Sábado, Mayo 14th, 2011...22:34

El holocausto español

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Libro brutal, exhaustivo, demoledor. Esclarece las causas de la guerra civil española, explica los porqués de la represión posterior, la crueldad del fascismo español, la ideología que sostuvo esa represión.

La República fue el gran momento perdido para hacer lo que desde hacía tantos años había que haber hecho: la reforma agraria, la reforma educativa, la reducción del ejército, la construcción de un estado laico y moderno. Oportunidad perdida: había pocos republicanos que creyeran verdaderamente en la República. Había, eso sí, izquierdistas que tenían mucho interés y prisa por hacer la revolución, que cada cual se imaginaba a su modo, fueran troskistas, socialistas, comunistas, anarquistas. Había también muchos derechistas moderados, fascistas y monárquicos que querían regresar al pasado, que estaban asustados ante un presente y un futuro que pudiera suponer el fin de sus privilegios y la destrucción de sus creencias. Había una Iglesia todopoderosa y aliada con las derechas, preparada para legitimar, proteger y enmascarar el holocausto que iba a llegar.

El conflicto social estaba servido. El rencor de los unos contra los otros era el motor. Unos despreciaban a la clase obrera, a los campesinos. Eran la representación del mal, la conexión con las fuerzas ocultas del marxismo, el judaísmo, la masonería. Libros apocalípticos prevenían de la conjunción de los males, de la campaña desatada desde las cloacas de la historia. En estos libros y en quienes se creían sus doctrinas, los trabajadores eran las cucarachas visibles de las cañerías, y no tenían otra consideración mejor que ellas. Era preciso, pues, exterminar esa plaga, exterminar sus ideas, incluso su memoria.

Los otros vieron el momento de la conquista de lo que era suyo, de poner fin a la injusticia que habían soportado secularmente ellos y sus familias.

Una parte importante de los miembros más destacados del ejército, que habían jurado lealtad al nuevo régimen republicano, pensaba que el exterminio era necesario, especialmente aquellos de formación y pasado africanista, brutales y decididos a aplicar los mismos métodos allí experimentados contra los infieles. Pensaban así de la República, a la que tarde o temprano habría que liquidar. Confluían y alimentaban este pensamiento los ideólogos fascistas de un mundo nuevo, sin parásitos ni cucarachas, un mundo de ideales y destinos imperiales, herederos de la mejor tradición española: la que expulsó al Islam de nuestras tierras, la España de la Inquisición depuradora, la España que había parido una raza especial de hombres valientes y generosos. Arios, si hubieran sido rubios.

Solo unos pocos entendían la necesidad de llegar a fórmulas de concordia, intentando aplicar reformas graduales, en las conciencias y en las estructuras sociales y políticas. Solo unos pocos entendieron el valor real de la democracia, de la paciente consolidación de un estado que posibilitara los cambios paulatinos. Fueron superados por ambos lados y comenzó una guerra fratricida y brutal. De nada sirvió el eterno discurso conciliador de Azaña, y otros políticos de mirada clara.

Francisco Franco, y los militares africanistas –Quepo de Llano, Millán Astray, Goded, Mola, etc- se pusieron manos a la obra. Un ejército entrenado y ayudado finalmente por italianos y alemanes (la terrible Legión Cóndor, que sembró el terror bombardeando poblaciones indefensas…), contra un pueblo voluntarioso y armado pobremente. A los primeros los respaldaban los fascismos emergentes, a los segundos, nadie con fuerza y poderío, excepto los rusos que aconsejaron mucho y ayudaron menos. Hubo dos guerras paralelas: la del frente y la de la retaguardia.

La del frente, de la que no se ocupa el libro de forma preferente, fue algo que se supone que iba a durar unas semanas y duró tres largos años. Es cierto que pudo durar menos, pero el deseo de Franco, tan cruel como excelente estratega, de exterminar al enemigo explica que él mismo midiera sus pasos y retrasara algunas de sus victorias.

En la retaguardia hubo una carnicería asimétrica. Los rebeldes aplicaron sin piedad sus ideas de exterminar al enemigo y eso se notó en el número y la calidad de sus crímenes. Lo hicieron con saña, con odio, con una inmensa crueldad. Mataron, saquearon, violaron a las mujeres, mataron a los niños, mientras los clérigos miraban para otro lado cuando no aplaudían alborozados. Fue un holocausto en toda regla. En el otro,  casi siempre contra los deseos de los propios jefes republicanos, se cometieron también masacres y asesinatos. El funesto partido quedó 1 a 3, a favor de los criminales del ejército rebelde. Muchos menos, pero también terribles en el lado republicano: Paracuellos, la Cárcel Modelo, de Madrid. Odio y sangre por todas partes y sangre también provocada por los propios bandos que en el mismo bando republicano nunca llegaron a reconciliarse y de cuyas disputas internas iban a beneficiarse los franquistas.

Sufrimiento y sangre hasta después de la derrota. Represalias, venganza, parodias de juicios con sentencias ya decididas de antemano… Pero especialmente terrible es esa imagen de miles de republicanos atravesando las fronteras hacia un destino incierto. Diáspora en la que se perdieron nuestros mejores hombres y mujeres, un río de talento desperdiciado. Francia no los quería, solo Mexico se adelantó a la ignominia. Muchos acabaron en los campos de exterminio alemanes. Un caudal humano de desesperada tristeza, un país definitivamente mutilado.

Todo eso está magníficamente referido en “El holocausto español”, del hispanista Paul Preston (Editorial Debate), un libro con aspecto inequívoco de canónico, mal que les pese a algunos, como por ejemplo a Jorge M. Reverte en una destemplada crítica en El Pais el pasado 12 de Mayo. Un libro que me ha explicado mucho de nuestro pasado reciente, pero también de lo que veo y oigo a menudo todavía hoy.



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