Martes, Septiembre 20th, 2011...1:20

Dos obras de Voltaire

Jump to Comments

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

“No tratéis de forzar los corazones y todos los                                                                                                      corazones estarán con vosotros”

Voltaire (Tratado sobre la tolerancia)

Leo Las cartas filosóficas y Tratado sobre la tolerancia, de Voltaire, editados por Gredos, con un magnífico estudio introductorio de Martí Domínguez. Regreso muchos años después a unas lecturas en las que me siento relajado, como en casa. Es una sensación más de confort que de convulsión, más de regusto y delectación por las ideas, que de excitación por lo que de provocador puede perdurar a estas alturas en ellas. Recuerdo las propias palabras de François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, cuando decía en otra de sus obras que “los pensamientos de un autor deben entrar en nuestra alma como la luz en nuestros ojos, con placer y sin esfuerzo…” Así me ocurre a mí con los suyos, y constato que dice muchas cosas que yo pienso… Bueno, es una manera torpe de expresar exactamente lo contrario: que lo que leí con suma atención hace tiempo ha calado tan dentro de mí que esas ideas me pertenecen ya, las he hecho mías y casi, casi, olvidé que eran suyas. Curioso este apropiarse de las ideas de los demás, y reconocerlas ajenas al cabo del tiempo. Hay algo de impostura en ese pequeño hurto, que haría feliz, sin embargo, a quien las produjo porque forman parte de un cierto sentido común, dos siglos y medio después.

Experimento también nuevas sensaciones. Me cuesta recordar y entender que Voltaire terminara siendo en vida, y mucho más tras su muerte, un verdadero personaje maléfico para los retrógrados del pensamiento y de la moral. Su imagen destructora y diabólica se impuso al verdadero y sosegado análisis de lo que sus libros verdaderamente decían. Y, por eso, no hizo falta leerlos en su tiempo, o en la España intelectual de Franco, pongamos por caso, para condenarlos o lanzarlos a hogueras reales o simbólicas. Y resulta que es todo lo contrario, y que eso se nota ahora mucho más, porque sus textos suenan a suaves, aunque documentadas y persuasivas, recomendaciones. No aplastan, sino que persuaden y convencen. No escandalizan, espabilan las conciencias.

Me sorprende, porque no lo recordaba así, la tibieza filosófica de Voltaire, que no discute la existencia de Dios, sino que la afirma y sobre ella edifica sus reflexiones. Léase con atención su conmovedora “Oración a Dios”, incluida en su Tratado, que podría suscribir cualquier teólogo actual, cuyos ojos para ver la realidad del mundo no estuvieran completamente cegados por la metafísica. Y desde esa perspectiva, la del cristiano puro y duro, defensor de la Iglesia, de su tradición y de sus principales personajes, eleva el edificio de su defensa de la tolerancia. O dicho de otra manera: es la intolerancia de los cristianos la que precisamente más le duele y la que más reprueba porque le avergüenza que en nombre de unas ideas que él comparte porque las cree inspiradas en la generosidad y el amor, se torture, se excluya, se pueda llegar incluso a matar. “Lo digo con horror, pero con sinceridad; ¡somos nosotros, cristianos, los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! ¿Y de quién? De nuestros hermanos”, afirma. Leer estas dos obras del maestro del siglo XVIII es aceptar la preeminencia, en su opinión, de la fe sobre la razón (donde no llega la segunda entra en juego la primera) y de la razón sobre la ignorancia y la superstición, pero en ese orden.

En sus Cartas filosóficas, publicadas en 1734, destila su admiración por algunos aspectos de la cultura y de la intelectualidad inglesa. Una frase antológica enmarca a la perfección esta admiración: “No sé, empero, quién es más útil a un estado, un señor bien empolvado que sabe precisamente a qué hora el rey se levanta, a qué hora se acuesta, y que se da aires de grandeza haciendo el papel de esclavo en la antecámara de un ministro, o un negociante que enriquece a su país, da desde su despacho órdenes a Surate y al Cairo, y contribuye a la felicidad del mundo”. Es, podíamos decir, una pregunta retórica. Voltaire cree que es más útil el comerciante (inglés), que el parásito de la Corte (francés). En poco tiempo se convirtió un experto en la literatura de ese país que admiraba, y de algunos de sus filósofos y científicos. Admiró también ese proverbial pragmatismo inglés cuyas manifestaciones principales en el orden intelectual aplaude y hubiese querido que los franceses asumieran y cultivaran, sin perder, por otra parte, sus virtudes nacionales. Agudos, aunque discutibles, son los comentarios que le merecen, por ejemplo, las obras de William Shakespeare.

Menos interés, en mi opinión, tienen sus reflexiones sobre los pensamientos de Pascal. Mucho de lo que decían, tanto el uno como el otro, está desfasado, y es consecuencia de las limitaciones y peculiaridades concretas del siglo en que vivieron y de una curiosidad intelectual que ya no es la nuestra. Sin embargo, de este famoso desencuentro filosófico resplandece ese luminoso optimismo, en absoluto fruto de la ingenuidad, sino más bien de la sabiduría, que tanto irrita de Voltaire a sus enemigos, esos que se pasan la vida penalizando la risa y la felicidad. Frente a la tesis pascaliana de que todo va horriblemente mal en el mundo y de que nos precipitamos indefectiblemente en el abismo, Voltaire contrapone la sencilla teoría de que todo es mejorable, en efecto, pero que muchas cosas de las que disponemos, y muchas conquistas que hemos logrado, no son nada baladíes, y que vivir, gracias a ellas, puede ser una bella aventura, a pesar de los pesares.

Tratado sobre la tolerancia, publicado en 1767, es, como se dice en el prólogo, una especie de refugio todavía vigente y seguro al que hay que regresar cuando nuestro ánimo decrece como consecuencia de las acciones brutales e injustas que vemos a diario perpetrar a la mayoría de los gobiernos, incluidos los que presumen de muy democráticos. Confieso que fui hacia él y lo abrí el día en que Estados Unidos asesinó en mi nombre, pero sin mi permiso, a Osama Bin Laden. Voltaire describe un mundo de relaciones posibles en donde todos deberíamos respetar las ideas de los demás y en el que las prácticas de la convivencia y la persuasión deberían prevalecer sobre la opresión, la venganza y la violencia. Posibles en el presente y en el futuro, porque, según afirma, ya fueron posibles en el pasado, aunque los ejemplos que utiliza sean, en algunos casos, discutibles.

Como ejemplo del comportamiento intolerante Voltaire se explaya con detenimiento en el caso del ciudadano Jean Calas y su familia, condenados el 9 de marzo de 1762 por un tribunal en Tolosa, y la intransigencia de sus vecinos, por un crimen que en realidad no cometieron. La historia acaba bien, porque otro tribunal desmintió al primero, ordenando la reparación del desastre cuando ya no tenía remedio, cuando el cabeza de familia había sido ejecutado en condiciones inmensamente crueles. El filósofo hizo suya la causa de esta modesta familia porque entendió que los hechos eran muy clarificadores sobre hasta qué punto la sociedad puede precipitar a sus ciudadanos al horror, linchándolos directamente, o influyendo en la opinión de los tribunales, en nombre de unos principios basados en la superstición y el fanatismo, pero mayoritarios, olvidando que, a veces, por desgracia, la ignominia y la sinrazón es lo que anida mayoritariamente en el corazón de los hombres.



1 Comment

Dejar un comentario