Viernes, Mayo 15th, 2009...0:08

Al final de la escapada (1960)

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Belmondo y Bogart se miran en una calle de París

 

Hay una escena en esta película en la que el personaje que interpreta Jean Paul Belmondo mira una fotografía de Bogart en la entrada de un cine parisino. Godard se detiene en ambos rostros: ambos parecen observarse. En Belmondo se adivina una admiración por ese hombre, arquetipo de duro, sin escrúpulos. En realidad no solo se miran dos personas sino que se enfrentan dos maneras de hacer cine, de ver la realidad y contarla.
Esta película supone el comienzo de esa nueva mirada: más libre, más ágil, más relacionada con la vida real. A lo largo de la misma hay escenas rodadas en mitad de la calle, coincidiendo con esa otra realidad. Por ejemplo, esa memorable en la que los protagonistas andan por las anchas aceras de los Campos Elíseos mientras un pequeño ejército de motoristas precede a los presidentes de Francia y Estados Unidos. Esa utilización de la casualidad, esa manera de manejar la cámara, arbitraria y caprichosa, pero eficaz y sorprendente, le confiere al conjunto un aire de libertad, una agilidad narrativa que todavía conserva. Es más, la película sigue siendo francamente moderna.
Otros aspectos son más discutibles, o el tiempo los ha tratado peor. A la conversación entre Jean Paul Belmondo y Jean Seberg en el cuatro de ella le sobran minutos y tópicos existenciales, por ejemplo. Aunque es cierto que ambos están soberbios y creíbles, exponentes de dos tipos de juventud y de procedencia cultural.
Belmondo, que en ese momento tenía 27 años, se convertirá en un actor de culto a partir de este momento. Jean Seberg, de 22 años, y que ya había tenido un notable éxito en la versión cinematográfica de la novela de Françoise Sagan, “Bonjour Tristesse”, dirigida por Otto Preminger, iba a desarrollar su carrera en Europa como consecuencia de la notoriedad que con esta película llegó a alcanzar.
Y es que Jean-Luc Godard había sabido concretar en la pantalla un espíritu que empezaba a flotar en el ambiente, en los círculos intelectuales de París, en las mismas calles, en la Universidad, en los ambientes más concienciados de la clase obrera, adelantándose en una década o preparando el terreno a una revuelta social que puso todo patas arriba. Creó un nuevo lenguaje, sintonizó con lo que desde otros lenguajes artísticos se estaba buscando, y se convirtió de este modo en un adelantado. Le debemos mucho a su osadía y a su talento.

 

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