Anatomía de un instante

21 Enero 2010

 

“Anatomía de un instante” es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Es sutil, conmovedor, mordaz, dulce, incisivo, desmitificador… Es un libro en el que se nos invita a reflexionar sobre un gesto: el de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado frente a los golpistas del 23F, y, en especial, ante Tejero y los guardias civiles que secuestraron el Congreso de los Diputados aquella tarde noche eterna. Los tres renunciaron a tirarse al suelo y se mantuvieron erguidos entre las balas de los asistentes: ¿qué fue aquello, qué significó verdaderamente aquella actitud de digno enfrentamiento ante la barbarie y los bárbaros?

 

Pero el procedimiento me parece sencillamente asombroso: del gesto a su interpretación simbólica. De su interpretación simbólica al análisis de sus significados más profundos, y de ahí, a la interpretación del golpe que conmocionó nuestras vidas, aportándonos no solo datos, innumerables datos que el autor ha conseguido leyendo y escuchando, sino intuición personal para comprenderlos.

 

Javier Cercas es un novelista que renuncia aquí a escribir una novela, pero que, finalmente, la escribe. Molière simula no hacer la función de teatro que está ensayando, pero fingiendo que no lo hace, la representa. Asistimos en esta crónica del golpe a una catarata de información que no nos pesa, a una traducción de los hechos basada en un estudio concienzudo de los mismos, pero, a la vez, en una potente imaginación que los trasciende, que va mucho más allá de los mismos.

 

En este texto se esboza la personalidad de estos tres hombres con una crudeza que espanta, que entusiasma, que desmitifica, que nos acerca al interior de sus corazones. Es, en este sentido, demoledora, irrefutable.

 

Lo que pudo ser y no fue. Lo que finalmente fue y no pareció que lo era. Los que dieron el golpe y los que estaban detrás. Los que estaban detrás de los que estaban detrás: la placenta del golpe, en palabras de Cercas. Sus beneficiarios últimos, sus instigadores, las diversas variables de golpistas que en esa noche se conjuraron.

 

Cuatrocientas páginas en donde no sobra una coma, a pesar de que los pensamientos a veces se repiten para recordarnos las claves profundas. Libro que se lee de un tirón una vez empezado, porque sus intuiciones nos explican lo que nadie había explicado así y nuestros ojos tienen prisa por conocer toda la verdad, y nada más que la verdad, admitiendo la posibilidad de que ésta no lo sea por completo. A riesgo de no haber sido exactamente así. Oímos las conversaciones que nadie oyó, porque Cercas nos las sugiere, nos las propone, nos las inventa.

 

Este libro es imprescindible para todas las personas que no pudieron dormir aquella noche, o porque querían que triunfara, o porque deseaban su fracaso. También lo es para quienes se mantuvieron en el confort de la duda, porque sacarán conclusiones acerca de su propio cáncer moral. Como algunos de los mejores textos fue escrito por el autor para explicarse a sí mismo otro tipo de cosas más personales y secretas. La historia, a veces, nos cuenta esas otras cosas que no parecen pertenecerle.

 

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Esperanza en Haiti

17 Enero 2010

 

La tragedia de Haiti desencadena reacciones extremas, generosas, conmovedoras y también curiosas en todo el mundo. Las demagógicas son las peores: en concreto las que vienen a expresar que ha tenido que haber una tragedia para que nos acordáramos de ese país caribeño. Claro, como todas las demagogias se sustentan en una base firme y esa afirmación es cierta. Ha tenido que pasar esa gran desgracia para que muchos pongan en algún sitio del mapa la palabra Haiti. La parte falsa es que para muchos de quienes eso nos recuerdan con tan afilado estilete moral, Haiti tampoco existía antes, digan lo que digan ahora. Yo creo que en el fondo es una coartada para no rascarse el bolsillo tampoco en esos momentos en que hasta tres euros son necesarios.

 

Pero lo de Haiti tiene aspectos positivos. El país era ya una miseria y su historia era la de un pueblo que parecía condenado a la desgracia, en gran parte por la culpa de sus propios gobernantes que han propiciado la corrupción y su propio enriquecimiento, y, en parte por la asfixia económica que otros países de la zona ejercían sobre el más débil. Con el terremoto han tocado techo en la destrucción y eso ha provocado una inusitada reacción en particulares, gobiernos, instituciones y autoridades de todo el mundo. Los medios de comunicación se han volcado, y tengo la sensación de que jamás han sido tan útiles como ahora.

 

La reacción de muchos está siendo extraordinaria. Desde los famosos de Hollywood, o los deportistas de elite, hasta los gobiernos de los principales países. Me gusta esa imagen de Obama, Clinton y Busch solicitando la colaboración de la ciudadanía estadounidense. En esa imagen no había signos de estrecho bipartidismo republicano/demócrata sino sentido de la responsabilidad de la nación más poderosa con respecto a otra que prácticamente ha desaparecido. ¿Sería pensable una similar con José Luis Rodríguez Zapatero en medio de José María Aznar y Felipe González? Ojala lo fuera.

 

Tal vez el terremoto sea el principio de una reconstrucción real, sostenible y duradera. Tal vez sirva también para que el capitalismo internacional, que está sufriendo el cáncer de la crisis que sus propios excesos han generado, recapacite sobre la imposibilidad de que un país se desarrolle si no existe una planificación más social, más humana y menos egoísta, que incluye la aplicación de normas estrictas que, al menos, palien sus efectos perversos con los países subdesarrollados y contra el medio ambiente. Tal vez, a estas alturas de la historia, sea de las pocas cosas a las que podemos aspirar con ciertas perspectivas de éxito y, en consecuencia, exigir como ciudadanos.

 

Si ese es el objetivo a medio y largo plazo, a corto no podemos olvidarnos del primero: ¡ayudemos a Haiti!.


Cincuenta años sin Albert Camus

8 Enero 2010

 

En un accidente de automóvil- ese artefacto en el que concentro personalmente buena parte de mis odios- perdió la vida el 4 de Enero de 1960, es decir, hace cincuenta años, Albert Camus. Leo estos días artículos en su memoria, de lo cual me congratulo. Siempre es bueno que se recuerde, y que se lea, claro, la obra de quien nunca quiso tragar con ruedas de molino, ni personales, ni intelectuales. En estos tiempos que corren todavía más.

 

En Orán, cuando estuve en 1999, me escapé de la protección de los que eran mis guardaespaldas para conocer la casa en donde escribió su emblemática novela “La peste”, publicada en 1947. Fue por mi parte un acto de irreflexiva rebeldía que le dediqué a él y que me costó más de un quebradero de cabeza. Estaba yo en Argelia en representación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, y logré llegar hasta ese lugar sin demasiadas dificultades, sin ninguna sensación de peligro. La vuelta fue más difícil. Me perdí por las calles y luego supe que la policía me buscaba por toda la ciudad porque yo era un objetivo muy apetitoso para los integristas locales. Anécdotas aparte, allí pocos lo conocían, algo que, naturalmente, me sorprendió.

 

Más tarde dejó de sorprenderme. Cuando estuve en aquel país se respiraba un clima de desasosiego civil, de permanente amenaza terrorista. Días antes de llegar habían sido asesinados en una carretera interior varios turistas europeos. En esas coyunturas, o se está en contra o se está a favor, sin demasiados matices intermedios, y Albert Camus fue siempre el hombre de los grandes matices, insobornable, comprometido siempre con su propia conciencia. O dicho de otra manera: era y sigue siendo difícil reivindicarlo como un mártir, o como un líder espiritual o político.

 

Hace años leí la muy recomendable biografía que publicara en 1996 el escritor neoyorkino Herbert Lottman, y en esas páginas me emocioné con su relación con María Casares, nuestra eximia y también olvidada actriz española, que tuvo la mala fortuna de morirse al mismo tiempo que Marcelo Mastroniani, con lo que ni siquiera en Francia tuvo demasiado eco su desaparición física. En ese libro aparece con detalle sus encuentros y desencuentros a partir de 1952 con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, su fascinación por las mujeres en general, sus raíces españolas, su vinculación a la resistencia, con la revista “Combat”, etc.

 

Cuando yo era niño una compañía de repertorio trajo a Zaragoza una representación de una de las piezas de Camus. La puesta en escena era sencilla, pero no pobre. A través de ella comprendí lo que era el teatro de ideas, la función movilizadota de las conciencias que el teatro puede llegar a tener. Hace bastante menos tiempo, leí su última e inconclusa obra –“Le premier homme”-, que llevaba en un manuscrito precisamente cuando tuvo ese fatídico accidente y que publicó su hija en 1994. Me conmovió ese pasaje en el que el protagonista habla ante la tumba de un hombre que es su propio padre y describe con hermosas y desgarradoras palabras en qué consiste quedarse huérfano. Me acordé mucho y muy profundamente de ellas cuando algún tiempo después el que conoció el trágico desarraigo de la orfandad fui precisamente yo.

 

Cincuenta años ya y tan presente todavía. Tan presente su reflexión, su lucidez, su amor a la vida, a la humanidad. Tan hermoso lo que dijo sobre el fútbol (para indiferencia o escándalo de a quienes no les gusta…), sobre la voluntad, sobre su propia infancia, sobre su madre analfabeta…

 

Tan joven, tan jodidamente atractivo con su gitanes en los labios, Albert Camus.


La lista de Schindler (1993)

25 Diciembre 2009

 

La bondad es posible

 

Sin duda la película de Spielberg estaría en todas las listas de mejores películas no sólo de la década de los noventa, sino de la historia del cine.

 

Es abrumadora. En extensión, en profundidad, en belleza, en provocadora de desbordados sentimientos. El momento en que Oskar Schindler se despide de los judíos a los que ha salvado la vida, en donde estos le regalan un anillo, es de una extrema capacidad de provocar nuestra respuesta emocional. He visto a llorar a muchas personas, inteligentes y cultas, en ese momento.

 

Pero eso no es todo. Su forma, a caballo entre el documental y la narración, es inapelable en cuanto a la denuncia que lleva implícita sobre el holocausto, la gran tragedia de la humanidad, tan horrenda y tan cercana. Tal vez los detractores de la película tienen razón cuando la acusan de simplificar la figura del protagonista, quienes consideran un oportunista que no tuvo la heroica dimensión que Spielberg le atribuye. ¡Qué más da! Pónganle esta película a cualquier joven de quince años y se vacunará para siempre contra cualquier tentación fascista…

 

Cuando una película aparece ante nuestros ojos revestida de grandeza es porque todos los elementos funcionaron tan bien que la excelencia termina no sorprendiéndonos. Eso ocurre en “Lo que el viento se llevó”, “Ben Hur”, y tantas otras. Como aquí: el guión, la fotografía y, naturalmente, los actores que están sencillamente espléndidos, aunque ninguno, a juicio de la Academia, mereció un Oscar.

 

Dicen que se pasó diez años pensando en cómo la haría, y dicen también que el rodaje casi le cuesta su felicidad conyugal. Al final no fue así, y la señora Spielberg puede sentirse dichosa del talento inconmensurable de su marido, ya sea para contarnos historias de marcianitos que se vuelven humanos o de seres humanos que se olvidan de su condición.

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¿Feliz Navidad?

19 Diciembre 2009

 

Pensaba escribir un post sobre la Navidad, y supongo que eso es lo que estoy haciendo…

 

Me pregunto la razón. Siempre tuve una extraña relación con los periodos festivos: me parecieron desde niño pausas no deseadas o incómodas interrupciones de lo que se considera normalidad o rutina, que para mí es lo mejor de la vida, o, por lo menos, de la mía. Es decir, no me gusta que pare la engrasada máquina de la cotidianeidad con la excusa de que nos tenemos que poner alegres, o románticos, o entrañables.

 

La Navidad me gusta y no me gusta. Los valores que supongo intenta realzar durante unos días son recordatorios de nuestras carencias permanentes. No creo que haya que ponerse tiernamente fraterno una vez al año, y como prueba de ello, además, haya que poner un arbolito iluminado en el balcón, como para avisar a los demás de que ya nos hemos puesto tiernamente fraternos… Por el contrario, creo que hay que ser discretamente fraterno, pero todo el año, no solo unos días.

 

Por tanto, las navidades propiamente dichas deberían durar los trescientos sesenta y cinco días del año. Así, tal vez se evitarían algunas guerras, algunas injusticias, algunas majaderías personales y colectivas. Aunque no creo.

 

Curiosa contradicción: no me gustan las navidades y pido que duren más… No me gustan las navidades y les dedico un cuarto de hora de mi tiempo escribiendo cosas como ésta… No me gustan las navidades y a veces las luces de colores, los villancicos y las uvas me ponen infantil y tierno… No me gustan las navidades y me dedico a felicitar a través de estas líneas, y otras particulares y privadas, a todas las personas por las que siento algo de cariño…

 

¿Felicitarles, porqué? ¿Porque es Navidad, porque se acaba pronto, o porque me apetece felicitarles, sin más?

 

Lo pensaré durante estas navidades.

 

 

 

 


Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?

7 Diciembre 2009

 

 

Se han celebrado ya en España dos presentaciones de “Miguel Garrido: ¿de qué color es el cielo de Hellín?”, que he escrito y que recientemente ha publicado la editorial Arbolé. La primera tuvo lugar el 11 de Noviembre en la Sala de la propia compañía Arbolé, en Zaragoza, y este fin de semana fue en Sevilla, en la Sala La Fundición.

 

A la primera asistieron su hija Elena y la madre de ésta, Carmen Hernández, que fue durante muchos años esposa de Miguel. En la mesa estuvieron presentes Marissa Noya, directora de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, que también prologa el libro, Esteban Villarrocha, editor e impulsor del proyecto, Elena Garrido y yo. En el patio de butacas estaban además, entre otras muchas personas, Rafael García, amigo de la primera etapa alemana, María José Sarrate, alumna de Miguel en Zaragoza, Alfonso Pablo, actor y alumno de Miguel, Arancha Azagra, alumna y en la actualidad profesora de la Escuela, Tomás Fernández, director de Teatro Paraíso, Merche Lorente, antigua actriz de Tarima, y Mariano Anós, Mariano Cariñena, Rafael Campos, y otras personas que han colaborado en la edición, ya sea facilitándome materiales, cartas, fotografías, etc, o escribiendo algún texto para la segunda parte del libro en la que varias personas recogen aspectos puntuales de la vida personal y profesional de Garrido.

 

Fue un acto muy emotivo y entrañable. Junto a las personas citadas se reunieron muchas otras, interesadas por la figura del biografiado, ya sea de manera indirecta, o porque tuvieron relación con él durante los dos periodos en que residió en Zaragoza.

 

En Sevilla la segunda presentación coincidió el pasado día 4 de Diciembre con el estreno de la compañía Síndrome Clown en la Sala La Fundición de uno de sus trabajos coincidiendo con los diez años de su trayectoria. Precisamente Miguel Garrido fue, junto a Práxedes Nieto y Víctor Carretero, cofundador de este proyecto artístico empresarial que ha devenido en una realidad perfectamente asentada en los circuitos de exhibición andaluces y del resto de España. En la mesa, además de Víctor y de Práxedes, nos sentamos Pedro Alvarez-Ossorio, en su triple condición de director de la sala, amigo de Miguel y colaborador del propio libro que hizo una pequeña introducción del acto, y el autor de la edición.

 

Al mismo asistieron, entre otras personas, Juan Bravo Castillo y Juan Muñoz, amigos de la infancia de Miguel, colaborador el primero en el libro, Inma Alcántara, actriz que mantuvo una larga relación personal con él, y actores, compañeros del Instituto del Teatro y amigos, entre los que estaban Jorge Cuadrelli, de la Fundación Viento Sur y Manuel Molina, antiguo actor de Esperpento.

 

La editorial Arbolé ha hecho un notable esfuerzo tanto en la edición de este libro que tiene una extensión de trescientas cincuenta páginas y un gran volumen de fotografías correspondientes a momentos de la vida de Miguel, como de espectáculos en los que él intervino como actor o como director. Ese esfuerzo suple con creces el desinterés de otras instituciones públicas que nacieron en Aragón precisamente para mantener la memoria de las personas más influyentes de nuestro teatro. Como editorial ha corrido íntegramente con los gastos de esta primorosa edición, auque el Ayuntamiento de Zaragoza y el Ministerio de Cultura aportaron diversas ayudas.

 

Se está trabajando en algunas presentaciones más, concretamente en Madrid, Vitoria y Bilbao, lugares estos últimos en los que Miguel dejó constancia de su magisterio y de su bonhomía.

 

 

 


Lo que el viento se llevó (1939)

22 Noviembre 2009

 

Su fama le precede, sí. Tal vez un buen equivalente en España sea nuestro Quijote: su prestigio exime a muchos de tener que leerlo. Y, sin embargo, todo el mundo parece conocer al caballero de la triste figura como si fuera un pariente lejano.

La historia la ha colocado en un lugar del olimpo de nuestros sueños, y con razón. Veamos porqué.

Por los actores. Espléndidos y creíbles, cercanos y lejanos, al mismo tiempo. La metamorfosis que se produce en el personaje de Vivien Leigh es extraordinaria, y podemos perdonar el escaso esfuerzo que desde la producción se tuvo con el rigor del paso de los años. El cambio, que apenas se aprecia en la piel de su rostro, se manifiesta sobre todo en sus procedimientos interpretativos. Y junto a ella un Clark Gable justito, una Olivia de Havilland deliciosa en su papel de Mamy, etc.

Por el guión, que escribió Sydney Howard a partir de la novela de Margaret Michell, que ya era un auténtico best seller cuando se compraron sus derechos para llevarla a las pantallas. Ese origen literario le confiere un poso extraordinario a todo el conjunto, ayuda a trazar esos personajes y atrapa al espectador por la rotundidad y el interés de su argumento. Lejos de ser un problema, su extensión es un activo importante para ir atrapándonos provocando en nosotros calculados efectos de empatía.

Por la fotografía, los encuadres, el tratamiento de la puesta en escena, que a mí me parecen memorables. Claroscuros, contraluces, siluetas ante el atardecer, paisajes desolados, pictóricos, hermosos. El contexto perfecto para contarnos una historia de pasiones arrebatadas, de conflictos extremos.

Por la dirección. ¿Quién dirigió esta película? Se dice que cinco fueron los directores que metieron su mano en la película, que algunos desaparecieron por la puerta de atrás, y que unos cuantos más participaron de manera auxiliar filmando escenas secundarias, a lo largo de un proceso que duró más de cuatro meses y en donde se quemaron los decorados de King Kong para simular el pavoroso incendio de Atlanta.

Es el cine que nos hace soñar, que nos arrebata. Nos habla de un mundo anterior cuyos valores se han perdido por el camino. Tal vez ese mundo no existió jamás, ni esos valores. Sabemos que esa armonía entre blancos y negros que se apunta es pura falacia, encubridora de otras realidades más crueles e injustas. Pero ese es otro tema. Porque es un cine al que no hay que pedirle rigor histórico, ni capacidad para analizar los procesos de la historia, sino agradecerle su eterna capacidad para evocar sentimientos y conseguir emocionarnos con ellos.

 

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La última tentación de Cristo (1988)

3 Noviembre 2009

Siempre se ha dicho que hay películas que mejoran con el tiempo. Esta es una de ellas. Y el tiempo también relativiza las polémicas, pone en su sitio, en este caso, el desconcierto indignado de a quienes les pereció que hablar de Jesucristo en términos de ser humano era una falta de respeto, una horrorosa blasfemia, una provocación. ¿Dónde quedaron aquellas manifestaciones airadas en las puertas de algunos cines de Estados Unidos, o el rasgarse las vestiduras de monjas y curas de todo el mundo?

Veo la película con atención y no encuentro nada irrespetuoso.

Por el contrario, yo, que no creo en absoluto en su divinidad, ni en la de nadie, valoro la creación del personaje de Cristo desde esos parámetros. Hasta el momento del estreno de esta película a finales de los ochenta, y con muy escasas excepciones, su figura pertenecía a los esquemas creativos de Disney: un héroe perfecto, como Bamby, sin contradicciones, ni sufrimiento interior. Le salen las cosas bien porque nació para que les salieran las cosas bien… La lectura que hace Scorsese, procedente de la novela de Nikos Kazantzakis, y el resultado interpretativo de Willem Dafoe, nos presenta un ser humano doliente, temeroso, incluso cobarde, que hasta el último momento se pelea consigo mismo para conseguir hacer con un esfuerzo desgarrador la misión que le ha sido encomendada. Y digo yo: si no hubiera sido con ese gran esfuerzo, ¿qué valor ejemplificante hubiera tenido esa misma misión?

Creo recordar que lo que causó especial revuelo fueron las escenas eróticas… Vaya estupidez. Después de presentar a Cristo en la cruz como uno de los personajes masculinos con más carga sexual de la historia de la pintura y de la imagen, provocador permanente de turbaciones adolescentes, y no solo adolescentes, verlo fugazmente manteniendo una relación física imaginada con María Magdalena les pareció inadmisible. Si Cristo era hombre -¿lo era, no?-, y siguiendo la línea expositiva, su propio sexo en relación al de los demás debería al menos provocarle una cierta inquietud. El decide tirar por el camino de la castidad, con dificultades para conseguirlo, naturalmente. Solo faltaba eso.

Pamplinas, que afortunadamente se las llevó el tiempo. Inteligencia cinematográfica, rigor artístico, profundidad ideológica. Imágenes perfectas, contenidas y eficaces, sin truculencia especial, sin los chorros de sangre de colorines de la versión que años más tarde haría Mel Gibson. Y colaboraciones de lujo: magnífico el trabajo del gran Harvey Keitel, excelente aparición de David Bowie en su pequeño papel de Pilatos. Eficacísima la concepción musical de Peter Gabriel. Todo rezuma excelencia al servicio de una idea. Película imprescindible entonces e imprescindible todavía.

 

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Marlon Brando

16 Octubre 2009

 

 

Su manera de actuar revolucionó el propio cine. Llevó como ningún otro “la verdad” a la pantalla, después de recibir una intensa formación en el Actor´s Studio de Nueva York de manos del propio Lee Strasberg, fundador y maestro de una generación de profesionales.

 

Como actor tuvo dos grandes momentos. En el primero era un hombre joven y hermoso, con toda la vida por delante y una energía que a veces se desbordaba. En ese hizo creaciones antológicas, como la de “Un tranvía llamado deseo” (1951), Julio César (1953), y “La ley del silencio” (1954), a las órdenes de Elia Kazan y Joseph L. Mankiewicz. Tras largos periodos de desaparición o en películas de un tono menor, lo volvemos a encontrar esplendoroso en “El Padrino” y en “El último tango en París”, (ambas de 1972). En todas ellas nos transmite ese misterio de la indiscutible genialidad interpretativa, un resultado entre coherencia, imprevisibilidad y economía.

 

Pero cuando le otorgaron el Oscar por su participación en la película de Francis Ford Coppola por su creación inolvidable de Vito Corleone, en su lugar mandó a una mujer india, despreciando así el mismo premio, a quienes se lo daban y a todo el tinglado de la industria cinematográfica. El ya estaba ya en otro sitio.

 

Brando descreyó de sí mismo, de su propia capacidad artística y de la importancia del cine y el teatro para cambiar el mundo. Empezaron a interesarle otras cosas que él consideró más auténticas, como por ejemplo la denuncia del genocidio de los indios en su propio país lo que le llevó a avergonzarse de su condición de ciudadano estadounidense. Durante unos años no hubo protesta social en la que el actor no se involucrara con los consiguientes problemas. Por último, su vida personal se ennegreció. Su querida hija Cheyenne se suicidó, y su hijo, alcohólico, fue acusado del asesinato del novio de ésta.

 

Entonces Marlon Brando se aísla, desarrolla un sentido escéptico de la existencia, y se aparta de Hollywood, industria a la que considera cómplice del genocidio, y, en cualquier caso, propagandista y beneficiaria máxima del mismo.

 

Acabo de leer un libro en el que todo esto aparece con una gran claridad, no exenta de sentido del humor: “Yo confieso. Brando al desnudo”, que escribió el periodista Lawrence Grobel, y que ahora se publica en España. Un libro con insuficiencias, pero muy interesante y útil para adentrarnos en la persona que fue Marlon Brando.

 

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Si la cosa funciona (2009)

6 Octubre 2009

 

Obligatoria para fundamentalistas

 

Lo que funciona en esta película es su aparente sencillez. Aparente: porque,  ¿no me digan que no es complejo juntar de esta manera los mundos de unos personajes que, una vez se conocen por casualidad, cambian sus vidas y sus personalidades dan un giro de 180 grados?

 

Esa sencillez es la consecuencia del inmenso talento, la experiencia y el oficio de uno de los artistas más preclaros que ha dado el siglo XX y que hace que a sus 74 años no solo lo conserve sino que lo demuestre de este modo.

 

Sabe dirigir actores como nadie. Todos están magníficos: sus personajes les entran como guantes y ellos no desaprovechan esta oportunidad. Pero Evan Rachel Word merece una mención aparte porque, aunque había dado muestras de gran solidez interpretativa y de una precocidad magnífica, hace aquí el papel de su vida. Hará otros después –sus 22 años se lo permitirán con creces-, pero jamás olvidará esta lección interpretativa que Woody Allen le ha dado de manera generosa, un director que a lo largo de su carrera se ha distinguido por su exquisita manera de dirigir actrices y enamorarse de algunas de ellas.

 

Allen y su equipo han construido una pequeña maravilla, rebosante de sentido del humor, de inteligente autocrítica, de lucidez filosófica. Desde el guión, obra del director, hasta la dirección artística de Santo Loquasto, fiel entre los fieles, que es, en mi opinión, una de las herramientas de su éxito.

 

Y, por encima de todo, ahí está el mensaje diáfano: que cada cual haga lo que tenga que hacer y esté con quien quiera estar para ser feliz, a pesar de profetas, parlanchines, políticos, consejeros, hechiceros, sacerdotes y el vecino del tercero, un pedazo de cabrón sin vida propia, empeñado en que nosotros tampoco disfrutemos de la nuestra.

 

Los fundamentalistas de cualquier signo deberían realizar una cura de desintoxicación viendo varias veces esta magnífica película.

 

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El secreto de sus ojos (2009)

5 Octubre 2009

 

¡Qué pena haberla visto ya…!

 

Pocas veces se tiene una sensación de plenitud cuando se sale de una sala de cine. Cuando eso ocurre es sencillamente magnífico. En “El secreto de sus ojos” se obtiene esa sensación. En la que yo estuve, al final el público parecía pegado a las butacas. Nadie se quería ir mientras pasaban lentamente lo créditos. Cada cual reflexionaba sobre lo que había visto. Alguno establecía paralelismos con algún aspecto de su vida. Cine, pues, que habla de lo que nos pasa, como quería Lorca que hiciera su mejor teatro.

 

El guión es sutil hasta lo indecible y sirve para hacer fácilmente comprensible una historia, sin embargo, compleja, en donde el pasado y el presente se entrecruzan, y los personajes rinden cuentas ante ellos mismos y los demás. La dirección de Juan José Campanella es briosa e inteligente, como no podía ser de otra forma. Los actores están sublimes, sencillamente sublimes. Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella… Ni una fisura pues, todo encaja a la perfección.

 

Poco más habría que decir. Solo ir a verla. Qué pena haberla visto ya…

 

Pasan los minutos y uno se deleita con los sorbos de la obra maestra, a caballo entre cine de poso romántico y trhiller de investigación policial. Aparece en todo momento una Argentina cotidiana y entrañable en sus excesos, siniestra en su lado oscuro, ese en el que se crían los dictadores, los represores y sus secuaces de medio pelo. Pero también está la otra: la justiciera, la poética, la de las personas que leyeron a Borges a tiempo y se empaparon de su profunda y cercana complejidad. Ahí están sus cafés, sus canchas de fútbol, sus calles enamoradas de un eterno Gardel que no aparece, pero que siempre está poniendo la banda sonora de sus vidas.

 

No se habla de política, pero la política está. Con sus enredos siniestros, con sus tramas corruptas. Al estar todo eso, es normal que se produzcan desgarradas historias como en donde todo el mundo acomoda sus recuerdos a través de la venganza o del perdón, pero nunca del olvido.

 

En este cine no hay trucos, ni efectos especiales, ni persecuciones por las calles, ni más sangre que la que circula por las venas de unos personajes que desean ser felices.

 

Aquí hay historias, personajes y recuerdos. Un cine de seres humanos hecho para seres humanos.

 

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Malditos bastardos (2009)

3 Octubre 2009

 

Cine nazi consumido por progres

 

Supongo que reprobamos unánimemente el comportamiento de los soldados nazis por el hecho de que no sabían distinguir entre el bien y el mal en su actitud hacia los judíos en particular, y las poblaciones en las que entraban, torturando, saqueando, violando, matando y vejando a cuantos se encontraban por delante. Creo que todo eso, más que la ideología de su jefe o la de ellos mismos, es lo que la historia ha terminado censurando. En cualquier constitución de cualquier país mínimamente democrático hay una condena taxativa de todas estas prácticas ignominiosas. Pues bien, Tarantino vuelve a proponernos una obra cinematográfica en la que el exceso visual y el culto a la violencia son la fuente principal de inspiración.

 

En ellas, el ser humano es una marioneta. Su vida, una realidad sin valor. Su sangre, un bello color esparcido por el suelo.

 

Me cuesta entender cómo una sala cinematográfica, integrada por espectadores que no me parecen especialmente incultos y proclives a la violencia, se muere de risa con una banda de “malditos bastardos”, asesinan sin piedad, le cortan el cuero cabelludo y torturan salvajemente a unos soldados nazis a los que han hecho prisioneros. Es decir, que hacen exactamente lo mismo que lo que nosotros ahora les acusamos de hacer.

 

De nada me vale que Tarantino sepa hacer cine, que construya bien las escenas, que dirija bien a los actores, que haya creado un lenguaje reconocible en cuanto a sus procedimientos, que sea eficaz e incluso atractivo. Hay algo que me chirría desde siempre: su amoralidad. Esta película, con la perfecta excusa de que se mofa de los nazis y conecta así con una especie de inconsciente colectivo, se erige como un manifiesto de la crueldad, la desproporción y la ausencia de valores humanistas y democráticos en los que las palabras respeto vida y dignidad significan algo importante.


El Mercader de Venecia de Michael Radford y Al Pacino (2004)

24 Septiembre 2009

Caminos que conducen a Shakespeare

 

En el DVD auxiliar que acompaña a la película Al Pacino expresa con enorme claridad la virtud que posee esta versión cinematográfica del texto homónimo de Shakespere, escrito entre 1594 y 1597: ha interiorizado en los personajes, y él, en particular, en la línea de su magnífico “Looking for Richard” de 1996, ha buceado en las profundidades de un personaje complejo obteniendo un resultado magnífico.

 

En esta versión de Michael Radford, el Shilock de Pacino es un hombre torturado, deprimido, que atraviesa un periodo infame en su vida tras la muerte de su esposa, y que, por eso, ahora le cuesta aceptar las humillaciones que en otros momentos aceptaba con más resignación, e incluso con indiferencia. Sabido es que los judíos tenían permiso para realizar negocios, y que, al mismo tiempo, eran despreciados por ello. Ese poso de amargura es lo que le lleva a solicitar el pago de una deuda contraída con un cristiano hasta las últimas consecuencias.

 

En ese mismo material auxiliar, Jeremy Irons, que también está soberbio, dice que el director ha conseguido un trabajo excelente también como consecuencia de que conoce por experiencia el mundo del cine documental. Ahí está, en mi opinión, la clave de esta magnífica película: es cine brillante, de imágenes hermosas que no se recrean en exceso en su propia contundencia, y, al mismo tiempo, informa y conmueve. Está, pues, en un punto en el que se cruzan varios caminos, varios lenguajes artísticos al servicio de una historia inmortal.

 

El trabajo actoral es también perfecto: contenido, expresivo, ajustado a los patrones impuestos por el director, supongo que consensuados con Al Pacino con quien el director habló el primero. Josep Fiennes vuelve a demostrar un talento especial para recrear el mundo isabelino (ya lo hizo precisamente encarnando al propio dramaturgo en “Shakespeare in Love”, de 1998), y Lyn Collins (a quien acabamos de ver en “Lobezno”) maravilla también con su personaje de Porcia, que, como ella misma dice, deambula entre la ingenuidad y la astucia y se convierte en la heroína de un autor bastante aficionado a crear personajes femeninos de gran dureza o gran fragilidad.

 

Esta película debería verse en colegios, en escuelas teatrales y cinematográficas. Es fiel a lo esencial del texto original, pero no desprecia la tecnología que el cine ahora le ofrece. Recrea admirablemente el mundo veneciano del siglo XVI y, al mismo tiempo, no es historicista en el rancio sentido de la palabra. Mantiene el discurso y la intención del autor, y, al mismo tiempo, todo lo que ocurre interesa al espectador desde una perspectiva contemporánea.

 

No elude el escollo que a Al Pacino le hizo desechar tantas veces el personaje central: el supuesto antisemitismo. El judío es presentado como un fundamentalista, sí, pero entendemos las razones por las que lo es, sin hacernos pensar que ese sea el único fundamentalismo posible. Desgraciadamente hay bastantes más donde elegir.

 

Imprescindible.

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Jaime

21 Septiembre 2009

Jaime, Antonio, Pilar y yo en la terraza de aquella casa inefable

 

 

Hay personas que “están ahí”. Pasa el tiempo y siguen “estando ahí”. Ni el tiempo ni la distancia erosionan una relación que va mucho más lejos, o es más profunda, que lo que viene a llamarse convencionalmente amistad.

 

Lo he escrito muchas veces: me siento afortunado porque tengo amigos a los que quiero de verdad, y sé que su sentimiento hacia mí es recíproco. En puridad, no hay nada mejor en la vida.

 

El listado se ha incrementado notablemente en los últimos años. Mi último trabajo arrojó a la orilla de mi vida una cantidad nada desdeñable de náufragos de parecidos barcos a los que ya querré también siempre.

 

De entre mis amigos hay uno que destaca por su inteligencia, su sentido del humor y su bonhomía: Jaime. Compartí con él unos años magníficos. Conecté con su manera de ser, nos lo pasamos bomba, por ejemplo, en un alucinante viaje a Barcelona, asistí al momento en que se declaró medio objetor de conciencia, compartimos noches de risas y felicidad, y una sensación común de haber sido unos antifranquistas rarísimos, que le sacamos la gracia a lo que no la tenía en absoluto. La transición fue para ambos una especie de sainete tragicómico y divertido, aunque, al msimo tiempo, nos la tomamos muy en serio.

 

Tenemos recuerdos, asociados también a otros amigos comunes: Javier, Alvarito, Antonio, Carmen… Después las circunstancias nos separaron y él imparte clase de dibujo en un instituto de Galicia.

 

No es pesado, no agobia, no pide nada. No aparece nunca, pero está siempre en mi corazón. La vida nos separa, pero nuestro cariño nos mantiene eternamente juntos. Pasamos periodos –largos períodos-, sin vernos, sin hablarnos por teléfono, sin saber nada el uno del otro. Es igual: sus silencios los interpreto a veces como que en lugar de echarme una bronca por algo, desaparece para no echármela.

 

Se alegra de lo bueno que me pasa, se entristece con lo malo, y se preocupa ante mis errores. No hace falta que me lo diga. De hecho, como digo, no me lo dice.

 

Repito: está ahí. Y a mí me gustaría que él sintiera mi presencia/ausencia con la misma intensidad.


El Othello de Stuart Burge (1965)

13 Septiembre 2009

Lo mejor: Shakespeare

 

Hay algo que no funciona en esta película. Tal vez esta sensación sea el resultado de dos aspectos innegables: estamos ante una manifestación evidente de teatro filmado. Si la comparamos con la versión que hizo Olivier Parker, con Kenneth Branagh en 1995, o la de Orson Welles en 1952, en las que asistíamos a magníficos “empates” de lenguajes artísticos, ésta es de Stuart Burge de 1965 nos puede parecer demasiado literal, demasiado supeditada al texto de Shakespeare, a su exacta ordenación dramatúrgica.

 

El segundo aspecto constituye, a la vez, su mejor virtud y su mayor defecto: Laurence Olivier es el factor dominante, y todo parece hecho para su lucimiento personal. Como es lógico, no cuestiono la excepcionales cualidades de este emblemático actor, experto en encarnar personajes shakesperianos en ambos lugares, sino que con el paso del tiempo, este tipo de “tour de forces” interpretativos, y de esta manera, se han quedado algo anticuados.

 

Olivier está excesivo, gesticulador, histriónico, en algunos momentos. Es un genio indiscutible, que se sabe genio indiscutible.

 

Lo mejor de la película para mí no son sus valores cinematográficos, sino sus resplandecientes valores teatrales: sus situaciones, su olor a decorado viejo, el color oscuro de la piel del actor blanco. Teatro filmado, pues, y, como tal, un documento excepcional, hecho desde el respeto, la sabiduría, el rigor de los profesionales del National Theatre de Londres, el lugar donde está depositado el tesoro de la memoria del poeta y dramaturgo inglés por excelencia.

 

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Nueva York: Ocho años sin World Trade Center

10 Septiembre 2009

 

 

 

Planeo un inminente viaje a Nueva York, una ciudad en la que me encuentro extraordinariamente bien, y me mueve la curiosidad por saber cómo está la zona cero. Mi amiga Eva acaba de regresar de allí y me dice que el agujero sigue siendo eso: un agujero.

 

Recuerdo ese lugar con una infinita tristeza. A los pocos días de uno de mis últimos viajes, cayeron las torres del World Trade Center, y en el siguiente comprobé el vacío inmenso, la irrefutable prueba de la catástrofe. La ciudad aparecía literalmente amputada desde todas sus esquinas. Las torres gemelas eran omnipresentes, y, en consecuencia, su ausencia era una clamorosa evidencia.

 

Leo que las intervenciones urbanísticas que allí se plantean están retrasadas, casi paralizadas en algunos casos, desvirtuados algunos de sus nuevos iconos, como el intercambiador que proyectó Calatrava. Me parece extraño, y, si es así, estamos ante una de las pruebas más incontestables de la crisis.

 

Porque Nueva York es la ciudad que mejor sabe venderse a sí misma y los newyorkinos nacen con un master de marketing bajo el brazo. Es extraño que, observados por todo el mundo, no aceleren y demuestren cuanto antes que son capaces de volver a sorprendernos a todos.

 

La atrocidad que cometió el carnicero fundamentalista Bin Laden hace ahora ocho años –cómo pasa el tiempo- tuvo la dudosa utilidad de devolver a los norteamericanos a la condición de ciudadanos vulnerables, algo que ellos mismos nunca creyeron posible. La crisis del capitalismo les reafirma ahora en esa condición. Los problemas se resolvían con dinero e inversiones, en una especie de permanente huída hacia delante, que, en el fondo, siempre les trajo beneficios colectivos, aunque fuera a costa de sufrimiento.

 

Pero ahora la anestesia de los dólares ya no funciona.

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El Macbeth de Polanski (1971)

5 Septiembre 2009

Fidelidad

 

Macbeth tal vez no tiene la grandeza de otros personajes shakesperianos, como Hamlet, o Ricardo III. Siempre me pareció un mezquino señor, poseído por sus propias ambiciones, y un pelele de los deseos de su mujer. Sin embargo, ese es su sentido profundo, y como tal hay que valorarlo.

 

Shakespeare nos presenta al tipo exacto de ser humano que pierde su sencilla felicidad por ambicionar y conseguir de forma innoble parcelas de poder, de un poder que le quemará muy pronto entre las manos y que le precipitará hacia un desastre anunciado. Una fuerza misteriosa, más potente aún que su propio remordimiento, le impide frenar en seco su propia autodestrucción.

 

¿Y qué decir de esa mujer, en apariencia frágil, que incita a su marido a cometer crímenes horrendos en mitad de la noche y en su propia casa, a devolver con sangre lo que eran favores de un rey generoso con ellos y confiado de su hospitalidad?

 

Me sorprende siempre esa perspicacia de Shakespeare para describir la mezquindad, la ruindad, el egoísmo, lo peor de nosotros mismos.

 

Me interesó en su momento la versión que Orson Wells hizo en 1948, pero ahora veo la que Román Polanski filmara en 1971 con Jon Fich, actor poco valorado y que durante años hizo excelentes trabajos a partir de textos del autor inglés, y la actriz brasileña Francesca Annis, encarnado los principales personajes. Están soberbios, especialmente él, aunque ella cumple con creces y se ajusta al estereotipo femenino que Polanski siempre ha admirado. No es la mejor película del polaco, pero hay rigor, talento y respeto por lo esencial del texto. Cuentan que abordó esta empresa poco después de la muerte trágica de Sharon Tate, su mujer, embarazada, en aquel horrible episodio protagonizado por Charles Manson, y algo de esa conmoción y de ese horror se transmite en la película.

 

Es una versión, al mismo tiempo, muy reconocible dentro del universo del director, con sus tempos, su manejo de la cámara y sutileza expositiva. Con esa mezcla de espectacularidad e intimismo, que le son tan gratos y en los que se presenta tan reconocible. Capaz de conmovernos con lo grande (“El pianista”) o con lo cercano (“El cuchillo en el agua”). Es genial en el trazo grueso, pero también en el fino, en la aproximación sicológica, en la minuciosa dirección de los actores.

 

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Beatles forever

4 Septiembre 2009

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Han compuesto la banda sonora de mi vida, y esto no es ni una exageración ni una metáfora con mejor o peor fortuna poética. Es, sencillamente, verdad.

 

Su primera canción “Love me do” la escuché a los pocos días de ser grabada, en una de las primeras noches de insomnio de mi vida. Habría que añadir como dato autobiográfico, si se me permite, que las cosas más importantes de mi vida me pasaron siempre por la noche.

 

Pues bien, siendo alumno de Jesuitas, con apenas doce años solía escuchar clandestinamente a Los Beatles en todas las emisoras europeas que sintonizaba entre las sábanas y con notorias dificultades técnicas en un aparato rarísimo que yo mismo me había construido. Además, desde el balcón de la casa de mis abuelos, como ya he contado en otro sitio, escuché atónito “A test of Honey”, cara B de un single en donde la canción estrella era “Twist and Shout”. Me quedé tan petrificado con aquellas notas y aquellas voces como si hubieran aparecido ante mis ojos adolescentes las pirámides de Egipto.

 

Sentí las muertes de John y George como si fueran las de personas muy queridas de mi propia familia. Sufrí los avatares de su separación, culpé como todos a Joko Ono, a quien le cogí una manía irreversible, y vibré ante los rumores, que nunca se cumplieron, de su vuelta. Con aquella extraordinaria “Anthology” gocé al menos de un inesperado caudal de creatividad archivada que hizo rebrotar mi admiración por los cuatro fabulosos chicos de Liverpool y la canción “Free as bird”, en la que volvían a cantar los cuatro, me conmovió profundamente.

 

 

Momentos memorables de mi vida fueron asistir al concierto de Paul en el estadio de “La Peineta”, en Madrid, y, sobre todo, recorrer los lugares de esa ciudad inglesa que les vio nacer y crecer como personas y como músicos.

 

Ahora le voy a regalar a mi hijo ese videojuego que recoge fragmentos de la vida del grupo y algunas de sus canciones. Cada cierto tiempo, pues, el mercado se encarga de que no me olvide de lo que para mí es inolvidable. Para mí y supongo que para los cientos de miles de personas para las que en todo el mundo la música de los Beatles era lo más parecido a la mismísima libertad.


La muerte de Brian Jones

1 Septiembre 2009

 

¿De verdad van a investigar cuarenta años después las causas de la muerte del guitarrista de los Rolling Stones, Brian Jones?

 

Me extraña, pero no porque lo hagan, sino porque lo hagan ahora. Siempre supimos que ese muchacho, atiborrado de drogas y ahogado en una piscina, había sido asesinado. Hay muertos que huelen a crimen, y con eso debería bastar, aunque no se busque al asesino. En el caso de Jones, su propio asesinato formaba parte de esa leyenda de maldito que siempre le acompañó, a pesar de su angelical rostro.

 

Menuda sorpresa si al final se descubre que simplemente pisó una inoportuna pastilla de jabón y se pegó un tortazo que lo dejo inconsciente, antes de que el agua invadiera sus pulmones. Menuda sorpresa, y vaya desilusión.

 

Pues nada, a investigar.

 

Pero ahora que pienso: ¿no hay en Inglaterra otras cosas más actuales en qué ocupar a los señores de la policía? ¿No hay acaso abusos sexuales a menores, corrupción económica, tráfico de influencias, robos a joyerías, fallos de seguridad en Palacio y  suficientes escándalos como para tener entretenidos a los investigadores para que sea necesario sacar un muerto ilustre para descubrir lo que toda una generación ya supimos en su momento?

 

Me temo que de que lo que se trata, una vez más, es de que los sufridos ingleses miren hacia otro lado.

 

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El Hamlet de Kenneth Branagh (1996)

30 Agosto 2009

Grandeza

 

Pocos textos con una grandeza comparable a la de Hamlet, mitad loco, mitad visionario, mitad víctima, mitad verdugo. Hamlet, paradigma del propio ser humano, con sus excelencias y sus miserias, sus enormes dudas y sus escasas certezas. El genio de Shakespeare se muestra en esta tragedia en todo su esplendor. Recoge un argumento, al que eleva a la categoría de obra maestra de la literatura dramática.

 

Se han hecho multitud de versiones sobre los escenarios. Yo he visto bastantes, y recuerdo con especial cariño la de Patrice Cherau, limpia, conmovedora, en París, y la de José Luis Gómez, en España, no hace mucho años, dentro de los límites de una más que evidente corrección. Ahora en Madrid puede verse la versión de Tomaz Pandur con la sorpresa (relativa) de que ese personaje lo interpreta una actriz, Blanca Portillo, que ya se atreve con todo y sale airosa de todos los retos en los que se mete.

 

En el cine es una referencia obligada la versión de Laurence Olivier de 1948, tan ortodoxa y pedagógica. También es recordable la de Franco Zefirelli de 1990, tal vez demasiado truculenta y comercial, protagonizada por Mel Gibson. Pero a mí me deslumbra la versión que en 1996 hizo Kenneth Branagh, interpretando y dirigiendo una joya, una de las cimas del mejor cine que se atreve con el mejor teatro, y que entre ambos se enaltecen y se potencian.

 

Inteligencia, belleza, sabiduría, eficacia… No hay palabras suficientes para adjetivar esta excelencia que conjuga, sin pervertirla ni edulcorarla, la profunda reflexión filosófica que Shakespeare nos propone, y nos divierte con la parte jocosa y humorística, también consustancial al texto original. Los géneros se diluyen en un todo hermoso y completo: la verdad siempre es tragicómica.

 

Se podría decir tanto… Hablar de los actores, por ejemplo, del recital de talento que nos ofrecen, a veces en pequeñas gotas. Nada menos que Charlton Heston, Jack Lemon, Gerard Depardieu, Robin Williams, y tantos otros, haciendo papeles supuestamente episódicos. No hay papeles pequeños, sino actores pequeños advertía Stanislavski. Homenaje a los actores, a estos y a todos en general, al teatro como espejo veraz de la realidad, como instrumento para azuzar las conciencias.

 

Y, por último, el recital de Branagh como actor. Contenido en el exceso, exacto en el punto cero, intenso y contundente en las estribaciones de lo íntimo. Kate Winslet todavía no era la que ahora es, pero ya le da la réplica amorosa en un amor marcado por lo imposible, por la muerte, la desesperación, la locura y la desgracia.

 

Si tuviera que elegir tres películas en mi vida, ésta sería, sin duda, una de ellas.

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