

 

Un ejemplo perfecto de cómo se lleva al cine, no solo con gran corrección y respeto a la novela de la que procede su guión, sino también con la brillantez propia de una obra cinematográfica bien terminada. Mario Camus consigue traducir ese discurrir monótono de los días en un cortijo extremeño, en donde parece que nada pasa. Pero pasa: pasa el vergonzoso espectáculo de la esclavitud en España en pleno siglo XX, de la cosificación de los seres humanos, de la bárbara, anacrónica, injusta tradición latifundista y medieval que la República no pudo detener.

 

Veo la película una vez más, en esta ocasión conmocionado por la muerte hace unos días de Miguel Delibes. La novela fue publicada en 1981 y la película fue rodada tres años después. En esa narrativa hermosa, hecha de intensas pinceladas y de personajes, hay una exigencia implícita que el director acepta: encontrar a buenos actores y dirigirlos bien. Son tan rotundos esos personajes creados por Delibes que a medio camino interpretativo se instalarían necesariamente entre la ridiculez y la parodia. Pero Paco Rabal y Alfredo Landa están inconmensurables. Por eso obtuvieron el Premio de Interpretación del Festival de Cannes. Pero también lo están Juan Diego, Terele Pávez y Agustín González, componiendo un mosaico interpretativo de primer nivel.

 

Curiosa circunstancia: Landa, el denostado con razón por la cantidad de películas infumables, por esas españoladas del destape de los primeros años de la democracia, recogiendo el testigo de Paco Martínez Soria y otros similares, en esta película y tres años después en “El bosque animado”, de José Luis Cuerda, y algunas otras, se reivindica inapelablemente ante nuestros ojos y ya para siempre. Es un magnífico actor desaprovechado por el cine español, desaprovechado por él mismo. Como decía Giorgio Strehler del teatro, el artista es ese señor que se equivoca muchas veces y acierta bastantes menos.

 

Camus: otra carrera sorprendente. Incluye títulos como éste,  “La colmena” (1982), o “La casa de Bernarda Alba” (1987), junto con otros perfectamente prescindibles que sirvieron para publicitar las imágenes de Raphael o Sarita Montiel. Un director con un inmenso oficio, sin demasiados premios ni distinciones. Cabe pensar que en otras circunstancias y de otra manera hubiera sido reconocido como uno de los grandes de Europa. “Los santos inocentes” no son el fruto de la casualidad, sino de la maestría.

 

 

 

 

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Un tranvía llamado deseo

15 Marzo 2010

Somos un resultado, un balance provisional. El filósofo afirmaba que a partir de los cuarenta tenemos la cara que nos merecemos. En cualquier momento de nuestras vidas somos lo que hasta ese momento hemos estado siendo.

El presente es una cara, un cuerpo, una cabeza llena de sueños, ilusiones y proyectos, una cuenta bancaria, una familia, un círculo de amistades… Y también un corazón gastado por las decepciones, las batallas ganadas, y, especialmente, las amargamente perdidas. De ese material que somos nosotros mismos construyen los dramaturgos norteamericanos (Miller, O´Neill, Williams) de los cincuenta sus mejores obras teatrales en donde encontramos personajes también inmensos en situaciones que limitan con su propia resistencia. Y todo ello en un contexto social también muy presente, muy influyente en los interiores de esos personajes, en donde algunos de los componentes especialmente importantes son la inmigración y los conflictos interculturales.

Eso es el teatro de Tennesse Williams, el certero autor teatral nacido en 1911 y muerto en 1983: un choque de trenes, una explosión, con sus momentos anteriores y sus consecuencias posteriores. Hace falta magníficos actores que hagan creíbles esas excursiones a los límites de la realidad. Y siguen haciendo falta magníficos actores para llevar al cine lo que en principio fue concebido para verse sobre un escenario. Por eso, Elia Kazan, que sabía mucho de cine y de teatro y, en concreto, de esta obra que había ya montado en Broadway hacía escasamente tres años, no tiene dudas al asignar nuevamente a Marlon Brando el personaje de Stanley, el rudo inmigrante polaco, y a Viven Leight el de Blanche Dubois en esta versión cinematográfica de “Un tranvía llamado deseo”. A Marlon no le dieron el Oscar, pero a Vivien sí, y con éste ya llevaba dos después de su mítica intervención en “Lo que el viento se llevó”.

Sin embargo Brando está extraordinario. Qué fuerza, qué técnica, qué calculo de energías para un actor de veinticuatro años, con tan poca experiencia a sus espaldas pero con una intuición y una sabiduría intuitiva fuera de o común. Algunos de sus momentos, compartidos con Vivien, o con Kim Hunter (esta sí, Oscar a la Mejor Actriz de reparto), pertenecen ya a los mejores recuerdos del cine: la que Stanley grita desconsolado el nombre de su mujer, la de Stanley desmontando a Blanche su mundo de fantasía, la imagen de Stela clavándole los dedos a su marido en la espalda en un abrazo desgarrado, lleno de pasión y de amor…

Ese cine y ese teatro ya no pertenecen a nuestro tiempo, como tampoco pertenece a nuestro tiempo el teatro de Shakespeare. Lecciones intemporales de talento artístico, de cómo se escribe un guión, de cómo se dosifican los elementos racionales y emotivos de manera exacta para contarnos una historia desgarradora, posible, reconocible, de cómo se da vida a un personaje. Tal vez Nueva Orleáns no sea ya como aquí aparece –convertida en signo de la alegría, la corrupción y el exceso-, pero cualquier lugar en donde los celos, los fantasmas, el deseo y la crueldad forman parte de un mismo cóctel puede ser Nueva Orleáns.

Un decorado de teatro, que no se disimula a sí mismo, puede ser más evocador que todos los efectos especiales de Avatar. Porque en ese decorado nos sería posible situarnos si nos sentimos algo más que meros espectadores de lo que a los demás les ocurre.


Rousseau: Las Confesiones (y 3)

13 Marzo 2010

 

“Nada temo tanto en el mundo como una mujer hermosa”.

                                                        Jean Jacques Rousseau

 

Parece evidente que en la vida de Rousseau las mujeres jugaron un papel confuso, pero esencial. Su vida nació marcada por la muerte de su propia madre al nacer él, y un aroma de búsqueda permanente de la figura materna preside el discurrir de sus días de principio a final. Un episodio, sin embargo, es especialmente revelador: su relación con la señora de Warens, una conversa al protestantismo como él, que le acogió en su casa durante diez años cuando apenas era un joven lleno de complejos y de dudas. La llamaba cariñosamente “mamá”, y siguió llamándola de ese modo hasta cuando empezó a tener relaciones sexuales con ella algún tiempo más tarde. Relaciones, por cierto, que tuvo que compartir después con algunos mozos que cuidaban la casa de su amante, algo que terminó siendo insoportable para él.

 

Fue siempre un seductor nato. Necesitó siempre ser admirado y querido por diferentes tipos de mujer, y fueron las mujeres sus principales valedoras y protectoras. Bertrand Rusell en el libro citado llega a apuntar que la única razón por la que vivió maritalmente durante tantos años con una mujer (y la madre de ésta, a la que odiaba profundamente pero que nunca abandonó a su suerte), era porque necesitaba sentirse claramente superior a ella, inculta e incapaz de leer correctamente el más sencillo de sus textos.

 

 

Algunas mujeres llegaron a obsequiarle con regalos y favores que le proporcionaron en muchos momentos el confort y la intimidad que necesitaba para leer y escribir sus obras literarias. En su etapa parisina frecuentaba los salones cultos regentados por esas dignas continuadoras de “las mujeres sabias” del maestro Molière. Algunas de esas amistades, aunque le causaba cierto fastidio mantenerlas porque su tendencia innata a la soledad le hacían muy complejo mantener una vida social intensa, le iban a resultar, sin embargo, muy útiles posteriormente. Por ejemplo, la Señora de Epinay mandó construir para él una casita llamada Ermitage en sus terrenos en donde él y Theresa llegaron a residir unos años hasta que esa relación se enfrió de manera definitiva y fueron desalojados de allí de una forma bastante abrupta, abriendo un periodo final de su vida en el que los desplazamientos, la inestabilidad y el desarraigo serían definitivamente la norma.

 

La segunda fidelidad de Rousseau fue simepre la música. Puede decirse que esa fue siempre su segunda actividad, tras la literatura y el pensamiento filosófico, y tal vez la vocación más constante y placentera de su vida, aunque también en este ámbito tuviera conflictos diversos y sufriera algún que otro disgusto. Llegó a estrenar composiciones operísticas propias en el Teatro de la Opera de París, obteniendo un más que notable éxito con las mismas, y estuvo trabajando muchos años en un Diccionario de la Música.

 

 

Tuvo relaciones profesionales con músicos distinguidos, entre ellos con el compositor y clavecinista Jean Philippe Rameau, a quien admiraba y no le discutió jamás su magisterio. Además, con la actividad musical se ganó parte de su vida, e incluso de su madurez, como copiador de partituras y libretos.

 

De todo ello se habla en las Confesiones, un libro que, en definitiva, nos presenta en clave autobiográfica la vida de un hombre que, en parte, se engañaba a sí mismo, interpretando a veces de un modo injusto el comportamiento de los demás y no sabiendo ver de manera adecuada la paja en el ojo propio. Finalmente Rousseau, antes de regresar al continente en donde terminaría sus días, tuvo que marcharse a Inglaterra en donde su amigo, el filósofo empirista David Hume, le proporcionó cobijo. El odiaba Inglaterra y no tenía ningún afecto por los ingleses pero los apuros a los que terminó estando sometido le obligaron a aceptar la generosa oferta del autor del Tratado sobre la naturaleza humana.

 

De eso ya no se habla en las Confesiones, ni tampoco, como es natural, de los últimos compases de su atormentada existencia de un hombre lúcido y contradictorio, insomne impenitente, obsesivo hasta la saciedad, hipocondríaco, tendente a la soledad, que vivió siempre instalado en el desasosiego personal, y cuya obra iba a tener una importancia extraordinaria en los siguientes compases de la historia de Francia y de toda Europa.

 

Una obra, que, como su vida, tiene muchas lecturas, y que ha inspirado posteriormente, tal vez de manera abusiva, tanto a algunos de los dictadores que iban a  sembrar la desolación y provocado la conculcación de las libertades, como a algunos ilustres defensores de la igualdad y de la democracia. La contradicción, pues, le siguió acompañando tras su muerte.


Rousseau: Las Confesiones (2)

12 Marzo 2010

 

“Cuando cometemos una mala acción no nos atormenta inmediatamente, sino mucho después, porque su recuerdo no se extingue.”

 

                                                                           Jean Jacques Rousseau

 

Las Confesiones parecen inspiradas en una supuesta insobornable sinceridad consigo mismo y con sus hipotéticos lectores. “El verdadero objeto de mis confesiones es hacer comprender exactamente mi interior en todas las situaciones. He prometido la historia de mi alma; y para escribirla con fidelidad no necesito otros recuerdos”. Sin embargo, esa supuesta sinceridad ha sido puesta en duda por muchos críticos y pensadores posteriormente. Concretamente Bertrand Rusell en su Historia de la Filosofía Occidental dice “que están escritas con gran detalle, pero sin demasiada sujeción a la verdad. Gozaba pintándose como un gran pecador y a veces exageraba en este aspecto”.

 

Son ciertas las dos cosas. La primera es que, a veces, el gran detalle llega a ser retórico, abusivo e innecesario, al menos desde una perspectiva contemporánea. De ahí el tedio que producen ciertos momentos de su biografía que parece frecuentemente estancada en digresiones vanas y en tejer una maraña de excusas por nadie solicitadas.

 

En demasiadas ocasiones también Rousseau se presenta a sí mismo como un hombre cargado de defectos y de taras personales, tanto que nos pone muy pronto en guardia sobre la fiabilidad de sus palabras y del alcance de sus juicios. Afirma: “En mí se juntan dos cosas que son incompatibles, sin que yo mismo pueda comprender el cómo: un temperamento muy ardiente, pasiones vivas, impetuosas, y lentitud en la formación de las ideas”. Este cóctel interior es, en su opinión, el origen de una personalidad y un carácter exageradamente reprobables. Sin embargo hay quien afirma que esta aparente sinceridad es una especie de cortina de humo moral para no reconocer sus verdaderos defectos, que, éstos sí, fueron muy notables.

 

Porque hay comportamientos en su vida absolutamente inexplicables. ¿Cómo es posible que un hombre que escribe el “Emilio”, tan monumental y fundamentada obra sobre la educación, decida no ejercer sus propios conocimientos en el asunto y se desprenda de sus cinco hijos por el mismo orden en que fueron llegando al mundo, entregándolos a la inclusa, sin mayor remordimiento de conciencia? ¿Cómo es posible que con una frialdad absoluta pueda llegar a decir que no sintió jamás el menor atisbo de amor hacia Thérèse le Vasseur, la mujer que se los dio, y con la que compartió su vida desde 1745, a pesar de ser horriblemente fea e ignorante?

 

Estas son solo dos de las incógnitas más sorprendentes en la vida de un hombre peculiar, capaz de expresar las más sublimes emociones, presentar los exacerbados sentimientos propios como lo mejor de sí mismo, y, al mismo tiempo, comportarse con una torpeza moral, que en el mejor de los casos era el disfraz de un egoísmo absolutamente brutal.

 

Difícil es adentrarse, por tanto, en el interior de alguien que parece ensalzar de manera especial virtudes elementales de las que él carece. Con una sensibilidad extrema para algunas cosas (por ejemplo para valorar hasta límites increíbles la belleza del paisaje y de la naturaleza, algo que le hace conectar con la mismísima existencia de Dios), y una indiferencia cruel ante el sufrimiento de algunas personas a las que tenía muy cerca.


Rousseau: Las confesiones (1)

11 Marzo 2010

 

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

“Una desdicha, cualquiera que sea, jamás me turba y me abate, mientras sepa en qué consiste, pero tengo propensión a temer las tinieblas, me asusta y me repugna su lobreguez; lo misterioso me inquieta siempre, es harto contrario a mi carácter abierto hasta la imprudencia. Creo que el aspecto del más horroroso monstruo me asustaría poco; mas si de noche creo ver una figura bajo un lienzo blanco, tengo miedo. He ahí, pues, cómo mi imaginación se inflamaba  con ese prolongado silencio y se empeñaba en forjar fantasmas”

 

                                               Jean Jacques Rousseau

 

 

Durante los últimos días he tenido entre mis manos un libro de más de seiscientas páginas, que he conseguido terminar finalmente. Durante el proceso hubo de todo. Momentos de profundo aburrimiento y otros de auténtico interés y concentración en la lectura. El título: “Las Confesiones”. Autor: Jean Jacques Rousseau.

 

El filósofo, pensador y literato ginebrino, nacido en 1712, desgrana en esta obra los momentos más importantes de su propia existencia, salpicada, sin duda, de desdichas y contratiempos. Muchos de los cuales vinieron como consecuencia de la repercusión pública de sus propios textos, especialmente de “El Contrato social”, que ahora leo, y el “Emilio”, que Fernando Savater considera el libro más influyente que se haya escrito sobre el arte de la educación. Esas obras le valieron una justa fama y un merecido prestigio en los círculos intelectuales más importantes de Europa, pero también la desgracia, en forma de destierro, de viajes intempestivos, huyendo casi al final de su vida de posibles represalias de las autoridades francesas y ginebrinas que le consideraban el infame autor de unos textos que consideraban impíos, subversivos y revolucionarios.

 

Solo por eso Rousseau merece ahora nuestro respeto, dos siglos y medio después de su desaparición física, acaecida en París en la más completa de las miserias y en circunstancias que hacen pensar en el suicidio. Fue un hombre que peleó siempre por conseguir y practicar una saludable independencia en sus juicios y opiniones, intentando que éstas no estuvieran mediatizadas por sus contactos con el poder, en cualquiera de sus múltiples formas, renunciando en más de una ocasión a tratos de favor, estipendios, pensiones, etc., que le hubieran solucionado sus permanentes problemas económicos, fruto en muchos casos de una contradictoria relación con el dinero y que se tradujo en una pésima administración de sus bienes. Ese espíritu de independencia le acarrearía dramáticas consecuencias personales, especialmente dolorosas al final, cuando la enfermedad, la soledad y la decrepitud física y mental se fueron aliando con un evidente síndrome de persecución que le hacía ver más enemigos en la sombra que los que ya tenía a plena luz del día.

 

Entre esos enemigos estaban Diderot y D´Alembert, con los que tuvo en principio una estrecha relación, colaborando en el gigantesco proyecto de la Enciclopedia que ambos llevaban entre manos. Precisamente fue en 1750, yendo a visitar al primero, recluido en el Castillo de Vincennes, a las afueras de París, y cuyo trayecto recorría a pie en bastantes ocasiones, cuando Rousseau se entera de la existencia de una especie de concurso literario convocado por la Academia de Dijon sobre el tema “¿Han traído las artes y las ciencias beneficios a la humanidad?”.

 

Después de pensarlo, decide presentarse al mismo ganando el primer premio y defendiendo la tesis de que no. Es decir, esbozando ya un primer dibujo de lo que sería posteriormente su teoría fundamental, desarrollada en sus principales textos, y, en especial, en El Contrato Social: el perjuicio que las instituciones públicas y la civilización habían causado en los seres humanos que de manera primigenia estaban imbuidos de una bondad natural. Ese primer paso le abrió las puertas del respeto intelectual, y, al mismo tiempo, de la envidia de muchos. Denis Diderot terminaría siendo uno de sus “fantasmas” en la oscuridad, cuyos tentáculos siempre quería ver cuando le acontecía alguna desgracia y que él terminó relacionando hasta con las sórdidas maquinaciones de la madre de su propia compañera.

 

Otro de sus ilustres enemigos en el último tramo de su vida fue Voltaire, y famosas fueron sus querellas con el pensador francés, dieciocho años mayor que él, y a quien en principio admiraba profundamente como él mismo reconoce: “Nada de cuanto escribía Voltaire se nos escapaba. La afición que entonces cobré a estas lecturas me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia y hacer lo posible para imitar el buen colorido de este autor que me tenía prendado”. Sin embargo la vida los fue enfrentando, y Voltaire se opuso frontalmente a su teoría del “buen salvaje” ridiculizándola en algún que otro escrito, algo que le dolió profundamente a Rousseau, especialmente por venir de donde venía. El abismo entre ambos se fue abriendo cada vez más, llevándolos a enfrentarse públicamente por la interpretación de hechos naturales como el terremoto de Lisboa, de 1755, que, en opinión de Voltaire, expresada en uno de sus poemas, desacreditaba bastante la imagen de un dios misericordioso que, sin embargo, permitía la destrucción de una ciudad, y el sufrimiento y la muerte de sus habitantes. Otro enfrentamiento se centró en el asunto de la consideración que los espectáculos públicos merecía a cada uno: favorable para el francés y desfavorable para Rousseau, a pesar de haber estrenado este último un texto propio en la mismísima Comedie Française.

 

 

 

 


Hombre Vertiente

22 Febrero 2010
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Anatomía de un instante

21 Enero 2010

 

“Anatomía de un instante” es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Es sutil, conmovedor, mordaz, dulce, incisivo, desmitificador… Es un libro en el que se nos invita a reflexionar sobre un gesto: el de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado frente a los golpistas del 23F, y, en especial, ante Tejero y los guardias civiles que secuestraron el Congreso de los Diputados aquella tarde noche eterna. Los tres renunciaron a tirarse al suelo y se mantuvieron erguidos entre las balas de los asistentes: ¿qué fue aquello, qué significó verdaderamente aquella actitud de digno enfrentamiento ante la barbarie y los bárbaros?

 

Pero el procedimiento me parece sencillamente asombroso: del gesto a su interpretación simbólica. De su interpretación simbólica al análisis de sus significados más profundos, y de ahí, a la interpretación del golpe que conmocionó nuestras vidas, aportándonos no solo datos, innumerables datos que el autor ha conseguido leyendo y escuchando, sino intuición personal para comprenderlos.

 

Javier Cercas es un novelista que renuncia aquí a escribir una novela, pero que, finalmente, la escribe. Molière simula no hacer la función de teatro que está ensayando, pero fingiendo que no lo hace, la representa. Asistimos en esta crónica del golpe a una catarata de información que no nos pesa, a una traducción de los hechos basada en un estudio concienzudo de los mismos, pero, a la vez, en una potente imaginación que los trasciende, que va mucho más allá de los mismos.

 

En este texto se esboza la personalidad de estos tres hombres con una crudeza que espanta, que entusiasma, que desmitifica, que nos acerca al interior de sus corazones. Es, en este sentido, demoledora, irrefutable.

 

Lo que pudo ser y no fue. Lo que finalmente fue y no pareció que lo era. Los que dieron el golpe y los que estaban detrás. Los que estaban detrás de los que estaban detrás: la placenta del golpe, en palabras de Cercas. Sus beneficiarios últimos, sus instigadores, las diversas variables de golpistas que en esa noche se conjuraron.

 

Cuatrocientas páginas en donde no sobra una coma, a pesar de que los pensamientos a veces se repiten para recordarnos las claves profundas. Libro que se lee de un tirón una vez empezado, porque sus intuiciones nos explican lo que nadie había explicado así y nuestros ojos tienen prisa por conocer toda la verdad, y nada más que la verdad, admitiendo la posibilidad de que ésta no lo sea por completo. A riesgo de no haber sido exactamente así. Oímos las conversaciones que nadie oyó, porque Cercas nos las sugiere, nos las propone, nos las inventa.

 

Este libro es imprescindible para todas las personas que no pudieron dormir aquella noche, o porque querían que triunfara, o porque deseaban su fracaso. También lo es para quienes se mantuvieron en el confort de la duda, porque sacarán conclusiones acerca de su propio cáncer moral. Como algunos de los mejores textos fue escrito por el autor para explicarse a sí mismo otro tipo de cosas más personales y secretas. La historia, a veces, nos cuenta esas otras cosas que no parecen pertenecerle.

 

Si quieres ver imágenes del 23 F pincha aquí.


Esperanza en Haiti

17 Enero 2010

 

La tragedia de Haiti desencadena reacciones extremas, generosas, conmovedoras y también curiosas en todo el mundo. Las demagógicas son las peores: en concreto las que vienen a expresar que ha tenido que haber una tragedia para que nos acordáramos de ese país caribeño. Claro, como todas las demagogias se sustentan en una base firme y esa afirmación es cierta. Ha tenido que pasar esa gran desgracia para que muchos pongan en algún sitio del mapa la palabra Haiti. La parte falsa es que para muchos de quienes eso nos recuerdan con tan afilado estilete moral, Haiti tampoco existía antes, digan lo que digan ahora. Yo creo que en el fondo es una coartada para no rascarse el bolsillo tampoco en esos momentos en que hasta tres euros son necesarios.

 

Pero lo de Haiti tiene aspectos positivos. El país era ya una miseria y su historia era la de un pueblo que parecía condenado a la desgracia, en gran parte por la culpa de sus propios gobernantes que han propiciado la corrupción y su propio enriquecimiento, y, en parte por la asfixia económica que otros países de la zona ejercían sobre el más débil. Con el terremoto han tocado techo en la destrucción y eso ha provocado una inusitada reacción en particulares, gobiernos, instituciones y autoridades de todo el mundo. Los medios de comunicación se han volcado, y tengo la sensación de que jamás han sido tan útiles como ahora.

 

La reacción de muchos está siendo extraordinaria. Desde los famosos de Hollywood, o los deportistas de elite, hasta los gobiernos de los principales países. Me gusta esa imagen de Obama, Clinton y Busch solicitando la colaboración de la ciudadanía estadounidense. En esa imagen no había signos de estrecho bipartidismo republicano/demócrata sino sentido de la responsabilidad de la nación más poderosa con respecto a otra que prácticamente ha desaparecido. ¿Sería pensable una similar con José Luis Rodríguez Zapatero en medio de José María Aznar y Felipe González? Ojala lo fuera.

 

Tal vez el terremoto sea el principio de una reconstrucción real, sostenible y duradera. Tal vez sirva también para que el capitalismo internacional, que está sufriendo el cáncer de la crisis que sus propios excesos han generado, recapacite sobre la imposibilidad de que un país se desarrolle si no existe una planificación más social, más humana y menos egoísta, que incluye la aplicación de normas estrictas que, al menos, palien sus efectos perversos con los países subdesarrollados y contra el medio ambiente. Tal vez, a estas alturas de la historia, sea de las pocas cosas a las que podemos aspirar con ciertas perspectivas de éxito y, en consecuencia, exigir como ciudadanos.

 

Si ese es el objetivo a medio y largo plazo, a corto no podemos olvidarnos del primero: ¡ayudemos a Haiti!.