Sábado, Septiembre 3rd, 2011...19:49

La resistencia. Agnès Humbert.

Jump to Comments

Crónica de un horror compartido

Quise leer un libro y leí otro. Enrique Buenaventura, el director teatral colombiano, hablaba de los “errores fecundos”… A veces, un error se convierte en un acierto, como en este caso.

Quise documentarme sobre un aspecto de la resistencia francesa, y leí “La resistencia”, de Agnès Humbert (RBA). Buscaba documentarme sobre un asunto sucedido durante los primeros días de la ocupación de París por las tropas alemanas y me encuentro entre las manos con un testimonio sobrecogedor: la historia de una mujer culta, que decide desde el primer momento organizarse con otros intelectuales en un grupo resistente, cuando todavía el fenómeno general de la resistencia era solamente un embrión. “Creo que me voy a volver loca si no hago algo para reaccionar… La única solución es agruparnos, una docena de compañeros, no más…”

Pero Agnès es detenida muy pronto y encarcelada en diferentes lugares de Francia y, posteriormente, de Alemania. Sufrió una tortura diaria ignominiosa, enfermó, transformó su cuerpo en otro cuerpo, pero manutuvo firmes de manera admirable la cabeza, las ideas y el ánimo durante los años de que duró su cautiverio, realizando trabajos duros y peligrosos que estuvieron a punto de matarla, o de destrozarla física y sicológicamente. En lugar de limitarse a lamentar su suerte y enumerar un inmenso catálogo de horrores y humillaciones, las páginas del libro contienen perlas de gran calado intelectual, como por ejemplo las ideas que construye en su interior sobre la relación del ser humano con la máquina que él mismo ha creado y termina esclavizándolo, sobre la propia utilidad de la filosofía, sobre el concepto mismo de solidaridad humana.

Esta mezcla de extrema fragilidad y enorme fortaleza fue la que, sin duda, terminó siendo el antídoto contra los horrores que padeció. En este sentido, algunas reflexiones son también conmovedoras, como por ejemplo la que se hizo delante de un escaparate en el que vio reflejada su propia imagen una mañana en la que una fila de presas políticas iba circulando por la calle de una ciudad alemana: “Esta viaja campesina que cojea, calzada con unas botas ridículas, peinada de manera grotesca soy yo…” Pero, enseguida, la firmeza moral que tiene despierta y de pie, interviene: “¡El hombre y la mujer son verdaderamente mezquinos si, para calmarlos –para salvarlos de una humillación hiriente-, basta simplemente con tres pequeños trozos de tela cosidos juntos…!”.

Cuando en 1945 las tropas estadounidenses aparecieron por Wanfrield, la zona en la que estaba su última residencia penitenciaria alemana, Agnès Humbert se convierte de la noche a la mañana en una persona que olvida su enorme cansancio casi de un plumazo y asume responsabilidades entre la población civil, poco antes de regresar a París, a reencontrarse con su amado hijo, con esos libros de su biblioteca que tanto añoró, y con la tumba de su madre, muerta durante su cautiverio.

Testimonio estremecedor. De dos cosas: de la ignominia a la que los seres humanos pueden llegar, invadiendo, violando, sojuzgando ideas y personas. Y testimonio también de la resistencia moral, física intelectual ante eso mismo. Libro optimista, por tanto, dentro de su brutal dramatismo. Autobiografía escrita a partir de textos escritos en su diario del horror y otros que recuerdan con una fidelidad estremecedora lo que padeció un ser humano noble e inteligente. Libro hermoso, bien escrito, con momentos literarios memorables, que termina siendo testimonio de lo que no debió de ser nunca, pero desgraciadamente fue.



Dejar un comentario