Sábado, Diciembre 21st, 2013...15:14

¿No se merece un homenaje Pilar Laveaga?

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Sobre emigrantes (1975)

Sobre emigrantes (1975)

Esta mañana, Carmen Marín, Marissa Noya, Jesús Bernal y yo hemos visitado a Pilar Laveaga en la residencia en donde se encuentra desde hace unos años. Ellos, y otras personas, como Nuria Herreros, Cristina de Inza, Blanca Resano, etc. lo han hecho en otras ocasiones, porque desde el principio han tenido una necesidad interior de hacerlo. Al fin y al cabo, en épocas diferentes trabajaron a sus órdenes en el Teatro de la Ribera, y sienten por ella una cariño especial.

Yo confieso que es la primera vez que he ido, aunque soy de los primeros actores que entraron en aquel núcleo teatral. Y la razón fundamental no ha sido la pereza, sino el miedo a encontrarme con alguien que ya no es lo que fue. Y, efectivamente, mis peores expectativas se han cumplido. Ya no es quién era.

¿Y quién fue Pilar Laveaga?

Qué frágil es la memoria de las cosas. Los alumnos de la Escuela de Teatro no recuerdan a Miguel Garrido o a Mariano Cariñena, sencillamente porque no los conocieron, no recibieron sus clases. Es algo normal, sin duda, pero no deja de ser paradójico que personas que tuvieron hasta hace muy poco un protagonismo especial en esa misma escuela, ya no sean nada, se hayan diluido en el tiempo, y sólo queden, aunque muy presentes, en la memoria de quienes fuímos sus compañeros, y en algunos casos, sus actores o ex alumnos.

Pilar Laveaga

Pilar Laveaga

Por tanto, me temo que hay que explicar que Pilar Laveaga fue una chica de Logroño, nacida en 1945, que llegó a Zaragoza una vez terminados sus estudios universitarios en Madrid. Que poco tiempo después sintió en su interior una vocación teatral y que empezó a participar en los montajes del Teatro de Cámara, bajo la dirección del propio Mariano Cariñena y de Juan Antonio Hormigón.

Posteriormente, allá por el 74, Pilar, junto a Mariano y Javier Anós y otras personas más fundaron el Teatro de la Ribera, que muy pronto se hizo un hueco y un nombre en el contexto de lo que entonces se llamaba “teatro independiente” y que sufrió varios cambios en sus componentes en esa etapa fundacional. Por allí estuvo, por ejemplo Juancho Graell, otro gran olvidado. Durante años, en unas condiciones políticas y materiales muy precarias, la compañía recorrió España entera, de arriba abajo y de derecha a izquierda, incorporando a su repertorio obras de enorme interés artístico, político y cultural, y a autores que van desde Goldoni a los más contemporáneos. Fueron, en esta tierra, unos pioneros indiscutibles.

En aquel contexto, Pilar era una mujer pequeña y activa, con un genio de mil demonios, cargada de defectos y virtudes, vestida siempre con colores chillones, predominando siempre el morado, porque se sentía feminista y quería expresarlo cuantas veces podía. Provocaba la cercanía personal –ella siempre recordaba con cariño sus conversaciones con Miguel Garrido cuando éste llegó de Alemania- en las noches de un verano caluroso-, y también el odio feroz. En realidad, manejaba los hilos de sus relaciones personales y podía ser afable o despótica según fueran las cosas. A Pilar, cuando era Pilar Laveaga, se le amaba y se le odiaba, con razones suficientes para sentir ambos sentimientos a la vez. Porque era todo fuerza, coraje, inteligencia, y también, en ocasiones, su comportamiento era discutible –dejémoslo así- con quienes compartían su trabajo.

Sea como fuere, por Pilar pasa la historia del teatro aragonés. Es uno de los puntos en esa línea discontinua, salpicada de lo mejor y lo peor: desde la incomprensión de las instituciones, pasando por muchas mezquindades personales, y también, porqué no decirlo, de mucho esfuerzo, entrega y generosidad por parte de la mayoría.

Somos aragoneses. Eso nos hace ser diferentes, en muchos casos, para mal. Inconscientes o insensibles con lo que hemos tenido y con las personas que han sido decisivas en la creación de nuestra propia cultura. La emigración forzosa de talentos ha sido, para nuestra desgracia, no una excepción, sino una especie de costumbre demasiado repetida. Si no fuéramos así, si la profesión teatral (cada vez más desvencijada, despoblada y recluida en pequeños cenáculos) no fuera así; si las instituciones no fueran así, haría tiempo que Pilar Laveaga hubiera tenido el homenaje que se merecía.

¿Todavía estamos a tiempo, o hay que esperar a que, además de la memoria, que ya la ha perdido, pierda la vida, para hacerlo?



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