Viernes, Septiembre 20th, 2013...23:52

Las fotos de María Vecino

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Maria Vecino es joven, y María Vecino es vieja. Se dedica a fotografiar a los demás, pero en esta ocasión ha decidido fotografiarse a sí misma. A veces, María Vecino es rubia, pero un día me la encontré por la calle y me pareció morena. Sería la luz.

María Vecino, por tanto, es impredecible, sorprendente, pozo sin fondo, estrella instalada en la tierra, con sus ojos instalados en vete a saber qué extraños firmamentos. Como es un enigma, hay que ir a ver su exposición, inaugurada hoy mismo en la sala Espacio Zero en el Arrabal, para intentar descifrar su curioso y enigmático jeroglífico.

Cuando llegues al Arrabal te encontrarás con una noria. No te preocupes demasiado por esa acumulación de hierro sin demasiada alma. Como todos los balcones, las norias tienen un cierto aire de grandeza innecesaria. Alguien podría pensar que ha sido María Vecino la que ha instalado un gigantesco aparato luminoso y rodante para que los despistados no se pierdan buscándola a ella, y buscando sus fotos. Todo es posible, porque como decía Baudelaire, “hay grandezas aparentes que se eclipsan ante las pequeñas obras de arte, pero que nos ponen en el camino para poder encontrarlas”.

Y eso son las fotos de María: pequeñas obras de arte. Dramáticas obras de arte. Ella misma, instalada ante sí misma, es decir, ante su propia cámara, y en su espacio, en el terreno exacto de sus propios misterios. Un espacio hermoso, formado por paredes desconchadas y puertas de madera, cacharros en las alturas, y su corazón, su propio corazón, en el medio de todo ese caudal de referencias. Hay fotos en los que un pie nos encamina hacia el precipicio en el que al final no caemos. Hay otras en las que su rostro desaparece. En otras, vuela. En otras, ella ya no está, pero queda la silla en la que estuvo sentada. Imágenes de soledad, imágenes de alguien que se nos da en el claroscuro del blanco y negro, que nos muestran el regalo de su propia mismidad sobrecogida.

Cuando sales de la exposición, queda todo claro: la noria ya no está. Nunca estuvo. Era mentira. Y las fotos de María, sin embargo, resuenan en nuestro interior con el sonido inconfundible de lo que sentimos como profunda, dolorosa y esperanzadora verdad.



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