Domingo, Abril 13th, 2014...15:25

Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Philipp Blom.

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Olvidados, olvidados… ¿Olvidados?

Sorprende ese “olvidados” en el subtítulo del magnífico libro de Philipp Blom (Anagrama. Colección Argumentos) sobre lo que fue y significó “la Ilustración”. Sorprende y entristece, porque una de las conclusiones más decepcionantes, entre otras muchas esperanzadoras, es que ese torrente de energía inteligente y creativa que supuso la obra, y la vida, de algunos de los principales “ilustrados” se ha evaporado, se ha diluido en cierta manera. Fundamentalmente de dos maneras: o a bofetadas, es decir, prohibiéndola, demonizándola, “superándola” por la vía del desprecio a los valores que entrañaba y el aprecio a los valores de la más reaccionaria derecha ideológica en Europa, o, lo que es casi peor, tergiversándola, manipulándola, apropiándosela indebidamente.

De esto, Blom pone ejemplos: el que más me ha llamado la atención es el de Robespierre y los revolucionarios franceses. Teóricamente, la Ilustración es el germen de esa misma revolución que combatió en las calles de París y tomando la Bastilla contra la tiranía secular de reyes, nobles, sacerdotes y ricachones. En la práctica, como la Ilustración ensalzaba el pensamiento, la razón y la felicidad de los seres humanos, Robespierre y sus amigos se vieron en la necesidad de demonizarla cuanto antes, porque esas tres actividades difícilmente pueden conciliarse con la revolución en estado puro, que es una especie de devolución de la moneda, pero por causas justas. Es decir, una vuelta a la barbarie de la que veníamos con otro discurso ahora, y otros enemigos reales o inventados. O dicho de otro modo: sustituyendo una religión, con sus dogmas y ritos, por otra diferente, pero igualmente irracional, anestésica y nociva.

Qué pocos años separan a Robespierrre de Diderot, y cuánta diferencia de pensamiento…

Diderot. (Cuadro de Louis Michel Van Loo)

Diderot. (Cuadro de Louis Michel Van Loo)

Este libro es grandioso. Documentado, ameno, instructivo. Nos explica con pormenores lo que fue el fenómeno de la Ilustración, y nos presenta a los principales personajes del movimiento. No lo hace de un modo hagiográfico, sino ponderado y racional. Nos describe a la persona, a sus circunstancias, con sus virtudes y defectos, con sus valores y cobardías, en el contexto en el que vivió, escribió y pensó. No dice solo que Diderot fue el gran hacedor de la Enciclopedia, una de las mentes más privilegiadas de la Francia del XVIII, sino también de lo que no pudo hacer por meterse en semejante esfuerzo al que sacrificó seguramente su propia gloria como creador, como novelista, como autor teatral, como filósofo. Nos habla también de lo que no llegó a hacer por miedo: estuvo siempre horrorizado ante la posibilidad de regresar, esta vez para quedarse, en las mazmorras del castillo de Vincennes, advertido expresamente de ello por las autoridades que le tocaron en suerte soportar y temer. Nos habla pues de fobias y filias, de hombres que dudaron, ganaron y perdieron, que tenían defectos –entre ellos, los de Rousseau son especialmente esplendorosos, como el ginebrino deja bien claro, por cierto, en sus propias “Confesiones”, etc. Nos habla de sus relaciones, algunas exquisitas y otras inevitablemente basadas en la envidia, en el orgullo herido, en la presunción y la petulancia intelectual. Nos habla, pues, de seres humanos con el denominador común de haber levantado desde diferentes trincheras y diferentes posiciones ideológicas e intelectuales, un muro contra la irracionalidad, la superstición y el dominio descarado del fanatismo, la Iglesia y el sacrosanto poder de los monarcas absolutos, y no tan absolutos, y de las diferencias posibles que ellos mismos conservaban.

Eso fue la Ilustración: el estallido de la bomba de la razón. Unos, como Voltaire o Rosseau lo hicieron a su manera. Especialmente Voltaire, nadando y guardando la ropa, intentando conciliar ideas difícilmente conciliables, como el deísmo y la razón, por ejemplo, sin quedar mal ni con sus compañeros de movimiento, desde la distancia de su exilio, ni con las cortes europeas y los jerarcas a los que llegó a prestar dinero, amasando así una fortuna inmensa. Pero otros, de un modo más auténtico, arriesgando más, poniendo en peligro sus propias vidas, escondidos a veces en anonimatos sin los cuales hubieran sido detenidos y probablemente ejecutados.

Porque esa es otra cuestión. La Ilustración no fue un momento de la historia en el que los jerarcas dejaron pensar y escribir sin crear problemas. Es decir, no fue un periodo de libertad concedida, de arcadia feliz de las letras y la filosofía. Al revés, los mecanismos de la censura y la represión intelectual funcionaban de un modo ejemplar y terrorífico, y el ejemplo más relevante fue el de la propia Enciclopedia, que a pesar de su monumentalidad y de albergar en su seno a los principales y más prestigiosos pensadores de Europa, costó dios y ayuda sacarla adelante, a golpes de impulso, a fuerza del tesón de personas que fueron fieles total (Diderot) o parcialmente (D´Alembert), con la idea de sintetizar en un inmenso conjunto de libros todo el compendio de la sabiduría humana hasta ese momento.

El libro de Blom se lee en un momento, a pesar de sus más de cuatrocientas páginas. Porque el joven historiador alemán, actualmente afincado en Viena, ha tenido la buena idea de no atiborrarnos a datos, sino que ha sabido conjugar muy bien las descripciones de las personas, sus ideas y el significado que tuvieron, y los matices diferenciales que existieron entre ellos. Así conocemos a David Hume, el filósofo inglés, siempre amable, correcto, educado y generoso, que durante un tiempo vivió en Paris como Secretario de la Embajada británica, y que se hizo un adicto del salón de Paul  Henri Thiry D´Holbach, y quien acogió posteriormente a Rousseau en Inglaterra, sin que éste supiera agradecérselo. Porque D´Holbach, según Blom, representó el pulmón de todo aquel movimiento, recibiendo a lo más granado de la intelectualidad europea en su magnófico salón de la rue Royale, en donde sus cenas eran envidiadas y sus vinos consumidos al instante, escribiendo manifiestos y libros radicales sin firmarlos porque apostaba sin complejos por cosas tan peligrosas, como la inexistencia de Dios, la primacía de la razón y de la bondad de la naturaleza, y por derribar todos los mecanismos que habían hecho posible hasta entonces, lo hacían posible en ese momento, y parece que siguen haciendo posible todavía para nuestra desgracia, varios cientos de años después, que la ignorancia de las personas siga siendo el arma más eficaz para explotarlas y someterlas.

Philipp Blom en Barcelona

Philipp Blom en Barcelona

Philip Blomm comienza el libro explicando una experiencia personal. Fue a Paris en busca de las tumbas de Diderot (alguien con quien dice que le hubiera gustado cenar…), y de d´Holbach, y averiguó que sus huesos estaban esparcidos entre otros miles de cráneos, rótulas y peronés, puesto que los revolucionarios habían saqueado el lugar donde reposaba. No hay que olvidar que, por razones inversas, los restos de Voltaire y Rousseau se encuentran en el faraónico Panteón, lugar donde se encuentran los más eminentes nombres de la cultura nacional francesa. Por eso, quiso terminar el libro con estas palabras que yo reconstruyo literalmente:

“Diderot yace en un osario anónimo, sus huesos están dispersos, y los guardianes de la tumba de D´Holbach niegan que allí se encuentren los restos del barón. No obstante, las ideas de la Ilustración radical siguen con nosotros, tan vibrantes como siempre. Siguen siendo fuertes, hermosas, un desafío a las suposiciones no cuestionadas, y a menudo dañinas, sobre las que se basan tantas cosas de nuestra vida. No hay tumbas que visitar, no se pueden tomar fotografías delante de un sarcófago, pero las ideas siguen vivas”.



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