Domingo, Abril 19th, 2009...3:36

Pepe

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Fui a verle a Barcelona en Mayo de 2006 al teatro Capitol en donde estaba actuando, cerca de Plaza Cataluña. Antes de la función, quedamos en un pequeño bar de una de las callejuelas que unen la Puerta del Ángel y las Ramblas.

 

Lo encontré estupendamente, como siempre. Con el corazón y la cabeza llena de planes y de vida por delante. Hacía tal vez un par de años que no nos veíamos, y ambos volvimos a hacer las mismas promesas eternas de no volver a perdernos la pista, ahora con todos los cacharros sofisticados que había para unir a las personas.

 

El motivo de mi viaje y de mi visita era hacerle una propuesta: yo quería que en la Expo él coordinase un proyecto que podía llamarse algo así como “Rubianes no hay más que 20”, y que consistía en que eligiera veinte actores que fueran pasando por las noches del Balcón de la Artes Escénicas contando cada uno sus historias. Se trataba de un ciclo de monólogos, pero con las pautas que él quisiera, con los actores que él invitara, y con su presencia al menos al principio y al final del mismo.

 

Le encantó la idea, y me dijo que sí.

 

Durante la función me dedicó varios de los números. Yo, que soy muy tímido, estaba literalmente aterrorizado, porque le creía capaz de gastarme cualquier broma pesada, subirme al escenario y cosas similares. Pero, al mismo tiempo, estaba feliz por recuperar esa vieja y entrañable amistad, esas cenas que compartimos tantas veces después de las funciones, y, en especial, el recuerdo indeleble de aquella noche de Febrero de 1986 en que desde Zaragoza, llamó a su manager, Tony Coll, y le ordenó que quitara todos los carteles que anunciaban su próxima actuación en Barcelona, porque ambos nos íbamos a vivir a Cuba, de donde, por cierto, él ya estaba enamorado. Todavía recuerdo las voces de Tony, absolutamente asustado y preguntándole, “¿con quién estás, Pepe, con quién estás?”, como buscando el culpable de este cambio de planes, a lo que mi amigo le decía: “Con el Ortega”, información que no debió de tranquilizarle en absoluto, sino más bien todo lo contrario.

 

Al día siguiente de aquella noche alucinante, amaneció como todos los días, y el sol nos hizo cambiar las perspectivas y las cosas.

 

En este reencuentro hablamos fugazmente de su eterno problema con la COPE y, en especial, del escándalo que se había montado con sus declaraciones en la TV3 que yo sigo pensando que fueron tan desafortunadas como sacadas fuera de contexto, de un modo sectario y aprovechado. Fue solo una referencia, como quitándose de encima un asunto del que no se sentía nada orgulloso y que no hacía más que crearle problemas personales y profesionales.

 

Tras la conversación que tuvimos en el camerino una vez terminada la función, cogimos un taxi y él se bajó antes, creo que en la confluencia de la Diagonal y del Paseo de Gracia. Esa fue la última vez que lo vi. Recuerdo perfectamente su último saludo de despedida a través de los cristales.

 

Pero la vida es así: a pesar de las buenas intenciones, y los proyectos que habían nacido esa noche, volvimos a perder el contacto. El se marchó a Africa, y yo seguí viajando por motivos profesionales. Y, al poco tiempo, por la prensa, me enteré de su enfermedad. Amigos comunes me fueron informando de sus pasos y de sus esperanzas. Y, por último, cuando estábamos ultimando los preparativos de la ceremonia de clausura de la Expo, Juan Luis Bozzo me pasó el teléfono y me dijo: “quieren saludarte”. Era Rubianes, que me decía que la cosa parecía controlada, que estaba optimista, que el tratamiento estaba dando el resultado apetecido.

 

Por eso, su muerte me cogió con el paso cambiado, totalmente cambiado.

 

Hace unos días, en la habitación de un hotel de Sevilla, vi una de sus últimas representaciones por la televisión. Con su camisa roja y su pantalón negro de siempre, con su contagiosa sonrisa, con esa capacidad inmensa de comunicar, inventar, contar. Con su acostumbrada capacidad para fustigar al facherío, para contar historias divertidas, escandalosas, amargas. Me conmocionó oír nuevamente su voz, tan esencialmente igual fuera y dentro del escenario.

 

Y llegué a esa conclusión, precisamente: había perdido a un amigo –otro más en tan poco tiempo-, tan igual dentro y fuera de los escenarios. Recordé que me había contado que su padre le preguntó un día que cómo podía ganarse la vida haciendo exactamente lo que hacía en su casa cuando era apenas un niño…

Tan solo encima de las tablas, y tan solo, tan voluntaria y libremente solo, por las calles de las ciudades, de los países, del mundo entero.

 

Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=9luFSO63ILo

http://www.youtube.com/watch?v=w_yQCnQ6v4Y

 

 



2 Comments

  • Admiré a Pepe Rubianes y me divertí de lo lindo con él. Rebeca.

  • Hablas muy poco de teatro, te gusta mas el cine? a ver si te animas hombre… seguro que tienes muchas anecdotas sobre el mundo teatral, no se por que, me las puedo imaginar…..

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