Martes, Marzo 23rd, 2010...16:24

Los santos inocentes, de Mario Camus (1984)

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Un ejemplo perfecto de cómo se lleva al cine, no solo con gran corrección y respeto a la novela de la que procede su guión, sino también con la brillantez propia de una obra cinematográfica bien terminada. Mario Camus consigue traducir ese discurrir monótono de los días en un cortijo extremeño, en donde parece que nada pasa. Pero pasa: pasa el vergonzoso espectáculo de la esclavitud en España en pleno siglo XX, de la cosificación de los seres humanos, de la bárbara, anacrónica, injusta tradición latifundista y medieval que la República no pudo detener.

 

Veo la película una vez más, en esta ocasión conmocionado por la muerte hace unos días de Miguel Delibes. La novela fue publicada en 1981 y la película fue rodada tres años después. En esa narrativa hermosa, hecha de intensas pinceladas y de personajes, hay una exigencia implícita que el director acepta: encontrar a buenos actores y dirigirlos bien. Son tan rotundos esos personajes creados por Delibes que a medio camino interpretativo se instalarían necesariamente entre la ridiculez y la parodia. Pero Paco Rabal y Alfredo Landa están inconmensurables. Por eso obtuvieron el Premio de Interpretación del Festival de Cannes. Pero también lo están Juan Diego, Terele Pávez y Agustín González, componiendo un mosaico interpretativo de primer nivel.

 

Curiosa circunstancia: Landa, el denostado con razón por la cantidad de películas infumables, por esas españoladas del destape de los primeros años de la democracia, recogiendo el testigo de Paco Martínez Soria y otros similares, en esta película y tres años después en “El bosque animado”, de José Luis Cuerda, y algunas otras, se reivindica inapelablemente ante nuestros ojos y ya para siempre. Es un magnífico actor desaprovechado por el cine español, desaprovechado por él mismo. Como decía Giorgio Strehler del teatro, el artista es ese señor que se equivoca muchas veces y acierta bastantes menos.

 

Camus: otra carrera sorprendente. Incluye títulos como éste,  “La colmena” (1982), o “La casa de Bernarda Alba” (1987), junto con otros perfectamente prescindibles que sirvieron para publicitar las imágenes de Raphael o Sarita Montiel. Un director con un inmenso oficio, sin demasiados premios ni distinciones. Cabe pensar que en otras circunstancias y de otra manera hubiera sido reconocido como uno de los grandes de Europa. “Los santos inocentes” no son el fruto de la casualidad, sino de la maestría.

 

 

 

 

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