Viernes, Enero 8th, 2010...5:54

Cincuenta años sin Albert Camus

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En un accidente de automóvil- ese artefacto en el que concentro personalmente buena parte de mis odios- perdió la vida el 4 de Enero de 1960, es decir, hace cincuenta años, Albert Camus. Leo estos días artículos en su memoria, de lo cual me congratulo. Siempre es bueno que se recuerde, y que se lea, claro, la obra de quien nunca quiso tragar con ruedas de molino, ni personales, ni intelectuales. En estos tiempos que corren todavía más.

 

En Orán, cuando estuve en 1999, me escapé de la protección de los que eran mis guardaespaldas para conocer la casa en donde escribió su emblemática novela “La peste”, publicada en 1947. Fue por mi parte un acto de irreflexiva rebeldía que le dediqué a él y que me costó más de un quebradero de cabeza. Estaba yo en Argelia en representación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, y logré llegar hasta ese lugar sin demasiadas dificultades, sin ninguna sensación de peligro. La vuelta fue más difícil. Me perdí por las calles y luego supe que la policía me buscaba por toda la ciudad porque yo era un objetivo muy apetitoso para los integristas locales. Anécdotas aparte, allí pocos lo conocían, algo que, naturalmente, me sorprendió.

 

Más tarde dejó de sorprenderme. Cuando estuve en aquel país se respiraba un clima de desasosiego civil, de permanente amenaza terrorista. Días antes de llegar habían sido asesinados en una carretera interior varios turistas europeos. En esas coyunturas, o se está en contra o se está a favor, sin demasiados matices intermedios, y Albert Camus fue siempre el hombre de los grandes matices, insobornable, comprometido siempre con su propia conciencia. O dicho de otra manera: era y sigue siendo difícil reivindicarlo como un mártir, o como un líder espiritual o político.

 

Hace años leí la muy recomendable biografía que publicara en 1996 el escritor neoyorkino Herbert Lottman, y en esas páginas me emocioné con su relación con María Casares, nuestra eximia y también olvidada actriz española, que tuvo la mala fortuna de morirse al mismo tiempo que Marcelo Mastroniani, con lo que ni siquiera en Francia tuvo demasiado eco su desaparición física. En ese libro aparece con detalle sus encuentros y desencuentros a partir de 1952 con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, su fascinación por las mujeres en general, sus raíces españolas, su vinculación a la resistencia, con la revista “Combat”, etc.

 

Cuando yo era niño una compañía de repertorio trajo a Zaragoza una representación de una de las piezas de Camus. La puesta en escena era sencilla, pero no pobre. A través de ella comprendí lo que era el teatro de ideas, la función movilizadota de las conciencias que el teatro puede llegar a tener. Hace bastante menos tiempo, leí su última e inconclusa obra –“Le premier homme”-, que llevaba en un manuscrito precisamente cuando tuvo ese fatídico accidente y que publicó su hija en 1994. Me conmovió ese pasaje en el que el protagonista habla ante la tumba de un hombre que es su propio padre y describe con hermosas y desgarradoras palabras en qué consiste quedarse huérfano. Me acordé mucho y muy profundamente de ellas cuando algún tiempo después el que conoció el trágico desarraigo de la orfandad fui precisamente yo.

 

Cincuenta años ya y tan presente todavía. Tan presente su reflexión, su lucidez, su amor a la vida, a la humanidad. Tan hermoso lo que dijo sobre el fútbol (para indiferencia o escándalo de a quienes no les gusta…), sobre la voluntad, sobre su propia infancia, sobre su madre analfabeta…

 

Tan joven, tan jodidamente atractivo con su gitanes en los labios, Albert Camus.



1 Comment

  • Preciosa entrada, Paco. Recuerdo mis primeras lecturas de Camus, cuando impaciente quería devorar tantos libros y contagiarme de lo vivido o experimentado por otras personas. Ahora gracias a un número redondo, aniversario de una pérdida, ya tengo una excelente excusa para volver a esos textos, y redescubrirlos con otra mirada.

    Biquiños

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