Viernes, Julio 29th, 2011...4:11

El triunfo de la razón en tiempos irracionales

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Entre unos pocos hicieron una obra colosal. Colosal por las dimensiones, colosal por el significado. La Enciclopedia fue un escalón más en la dirección de la razón y uno menos en la dirección contraria: la de la barbarie, la intransigencia, las dictaduras mentales de las religiones, etc.

Denis Diderot siempre, y Jean le Rond D´Alembert, de otra forma más discontinua, con largos periodos en los que se apartó ostensiblemente de ella, lideraron un proyecto que terminó bien, a pesar de las peripecias, las incomprensiones, las persecuciones enconadas, las traiciones de los propios editores, etc. Se rodearon de magníficos colaboradores, que como Voltaire o Rousseau, escribieron excelentes entradas. Supieron convocar a quienes, como ellos, se imaginaban ya un futuro laico y democrático. Supieron establecer vínculos secretos con sus miles de lectores, burlando muchas veces los rigores y brutalidades del poder. Sirvieron a una causa que excedió con mucho el perímetro de su tiempo, ayudaron a construir la arquitectura mental que hizo que la historia de Francia, y la del mundo, avanzara hacia territorios de libertad.

Leyendo el libro de Philip Blom “Encyclopedie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales” (Editorial Anagrama), que es de una amenidad absoluta, no exenta de rigor intelectual y documental, se hace inevitable reflexionar sobre lo difícil que nos resulta a los seres humanos desembarazarnos de ciertas cargas que nos acompañan pesadamente desde el principio de los tiempos. Siguen ahí, cambian de aspecto, pero su apariencia multiforme es cíclica, pertinaz, agobiante. Los enciclopedistas lucharon contra la comodidad de las fórmulas, exigieron a sus lectores el esfuerzo de la reflexión, implícitamente la lucha contra las supuestas verdades rebeladas.

Lo hicieron con suma habilidad, claudicando en lo anecdótico y no transigiendo en lo sustancial. Para Diderot el viaje no fue cómodo. Encerrado en la cárcel de Vincennes, comprendió en sus carnes la ira de la monarquía francesa. Pero eso no fue lo peor, puesto que al fin y al cabo su periodo carcelario no fue demasiado largo, y en parte del mismo sus condiciones de vida mejoraron ostensiblemente. Lo peor fue la renuncia casi completa a terminar siendo un hombre admirado por sus propios libros, algunos de los cuales fueron rescatados del olvido y de la mugre y publicados a mitad del pasado siglo XX. Esa fue la razón de su ulterior despego personal a una obra magistral, cuando ya no tenía remedio, cuando la enfermedad y la muerte estaban llegando junto con una revolución que, afortunadamente, no fue demasiado injusta con él.

Casi en el anonimato la figura de Jaucourt, la persona que escribió más artículos en la Enciclopedia. Refleja como nadie, tal vez incluso más que Diderot, con quien nunca tuvo una relación afectuosa, el espíritu de la empresa. Trabajó en silencio, a razón de ocho artículos diarios durante muchos años. Puso en peligro su propio patrimonio, pues tuvo que contratar ayudantes a lo que pagó con su propio dinero. Creyó en la Enciclopedia, y de un modo abnegado, artesanal, constante, fue cumpliendo sus objetivos en silencio, sin resaltar demasiado, en una actitud intelectual basada en el esfuerzo, la constancia y el rigor.

Ninguno de los enciclopedistas se hicieron ricos con su trabajo. Su prestigio intelectual estuvo siempre más alto que el volumen de su patrimonio. Es sin duda un sarcasmo de la historia saber que quienes ganaron dinero con esta obra extraordinaria fueron quienes vieron en ella la posibilidad de un negocio y no se entusiasmaron nunca con lo que aquellos artículos expresaban. Acertaron y se hicieron ricos. Hay cosas que, por lo visto, nunca cambian



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