Jueves, Diciembre 19th, 2013...12:44

Lou Reed: el otro lado de las ciudades y las personas

Jump to Comments

Lou Reed (1942-2013)

Los cantantes que cantan bien, mira que cantan mal. Lou Reed siempre cantó mal, y mira qué cantaba bien…

Hace un año, leí un libro de Alessandro Baricco titulado Mr. Gwin. Es la historia de un escritor que deja de escribir, como al falso Montano de Vila Matas. Como se aburre de no escribir, empieza a escribir libros interiores en su cabeza. Va poniendo palabras, construyendo frases encima de los autobuses, las estatuas, y los guardias que se encuentra por la calle. Y, al final, como esto también le es insuficiente, decide inventar una nueva forma de escribir, sin escribir: hacer retratos, pero no pintados, escritos; pero no simples descripciones físicas, sino palabras que expliquen al retratado quién es él de verdad. Retratos que son espejos de los que horripilaban tanto a Borges y por los que tuvo que quedarse obligatoriamente ciego para seguir leyendo.

Curiosa mezcla la de Baricco, en la articulación de un nuevo lenguaje, que es algo más que la suma de la literatura y la pintura, que tampoco es exactamente una síntesis, sino un arte nuevo, todavía sin nombre y, desde luego, sin futuro.

En su presente, Lou Reed hizo eso a su manera. Con una música simple y unos textos simples, retrató la profunda complejidad de la existencia, las oscuras zonas de las ciudades –Nueva York, en particular-, la oscuras zonas de los seres humanos, su realidad oculta, el lado negro de la vida. Como también pintaba, interpretaba la realidad oscurecida o coloreada, dependiendo de la droga del momento. (Llámese droga, al whisky, la Coca Cola, o la heroína…)

No he visto sus pinturas, pero tengo la impresión de que no sería un gran pintor. En mi opinión, tampoco fue un extraordinario poeta, ni siquiera un buen músico.

Fue, sencillamente, un artista genial.

Aunque gracias a las malas influencias de amigos como David Bowie,  tuviera a veces la tentación de dejar de serlo, regresó pronto al territorio que era suyo: el de una marginalidad calculada, y, al mismo tiempo, sincera. (Desde los márgenes, recuerden ustedes que se ven muy bien los centros…). Y ahí se mantuvo. Hasta que la vida, su propia vida, le pasó la factura definitiva.

Las últimas fotos, como la que encabeza este texto de homenaje a su figura, son las de un anciano. Viejo, bello, socrático, sabio, regresador de miles de infiernos, despreciador de todos los cielos probables, hechas, parece, para que le recordemos siempre en un limbo propio, en donde la principal ventaja es que se puede fumar sin cortapisas, y  puede uno reírse de la muerte, hasta que, finalmente, te mueres verdaderamente de risa.

Eso sí, todo serio.



Dejar un comentario