Todos los hermosos caballos. Cormac McCarthy.

27 Abril 2013

Para caminar por el desierto

“Todos los hermosos caballos”, de Cormac McCarthy (Literatura Mondadori) es una novela que transpira grandeza. Viene a decirnos que son posibles los grandes gestos de dignidad, aunque sea en un contexto de supervivencia pura y dura, en ámbitos donde solo rige la ley del más fuerte. Es una historia privada que trasciende con mucho esa esfera de perímetro limitado; una hermosa y profunda metáfora, una parábola sobre la esperanza en el ser humano y su capacidad para discernir finalmente entre el bien y el mal.

Hay algo de poema heroico en la actitud del joven John Grady Cole, que lucha solo por lo que cree justo. No lo hace por egoísmo o por beneficiarse de sus propias acciones, ni por rencor o algún sentimiento de venganza. Intenta restaurar el orden moral que otros alteraron gravemente. Inmerso en una catástrofe de casualidades y desgracias, ilumina su camino con algunas verdades sencillas pero esenciales. Y ese es su comportamiento hasta el final. No consigue su propósito: ni puede devolverle la vida a quienes la perdieron a manos de los miserables, ni su amor puede ser correspondido como querría, porque otras razones, además de las del corazón, se terminan imponiendo para su propia desgracia. Nada de esto ocurre, pero él, herido y destrozado por el dolor, consigue redimirse en su  propio juicio personal. El juez con el que susurra al final de la novela y que le acoge como un padre, es, tal vez, él mismo.

Asombrosa, emocionante y profunda novela del escritor estadounidense, primera de una trilogía mundialmente conocida. Brillante exposición de unos hechos complejos, o, mejor dicho, de significado complejo. Al fin y al cabo se nos plantea nada menos que un poderoso debate de ideas y emociones que nos mantiene con la respiración entrecortada a lo largo de las casi trescientas páginas que dura el recorrido del protagonista por el agreste desierto de México en busca de unos caballos.


Climas. André Maurois.

1 Abril 2013

No eran eternas, pero siguen estando vivas

Después de leer “Climas”, de André Maurois (1885-1967) me vienen a la cabeza muchas reflexiones. La primera es lo mucho que yo he cambiado desde la primera vez que la leí en aquella juventud devoradora de libros. La segunda tiene que ver con otro cambio: la de las mujeres sobre la faz de la tierra, o, al menos, las mujeres en este lado del planeta.

Esta segunda reflexión siempre se asoma a mi cerebro tras la lectura de algunas novelas como Rojo y negro, La cartuja de Parma, Ana Karenina, La Regenta, Madame Bovary… Viene a ser más o menos así: estas heroínas que luchan por su felicidad lo hacen aceptando implícitamente que el mundo que les tocó vivir es un mundo de hombres, regido por los hombres, estructurado a imagen y semejanza, o asumiendo el rol secundario de la procreación, en algunos casos, o el de víctimas entregadas a los hombres en general, o a uno en particular, por los que sienten un amor desbordante. Cada cual al suyo. Por eso, producen simpatía instintiva aquellas que lucharon con más intensidad, al menos desde la parcela de su vida privada, para cambiar ese status quo, adelantándose al menos unos metros a ese tiempo que las encorsetaba, y nunca mejor dicho.

Estas novelas ya no responden a una sensibilidad existente en la actualidad. En ese sentido, están pasadas de moda. Hablan de un “eterno femenino” que, afortunadamente, no era eterno y que ya murió junto con las condiciones sociales que lo hacían posible. Y, sin embargo, qué maravillosas siguen siendo todas, cómo nos emocionamos todavía con su fuerza, su rebeldía, su saltarse el guión de niñas buenas que parecía escrito para ellas. Y siguen siendo novelas maravillosas porque describen con una precisión asombrosa los claroscuros de la sensibilidad femenina, las claves profundas de una sicología adormecida o mediatizada por la sociología, valga la expresión.

“Climas” es posterior a estas grandes novelas y a estos grandes escritores, de los que, por cierto, se siente indisimuladamente deudora. Pertenece por derecho propio a ese hilo de literatura sicológica que tiene en Francia tan buenos exponentes y que empieza con “La Princesa de Clèves”, de Madame de Lafayette. Y nos cuenta, con trazos de todas ellas, la historia de tres mujeres que vivieron en relación a un hombre. El procedimiento literario es asombroso. La primera parte es una carta que éste (Phillippe) le escribe a la segunda (Isabelle). En ella le narra su desgraciado primer matrimonio con una joven hermosa que terminó traicionándole a él, casándose con otro hombre y suicidándose al final (Odile). La segunda parte es el relato de Isabelle, una vez casada con el viudo. Este vivió toda su vida añorando a la fallecida, y buscándola en otras mujeres, asumiendo como propios algunos defectos que le atormentaron en la primera relación. Y en esta segunda parte se nos cuenta el desgraciado amor de este  hombre con la tercera (Solange), una mujer que terminó abandonándole como amante. Tres mujeres y un hombre. Todo, de una manera o de otra, consecuencia de una cadena de errores.

¿De errores? ¿De conductas que invariablemente tenían que ser así y no de otra manera? ¿Seguimos buscando en las personas con las que convivimos los ecos de las personas que ya no están? ¿La vida es esta sucesión de experiencias que se encadenan unas con otras? ¿Hay posibilidades de escaparse de esta maldición? ¿En este terreno, hombres y mujeres son iguales o diferentes? No recuerdo cuáles fueron las preguntas que me hice cuando hace muchos años la leí por primera vez, pero intuyo que fueron menos, como si la vida se empeñara en acrecentar sus misterios, como si la experiencia fuera inútil y no termináramos nunca de conocernos del todo y conocer a quienes nos rodean. La vida bastantes veces no provoca certezas sino que, aunque nos pueda parecer paradójico, amplía las dudas.

“Climas” deja preguntas en el aire, además de un sabor de excelente literatura, de sabiduría en la elección de los procedimientos, en la creación de climas, precisamente de climas morales. También en la creación de personajes, extraídos de la realidad de su época, realizando una instrospección sutil y profunda de cada uno de ellos, provocando nuestro interés creciente y nuestro afán por conocerlos mejor, y averiguar el destino que el novelista pensó para ellos.


El pintor de batallas. Arturo Pérez-Reverte

29 Marzo 2013

Sobre el significado de la guerra

Confieso que me ha sorprendido “El pintor de batallas”, de Arturo Pérez-Reverte (Ed. Alfaguara), de las pocas novelas españolas recomendadas en ese libro imprescindible llamado “La buena novela”, de la escritora francesa Laurence Cosse (Impedimenta). Es una novela seria, profunda y compleja, dentro de su aparente sencillez. Hasta ahora he huido del nombre al que consideraba una figura mediática por encima del escritor. Este primer encuentro presagia otros posteriores.

Recuerdo, como le ocurre a casi todo el mundo, a Pérez-Reverte detrás del micrófono contándonos desastres y conflictos por el mundo. Años más tarde, leo una novela en donde esa crónica del horror se sistematiza y se expresa en una estructura literaria muy bien elaborada. Un pintor especial, y antiguo fotógrafo de guerra, está trabajando en la soledad de su casa en una especie de enorme cuadro que trata de expresar el horror de la guerra, de todas las guerras. Para él los conflictos bélicos ya no caben en una foto, y está materializando una especie de reto personal en forma de inmenso mosaico. De pronto, aparece un tipo con intenciones de matarle. Se trata de un antiguo soldado croata, al que en mitad del fragor de la batalla, le hizo una foto. Esa foto le cambió la vida, y ahora viene a compensar el daño causado. Es decir, a ajusticiarle, a vengarse, a conseguir una especie de simetría.

Arturo Pérez-REverte

Arturo Pérez-REverte

La novela es, en realidad un diálogo entre ellos, y entre el pintor y sus recuerdos, su conciencia y una mujer que todos los días acompaña a los turistas y les informa que en las inmediaciones del acantilado hay un artista muy conocido internacionalmente… Y las páginas pasan ante nuestros ojos sin más acción que el transcurrir de las horas, el añadido de matices al cuadro, del rumor de las voces entre estos dos hombres a los que el azar los juntó un día.

Me gusta, como decía, la seriedad de la novela. Está escrita por alguien que sabe de qué habla. Que se plantea todavía dilemas morales: ¿es lícito fotografiar el horror? ¿Haciéndolo, se acrecienta o se aminora? ¿Es posible permanecer impasible ante el crimen? ¿La guerra es consustancial a nuestro paso por el mundo, forma parte de nuestra animalidad, de nuestra esencia?

Preguntas complejas en un mundo que ha convertido todo –la cultura, la muerte, la alegría-, en un espectáculo banal.


“Correr”. Jean Echenoz.

22 Marzo 2013

Pinceladas decisivas

Este libro no nos abruma con las peripecias vitales de Emil Zátopek, ni nos detalla los records, ni las innumerables carreras que ganó, destrozando a los rivales a los que solía sacar varias vueltas de distancia, de manera especial en las de largo recorrido.

Mejor dicho, lo hace, pero en pequeñas pinceladas…

Este libro no nos habla de los orígenes familiares, educacionales o biológicos de un ser humano fuera de lo corriente, de un auténtico portento de la naturaleza que llegó a ser un verdadero ídolo en su país, y en el resto del mundo. Tampoco nos sumerge en su profundidad sicológica, ni en la de las personas que quiso y que le quisieron, ni especula sobre los porqués o las causas que fueron diseñando su personalidad. No informa sobre rarezas, capacidades, limitaciones, curiosidades…

Mejor dicho, lo hace, pero en pequeñas pinceladas…

Este libro no nos narra el proceso de transición política y social de la antigua Checoeslovaquia, desde el comunismo más puro y una extrema fidelidad a los postulados de Unión Soviética, hasta llegar a esa primavera liberadora y entusiasmante que todos recordamos como una de las gestas más interesantes y hermosas del pasado siglo XX. No nos llena de datos, ni nos describe con demasiado interés el ambiente opresivo que durante esos años se respiraba en el país que vio nacer a nuestro atleta y al mismísimo Franz Kafka.

Mejor dicho, lo hace, pero en pequeñas pinceladas…

¿Que qué es eso de pequeñas pinceladas…? Eso es decidir de manera meticulosa lo que se cuenta, poner en práctica un plan literario implacable, que excluye lo superfluo, que sugiere más que obliga, que esconde más que muestra, a partir de un conocimiento exhaustivo de la figura de la persona retratada –Emil Zátopek, “La locomotora humana”-, por parte del escritor, el novelista y biógrafo, Jean Echenoz. Es saber hacerlo y, a la vez, saber contarlo con parecida y equivalente economía y precisión, impregnando las páginas de un suave aroma poético que no molesta pero que se hace presente desde el principio hasta el final de esta novela biográfica, o biografía novelada, o….

“Correr”, de (Acantilado) no es mejor que “Ravel”, pero está en su línea y es, sin duda, una auténtica maravilla.


Los cien libros de mi vida…, de momento….

22 Marzo 2013

Esta lista ha cambiado a lo largo de los últimos meses. Sigue siendo enormemente difícil hacerla. Pero aquí están, de momento, los cien libros de mi vida.

La arboleda perdida. Rafael Alberti.

Paula. Isabel Allende.

Dinero. Martin Amis.

El lazarillo de Tormes. Anónimo.

Trilogía de Nueva York. Paul Auster.

El palacio de la luna. Paul Auster.

El país de las últimas cosas. Paul Auster.

El libro de las ilusiones. Paul Auster.

Invisible. Paul Auster.

La piel de zapa. Honoré de Balzac.

Homero, la Hiliada. Alessandro Baricco.

Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Alessandro Baricco.

La busca. Pío Baroja.

Una novela francesa. Frédéric Beigbeder.

Los detectives salvajes. Roberto Bolaño.

Opiniones de un payaso. Heinrich Böll.

El Aleph. Jorge Luis Borges.

Hilos del tiempo. Peter Brook.

Vida del señor de Molière. Mijail Bulgakov.

Mi último suspiro. Luis Buñuel.

Si una noche de invierno un viajero. Italo Calvino.

El primer hombre. Albert Camus.

Amor y anarquía. Martín Caparrós.

A sangre fría. Truman Capote.

El siglo de las luces. Alejo Carpentier.

Residente privilegiada. María Casares.

El Quijote. Miguel de Cervantes.

Conversaciones. E.M. Cioran.

La Regenta. Leopoldo Alas “Clarín”.

Bajo la mirada de occidente. Joseph Conrad.

Rayuela. Julio Cortázar.

Cuentos. Julio Cortázar.

Memorias de ultratumba. Chateaubriand.

El placer. Gabriele D´Annuncio.

Historia de dos ciudades. Charles Dickens.

Nietochka Nezvanova. Fedor Dostoievski.

Estudio en escarlata. Arthur Conan Doyle.

Ravel. Jean Echenoz

El viaje a ninguna parte. Fernando Fernán Gómez.

Madame Bovary. Gustave Flaubert.

La educación sentimental. Gustave Flaubert.

Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.

Werther. Goethe.

Pombo. Ramón Gómez de la Serna.

Señas de identidad. Juan Goytisolo.

Recuento. Luis Goytisolo.

Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway.

El lobo estepario. Hermann Hesse.

Juliet Naked. Nick Hornby.

Fiebre en las gradas. Nick Hornby.

Plataforma. Michel Houellebecq.

La metamorfosis. Franz Kafka.

El castillo. Franz Kafka.

En el camino. Jack Kerouac.

Nada. Carmen Laforet.

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.

Vuelva usted mañana. Mariano José de Larra.

Si esto es un hombre. Primo Levi.

Los novios. Alessandro Manzoni.

La mujer justa. Sándor Marai.

Tan lejos, tan cerca. Adolfo Marsillach.

Tiempo de silencio. Luis Martín Santos.

Nosotros los Rivero. Dolores Medio.

Vidas minúsculas. Pierre Michon.

Trópico de Cáncer. Henry Miller.

Cuentos. Yukio Mishima.

Villa trisite. Patrick Modiano.

El peso de la paja. Terenci Moix.

El astillero. Juan Carlos Onetti.

1984. George Orwell.

Los pazos de Ulloa. Emilia Pardo Bazán.

La desheredada. Benito Pérez Galdós.

Notas sobre París. Josep Pla.

Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.

La vida del Buscón. Francisco de Quevedo.

Diario 1887-1910. Jules Renard.

Confesiones. Jean Jacques Rousseau.

Justine. Marqués de Sade.

Buenos días, tristeza. Françoise Sagan.

El jarama. Rafael Sánchez Ferlosio.

El evangelio según Jesucristo. José Saramago.

El gran Gatsby. F. Scott Fitgerald.

El lector. Bernhard Schlink.

El largo viaje. Jorge Semprún.

El gato. Georges Simenon.

El filo de la navaja. W. Somerset Maugham.

Soberbia. W. Somerset Maugham.

Rojo y negro. Stendhal.

El perfume. Patrick Süskind.

Ana Karenina. Lev Tolstoi.

Patio de butacas. Javier Tomeo.

La tía Tula. Miguel de Unamuno.

Sonatas. Ramón del Valle Inclán.

Cuerpos y almas. Maxence Van der Meersch.

Conversación en la catedral. Mario Vargas Llosa.

La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa.

Dublinesca. Enrique Vila-Matas.

Tratado sobre la tolerancia. Voltaire.

El mundo de ayer. Stefan Zweig.


Los vecinos de enfrente. Georges Simenon.

20 Marzo 2013

Imposible horizonte

Adil Bey, el nuevo Cónsul de Turquía llega a Bartum, ciudad rusa. Allí no conoce a nadie, ni sabe hablar el idioma. Además, sus primeros contactos con otros colegas son confusos cuando no directamente molestos. Entre todas las personas a las que conoce, solo le interesa Sonia, su propia secretaria con quien empieza a mantener una relación sentimental extraña e inclasificable.

Su vida es un deambular por las calles solitarias y convivir con unos vecinos imperturbables que parecen dedicados a vigilar sus movimientos.

Todo se complica cuando descubre que su predecesor murió envenenado. El comienza a sentir también síntomas de envenenamiento y al poco comienza a intuir que la responsable de todo es Sonia. Esta le confiesa la verdad, a pesar de lo cual Adil le propone escaparse juntos a su país, huyendo de una situación personal insoportable y un país sin libertad y en donde todos se sienten encerrados sin opciones de cambiar sus vidas. La muchacha acepta pero no acude a la cita. Presumiblemente sus intenciones han sido descubiertas.

Los vecinos de enfrente (Acantilado) es una hermosa novela de intriga, de espionaje. Por encima de todo, de relaciones imposibles y de incomunicación, tema muy frecuente en Georges Simenon. Concisión, descripciones ajustadas, ambientes trazados con precisión y firmeza. Se lee de un tirón y deja un regusto de profunda tristeza.


Matar al padre. Amélie Nothomb

17 Marzo 2013

A veces, nada es lo que parece

Novela inquietante, de aparente sencillez pero de compleja interioridad. Las fronteras entre la realidad y la ficción, entre la magia y el engaño. Los roles sociales también son susceptibles de manipulación, de trampa: se es padre cuando se quiere ser padre y hay alguien dispuesto a hacer de hijo. Dos magos: el uno le enseña al otro los trucos del oficio, y el alumno los utiliza contra el maestro. Novela oscura, novela sobre las relaciones humanas, sobre la verdad y la mentira, sobre la fidelidad y la traición, sobre lo que es y no es la paternidad. “Matar al padre”, de la escritora belga Amélie Nothomb (Anagrama), un ejercicio literario de calidad concentrada.


La mujer justa. Sándor Márai.

16 Marzo 2013

“La vida tiene algo de crimen, por si no lo sabías…”

“Disponemos de un sistema de recepción de onda corta que nos permite captar incluso los más íntimos secretos del prójimo: las palabras y los actos son meras consecuencias de tales percepciones… Estoy convencido de ello”

Sándor Márai

La mujer justa, de Sándor Márai (Narrativa/Salamandra),  es una novela magnífica.

Primero, por razones obvias: su estructura es original, perfecta y va a favor de lo que se cuenta. Tres personas nos narran hechos de la vida desde tres perspectivas diferentes. Eso confiere inevitablemente al lector un cierto papel de árbitro, y lo mantiene tanto en un gozo constante al comprobar como las piezas encajan o no en el engranaje de la totalidad, como en un estado de alerta permanente. Ese procedimiento enriquece lo que se cuenta, y hace bunas las palabras de Francisco Rico cuando analizaba las peripecias del Lazarillo de Tormes: la realidad se resuelve en puntos de vista.

En segundo lugar, porque compone ante nuestros ojos tres personajes con entidad propia, con sus grandezas y miserias, con sus lados fuerte y frágil, con sus peculiaridades y prejuicios, integrados y coherentes en las clases sociales a las que pertenecen, y, al mismo tiempo, interdependientes. Es, en realidad, lo que a nosotros nos ocurre en la vida real, en donde a pesar de que intentamos reafirmarnos en nosotros mismos a veces de un modo estúpido, somos mucho más dependientes del paisaje y del paisanaje de lo que creemos. Hay, por tanto, un sustrato dramatúrgico que subyace, lo cual ha dado pie a versiones teatrales del texto. (Yo he tenido la suerte de leer la del argentino Hugo Urquijo, gracias a su generosidad, que me ha parecido excelente).

Espacio escénico de la versión argentina

Espacio escénico de la versión argentina

En tercer lugar, porque el libro pone en boca de algunos personajes pensamientos e ideas de gran calado. En este sentido, sus páginas nos proponen un rosario de reflexiones que nos obligan a posicionarnos: el sentido de la soledad, de la existencia, de la pasión, de la amistad, del matrimonio… Tal vez asuntos que ya estaban archivados en nuestro cerebro, y que emergen de nuevo con una capacidad de provocación intelectual de extraordinaria potencia.

Solo cinco perlas:

“Muy pocos soportan la idea de que no hay remedio para la soledad de la existencia. La mayoría alimenta esperanzas, se agarra a lo que puede, busca refugio en las relaciones humanas, pero a sus intentos de fuga de la cárcel de la soledad no les pone verdadera pasión ni entrega, y entonces se ocupa en mil ocupaciones falsas, trabaja de sol a sol o viaja sin parar, o compra una casa grande… pero no sirve de nada.”

“Cuando nos damos cuenta de los momentos decisivos, la mayoría de las veces ya han pasado y no nos queda más remedio que aceptarlo y salir corriendo a avisar a un abogado, a un médico o a un cura”

“Solo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero decir que solo si te aproximas a un libro con el ánimo dispuesto a herir y ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo en construir algo en la vida o en el trabajo…”

“En casa todo es más sencillo y a la vez más enigmático, más misterioso, porque ni la más espectacular localidad extranjera puede hacernos vivir una experiencia comparable a la que guardan las habitaciones del hogar abandonado. Esa experiencia es la infancia. El recuerdo de la expectación. Eso es lo que hay en el fondo de nuestras vidas.”

“La pasión no tiene nada de fiesta. Esa fuerza sombría que crea y destruye el mundo sin cesar no pregunta nada a aquellos a quienes toca, no quiere saber si le gusta o no, no le importan mucho los sentimientos humanos. (…) No es casualidad que en la historia de la humanidad las grandes parejas de amantes estén rodeadas de la misma aura de respeto y veneración que los héroes, que, con suprema valentía y por propia voluntad, arriesgan la piel en alguna hazaña grandiosa y desesperada”.

Sándor Márai

Sándor Márai

Por último, “La mujer justa” nos hace una radiografía estremecedora de lo que supusieron las dos guerras mundiales, lo mucho que se perdió en ellas, y del periodo que se vivió entre una y otra: “Nos movíamos –dice Márai en boca de uno de sus personajes-, con cierta desconfianza, como si alguna vez hubiésemos sido víctimas de un atraco…” Hay momentos de una enorme sutileza, que nos conmueven y recuerdan las hondas páginas que Stefan Zweig escribió en ese testamento literario llamado “El mundo de ayer”. Y sobre el sentido mismo de la cultura, de la que este hermoso libro se erige en vibrante defensor, y que el escritor húngaro define como un “reflejo condicionado”. Márai expone una tesis deslumbrante: “la cultura es cuando una persona… o un pueblo… se colma de una alegría inmensa!”

Establece, pues, un curioso paralelismo entre las personas y los pueblos alegres con las personas y los pueblos cultos, y su contrario: la tristeza es sinónimo de barbarie. Confieso que debo pensarlo, pero lo voy a hacer con sumo gusto.


Los detectives salvajes. Roberto Bolaño.

10 Marzo 2013

Novela para releer

Durante la lectura de “Los detectives salvajes”, de Roberto Bolaño he tenido sensaciones parecidas a las de un alpinista perdido entre la niebla y agarrado a la montaña por apenas un clavo diminuto. En otros momentos, sin embargo, me he paseado por territorios acogedores, planicies de sol y de frondosa naturaleza. He estado a punto de abandonar varias veces, lo confieso, y, finalmente, he coronado la cima. Me siento feliz, porque si no hubiera persistido en el intento, ahora no vería lo que veo.

Desde esa cima hablo, o escribo…  Todavía deslumbrado, todavía cansado, respirando feliz.

Compruebo que desde aquí todo se ve con una nitidez pasmosa. Desde aquí distingo aquellos lugares en donde anduve perdido y percibo también aquellos otros territorios verdes e iluminados. Y los veo formando armoniosamente partes de un todo extraordinario, de una belleza incontestable. Y no es que el final justifique nada. El estilo es lo que justifica todo, la manera de contar.

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño

Unos jóvenes forman un grupo poético en el México de los años cincuenta. Algunos de ellos, tiempo después e impelidos por la necesidad de huir de la capital, se alistan a una aventura: encontrar a la que fue pionera de todos, la poetisa Cesárea Tinajero. La manera de acercarse hasta ella es, en muchos momentos, alejarse. En el tiempo de la novela, en el tiempo de la realidad ficcional. Al final, la encuentran y ella muere, les salva la vida, puesto que en esta búsqueda todos andan enredados en una especie de trhiller indeseado y en el que viven prisioneros. A partir de que la encuentren, comenzará para ellos una nueva vida, una vida que también nos será contada, de manera fragmentada, a través de puntos de vista cercanos y lejanos, de las personas a las que conocieron, amaron y odiaron.

La sensación final es de plenitud: lo hemos conseguido. Hemos llegado al final, y ahora los personajes, a los que tanto hemos conocido, deben reposar en el cerebro y en el corazón del lector, tal vez en un estómago repleto de símbolos e intuiciones, hasta que una correcta digestión nos vaya revelando con el tiempo su verdadera identidad, y las interpretaciones que sus sombras poseen y todavía no sabemos distinguir con claridad.

Novela para releer años después. Novela para leer, para digerir, para pensar al cabo del tiempo. Novela de viajes, que, como todos los viajes que merecen la pena, nos llevan hasta algún sitio de nuestro propio interior.

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La Princesa de Clèves. Madame de Lafayette.

24 Febrero 2013

Tiempos de oscuridad

Cuando este libro fue publicado en 1678 constituyó un auténtico fenómeno de masas. Hay quien lo considera la primera novela moderna europea, y es, no cabe ninguna duda, un referente de lo que podríamos llamar literatura sicológica. Han pasado más de tres siglos desde que Marie Madeleine Pioche de la Vergne, Marquesa de Lafayette (1634-1693), aquella mujer pionera e ilustrada, lo pensara y escribiera, y su inteligente autora sigue consiguiendo que lleguemos intrigados a la última página para saber si serán o no posibles los amores entre la hermosa Princesa de Clèves y el atractivo Duque de Nemours.

Nosotros tenemos una ventaja con respecto a los contemporáneos de la escritora: hemos leído a Stendhal, a Flaubert, a Tolstoi y otros novelistas que nos precipitan al desastre junto a sus personajes, especialmente junto a algunas de sus extraordinarias heroínas. Sabemos ya que una novela no tiene porqué acabar bien, y que tal vez por eso, por su relación con la realidad, la novela no solo no ha muerto sino que goza de una magnífica salud. Por eso, casi agradecemos que la Princesa se recluya en un convento para olvidar a la persona que tanto amó, y no recurra a otros métodos más radicales, como después harían algunas de sus descendientes literarias, para conseguir su propósito.

Molière, contemporáneo de la escritora, tiene una escena en el Tartufo en la que Valerio y Mariana, dos jóvenes que se aman con pasión y esperanza, son incapaces de deshacer un estúpido entuerto entre ellos. Tiene que intervenir Dorina, la avispada criada de la casa, con su tozudo sentido de la realidad, la que les haga ver que se consumen en un absurdo mundo de equívocos que les lleva derechos a la infelicidad. Como el dramaturgo, la Marquesa nos describe un mundo llena de intrigas y de pasiones ocultas, de envidias y resentimientos, en donde lo difícil es comportarse con una cierta normalidad entre tal maraña de impedimentos sociales y prejuicios morales.

Es una forma de hablar: el tiempo en el que vivían los personajes de esta corte francesa, llena de brillo y de esplendor, necesitaba otro tipo de luces para iluminar la oscuridad de las conciencias y los comportamientos. La autora de este hermoso libro parece adelantarse muchos años antes a este diagnóstico.

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El ardor de la sangre. Irène Némirovsky.

21 Febrero 2013

¿Somos lo que fueron…?

¿Quiénes somos? Somos el resultado de lo que hemos sido hasta que nos hacemos la pregunta. Pero eso no es todo. Somos también lo que fueron nuestros predecesores, de los que hemos heredado rasgos, gestos, formas de ser. Incluso el ardor de la sangre. A partir de ahí se establece el eterno debate sobre el peso de la biología y el de la cultura, debate siempre abierto.

Irène Némirovski es una escritora extraordinaria, que no solo maneja a la perfección la técnica de la intriga, la estructura interna de la obra literaria o la construcción minuciosa de los personajes. Su vida es también una tragedia, porque trágicos son los momentos que le tocó vivir y trágica su condición de mujer y de judía en ellos. Pero es también…, porque sus novelas destilan un aroma innegable a tragedia, entendiendo por tal la crónica de unos personajes a los que su propia genética, y la de quienes les precedieron, marca de un modo brutal su propio presente.

Y viceversa… Los padres a veces no comprenden la conducta de sus hijos, porque ésta atenta contra las costumbres y los valores que ellos han ido adquiriendo con el paso del tiempo y que ahora defienden con uñas y dientes. La moral burguesa es sólida pero muy olvidadiza porque para comprenderlos, bastaría con que se recordaran a sí mismos cuando tenían la edad de sus hijos. Tal vez ese nudo invisible que nos une a unos y a otros sea lo más parecido a ese manual de instrucciones sobre la vida que añoramos cuando la realidad se nos manifiesta inquietante y en su oscuridad deambulamos como si fuéramos náufragos. Pero es manual que, a su vez, necesitamos saber interpretar.

De todo eso se habla en “El ardor de la sangre”. Pero de un modo que nos sobrecoge página tras página. No estamos ante un tratado de antropología social, sino ante una verdadera novela, que se pega a nuestras manos porque desprende calor, humanidad, interés creciente. Y por eso, es sencillamente genial.


Ravel. Jean Echenoz

19 Febrero 2013

Contar toda una vida

Hay libros que nada más terminar de leerlos nos provocan un regusto de felicidad. Percibimos en ellos –ya en nosotros-, una especie de asombrosa perfección en su conjunto: nos interesaron de un modo extraordinario mientras los leíamos, y, además, su arquitectura se nos manifiesta al acabar como un logro esplendoroso de quien la diseñó.

Ravel es, para mí, uno de esos libros. En él Jean Echenoz nos cuenta los últimos diez años (1927-37) de la vida del compositor francés Maurice Ravel, autor de algunas piezas que ya forman parte del repertorio musical de todos los tiempos. Creo que es imposible expresar más y mejor en tan pocas páginas. En poco más de cien, se condensa la figura externa e interna de Ravel. Su éxito social y su fracaso interior: su incapacidad de relacionarse con sus semejantes, su incapacidad de amar, su dificultad para dormir. Y, de forma dramática, el desarrollo de una enfermedad que iba a llevarle a la muerte tras un accidente de tráfico y unos años de auténtico desastre en los que, cuando escuchaba su propia música, preguntaba que de quien era.

Jean Echenoz

Jean Echenoz

Contenido y forma se entremezclan de un modo exacto. Nos cuenta poco, pero nos dice mucho. Biografía novelada, novela biográfica, contada con muy pocas palabras, pero extremadamente precisas. Transmisión de emociones, con cierto aroma de crónica matizada por una suave ironía, que el narrador administra con grandes dosis de sabiduría literaria. Suficiente para provocarnos cierta distancia, pero incapaz de alejarnos demasiado del sufrimiento del hombre. Ejercicio brillante que vuelve a poner en evidencia –ahí están “Vidas minúsculas”, de Pierrre Michón o “El diario de invierno”, de Paul Auster, por poner solo dos ejemplos que lo demuestran-, que ese supuesto género literario puede tener otros horizontes y discurrir por caminos diferentes e inexplorados.

Si quieres ver imágenes de Jean Echenoz, pincha aquí.


Zipper y su padre. Joseph Roth.

7 Febrero 2013

La catástrofe en pocas palabras

La catástrofe contada en pocas palabras

Joseph Roth (1894-1939) escribió “Zipper y su padre (Acantilado) en 1928. Se trata de una novela corta que nos cuenta la historia particular de la familia Zipper. Padre lunático, madre tradicional, y unos hijos muy peculiares: Casar, que terminará sus días de una manera horrenda, siguiendo la línea de su propia vida, y Arnold, en quien más se centra el autor, que al regreso de la guerra contraerá matrimonio con una famosa actriz teatral y cinematográfica que terminará abandonándolo.

Es, como decía, una novela corta, del mismo tamaño que biografías de estas personas, probablemente parecidas en calidad a las de muchas otras con las que coincidieron en el tiempo tormentoso en que les tocó respirar. Los cementerios europeos están ahora mismo llenos de nichos con los restos de personas irrelevantes, víctimas  de unas circunstancias brutales, que son en definitiva la crónica de una desastre colectivo.

Joseph Roth

Si hubo una guerra cruel y absurda, ésta fue la primera guerra mundial. Stefan Zweig, contemporáneo de Roth, nos habla de ello explícitamente en “El mundo de ayer”, con páginas que nos emocionan profundamente. Roth lo hace de manera implícita y en ello radica la belleza y la eficacia de su literatura porque nos deja un regusto amargo en la garganta y nos retrotrae a una reflexión eterna: el propio sinsentido de la existencia, y, naturalmente, el fracaso histórico al que cualquier guerra precipita a sus participantes y probablemente a sus descendientes.

Si usted lee “Zipper y su padre” tendrá la sensación equivalente a la que le proporcionaría beber el sorbo de un vino embotellado a finales de los años veinte en el corazón de un viñedo europeo, calcinado ya por un incendio devastador.


Estudio en escarlata. Arthur Conan Doyle.

2 Febrero 2013

Inteligencia especializada

En “Estudio en escarlata” (Ed. Valdemar 2011), Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930) te va llevando de la mano, con peripecia de gran narrador. Un crimen ha conmovido a la opinión pública londinense y desconcertado a la policía de esa ciudad que se muestra incapaz de encontrar y seguir pista alguna. Aparece entonces en escena Sherlock Holmes, esgrimiendo unas teorías revolucionarias sobre el ejercicio de la deducción, que son el resultado de su extraordinaria capacidad para observar y analizar la realidad. Su discurso es implacable, y suena, como no podía ser de otro modo, con una pizca de arrogancia, que puede llegar a ofender a quien le escucha y especialmente a los pobres policías que navegan en la oscuridad. Acaban de conocerse él y John Watson, que se va a convertir en el contador de los relatos, y comparten piso recientemente en la capital porque ninguno de los dos está en capacidad de pagarse uno solo.

El asunto evoluciona entre razonamientos y peripecias absolutamente interesantes y sorprendentes para el lector. Y, de un modo insospechado, frente a la propia policía que se encuentra en su casa representada por dos inspectores que parecen competir en torpeza, y su compañero de piso, Holmes le pone inesperadamente las esposas a un hombre que ha aparecido en ella. ¿El asesino se entrega sin más? ¿Ha sido una trampa de Holmes sutilmente puesta en práctica?¿Aquí se acaba la novela?


Tranquilidad. Con estas preguntas en la recámara, lo que termina es solo la primera parte, dejándonos, eso sí, un regusto de insatisfacción: hay todavía muchas más preguntas que el gran seductor debe resolver. Ha ido todo demasiado deprisa para todos menos para él. Más deprisa que la policía, que el asesino, y que nosotros, pobres lectores que todavía no estamos acostumbrados a su brillantez y a su eficacia y que parecemos excursionistas obesos caminando detrás de un ágil escalador en una de las caras más complicadas del Everest. Al final y al cabo es la primera entrega literaria en la que aparece este asombroso personaje, a quien ponemos imágenes tan nítidas –especialmente después de ver algunas memorables interpretaciones en la gran pantalla-, como se las ponemos al enjuto Don Quijote y al orondo Sancho Panza los españoles, o a Tartufo, los franceses. Representa, de algún modo, la figura del perfecto inglés decimonónico, amante del orden y de la lógica, fiel a sus costumbres y celoso conservador de su propio espacio vital, de sus rutinas y de sus propios vicios personales.

Desconcierto, como decía, al comenzar la segunda parte, y todavía más desconcierto cuando avanzamos en un nuevo relato no menos extraordinario, situado a muchos miles de kilómetros de donde habíamos estado antes y que nos cuenta otra historia, con otros personajes, en una situación absoluta y radicalmente diferente. Asistimos nada menos que a la construcción del primer asentamiento mormón en la Norteamérica profunda, conocemos las leyes sociales tan rígidas, sexistas e injustas que allí se aplican, y observamos la crueldad a la que algunos de sus miembros pueden llegar. Solo desvelaré una cosa: el asesino de la primera historia es una de las víctimas de la segunda. Su vida se ha convertido, por tanto, en una venganza programada, y entendemos que lo que leímos al principio, no es algo desgajado, sino la conclusión de una hermosa y terrible historia de amor ocurrida cronológicamente antes y contada después, que termina en aquella enorme venganza que la policía no sabía desentrañar.

Cuando armamos el puzzle en nuestra cabeza de lectores, nos sentimos muy bien, enormemente satisfechos de nosotros mismos. Hasta casi el final no sabíamos componerlo y ahora todo resplandece. En cierta medida, hasta nos creemos partícipes de haber llegado hasta aquí con tan excelentes resultados. Es lo mismo que les ocurre a los pobres policías que al principio tan desconcertados estaban y ahora, una vez resueltos todos los aspectos, no se cortan al creerse partícipes del éxito, como también pronosticaba que ocurriría el gran Holmes, gran conocedor de las miserias del espíritu.

Porque lo que más brilla en ese resplandor es la cabeza deductiva de ese hombre descatalogado, a quien le gusta tocar el violín en la intimidad, quien dice que el cerebro no debe llenarse de conocimientos inaplicables porque el tamaño de la memoria es reducido y hay que elegir. Un personaje controvertido intelectualmente, heredero de otros anteriores (el Turpin de “Asesinato en la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe, por ejemplo), pero construido con una perfección humana y literaria asombrosa. No es el único valor de “Estudio en escarlata”, pero tal vez sea lo que consigue que todo lo demás huela a perfección implacable, a obra maestra.

No es de extrañar, sino todo lo contrario, que con este nacimiento el propio Arthur Conan Doyle se sorprendiera del éxito alcanzado. Y casi, llevado en volandas por su legión de lectores, tuviera que inventar sesenta historias más protagonizadas por el inmortal detective.

Si quieres ver imágnes de una versión televisiva de “Estudio en escarlata” (protagonizada por Peter Cushing), pincha aquí.


Vidas minúsculas. Pierre Michon.

26 Enero 2013

El viento que nos reúne

Si la buena literatura estuviera hecha de electricidad, este libro daría calambre… Electricidad poderosa y electricidad concentrada. Hay un afán de potencia y condensación, hay una precisión en el adjetivo, en la búsqueda permanente por la expresión perfecta de las ideas.

Un biógrafo cuenta su biografía a través de las vidas minúsculas de otras personas. Personas que fueron sus ancestros y personas con las que coincidió en sus guerras particulares. El padre que se marchó, los abuelos que lo esperaban, la hermana que murió, los compañeros de escuela, los que estaban en el mismo manicomio, las novias que nos aguantaron… Ahora todos son briznas de viento, convertidas en poderosos recuerdos. Ahí están: fuera y dentro, traducidos a palabras y a discursos.

El biógrafo biografiado ha aprendido a escribir en el intento, se ha encontrado finalmente con la escritura que se pasó la vida buscando, a la que trató de encontrar por otros caminos que resultaron francamente inútiles.

¿Qué seguimos siendo en lo que queda de los demás? Un día estaremos con ellos. Ya estamos con ellos en cierta medida, porque el pasado se hace presente si el recuerdo es una piedra pulida por lo mejor de nuestra conciencia. El mismo viento que corre por los cementerios nos ventila también a nosotros.

Si quieres ver imágenes de Pierre Michon en la librería Quai des Brumes, pincha aquí


La buena novela. Laurence Cossé.

24 Enero 2013

¿Quién es el malo?

Comienza como un trhiller, sigue como una profunda reflexión sobre lo que es y debe ser la literatura, y regresa al trhiller a la hora de buscar al malo (o a los malos…) que intenta hacer imposible los sueños del bueno. Es simple, pero funciona. Aunque el malo sepamos desde el principio quién es.

“La buena novela” es una novela para los que amamos la novela. Es un estímulo para seguir leyendo novelas, una dosis de eficaz reconstituyente. Después de leerla sientes un ardor lector renovado. Y, además, te sientes inevitablemente en la piel de los protagonistas: ¿qué lector no ha pensado alguna vez abrir la librería de sus sueños, esa que solo exhibe en sus vitrinas y sus estanterías aquellos libros imprescindibles, que nos hicieron vibrar, pensar, sentir…?

Pues eso ocurre aquí. Unos chalados magníficos ponen esa librería en un lugar excelente (la plaza Odeón, nada menos), en el corazón de la ciudad europea que más novelistas, escritores y filósofos ha producido: París. Y en ese lugar, tras un proceso complejo de selección que implica a otras personas, se venden solo las novelas elegidas. Muy pronto obtienen un éxito arrollador. Y muy pronto también empezarán los problemas. Pronto actuará el malo, o, mejor dicho, los malos atrincherados en las sombras.

¿Quién son los malos? Piénselo usted. ¿Quiénes pueden estar en contra de que exista un lugar en donde no rigen las implacables leyes del mercado, del marketing, del mal gusto? Tiene usted razón: esos que piensa son los malos de esta gran novela de la escritora francesa Laurence Cossé.


Rasgueos. Julio Cristellys Barrera

12 Enero 2013

“Rasgueos” es un libro de cuentos, de pequeñas narraciones. No son cuentos complacientes: se trata, en la mayoría de los casos, de la pequeña crónica de un malestar actual que, sin embargo, viene de lejos. Parejas que terminan, herencias biológicas indeseadas, relaciones complejas, fugaces, inesperadas, casuales, como la de ese niño que mira un piragüista que se desmarca de la felicidad deportiva de los demás y se siente atraído por las turbulencias del inquietante pozo de San Lázaro.

El libro está escrito con un estilo reconocible, muchas veces utilizando párrafos largos y muy elaborados, a través de procedimientos diversos, pero siempre con un cuidado esmerado por la forma. La mayoría de estas narraciones se ubican en paisajes de la ciudad en la que habita el escritor: una Zaragoza a veces estilizada y sorprendente para quienes la habitamos.

Julio Cristellys Barrera consigue conmovernos en ocasiones, en otras atraparnos con sus pequeños argumentos, que, a veces, en el último momento, dan un giro inesperado, que modifica o amplia el sentido de lo leído hasta ese punto. Como lectores, nos quedamos entonces pensativos, instalados en una suave paradoja que nos ensimisma durante unos instantes. Los veintiún textos producen un efecto de densidad acumulada, que exigen de nosotros atención e inteligencia. Es difícil establecer referencias, pero hay algo kafkiano en ese presentar una realidad cotidiana construida a partir de elementos invisibles que terminan manifestándose con extrema y tormentosa claridad.

Hay algunos textos memorables, que se destacan por su perfecta arquitectura y su interés argumental. Otros cumplen su función en el puzzle, sin renunciar a su propia identidad y su valor literario. No son innecesarios, sino las pequeñas gotas de un único flujo de pensamiento: la vida sigue y al menos tiene dos caras, deberíamos intentar agarrarnos a la amable, a la instalada en la belleza y la dulce sensualidad de los cuerpos, de las miradas limpias, de la sincera expresión de nuestras más nobles emociones. El horror existe, sí, pero también son posibles la elegancia y la armonía, incluso en una ciudad frecuentemente instalada en más abruptos horizontes. En definitiva, es posible vivir.

Eso, que yo sepa, es lo que intenta conseguir la música desde siempre y para lo que los seres humanos debimos inventarla en el albor de los tiempos. También para escaparnos de realidades que nos superan, nos angustian y ponen en evidencia nuestra extrema fragilidad. José Bergamín decía que él escuchaba la música como quien oye llover… Aquí, en “Rasgueos”, una música, a veces de origen desconocido, se escucha al fondo de cada uno de estos textos, por eso hay una música constante que parece humedecer con suavidad permanente las vidas, en muchos casos atormentadas, de estos personajes.


Stendhal

6 Enero 2013

Tras la lectura de un clásico queda siempre una parecida sensación: hemos tocado el fondo de un océano, hemos llegado muy lejos, más lejos que de costumbre…

Puede no haberte entusiasmado el libro, si solo nos entusiasma lo que trata de lo que está muy cerca. Tal vez encuentres reiteraciones, innecesaria utilización de la palabra para expresar emociones, situaciones, pasajes argumentales. Por el contrario, a lo largo de la lectura podemos habernos quedado defraudados por la rapidez con que nos hemos visto excluidos de un desarrollo narrativo y/o argumental que presumíamos más extenso, más profundo. Nos olvidamos entonces de que las leyes de la creación literaria han cambiado, de que el sentido de simetría, perfección y medida son diferentes a los que, por ejemplo, Stendhal, el gran maestro de comienzos del siglo diecinueve manejaba.

Stendhal me provoca siempre una sensación de extraordinaria desmesura. Haciendo un ejercicio de “literatura ficción”, podríamos pensar que sus libros –especialmente “Rojo y negro” y “La cartuja de Parma”- no estarían escritos ahora con el mismo sentido de la economía y de la proporción. Y qué más da… En las aguas turbulentas de sus capítulos hay siempre un hilo vertebral implacable –el amor que busca estrategias para triunfar en mitad de un ambiente social hostil, que lo dificulta o que lo hace imposible por completo-, y otros hilillos que se superponen, que acompañan y a veces dificultan la visión y el transcurso del primero. Al final, todo se acomoda, y la percepción global es la de una obra de arte perfecta, que nos ha hablado de un tiempo, sí, circunscrito a sus convenciones y a sus miserias, pero también de algo más.

Ese algo más es la profundidad interior. Los personajes de Stendhal dudan, se contradicen, libran una lucha interior que les hace hacer lo que no quieren, lo que no deben, y eso les confiere una permanente actualidad. Esa es la sal de un guiso eterno y magnífico, de una literatura imperecedera que nos mantiene en vilo, que nos sorprende en cada capítulo, que nos tiene en cuenta como espectadores de algo y nos lleva de la mano desde la primera hasta la última de sus palabras.


Mi teatro en 2012

5 Enero 2013

Julia Varley

Julia Varley

Durante el año 2012 vi poco teatro, comparativamente hablando. Ese fenómeno es la consecuencia de que durante el mismo apenas viajé. Excepto una breve escapada a París en la que tuve oportunidad de ver una buena versión de “Las mujeres sabias”, y algún otro a Madrid, no me he movido de Zaragoza. Además, circunstancias adversas me hicieron imposible asistir a algunos espectáculos, y en concreto al que José Luis Gómez presentó hace pocas semanas en el Teatro Principal.

Por eso, las dos realidades teatrales que yo destacaría tuvieron lugar en mi ciudad, y, en concreto, en el Teatro del Mercado..

Julia Varley: “La alfombra voladora”

Durante Sin Fronteras Zaragoza, tanto el Teatro Arbolé como el Teatro de la Estación programaron excelentes trabajos. Pero en esta programación, de la que fui corresponsable, la gran alegría personal me la proporcionó Julia Varley, la actriz inglesa. Yo conocía su trabajo con Eugenio Barba en el Odin Teatret de Dinamarca. En un curso que Lluis Masgrau impartió a los profesores de la Escuela Municipal de Teatro, y a partir de un vídeo que él nos puso, tuve la oportunidad de conocerla de un modo más concreto y admirar sus extraordinarias cualidades interpretativas. Por eso, decidí establecer contacto con ella a través de Lluis y pronto acordamos que su presencia en la programación podría tener la forma de un “master class” llamado “La alfombra voladora”.

Todo fue un placer: recibirla, acompañarla, cenar con ella, hablar de teatro, de arte en general, junto con Lluis Masgrau, que también participaba en el festival en calidad de conferenciante sobre Antropología Teatral. El espectáculo fue una enorme y cálida lección para todos los que tuvimos la suerte de estar allí. En hora y media, Julia resumió sus experiencias, aprendizajes y enseñanzas en el mundo del teatro. Eso, unido a la lectura de “Piedras de agua”, el libro en que Julia expone y estructura todo ello y que gentilmente me regaló, fueron momentos memorables.

Jesús Noguero y Danai Querol

Jesús Noguero y Danai Querol

“Bodas de sangre”

Casi al final del año actuó en Zaragoza, en el mismo lugar, Tejido Abierto, la compañía que dirige Jorge Eines, y que puso en escena “Bodas de sangre”, de Federico García Lorca. Un trabajo interpretativo extraordinario y una puesta en escena excelente. Me pareció toda una lección artística, en el contexto de una producción posibilista y eficaz, que dentro de unos meses se presentará en el Centro Dramático Nacional. Además, reencontrarme con Jorge fue algo entrañable, porque soy de los que le leen desde el principio y porque en algún momento hemos imaginado algún que otro proyecto que desgraciadamente no puedo llegar a ser realidad.

En la Escuela de Teatro organizamos un encuentro, que tuvo una nutrida asistencia de alumnos y exalumnos, en el que también participaron Carmen Vals, Mariano Venancio y Jesús Noguero. Al término de la primera representación la compañía había organizado un encuentro con el público, que también resultó un éxito, y en el que se profundizaron en los temas que por la mañana habían sido expuestos en el aula. Jorge y yo hablamos bastante, y me regaló también su libro “Repetir para no repetir” que tengo en estos momentos a mi lado.


Mi cine del 2012

26 Diciembre 2012

Cine clásico

He visto mucho cine en el 2012, la mayor parte en mi casa. Creo que confirmo la tendencia, peligrosa tendencia, que se va imponiendo en los últimos años de ver el cine en soportes domésticos. Esta pereza por entrar en las salas se compensa con mi amor creciente por este lenguaje tan hermoso y, al mismo tiempo, tan contaminado. Creo que en total han sido unas doscientas películas, de todos los tiempos y también producidas en el último año.

En el primer apartado, destacaría varias películas de Fritz Lang, a quien revisé casi por completo, Me sigo quedando con “Los sobornados”, “La gardenia azul”, “El Ministerio del miedo”. O la obra de Fellini, de quien vi “Los inútiles”, “Las noches de Cabiria”, y Fellini, ocho y medio, que inexplicablemente no había visto, y que me fascinó absolutamente. Entre mis planes inmediatos está volver a disfrutar las películas del gran Marcelo Mastroianni, de quien leí sus desestructuradas y estupendas memorias (”Si, ya me acuerdo…”). Y otras, excelentes, como “De ratones y hombres” (1992), dirigida por Gary Sinise, basada en la famosa novela de John Steinbeck.

Por fin puede recuperar “Balas sobre Broadway” (1994), de Woody Allen, que me he pasado buscando años, junto con “El golpe” (1973), de George Roy Hill, “Desayuno con diamantes” (1961), de Black Edwars, o la magnífica “Doctor Zhivago” (1965), de David Lean, que tampoco recuerdo haberla visto antes.

Tenemos que hablar de Kevin

Tenemos que hablar de Kevin

Cine actual

Muchas fueron las películas producidas en los últimos años que me subyugaron. Si tuviera que elegir, estas diez serían mis favoritas.

“Tenemos que hablar de Kevin” (2011), de la británica Lynne Ramsey. Tal vez la película que más me impactó por la extraordinaria interpretación de Tilda Swinton, y la perfecta exposición de un tema que parece increíble, pero que en estos días está de terrible actualidad.

“En la casa” (2012), del francés François Ozon, basada en la obra teatral de Juan Mayorga. Inteligente, cinematográfica, divertida. Es difícil conjugar estas tres características.

“La invención de Hugo” (2011), de Martin Scorsesse, que trasciende con mucho los ámbitos del cine infantil.

“Melancolía” (2011), del controvertido Lars Von Trier. Hermosa, inquietante, envolvente.

“Las razones del corazón” (2011), del mexicano Arturo Ripstein. Provocadora y brutal, magníficamente interpretada por Arcelia Ramírez.

“Nader y Simin, una separación” (2011) del director iraní Asghar Farhadi, una enorme sorpresa y que ha ganado infinidad de premios internacionales.

“Begginers” (2010) del norteamericano Mike Mills. Un duelo interpretativo extraordinario de Ewan McGregor y Cristopher Plummer al que se une la excelente Melanie Laurent.

“El ilusionista” (2010), de Sylvian Chomet, un film de animación que, como la película de Scorsesse, va mucho más allá.

“Shame” (2011), del británico Steve Mcqueen. Una radiografía de un antihéroe contemporáneo protagonizada por un excelente Michael Fassbender.

“Café de Flore” (2011), del canadiense Jean_Marc Vallée, película inquietante y hermosa en la que los planos de la realidad y el mundo de los sueños se entrecruzan.