Viernes, Marzo 12th, 2010...18:00

Rousseau: Las Confesiones (2)

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“Cuando cometemos una mala acción no nos atormenta inmediatamente, sino mucho después, porque su recuerdo no se extingue.”

 

                                                                           Jean Jacques Rousseau

 

Las Confesiones parecen inspiradas en una supuesta insobornable sinceridad consigo mismo y con sus hipotéticos lectores. “El verdadero objeto de mis confesiones es hacer comprender exactamente mi interior en todas las situaciones. He prometido la historia de mi alma; y para escribirla con fidelidad no necesito otros recuerdos”. Sin embargo, esa supuesta sinceridad ha sido puesta en duda por muchos críticos y pensadores posteriormente. Concretamente Bertrand Rusell en su Historia de la Filosofía Occidental dice “que están escritas con gran detalle, pero sin demasiada sujeción a la verdad. Gozaba pintándose como un gran pecador y a veces exageraba en este aspecto”.

 

Son ciertas las dos cosas. La primera es que, a veces, el gran detalle llega a ser retórico, abusivo e innecesario, al menos desde una perspectiva contemporánea. De ahí el tedio que producen ciertos momentos de su biografía que parece frecuentemente estancada en digresiones vanas y en tejer una maraña de excusas por nadie solicitadas.

 

En demasiadas ocasiones también Rousseau se presenta a sí mismo como un hombre cargado de defectos y de taras personales, tanto que nos pone muy pronto en guardia sobre la fiabilidad de sus palabras y del alcance de sus juicios. Afirma: “En mí se juntan dos cosas que son incompatibles, sin que yo mismo pueda comprender el cómo: un temperamento muy ardiente, pasiones vivas, impetuosas, y lentitud en la formación de las ideas”. Este cóctel interior es, en su opinión, el origen de una personalidad y un carácter exageradamente reprobables. Sin embargo hay quien afirma que esta aparente sinceridad es una especie de cortina de humo moral para no reconocer sus verdaderos defectos, que, éstos sí, fueron muy notables.

 

Porque hay comportamientos en su vida absolutamente inexplicables. ¿Cómo es posible que un hombre que escribe el “Emilio”, tan monumental y fundamentada obra sobre la educación, decida no ejercer sus propios conocimientos en el asunto y se desprenda de sus cinco hijos por el mismo orden en que fueron llegando al mundo, entregándolos a la inclusa, sin mayor remordimiento de conciencia? ¿Cómo es posible que con una frialdad absoluta pueda llegar a decir que no sintió jamás el menor atisbo de amor hacia Thérèse le Vasseur, la mujer que se los dio, y con la que compartió su vida desde 1745, a pesar de ser horriblemente fea e ignorante?

 

Estas son solo dos de las incógnitas más sorprendentes en la vida de un hombre peculiar, capaz de expresar las más sublimes emociones, presentar los exacerbados sentimientos propios como lo mejor de sí mismo, y, al mismo tiempo, comportarse con una torpeza moral, que en el mejor de los casos era el disfraz de un egoísmo absolutamente brutal.

 

Difícil es adentrarse, por tanto, en el interior de alguien que parece ensalzar de manera especial virtudes elementales de las que él carece. Con una sensibilidad extrema para algunas cosas (por ejemplo para valorar hasta límites increíbles la belleza del paisaje y de la naturaleza, algo que le hace conectar con la mismísima existencia de Dios), y una indiferencia cruel ante el sufrimiento de algunas personas a las que tenía muy cerca.



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