Sábado, Octubre 12th, 2013...1:10

El Bonanza

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Esto no es más que el esbozo del capítulo primero de lo que pudo ser, y tal vez algún día será, un libro sobre El Bonanza.

Nunca pensé que estas líneas verían la luz el día en que me entero de que Manolo acaba de morir.

El propósito no era contar una historia “real” sobre el Bonanza. Eso es imposible, entre otras cosas porque el Bonanza en la realidad no existe, y menos para su dueño.

La historia de este lugar sólo se puede intentar contar a partir de los sueños que ha provocado en nosotros y de la manera que nos hemos imaginado que somos entre sus paredes.

De la mesa once hasta la catorce hay miles de kilómetros: por eso el Bonanza es un sitio inabarcable.

Capítulo Primero.

La noche en que Antonin Artaud,

disfrazado de panadero, le recordó a Tico-Tico una danza balinesa, que él ya sabía.

Antonin Artaud se reencarnó en el Bonanza una noche de Otoño. Y eligió para ello, como en los mejores cuentos infantiles, el cuerpo y la figura de un sencillo panadero.

Algunos lo intuimos desde el principio y cuando le vimos entrar, con su pequeña mochila en ristre en la que guardaba celosamente sus pequeños objetos personales y el bocadillo con que distraer el hambre en mitad del trabajo, nos quedamos silenciosos durante unos instantes. El cuerpo de un panadero… ¡qué ocurrencia! Artaud, que tanto había penado con el suyo mismo, que había construido su universo poético y su práctica profesional como director teatral a partir de una lucha contra la enfermedad y el dolor, estaba otra vez entre nosotros, disfrazado, disimulando, en Zaragoza, fingiendo no conocerse ni conocernos, y con esas pintas.

Manolo tomó inmediatamente cartas en el asunto.

Le pidió que extremase su discreción, que tratase de pasar lo más desapercibido posible y sobre todo, que no montase escándalos innecesarios. El Bonanza ya tenía suficiente con los “escándalos necesarios” en un momento en que corrían tiempos raros, difíciles, en los que no convenía alterar los ánimos ni llamar demasiado la atención de algunos policías disfrazados de corredores de comercio, muy aficionados, eso sí, a los matinales pinchos de tortilla. Y aunque el aspecto de panadero era bastante convincente, los rasgos inconfundibles de Artaud eran no menos patentes. Parecía que, a pesar del cambio de identidad, de país, de profesión y de cuerpo, hubiese querido conservar algo de una vida anterior que, al menos por la intensidad con que fue vivida, merecía no ser completamente perdida y olvidada.

Lo recuerdo muy bien. Era, efectivamente, Otoño, pero ese año el frío se había adelantado de manera notable, enviando al cierzo por delante como arrogante e inmisericorde embajador. Aransay andaba un poco mustio con la caída de la hoja, signo preclaro de su habitual fortaleza de ánimo, y el bar a partir de las once se animaba como les ocurre a algunos boxeadores casi derrotados cuando llegan a los últimos asaltos,  precisamente los decisivos.

Estábamos los de siempre, ensimismados en nuestras personales quimeras, cuando de repente, como digo, se abrió la puerta y entró frotándose las manos para calentarse del frío de la calle. Recordé la exacta descripción que de él hizo Jean Louis Barrault: “Había sido increíblemente guapo, pero su fuego interior lo calcinaba”.

Dejó su pequeña mochila y se dirigió a la barra en donde musitó unas palabras inaudibles desde donde nosotros nos encontrábamos. Tal vez había solicitado un café cortado o un vaso de leche muy caliente. Después nos miró a todos y nos saludó como quien saluda en una plaza de toros, sin ver a nadie en concreto, dirigiéndose a un respetable genérico y borroso, compuesto por personas, sillas y vasos.

Angel Maturén recobró la conciencia por unos segundos, y, después de levantar los ojos de la mesa once, no habiéndole gustado aquella cara enigmática y vagamente conocida, esa sonrisilla de hiena doméstica que exhibía el falso panadero, inició una interminable maniobra de despedida, contraviniendo su costumbre de apurar las copas hasta la última gota. Algo en su conciencia le había puesto en alerta.

Y es que, efectivamente, el Bonanza cambió desde ese momento, y con él las vidas de las personas que por aquel tiempo lo frecuentábamos.

El caso más flagrante fue el de Tico-Tico, que esa noche misteriosamente estaba tranquilo al fondo de la barra. Como esperando algo, vaya.

Cuando Antonin entró por la puerta, se sintió preso de una alegría irreprimible. Tanta exuberancia me hizo sospechar. Había habido un evidente reconocimiento entre ellos. A los pocos minutos los descubrí hablando entrecortadamente, en el extremo de la barra, apartados también del jolgorio y de las risas. Siguiendo el consejo de Buñuel cuando sorprendiera a Artaud en una boca de metro parisina en una extraña conversación consigo mismo, no quise tampoco molestarles. Hablaban despacio, escuchándose con una atención conmovedora, tal vez reconociéndose una vez más y en un ámbito nuevo.

Y de pronto se pusieron a bailar.

No parecían ellos y, sin embargo, eran la misma persona. En lugar de aire, entre ambos había un espejo que los reflejaba y convertía en diálogo lo que en el fondo era un monólogo, lleno de gestos confusos y comienzos de inexplicables danzas balinesas.

Al poco tiempo, Tico-Tico enloqueció del todo y nada en él fue ya lo mismo. Se convirtió ante nuestras miradas en un bailarín inigualable, exultante de vitalidad y de armónico equilibrio. Su cuerpo, en el fondo y en la forma, no obedecía a los sones de música reconocible alguna, sino a los compases que Antonin Artaud le había susurrado al oído: “triqui, triqui, triqui, triqui…”. Su corazón leía una partitura interior y enviaba hacia sus piernas, sus brazos y su garganta, un torrente de energía que cristalizaba en una danza y un canto tribales, propios de otras latitudes y otras culturas, y por tanto, absolutamente enigmáticos para nuestros oídos curtidos en jotas y boleros.

La escena se repitió varias veces a lo largo de los próximo meses. Cuando todo eso ocurría, los clientes del Bonanza interrumpíamos nuestras conversaciones y no podíamos dejar de mirar embobados, dejándonos arrastrar por ese calambre humano que nos llegaba de tierras remotas y paisajes nunca vistos. Eso es lo que me hizo sospechar desde el principio que ambos se habían conocido con anterioridad y que jugaban el mismo juego y de la misma forma. ¿Quién podía creerse que Tico-Tico fuera un simple basurero después de aquellas descargas eléctricas de irrefrenable fuerza expresiva? Sus irregulares defensas sindicales del gremio basureril siempre me parecieron, después de aquella fecha memorable, inútiles maniobras disuasorias que pretendían crear una inútil cortina de humo para ocultar esa nueva personalidad que en él había aflorado, y que era la suya propia, rescatada de los más recónditos lugares del olvido.

Desde aquella primera noche comprendí claramente que el Bonanza estaba lleno de heterónimos, es decir, personajes que tenían dos vidas: una dentro y otra fuera, una por la mañana y otra por la noche. Y que las caras que veíamos a la luz de las velas eran sólo antifaces que ocultaban la extraña personalidad real de seres venidos de los lugares más remotos del sueño, de la imaginación y de la conciencia.

Y me dediqué a observar.



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