Miércoles, Noviembre 24th, 2010...20:04

La biografía de John Lennon (3).

Jump to Comments

 

John Lennon y los demás beatles se vieron envueltos en un interminable jaleo judicial sobre los derechos de su propia obra. Fue un largo proceso que tuvo diversos capítulos, a cada cual más desagradable y problemático. Con todo, además de una cruenta guerra entre bufetes de ávidos abogados, aquello fue la expresión de un tremendo desencuentro entre él y Paul. Un poco en un segundo plano, pero aliados con John, estaban George y Ringo.

 

Millones de personas en todo el mundo amábamos la música de los Beatles, conocíamos su obra al milímetro, nos reconfortaba en el día a día de nuestra existencia. Yo escuchaba con atención hasta el más recóndito y sutil de los innumerables matices de sus voces, de los acordes de las guitarras, de los efectos sonoros cada vez más sofisticados y sorprendentes. Me aprendía las canciones, las examinaba con la minuciosidad de un orfebre y, puesto que mi inglés no daba para muchas alegrías, me imaginaba lo que aquellas palabras querían decir, e incluso me atrevía a cantarlas “por aproximación”, sin conocer su significado exacto. Todos los que recibíamos de esta manera alborozada y subjetiva cada nuevo disco sentimos una consecuente sensación de orfandad, un vacío terrible, cuando nos enteramos de la triste noticia de la separación. Sin embargo, quienes habían tomado tal decisión, y en especial las dos personas que habían tenido el peso mayor de la responsabilidad en la creación de toda aquella maravilla musical, querían perderse de vista para siempre. Era una triste e irreversible paradoja. John estaba muy enfadado con Paul, y éste con él y, por supuesto, con Yoko. Los años siguientes iban a ser un rifirafe constante entre ambos, que iba a adoptar formas y caminos diferentes.

 

 

Como por ejemplo, el de la música. Cuando empezaron sus carreras en solitario, John le asestó a Paul, y por extensión a su esposa Linda Eastman, unos cuantos varapalos en forma de canciones satíricas en las que re reía abiertamente de su modo de vivir, de esa patina de buen rollo hippie que ambos desprendían y les gustaba tanto mostrar incluso en las portadas de sus primeros discos, “McCartney” y “Ram”. El caso extremo lo encontramos en “How Do You Sleep?”, incluída en “Imagine”, en cuya grabación intervino George, en donde le dice lindezas como ésta: “aquellos tíos raros tenían razón cuando decías que habías muerto…” y “la única cosa que hiciste fue “Yesterday”. Cuando John hablaba de Paul en entrevistas en prensa, radio y televisión, tampoco se cortaba un pelo, poniendo en cuestión hasta lo que era manifiestamente incuestionable: el talento de quien había sido su compañero durante tantos años.

 

La vida fue colocando, sin embargo, a cada uno en su sitio. Con avances y retrocesos, los cuatro ex beatles comenzaron a crear un estilo propio y a construir su propia carrera en solitario. Paul McCartney vivió unos iniciales momentos complicados, pero junto a su esposa Linda iba a fundar en 1971 el grupo Wings, con el que empezó a estabilizarse y a subir como la espuma. En cierta medida fue para él un volver a empezar, con nuevos músicos, viajes pesados, etc. El caso, sin duda, más sorprendente había sido el de George Harrison. Como si tuviera retenido desde hacía años un inmenso caudal musical, iba a dar a la luz en Noviembre de 1970 “Al thing must pass”, nada menos que un triple álbum lleno de magníficas canciones, entre las que se encontraba “My sweet Lord”, que iba directamente al número uno de todas las listas del mundo y que todavía sigue siendo un himno espiritual para millones de personas.  Incluso Ringo, a una escala menor, obtendría éxitos indiscutibles en su nueva faceta como cantante y compositor.

 

 

John y Yoko habían fundado en 1969 la Plasctic Ono Band, un grupo experimental con el que tuvieron algunos éxitos notorios, como “Give Peace a Chance”, y con el que grabaron varios discos. A juicio de la inmensa mayoría de quienes amábamos a los Beatles, era absolutamente aberrante que ahora John compartiera honores, escenarios, y portadas de revistas y de discos con una mujer a la que no se le conocía virtud musical alguna. De hecho, la había conocido en una galería de arte de Londres, en donde ella exponía algunas de sus creaciones. Sin embargo, entre ellos se había cimentado una relación peculiar que les obligaba a estar juntos las veinticuatro horas del día, incluyendo el estudio de grabación. Pero, sin duda, la imagen de la pareja llegó a cotas de inmensa popularidad cuando se convirtieron, de un modo tal vez desmesurado, en los iconos del pacifismo en un mundo convulsionado por la guerra que los Estados Unidos estaban provocando en Vietnam y en el que la juventud de muchos países parecía estar dando una especie de golpe de estado general. La postura cómplice del gobierno británico en este conflicto motivó que John devolviera su medalla de la  Orden del Imperio Británico el 25 de Noviembre de ese mismo año. Por esa razón también, John Lennon fue perseguido con saña por las autoridades de ese país, a donde se habían ido a vivir en Agosto de 1971, realizando sobre él y sobre Yoko una minuciosa persecución, hasta que Richard Nixon, presidente republicano, le hizo el favor de meterse en el escándalo Watergate y las cosas cambiaron para todos.

 

Una vez que John y Yoko lograron regularizar definitivamente su situación, respiraron aliviados. Esa tranquilidad les iba a permitir dedicarse con más ahínco que nunca a sus actividades pacifistas, grabar discos sin demasiada regularidad, que tuvieron recorridos diferentes, y atravesar periodos de crisis personales que solucionaban de modo diverso. El libro de Norman nos rebela que esa relación que parecía modélica se resquebrajó estrepitosamente cuando la pasión del principio remitió y John empezó a tener necesidad de airearse por la ciudad, especialmente por las noches. En ese momento se produjo una separación física que se tradujo en que John se fue a vivir a Los Angeles con su secretaria May Pang y Yoko se puso a frecuentar a otros hombres, en especial a un guitarrista con el que ambos habían trabajado. Tanto la secretaria como el guitarrista fueron, por tanto, sugerencias del otro miembro de la pareja. Es decir, una relación peculiar que se mantenía como teledirigida en la distancia.

 

John y su secretaria

John y su secretaria

 

 

 

 

 

 

Pero esa separación iba a durar bien poco. John llamaba por teléfono diariamente, estuviera donde estuviera, quería regresar con Yoko y volver a ser readmitido en el Dakota, el edificio situado enfrente de Central Park a donde se habían ido a vivir a finales de 1973, cosa que ocurrió al cabo de un tiempo. Según cuenta Norman, Yoko no lo tenía nada claro, pero finalmente cedió. John era un hombre complejo, posesivo, y, en algunas ocasiones, violento. En esos años fueron frecuentes sus excesos, borracheras y adicciones diversas. Ambos parecían haber superado una adicción a la heroína, esfuerzo ímprobo del que nació la canción titulada “Cold Tourkey”  incluida en el disco Sabed Fisch. Ahora, la heroína, en el caso de John (porque Yoko recayó durante un tiempo, aunque John no se dio cuenta de ello), había sido sustituida definitivamente por otras sustancias.

 

 

 

Durante estos años fuera de Inglaterra, no dejó de estar en contacto permanente con su tía Mimi, a quien telefoneaba frecuentemente. La relación con ella no había variado: seguía escuchando sus consejos sobre las malas compañías, sus advertencias sobre los peligros de las drogas y sus peticiones de que se cortara el pelo. Por su parte, Mimi rechazaba sistemáticamente todas las invitaciones que su sobrino le hacía para visitarles en el Dakota. Ella se negaba por varias razones, pero tal vez la principal era su indisimulada animadversión hacia Yoko, que coincidía, por cierto, con la mía y la de millones de personas en todo el mundo. A través de su voz, John se mantenía informado de las cosas que sucedían en su país. Aunque en un primer momento parecía haberse olvidado del mismo, progresivamente le ocurrió lo que les pasa frecuentemente a las personas que valoran sus propias raíces, aunque haya en ellas algo detestable. Un día le pidió que le mandara la vajilla de cristal que su querida tía mantenía brillante en “Mendips” y ella, al poco tiempo, satisfizo su deseo.

 

John empezaba a madurar, y la madurez parecía haber venido acompañada por la nostalgia de sus orígenes en Liverpool.



Dejar un comentario