Lunes, Septiembre 21st, 2009...22:34

Jaime

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Jaime, Antonio, Pilar y yo en la terraza de aquella casa inefable

 

 

Hay personas que “están ahí”. Pasa el tiempo y siguen “estando ahí”. Ni el tiempo ni la distancia erosionan una relación que va mucho más lejos, o es más profunda, que lo que viene a llamarse convencionalmente amistad.

 

Lo he escrito muchas veces: me siento afortunado porque tengo amigos a los que quiero de verdad, y sé que su sentimiento hacia mí es recíproco. En puridad, no hay nada mejor en la vida.

 

El listado se ha incrementado notablemente en los últimos años. Mi último trabajo arrojó a la orilla de mi vida una cantidad nada desdeñable de náufragos de parecidos barcos a los que ya querré también siempre.

 

De entre mis amigos hay uno que destaca por su inteligencia, su sentido del humor y su bonhomía: Jaime. Compartí con él unos años magníficos. Conecté con su manera de ser, nos lo pasamos bomba, por ejemplo, en un alucinante viaje a Barcelona, asistí al momento en que se declaró medio objetor de conciencia, compartimos noches de risas y felicidad, y una sensación común de haber sido unos antifranquistas rarísimos, que le sacamos la gracia a lo que no la tenía en absoluto. La transición fue para ambos una especie de sainete tragicómico y divertido, aunque, al msimo tiempo, nos la tomamos muy en serio.

 

Tenemos recuerdos, asociados también a otros amigos comunes: Javier, Alvarito, Antonio, Carmen… Después las circunstancias nos separaron y él imparte clase de dibujo en un instituto de Galicia.

 

No es pesado, no agobia, no pide nada. No aparece nunca, pero está siempre en mi corazón. La vida nos separa, pero nuestro cariño nos mantiene eternamente juntos. Pasamos periodos –largos períodos-, sin vernos, sin hablarnos por teléfono, sin saber nada el uno del otro. Es igual: sus silencios los interpreto a veces como que en lugar de echarme una bronca por algo, desaparece para no echármela.

 

Se alegra de lo bueno que me pasa, se entristece con lo malo, y se preocupa ante mis errores. No hace falta que me lo diga. De hecho, como digo, no me lo dice.

 

Repito: está ahí. Y a mí me gustaría que él sintiera mi presencia/ausencia con la misma intensidad.



2 Comments

  • Y qué suerte de esos amigos!!!

    PD. Tú tienes la pinta de ser también de esos que “están siempre”. Porque lo que uno da, recibe ¿no era así?

    Besos, Paco

  • Benditos amigos, los que desaparecen para no echarte la bronca y doblemente benditos cuando vuelven apechugando las consecuencias de nuestros actos, como si nada hubise pasado.
    Palabra sagrada, palabra de amigo.

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