Jueves, Abril 16th, 2009...1:58

El sueño de Amparito

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“Todo lo que queda de la infancia cabe en una cajita oxidada.”

 

(“Amelie”, película de Jean-Pierre Jeunet)

 

 

 

 

Tu papá se despertó y vio delante de él a una niña hermosa, recién nacida. Pero la niña, a pesar de llevar tan solo unos días en el mundo, le miraba fijamente, con unos ojos que se clavaban como flechas, y hablaba a la perfección.

 

Esa niña eras tú, Amparito.

 

“Hola, papá”, le dijiste. “¿Qué estabas soñando?”

 

“Soñé… que volaba”, te dijo. “Que volaba hacia abajo… Qué raro: volaba hacia abajo…. Luego escuché un ruido, noté cómo se hacía de noche, y ya no me acuerdo de nada más…”

 

“No me extraña, papi. ¿A quién se le ocurre? ¡Volar hacia abajo! ¡Eso es muy peligroso y te podías haber hecho mucho daño! Todo el mundo cuando vuela, por lo menos la primera vez, vuela hacia arriba. Eso lo sé hasta yo que acabo de nacer”, dijo la niña mientras se arreglaba los pañales.

 

Tu padre, Amparito, se quedó pensativo. Primero, porque lo que le estabas diciendo era de una lógica aplastante. Segundo, porque él se acababa de despertar, y cuando uno se despierta siempre está un poco confundido. Tercero, porque no es normal que una niña de veinte días se exprese con la claridad que tú lo hacías. Pero eso ahora es lo de menos.

 

“¿Y a qué te dedicas, papi?”

 

Ariel se incorporó de golpe, como si tuviera un muelle por dentro de su cuerpo. Tosió. Te miró con cara de asombro. Tú descubriste que estaba buscando una respuesta convincente; lo viste tan inquieto que tuviste que decirle:

 

“No te preocupes demasiado, papi. Yo lo voy a entender, sea lo que sea. Y si no lo entiendo ahora, lo entenderé dentro de veinte años. Total, yo después de esta conversación me voy a quedar dormida otra vez…”

 

“Pues yo, hija mía, hago que los demás… vuelen.”

 

“¿Hacia arriba?”

 

“Si, sí, hacia arriba”, se apresuró a decir tu padre.

 

“¡Pero eso es muy bonito, papi! Yo, cuando soñaba en la tripa de mamá, siempre me veía volando, entre cuerdas, nubes y agua. Me veía también atravesando un desierto y bañándome en un lago de agua muy azul. A veces también me hacía amiga de unas lagartijas muy simpáticas. Era un sueño muy, muy, pero que muy bonito. Lo malo era que cuando había mucha agua, siempre solía hacerme pis. Pero es normal, ¿no te parece, papi?”.

 

Te quedaste pensativa. Tu padre te miraba de reojo, esperando otra pregunta comprometida, parecida a las anteriores. Al fondo de la sala se escuchó de pronto el murmullo de una respiración. Era Marcela, la madre de la niña, tu madre, que, fatigada, se había quedado dormida. Ellos, vosotros, no se habían percatado de su presencia, tan enfrascados en la conversación.

 

“Mami está cansada –le explicaste a papá-. El otro día me dijo que le gustaría estar más tiempo contigo, pero que entendía que debía dejarte para que enseñaras a volar a los demás. Puedes estar tranquilo: ya me ha enseñado las primeras cosas importantes…”

 

Por encima de la cabeza de los tres pasó un rayo de sol a toda velocidad. Al poco, Amparito se fue quedando nuevamente dormida. Instantes después comenzó a sonreír. Se notaba a la perfección que había comenzado a soñar con ángeles voladores que surcaban veloces por encima de su cuna. Ella los seguía con la mirada, los señalaba con el dedito e incluso los saludaba con la mano. Se le notaba feliz, sabiendo que era su padre quién había hecho posible que estos ángeles volaran. La niña se sentía orgullosa de tener una madre que la cuidaba, y un padre que sabía hacer cosas que los demás seres humanos no saben hacer.

 

Unos minutos más tarde, los tres dormían. Y los tres soñaban ya… el mismo sueño.



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