Viernes, Enero 7th, 2011...2:52

La biografía de John Lennon (y 4)

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Penetrar en el universo de los afectos personales de John Lennon sería bastante complicado. Entre todos ellos hay una carencia que los explica y los matiza a todos: la de Julia Stanley, su madre.

 

Norman dedica numerosas páginas a describirnos la personalidad de esta mujer, tan diferente a la de su hermana “Mimi” Smith, y cómo iba a convertirse más en una especie de amiga que en una madre tradicional el corto tiempo que coincidieron sobre la tierra. Se marchó de casa abandonado a su marido Alfred para vivir con otro hombre, y en el interior del jovencito John debieron generarse hacia ella sentimientos muy diferentes, e incluso contradictorios. Su biógrafo recoge sus propias palabras cuando confesó haber deseado sexualmente a aquella mujer. Según se cuenta detalladamente, Julia murió atropellada, dejando un vacío terrible y, ahora sí, definitivo, en ese chico con el que compartía una afición enorme por la música y una mirada abierta ante el mundo y el arte. La muerte de la madre sumió al hijo en una extraña orfandad, en una soledad indefinible,  provocándole una infinita tristeza y un difuso, pero constante a lo largo de muchos años, sentimiento de reproche. Algo parecido a lo que le iba a pasar después con su amigo Stu Sutcliffe. Parecía reprochar a los que se iban que le dejaran solo en este mundo.

 

En Marzo de 1970 Yoko Ono le pasa un texto a John advirtiéndole que hablaban de él… Se trataba de un libro que acababa de publicar un siquiatra norteamericano llamado Arthur Janov titulado “El grito primal” y que venía a describir un tipo de comportamiento similar al suyo, marcado por la carencia de afecto durante la infancia. Proponía una especie de terapia del grito para superar este tipo de situaciones personales. John leyó el libro de cabo a rabo en apenas unas horas y sintió la necesidad de contactar con ese médico, cosa que hizo al poco tiempo. La relación entre ambos duró muchos meses y, fruto de la terapia del grito, las canciones de John adquieren un tono de dramatismo que yo había advertido con claridad, pero que nunca supe entender el origen. “Mother” es, sin duda, el paradigma de esa nueva manera de componer y de cantar. Los gritos espantosos con los que termina tienen para mí una clara explicación, ahora que conozco la carencia afectiva de John. Suenan a aullidos desagarradotes, a llanto de un niño perdido en la oscuridad de la noche, pero también parecen interpelar con rabia desesperada a alguien que se ha ido injustamente o que ha cometido un acto terrible.

 

Cynthia, su primera mujer, aparece descrita en el libro de Norman como una chica rubia, pasiva y discreta, sin excesiva personalidad, una jovencita de Liverpool bastante convencional y sin especial relieve. Parece que su principal virtud residía en parecerse un poco a Brigitte Bardot, la actriz francesa que para muchos jóvenes de aquellos años, incluido John, se había convertido en nuestro icono sexual más destacado. Sin embargo, visto el asunto con perspectiva, el papel de Cinthia tiene en la vida del músico más importante de lo que parece a primera vista. Para empezar, si no llega a ser por ella, la educación de Julian hubiera sido un enorme desastre, visto el escaso interés del padre por asumir este tipo de tareas. Y para seguir, Cyinthia iba a proporcionar a su marido, a costa seguramente de su propia felicidad y de su propio desarrollo personal, una estabilidad familiar, emocional y doméstica sin la cual el frágil John se hubiera precipitado probablemente hacia su propia destrucción.

 

 

 

El fenómeno Yoko Ono habría que analizarlo de otro modo. Siete años mayor de edad que él, asumió desde el principio un papel de consejera material y espiritual. Durante unos años John estuvo fascinado con ella, con su creatividad, con sus ideas rompedoras y vanguardistas, con su independencia y su carácter, y cuando entre ambos desapareció el deseo sexual, esa fascinación se fue transformando en dependencia pura y dura. En el periodo en que se separaron y John se marchó a Los Angeles y otros lugares, Yoko respiró más tranquila que su pareja. Este, por su parte, vivió la separación con angustia, llamándola por teléfono todos los días y solicitándole la posibilidad de regresar a su piso de Manhattan y restablecer la relación de pareja. Seguramente en ella John veía un compendio de mujeres diferentes, incluso de siluetas femeninas de su propia vida. Ambos se embarcaron en luchas similares, ambos descendieron juntos y por separado al infierno de las drogas, y ambos salieron de él. A la vista de la mayoría de la gente, la personalidad de John parecía abducida por la de esta mujer, hija de una familia aristocrática nipona, inteligente, oportunista, emprendedora, hábil y perseverante para los negocios, que durante esta intensa relación, y desde entonces hasta ahora, parece haber secuestrado un poco la figura de un hombre al que nos gustaría recordar, tal vez injusta y caprichosamente, un poco más independiente de ella.

 

 

 

Por último está su tía Mimi. Curiosa relación. Todos tenemos una tía, una abuela o una madre que nos dice “córtate el pelo, que así estás hecho un asco…”, y que representa un faro inmóvil, erguido y luminoso, agradable y molesto a partes iguales. Pero suena un poco raro que en la vida de John Lennon, al que todos elevamos a emblema de una generación, una estética y unas ideas renovadoras, que fue millonario no sólo por sus capacidades creativas musicales, sino también por vender, voluntaria o involuntariamente, una imagen personal al mundo, imagen que incluía llevar primero un flequillo moderado, y más tarde unas melenas que recordaban a las de Jesucristo y que transgredían la estética de los bienpensantes de todo el mundo, tuviera a su lado, o en la distancia, una persona que parecían importarle poco las virtudes públicas de su sobrino y estuviera muy preocupada, sin embargo, por sus defectos privados, por su salud, por su imagen, desde una perspectiva conservadora y casi maternal. La relación entre ambos nunca murió. Para John era un peaje obligado presentarle a sus novias –Yoko horrorizó literalmente a Mimi-, pedirle permiso para las cosas y, en los últimos tiempos, para preguntarle telefónicamente por asuntos relacionados con sus raíces familiares y con los paisajes de su infancia en Liverpool.

 

 

 

Y de pronto… ¿la madurez?. John, después de grabar, presentarse en público en conciertos, con y sin Yoko, y haber obtenido éxitos extraordinarios, como “Imagine” o “Give Peace of Chance”, canciones que desde ese momento son referentes musicales para quienes habíamos seguido a los Beatles, pero también para una nueva generación posteriormente comprometida con valores pacifistas y medioambientales, pareció como cansarse de la música, y, de manera especial, del negocio montado en torno a ella. Aprovechó entonces para ser algo que antes no había podido o querido ser: un padre de verdad. Como sabemos, siempre había tenido una relación realmente paternal con su hijo Sean. Tal vez intentaba redimir con ello su propia mala conciencia con respecto a Julian. Debió de pensar que esta segunda oportunidad no podía perderla. Y así fue. Tanto, que durante los tres últimos años de su vida, John iba a consagrarle la mayor parte de su tiempo. En este periodo fue frecuente verles pasear juntos por Central Park, o ir a una piscina cercana en la que el padre le enseñaba a nadar al chico. Como esta actividad coincidió con la casi total desaparición de John de los mentideros públicos y de los estudios de grabación, mucha gente pensó que había decidido terminar su carrera como músico y compositor. Pero no fue así.

 

El disco “Double Fantasy” nació en unas circunstancias extremadamente peculiares. Según se cuenta en su biografía, a John le había dado por conocer el mundo de la navegación, pero a escala deportiva. No tenía demasiada experiencia cuando se embarcó en una aventura que, por circunstancias que sería prolijo explicar y que en el libro se relatan admirablemente, le iba a llevar a tomar el timón de un barco en mitad de una tormenta en dirección a Bermudas y con la tripulación, formada por marineros expertos y profesionales, en unas condiciones lamentables. El asunto es especialmente llamativo en un hombre cuyas cualidades para las actividades manuales y prácticas de la vida habían sido siempre bastante nulas. Fuera como fuese, el barco llegó a su destino y allí estaba esperando Sean con el que vivió unas semanas intensas en las que solía sentarse por las tardes y componer canciones para el nuevo disco. Había decidido volver y su carrera iba a tener todavía importantes éxitos. Finalmente el resultado fue excelente, con canciones tan logradas como “Woman”, “I´m Losing You” y “Just Like”, cantadas por John y otras más discutibles, obra de Yoko, excepto la delicia de “Yes I´m Your Angel”.

John y su asesino, instantes antes de ser tiroteado

John y su asesino, instantes antes de ser tiroteado

 

Pero siete meses más tarde de esa accidentada experiencia marina, el día 8 de Diciembre de 1980, recién cumplidos sus cuarenta años y presentado su último disco, un John Lennon más adulto, más estabilizado, limpio de adicciones, amante de su propia independencia personal y de unas condiciones de vida sanas y equilibradas, decidió darle las buenas noches a su hijo Sean antes de irse a cenar con Yoko a un restaurante de Nueva York tras una jornada entera de grabación. La limusina blanca aparcó en la puerta y allí le estaba esperando un demente llamado Mark David Chapman, a quien horas antes le había firmado un autógrafo. En esta ocasión, cuando se dirigía hacia el interior del edificio Dakota, el sujeto, como todos sabemos, le disparó cinco balas con su revólver 38 Special y John cayó en el suelo en mitad de un gran charco de sangre.

 

Su asesino se puso a leer tranquilamente “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger. El cuerpo de John ingresó en el Roosvelt Hospital donde le abrieron el pecho para hacerle un masaje cardíaco manual que resultó inútil. Fue declarado muerto a las 11 h 15´ p. m. La noticia corrió como la pólvora.

 

Cuando yo me despertaba al día siguiente, mi madre me dijo: “Paquito, la radio ha dicho que han matado a John Lennon…”. En ese momento comprendí que John (a quien ella llamaba “la vieja” porque pretendía evitar que yo me dejara el pelo igual) y Los Beatles le pertenecían también.

Los hermanos Lennon (Sean y Julian).

Los hermanos Lennon (Sean y Julian).

 

 

 

 



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