Martes, Octubre 12th, 2010...19:33

Candilejas (1952). Dir: Charles Chaplin

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Charlot desaparece en el horizonte…

 

Hay mucha tristeza, mucha melancolía, mucha desesperación en esta película. Y también mucha soledad. Probablemente la soledad de quien se siente admirado, incluso querido, por haber creado un personaje eterno y haberse sentido solo tantas veces debajo de él, y de su éxito, atrapado bajo un antifaz que ocultaba eficazmente sus lágrimas.

 

Es una película terrible, porque en ella hay un pozo de infinita desesperanza. Es también una película hermosa porque lo valores que contiene sin duda lo son: el elogio del esfuerzo, la lucha por conseguir objetivos en la vida, la sencillez de las miradas claras y los comportamientos nobles. Es, finalmente, una película humana porque nos habla de lo que nos ocurre a los humanos: el paso del tiempo, cruel e inexorable, la búsqueda permanente del amor, esa ingratitud de fondo que casi todas las vidas poseen y un largo etcétera de pequeños milagros y de calamidades.

 

Chaplin es un hombre de cine magistral, con un innegable punto de egolatría. Oculta la participación de Búster Keaton, relegándole a la penuria de los pequeños títulos de crédito finales, con el que construye, sin embargo, uno de los números más poderosos de toda la película, el último. Pero la cosa obviamente no va de homenajes a terceros, sino de un homenaje propio, diáfano, sin duda justo, pero sin pizca de pudor y que nos habla también de ese componente desmesurado en la propia personalidad del genio.

 

Pero, además de ególatra, como decía, es magistral. Son magistrales el guión, el ritmo, los primeros planos, casi del mejor Bergman. Es magistral su propia interpretación, citándose a sí mismo con un cierto desapego, distanciándose del personaje al que le debía tanto a esas alturas de su propia existencia. Con Candilejas se acaba en todos los sentidos la trayectoria de ese payaso impensable con el que todos los niños nos educamos en el placentero arte de ver películas en el cine de nuestro colegio, o en el de nuestro barrio, o en las primeras tardes en que nos embobamos ante el primer aparato de televisión. Charlot se aleja en el horizonte, como en la última escena de “El Circo”, y con él se lleva las carcajadas y los impagables momentos de felicidad que supo procurarnos. Solo queda un regusto final de felicidad y de amargura.

 

Es decir, como en la vida misma.

 

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