Jueves, Octubre 27th, 2011...3:51

Papillón (1973). Dir: Franklin J. Schaffner

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Dustin Hoffman y Steve Mcqueen

Dustin Hoffman y Steve Mcqueen

Para la gran pantalla

Había un cine de aventuras, en donde primaban la interpretación de los actores y la destreza en el guión (en este caso, Dalton Trumbo, nada menos…), habitualmente realizado a partir de un “Best Seller”, como en este caso. Si el argumento provocaba la empatía, mejor que mejor. Y qué mejor empatía que la que se crea desde la gran pantalla cuando el protagonista se quiere escapar de un sitio en donde está injustamente retenido. Dentro del género de aventuras nace una especie de subgénero, en el mejor sentido de la palabra, en el que la fuga, la evasión o la escapatoria se convierte en un deseo compartido.

No es un cine profundo, pero es un magnífico cine. No se profundiza en las causas políticas, ni en las leyes injustas, ni en la arbitrariedad manifiesta de su aplicación, ni en las secuelas irreversibles que estas situaciones provocan, pero es un cine apasionante, especialmente si hay sabiduría detrás de la cámara. Parece incluso que se evita explícitamente entrar en los territorios del análisis para no perder espectadores por el camino, pero esta castración deseada consigue masificar la propuesta ideológica que inevitablemente encierra: la libertad es tan necesaria como la vida misma.

Papillón es uno de sus ejemplos más relevantes. Hay imágenes que han perdurado en nuestra memoria y forman parte ya de nosotros mismos. Por ejemplo, el reencuentro final entre Papillón (Steve Mcqueen) y Louis Degá (Dustin Hoffman) y su última separación. O esa otra en que el primero se arroja por el acantilado y se aleja por el mar camino de la libertad que al final conseguiría.

Buen cine, bien dirigido en este caso por Franklin J. Schaffner, autor ya en ese momento de “Nicolás y Alejandra” (1971), “Patton” (1970) y “El planeta de los simios” (1968). Un cine ligero de conceptos, comercial, realizado con abundancia de medios, que ya no se hace. Cine seguramente para verlo en el cine, porque la pequeña pantalla de nuestra casa se queda exactamente eso: pequeña.

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