Domingo, Noviembre 21st, 2010...23:45

La biografía de John Lennon (2)

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El libro de Philip Norman describe minuciosamente la década en que los Beatles reinaban en el mundo de la música, escorando siempre su mirada hacia lo que Lennon representaba en cada momento. En realidad, John es presentado como el líder indiscutible del grupo, el origen del mismo, y, en cierta medida, el que puso punto y final a su desarrollo y trayectoria.

 

Sorprende todavía lo que ya de sobra sabemos: de la miseria, de las penurias, del trabajo a destajo en Hamburgo, de los conciertos en Liverpool apenas para un puñado de amigos, compañeros de colegio y familiares, del debut en el minúsculo “Cavern” de Mathew Street y los intentos por presentar su trabajo ante las grandes casas de discos, a una fulminante subida que les catapultaría en tiempo record a los números uno de las listas de discos en todo el mundo, el dinero, la fama y el exceso. A Lennon, a diferencia de a los demás compañeros que seguían apeteciblemente solteros, todo esto le sorprendió al lado de su esposa Cynthia Powel, con la que se había casado en Agosto de 1962. Su estado civil en realidad fue para él, y para los Beatles, un problema de marketing que trataron de ocultar a las fans el tiempo que pudieron hacerlo.

John y Cyintia

John y Cyintia

 
Sin duda, la aportación de John fue decisiva en todo. Como compositor siguió su trabajo extraordinario junto a Paul, manteniendo la metodología inventada por ellos en aquellas tardes de Liverpool a la salida de sus clases respectivas. Como componente del grupo también se distinguió por su presencia escénica, tanto en los conciertos más reducidos –en los que se dirigía al público a veces en un tono impertinente y sardónico-, como en los que concentraban a grandes masas, como los de Sea Stadium de Nueva York en Agosto de 1965, en donde, a juicio de sus compañeros, se volvió literalmente loco. También, como miembro con galones: las grandes decisiones se tomaron siempre con su voto favorable, pasando por encima del criterio de otros miembros que, como George o Ringo, adoptaron un perfil mucho más secundario en todos los aspectos.
 

 

 

En ciertos momentos la presión de la fama, los excesos en el consumo de alcohol y algunos estupefacientes, pero, sobre todo, su complicada relación consigo mismo y con su propia ideología, le llevaron a calcular mal algunas de sus acciones y sus palabras. Por ejemplo, sus irreflexivas declaraciones en 1966 sobre la fama de Jesucristo comparada con la de los Beatles, realizadas poco antes de llegar por segunda vez a los Estados Unidos en donde este tipo de cuestiones eran miradas con lupa por los sectores más reaccionarios, creó al grupo un problema muy serio que pudo haber tenido mayores repercusiones, tanto en su propia seguridad personal como en el desarrollo de sus carreras profesionales. Se quemaron discos en mitad de las calles, se instó a no acudir a sus conciertos, y, desde la extrema derecha más recalcitrante, llegó a pedirse que se atentara contra sus propias vidas. Todo eso se paró gracias a los reflejos de Brian Epstein que atajó el asunto rápidamente con una gran habilidad. Aún así, John mantuvo siempre un equilibrio inestable entre lo que al grupo le convenía y, como se dice coloquialmente, lo que el cuerpo le pedía en cada momento. Fue un hombre público que intentaba no perder sus raíces, la autenticidad y pureza de sus ideas, un ácido sentido del humor, un sentido radical de la vida que le hacía despreciar a los “hombres de traje”, como llamaba despectivamente a los altos ejecutivos que administraban sus propias empresas. Fue un millonario atípico, generoso hasta un extremo impredecible, y derrochador hasta la nausea.

 

Los Beatles han cambiado de imagen

Los Beatles han cambiado de imagen

 

El resume como nadie el malestar que los Beatles sintieron de un modo progresivo cuando la densidad de su música fue en aumento y el vehículo que empleaban para darla a conocer empezaba a resultar inservible. En aquellos grandes conciertos apenas se les oía, y todos los innumerables matices que George Martin les proponía en el estudio de grabación, y ellos aceptaban entusiasmados y sorprendidos, se perdían entre aquella marabunta de gritos histéricos. Fue adquiriendo una distancia interior cada vez más grande entre lo que hacía y lo que verdaderamente quería hacer. Se sintió siempre un rockero de Liverpool, y es paradójico, y bastante asombroso, que cuando el grupo obtuvo un éxito mundial sin precedentes con Sargent Pepers, el disco más admirado y escuchado en toda la historia de la música contemporánea, él, como si fuera ajeno al mismo, propuso que en el siguiente regresaran a los sonidos básicos, sin tantas sutilezas de estudio y tantos ornamentos sinfónicos y experimentales.

 

Aquello se acabó cuando apareció Yoko Ono en su vida. Sin duda fue el detonante para tomar decisiones drásticas. La primera, abandonar a Cyinthia. La segunda, abandonar los Beatles.

 

Lo primero tenía una complejidad añadida: con ella estaba su hijo Julian. Nunca fue un padre estable y modélico. Al revés, tanto la educación como el cuidado del chico siempre estuvieron a cargo de la madre, pasando John largos periodos, entre viajes y estancias en las que apenas paraba en casa, sin hacerle el menor caso. El mismo reconoce sus escasas capacidades paternas, algo que no le exculpa de haberlo intentado con mayor empeño. Con Cyinthia se portó también muy mal. Elegida entre el amplio gineceo de atractivas muchachas que frecuentaba en Liverpool durante la juventud, eran evidentes sus diferencias de sensibilidad y de carácter. Esa relación sólo podía explicarse en una persona que buscaba desesperadamente la proximidad diaria de una mujer estable, que organizara sus horarios y actividades domésticas, pero que no cuestionara otros aspectos de su conducta y de sus costumbres solitarias, sino que los comprendiera y aceptara sin rechistar. Todo ello seguramente como un reflejo nostálgico de una estabilidad familiar anterior de la que tampoco pudo disfrutar en su momento.

John y Paul

John y Paul

 

Norman describe el final de los Beatles como un verdadero infierno, que se desarrolló a lo largo de un periodo demasiado largo como para que las heridas entre ellos desaparecieran pronto. De hecho, nunca cicatrizaron del todo. En ese final hubo varios factores. No fue el menor la presencia permanente de Yoko Ono, una artista japonesa, hija de una familia rica, llena de veleidades vanguardistas y de un olfato inmenso para los negocios, a quien conoció en una galería de arte de Londres en el otoño de 1966. Una vez que algún tiempo después concretaron su relación, Yoko Ono acompañaba a John incluso a los estudios de grabación, un santuario en el que ni Brian Epstein había sido nunca bien recibido, opinando además sobre los resultados del día a día, y sacando de quicio por ello al resto de los miembros, que, sin embargo, la trataron siempre con un protocolario respeto. Esta situación, vista desde la perspectiva de la trayectoria de los Beatles, fue una torpeza extraordinaria de John. Pero, desde su óptica personal, fue un acto de afirmación en el momento en el que había optado ya por un cambio en su vida, en su persona, en su aspecto físico, en su manera de hacer música y en la organización de sus afectos.

 

Pero lo que, sin duda, afloró a la superficie de un modo incontenible fue una pugna latente entre ambos compositores: celos soterrados, rivalidades aplazadas, envidias ocultas. Algo, sin duda, humano. Tan humano como sorprendente, porque ese enterramiento aparente de egos a lo largo de tantos años hizo posible una obra artística de proporciones extraordinarias.

Si quieres escuchar “Julia”, la canción compuesta y cantada por John Lennon, dedicada a su madre e incluída en el Album Blanco, pincha aquí.



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