Jueves, Julio 19th, 2012...18:04

La vida como ejemplo: Stefan Zweig

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Nosotros, que todavía conocimos el mundo de la libertad individual, sabemos y podemos dar fe de ello, que en otros tiempos Europa disfrutó de su juego de colores caleidoscópico. Y nos estremecemos al ver cómo nuestro mundo se ha entenebrecido, esclavizado y encarcelado gracias a su furia suicida.

Stefan Zweig

Hay libros decisivos, no solo porque están bien escritos o porque nos informen de lo que en algún momento sucedió. De unos y de otros afortunadamente están llenas las librerías y las bibliotecas. Me refiero a los que son decisivos porque nos explican las claves de los acontecimientos, de los procesos históricos, de los porqués ocultos. El mundo de ayer, de Stefan Zweig (Ed. Acantilado), es uno de esos libros porque nos desgrana las misteriosas razones por las que los seres humanos somos capaces de llegar a los límites de la excelencia, pero también de la ignominia, tanto en el terreno de nuestras vidas privadas, como en el público de los acontecimientos históricos.

A modo de memorias, el escritor nos cuenta los entresijos sociopolíticos, pero también espirituales, de un periodo terrible de nuestra  historia europea: el de las dos guerras mundiales y el irresistible ascenso del fascismo al poder en Alemania y otros países europeos, con su correspondiente entreacto lleno de renovada esperanza, que a él le tocó vivir y padecer de un modo directo. Y también el periodo precedente, en el que se gestaron las principales teorías acerca de la posibilidad de una Europa fraterna. El libro es inevitablemente, por tanto, la crónica de una decepción, el día a día a día de un proyecto político y espiritual abortado que, por cierto, tiene en este escritor a un símbolo perfecto.

Educado en un ambiente refinado, en gran medida autodidacta, como resultado de la escasa capacidad pedagógica de unos profesores que sentían superados intelectualmente por sus propios alumnos, muy influido por un ambiente cultural altamente estimulante para los jóvenes de la Viena de su tiempo, Zweig afirma que “uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura, sin ese sentido que le permitía analizar a la vez que gozar de esa superficialidad sacratísima de la vida”. En ese contexto, va creando la personalidad de un hombre comprometido con la cultura y con la paz, con la internacionalidad, con los valores democráticos de la tolerancia y el respeto a las ideas de los demás, cultivando la amistad de quienes como él pensaban que un mundo justo era por lo menos un sueño que moralmente era obligatorio intentar construir en la realidad.

A pesar de su carácter autobiográfico, Zweig demuestra una especie de irresistible pudor personal cuando se trata de escribir de él mismo: “Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida”, dice en el prefacio. Cuando lo hace, y en particular de sus éxitos literarios, parece como que quisiera retirarse a un segundo plano, dejando en el primero lo que verdaderamente le parece importante destacar: los contornos de una gran tragedia colectiva, de la que  se siente una parte minúscula. Ejercicio de humildad sin precedentes. De este modo, sin embargo, nos ayuda a comprender las claves de un sufrimiento que afectó a millones de personas hace tan solo unas décadas.

En el libro se habla de todo y por eso es también una crónica escrita desde el rigor y la amenidad: de costumbres, de los vicios de la educación sexista que, a pesar de sus logros con respecto a la de principios de siglo, seguía discriminando  a las mujeres, de la moral conservadora que lastraba la libertad sexual, de las modas que corroboraban esa mutilación…. Por supuesto, de política, de historia, de las claves de comportamiento social, de las miserias y esplendores de nuestra raza humana. También de arte en general y de literatura en particular. Imprescindible, por tanto, para conocer de cerca la vida intelectual europea siguiendo el rastro de algunos de sus ejemplos más influyentes en el terreno de la música (Richard Strauss, Ferrucio Busony, Alban Berg…), de la narrativa (James Joyce, Thomas Mann, H.G. Wells, Máximo Gorki…), del sicoanálisis (Sigmund Freud), de la escultura (Augusto Rodin), de la poesía (Rainer María Rilke, Paul Valery…) o de la pintura (Salvador Dalí, etc) y muchos otros.

Imprescindible también para conocer las claves literarias y los procedimientos del propio Zweig, un escritor judío que consiguió a fuerza de trabajo un estilo propio basado en la amenidad y, sobre todo, en la concisión (“entre mis quehaceres literarios, el de suprimir es en realidad el más divertido…”), y que gozó de una fama extraordinaria en todo el mundo, llegando a vender millones de libros, aunque él mismo relativizó siempre el concepto mismo del éxito (“para mí el anonimato es una necesidad…”).

Zweig finalmente se vio convertido en un proscrito, en un exiliado eterno y doliente, como le ocurriera trágicamente a millones de seres humanos pertenecientes a su misma comunidad en todo el mundo, y desde esa condición, afincado en un Brasil que le subyuga por su fecunda inmensidad y en donde moriría en Febrero de 1942, escribe este hermoso libro que nos ayuda, como muy pocos, a intentar comprender nuestros propios límites.



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