Sábado, Marzo 13th, 2010...19:33

Rousseau: Las Confesiones (y 3)

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“Nada temo tanto en el mundo como una mujer hermosa”.

                                                        Jean Jacques Rousseau

 

Parece evidente que en la vida de Rousseau las mujeres jugaron un papel confuso, pero esencial. Su vida nació marcada por la muerte de su propia madre al nacer él, y un aroma de búsqueda permanente de la figura materna preside el discurrir de sus días de principio a final. Un episodio, sin embargo, es especialmente revelador: su relación con la señora de Warens, una conversa al protestantismo como él, que le acogió en su casa durante diez años cuando apenas era un joven lleno de complejos y de dudas. La llamaba cariñosamente “mamá”, y siguió llamándola de ese modo hasta cuando empezó a tener relaciones sexuales con ella algún tiempo más tarde. Relaciones, por cierto, que tuvo que compartir después con algunos mozos que cuidaban la casa de su amante, algo que terminó siendo insoportable para él.

 

Fue siempre un seductor nato. Necesitó siempre ser admirado y querido por diferentes tipos de mujer, y fueron las mujeres sus principales valedoras y protectoras. Bertrand Rusell en el libro citado llega a apuntar que la única razón por la que vivió maritalmente durante tantos años con una mujer (y la madre de ésta, a la que odiaba profundamente pero que nunca abandonó a su suerte), era porque necesitaba sentirse claramente superior a ella, inculta e incapaz de leer correctamente el más sencillo de sus textos.

 

 

Algunas mujeres llegaron a obsequiarle con regalos y favores que le proporcionaron en muchos momentos el confort y la intimidad que necesitaba para leer y escribir sus obras literarias. En su etapa parisina frecuentaba los salones cultos regentados por esas dignas continuadoras de “las mujeres sabias” del maestro Molière. Algunas de esas amistades, aunque le causaba cierto fastidio mantenerlas porque su tendencia innata a la soledad le hacían muy complejo mantener una vida social intensa, le iban a resultar, sin embargo, muy útiles posteriormente. Por ejemplo, la Señora de Epinay mandó construir para él una casita llamada Ermitage en sus terrenos en donde él y Theresa llegaron a residir unos años hasta que esa relación se enfrió de manera definitiva y fueron desalojados de allí de una forma bastante abrupta, abriendo un periodo final de su vida en el que los desplazamientos, la inestabilidad y el desarraigo serían definitivamente la norma.

 

La segunda fidelidad de Rousseau fue simepre la música. Puede decirse que esa fue siempre su segunda actividad, tras la literatura y el pensamiento filosófico, y tal vez la vocación más constante y placentera de su vida, aunque también en este ámbito tuviera conflictos diversos y sufriera algún que otro disgusto. Llegó a estrenar composiciones operísticas propias en el Teatro de la Opera de París, obteniendo un más que notable éxito con las mismas, y estuvo trabajando muchos años en un Diccionario de la Música.

 

 

Tuvo relaciones profesionales con músicos distinguidos, entre ellos con el compositor y clavecinista Jean Philippe Rameau, a quien admiraba y no le discutió jamás su magisterio. Además, con la actividad musical se ganó parte de su vida, e incluso de su madurez, como copiador de partituras y libretos.

 

De todo ello se habla en las Confesiones, un libro que, en definitiva, nos presenta en clave autobiográfica la vida de un hombre que, en parte, se engañaba a sí mismo, interpretando a veces de un modo injusto el comportamiento de los demás y no sabiendo ver de manera adecuada la paja en el ojo propio. Finalmente Rousseau, antes de regresar al continente en donde terminaría sus días, tuvo que marcharse a Inglaterra en donde su amigo, el filósofo empirista David Hume, le proporcionó cobijo. El odiaba Inglaterra y no tenía ningún afecto por los ingleses pero los apuros a los que terminó estando sometido le obligaron a aceptar la generosa oferta del autor del Tratado sobre la naturaleza humana.

 

De eso ya no se habla en las Confesiones, ni tampoco, como es natural, de los últimos compases de su atormentada existencia de un hombre lúcido y contradictorio, insomne impenitente, obsesivo hasta la saciedad, hipocondríaco, tendente a la soledad, que vivió siempre instalado en el desasosiego personal, y cuya obra iba a tener una importancia extraordinaria en los siguientes compases de la historia de Francia y de toda Europa.

 

Una obra, que, como su vida, tiene muchas lecturas, y que ha inspirado posteriormente, tal vez de manera abusiva, tanto a algunos de los dictadores que iban a  sembrar la desolación y provocado la conculcación de las libertades, como a algunos ilustres defensores de la igualdad y de la democracia. La contradicción, pues, le siguió acompañando tras su muerte.



1 Comment

  • Si Rousseau levantara la cabeza estaria asombrado y orgulloso a partes iguales de alguien como tu, capaz de leer y analizar su obra de esta manera.
    ¡Válgame Dios qué labores te buscas!

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