La última tentación de Cristo (1988)
Siempre se ha dicho que hay películas que mejoran con el tiempo. Esta es una de ellas. Y el tiempo también relativiza las polémicas, pone en su sitio, en este caso, el desconcierto indignado de a quienes les pereció que hablar de Jesucristo en términos de ser humano era una falta de respeto, una horrorosa blasfemia, una provocación. ¿Dónde quedaron aquellas manifestaciones airadas en las puertas de algunos cines de Estados Unidos, o el rasgarse las vestiduras de monjas y curas de todo el mundo?
Veo la película con atención y no encuentro nada irrespetuoso.
Por el contrario, yo, que no creo en absoluto en su divinidad, ni en la de nadie, valoro la creación del personaje de Cristo desde esos parámetros. Hasta el momento del estreno de esta película a finales de los ochenta, y con muy escasas excepciones, su figura pertenecía a los esquemas creativos de Disney: un héroe perfecto, como Bamby, sin contradicciones, ni sufrimiento interior. Le salen las cosas bien porque nació para que les salieran las cosas bien… La lectura que hace Scorsese, procedente de la novela de Nikos Kazantzakis, y el resultado interpretativo de Willem Dafoe, nos presenta un ser humano doliente, temeroso, incluso cobarde, que hasta el último momento se pelea consigo mismo para conseguir hacer con un esfuerzo desgarrador la misión que le ha sido encomendada. Y digo yo: si no hubiera sido con ese gran esfuerzo, ¿qué valor ejemplificante hubiera tenido esa misma misión?
Creo recordar que lo que causó especial revuelo fueron las escenas eróticas… Vaya estupidez. Después de presentar a Cristo en la cruz como uno de los personajes masculinos con más carga sexual de la historia de la pintura y de la imagen, provocador permanente de turbaciones adolescentes, y no solo adolescentes, verlo fugazmente manteniendo una relación física imaginada con María Magdalena les pareció inadmisible. Si Cristo era hombre -¿lo era, no?-, y siguiendo la línea expositiva, su propio sexo en relación al de los demás debería al menos provocarle una cierta inquietud. El decide tirar por el camino de la castidad, con dificultades para conseguirlo, naturalmente. Solo faltaba eso.
Pamplinas, que afortunadamente se las llevó el tiempo. Inteligencia cinematográfica, rigor artístico, profundidad ideológica. Imágenes perfectas, contenidas y eficaces, sin truculencia especial, sin los chorros de sangre de colorines de la versión que años más tarde haría Mel Gibson. Y colaboraciones de lujo: magnífico el trabajo del gran Harvey Keitel, excelente aparición de David Bowie en su pequeño papel de Pilatos. Eficacísima la concepción musical de Peter Gabriel. Todo rezuma excelencia al servicio de una idea. Película imprescindible entonces e imprescindible todavía.
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