Jueves, Octubre 21st, 2010...20:45

Luces de la ciudad (1931). Dir: Charles Chaplin

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Equilibrio perfecto

 

Chaplin crea un estilo, un lenguaje, un tipo de comicidad, un personaje… Fue un proceso de elaboración lento y constante que comenzó con sus fabulosos cortos y terminó con catedrales cinematográficas como “El gran dictador” (1940) o “Candilejas” (1952).

 

“Luces de la ciudad” es, sin duda, una de sus mejores películas. Decirlo es algo más que una redundancia molesta e innecesaria. Lo tiene todo: el guión, los personajes, la poesía, la ingenuidad. Pero por debajo de todo eso, que es excelente, subyace el talento del artista que calcula, equilibra, mide y dosifica las cantidades exactas de los componentes que utiliza: la emoción y el humor.

 

No hay nadie como él para plantear y resolver ese cálculo. De ahí, esa sensación maravillosa de equilibrio entre lo que nos hemos reído, por ejemplo con las disparatadas aventuras nocturnas con ese ricachón que cuando se le pasa la borrachera no reconoce a Charlot, y lo que hemos llorado. No sobra ni falta. Es exacto.

 

Si tuviera que elegir un momento especialmente memorable de la película sería el final. De tan memorable que es, forma parte ya de lo que nunca olvidaremos. Lo hemos visto decenas de veces y siempre nos pone un nudo en la garganta. La cara de Chaplin es un poema, una enciclopedia de poesía y conocimiento del ser humano. En ese resignado desconsuelo, en esa elegante aceptación de la propia imagen, en esa mirada temerosa, pero digna, adivinamos siempre un soplo de inspiración artística de una dimensión extraordinaria.

 

¿Y después qué pasa? ¿Qué hará la chica tras saber la verdadera identidad de su protector? ¿No es eso un final abierto, propio de un cine muy posterior, que exige que el espectador escriba el suyo propio? Yo decido siempre que los dos sigan eternamente juntos.

 

¿Y usted que piensa de esto?

 

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1 Comment

  • Considero de lo mas poético el final. Y claramente Chaplin fue un avanzado al dejar un desenlace abierto y una continuidad infinita para el conciente colectivo del espectador.
    Increible obra, realmente me emocioné con la sonrisa de Charles detrás de la vitrina.
    100 % recomendable.

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