Martes, Agosto 3rd, 2010...19:18

La tentación vive arriba (1954), de Billy Wilder

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Cuando la penitencia es anterior al pecado

 

Hay mucho talento, mucho oficio, sí… y, por supuesto esas imágenes que ya pertenecen a nuestro cerebro: Marilin con la falda levantada encima de uno de los respiraderos del metro de Nueva York, en mitad de un verano caluroso y excitante.

 

Además de eso, como no podía ser de otra manera tratándose de Billy Wilder, hay inteligencia e ironía a raudales. ¡Ay, los remordimientos de un típico “Rodríguez”!… El solo se lo guisa y se lo come: antes de sucumbir a la tentación y pecar, ya se siente dominado por la culpa… Antes de acostarse con la tentadora vecina de arriba, da por hecho que su esposa está haciendo lo mismo con su amigo… La mente como autocensura. Y mientras él se tortura inútilmente, a la joven vecina solo parece preocuparle de verdad el calor asfixiante y la imposibilidad de dormir en Nueva York.

 

Mejor todavía que la escena de las faldas al aire, aunque lógicamente desprovista de su sensualidad, es la que nuestro don Juan de pacotilla le explica a la tentadora vecina los porqués de las cosas, mientras ella calcula los inconvenientes del calor. Pura ironía, afilado estilete para mostrarnos las heridas de la moral tradicional, incluyendo el plato fuerte de la culpa judeocristiana, siempre omnipresente y pelmaza como ella sola.

 

Marilyn está genial. Qué bien hacía lo que sabía hacer… Qué bien construido tenía ese personaje, hecho a partir de sí misma, de su propia explosiva belleza y de esa arrebatadora ausencia de intelectualidad. Su compañero Tom Ewell creo que no le llega a la suela del zapato. En los duelos con los hombres, Marilyn siempre gana, y si no que se lo digan a Laurence Olivier que llegó a odiarla durante el rodaje de “El príncipe y la corista, y seguramente a maldecirla cuando vio el resultado. Ewell, compañero de la actriz en las clases de Lee Strasberg en el Actor´s Studio, y actor en la obra de teatro original de la que procede el guión, hace lo que puede para no desaparecer de la pantalla cuando le acompaña esa enigmática y hermosa mujer que en ese momento estaba a punto de cumplir los treinta y toda la vida por delante…

 

No es una obra mayor, pero sigue siendo imprescindible.

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