Jueves, Marzo 11th, 2010...20:23

Rousseau: Las confesiones (1)

Jump to Comments

 

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

Rosseau. Retrato de Allan Ramsey.

“Una desdicha, cualquiera que sea, jamás me turba y me abate, mientras sepa en qué consiste, pero tengo propensión a temer las tinieblas, me asusta y me repugna su lobreguez; lo misterioso me inquieta siempre, es harto contrario a mi carácter abierto hasta la imprudencia. Creo que el aspecto del más horroroso monstruo me asustaría poco; mas si de noche creo ver una figura bajo un lienzo blanco, tengo miedo. He ahí, pues, cómo mi imaginación se inflamaba  con ese prolongado silencio y se empeñaba en forjar fantasmas”

 

                                               Jean Jacques Rousseau

 

 

Durante los últimos días he tenido entre mis manos un libro de más de seiscientas páginas, que he conseguido terminar finalmente. Durante el proceso hubo de todo. Momentos de profundo aburrimiento y otros de auténtico interés y concentración en la lectura. El título: “Las Confesiones”. Autor: Jean Jacques Rousseau.

 

El filósofo, pensador y literato ginebrino, nacido en 1712, desgrana en esta obra los momentos más importantes de su propia existencia, salpicada, sin duda, de desdichas y contratiempos. Muchos de los cuales vinieron como consecuencia de la repercusión pública de sus propios textos, especialmente de “El Contrato social”, que ahora leo, y el “Emilio”, que Fernando Savater considera el libro más influyente que se haya escrito sobre el arte de la educación. Esas obras le valieron una justa fama y un merecido prestigio en los círculos intelectuales más importantes de Europa, pero también la desgracia, en forma de destierro, de viajes intempestivos, huyendo casi al final de su vida de posibles represalias de las autoridades francesas y ginebrinas que le consideraban el infame autor de unos textos que consideraban impíos, subversivos y revolucionarios.

 

Solo por eso Rousseau merece ahora nuestro respeto, dos siglos y medio después de su desaparición física, acaecida en París en la más completa de las miserias y en circunstancias que hacen pensar en el suicidio. Fue un hombre que peleó siempre por conseguir y practicar una saludable independencia en sus juicios y opiniones, intentando que éstas no estuvieran mediatizadas por sus contactos con el poder, en cualquiera de sus múltiples formas, renunciando en más de una ocasión a tratos de favor, estipendios, pensiones, etc., que le hubieran solucionado sus permanentes problemas económicos, fruto en muchos casos de una contradictoria relación con el dinero y que se tradujo en una pésima administración de sus bienes. Ese espíritu de independencia le acarrearía dramáticas consecuencias personales, especialmente dolorosas al final, cuando la enfermedad, la soledad y la decrepitud física y mental se fueron aliando con un evidente síndrome de persecución que le hacía ver más enemigos en la sombra que los que ya tenía a plena luz del día.

 

Entre esos enemigos estaban Diderot y D´Alembert, con los que tuvo en principio una estrecha relación, colaborando en el gigantesco proyecto de la Enciclopedia que ambos llevaban entre manos. Precisamente fue en 1750, yendo a visitar al primero, recluido en el Castillo de Vincennes, a las afueras de París, y cuyo trayecto recorría a pie en bastantes ocasiones, cuando Rousseau se entera de la existencia de una especie de concurso literario convocado por la Academia de Dijon sobre el tema “¿Han traído las artes y las ciencias beneficios a la humanidad?”.

 

Después de pensarlo, decide presentarse al mismo ganando el primer premio y defendiendo la tesis de que no. Es decir, esbozando ya un primer dibujo de lo que sería posteriormente su teoría fundamental, desarrollada en sus principales textos, y, en especial, en El Contrato Social: el perjuicio que las instituciones públicas y la civilización habían causado en los seres humanos que de manera primigenia estaban imbuidos de una bondad natural. Ese primer paso le abrió las puertas del respeto intelectual, y, al mismo tiempo, de la envidia de muchos. Denis Diderot terminaría siendo uno de sus “fantasmas” en la oscuridad, cuyos tentáculos siempre quería ver cuando le acontecía alguna desgracia y que él terminó relacionando hasta con las sórdidas maquinaciones de la madre de su propia compañera.

 

Otro de sus ilustres enemigos en el último tramo de su vida fue Voltaire, y famosas fueron sus querellas con el pensador francés, dieciocho años mayor que él, y a quien en principio admiraba profundamente como él mismo reconoce: “Nada de cuanto escribía Voltaire se nos escapaba. La afición que entonces cobré a estas lecturas me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia y hacer lo posible para imitar el buen colorido de este autor que me tenía prendado”. Sin embargo la vida los fue enfrentando, y Voltaire se opuso frontalmente a su teoría del “buen salvaje” ridiculizándola en algún que otro escrito, algo que le dolió profundamente a Rousseau, especialmente por venir de donde venía. El abismo entre ambos se fue abriendo cada vez más, llevándolos a enfrentarse públicamente por la interpretación de hechos naturales como el terremoto de Lisboa, de 1755, que, en opinión de Voltaire, expresada en uno de sus poemas, desacreditaba bastante la imagen de un dios misericordioso que, sin embargo, permitía la destrucción de una ciudad, y el sufrimiento y la muerte de sus habitantes. Otro enfrentamiento se centró en el asunto de la consideración que los espectáculos públicos merecía a cada uno: favorable para el francés y desfavorable para Rousseau, a pesar de haber estrenado este último un texto propio en la mismísima Comedie Française.

 

 

 

 



Dejar un comentario