Viernes, Mayo 16th, 2014...20:25

Eugenia Grandet. Honore de Balzac

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Vivir sin vivir

Ahí sigue, después de diferentes relecturas, la tristeza infinita, la soledad inmensa de Eugenia Grandet (1834). Eugenia no se tira a las vías del tren, como Tolstoi invita a hacer a su Anna Karenina. Su final es seguir viviendo esa soledad en mitad de sus millones, de esa fortuna amasada por el egoísmo recalcitrante de su padre a lo largo de toda una vida. Eugenia sigue infeliz, sepultada detrás de la sombra y el recuerdo de un primo que nunca volverá. Me acuerdo de Basilio y pienso que los primos suelen ser bastante malos en la literatura perenne.

Mejor para ella, tal vez. Eugenia se sigue casando al final de su novela con un hombre al que no quiere, para que le haga su vida más fácil, para no tener que perder mucho tiempo en administrar sus bienes, ese patrimonio que va a permitirle hacer cualquier cosa, que seguramente no hará jamás: vida desperdiciada esperando a alguien que ya no existe, una voz que le prometió amor eterno en una juventud agostada y remota. Eugenia sigue siendo un personaje inútil, una especie de Nazarín femenino y laico, que entrega su vida a una causa que no le causa placer alguno, víctima de sí misma, de su bonhomía, de una ingenuidad un poco estúpida en la que se queda anclada. Eugenia es una monja de clausura en mitad del mundo, una red de redes que ella nunca conocerá del todo.

Y ahí sigue Balzac, personaje de Balzac (1799-1850). Cada vez más antiguo y cada vez más moderno. Cada vez más infeliz, más ansioso, más retratista del interior y el exterior de sus personajes. Se empeñó en contarnos en siglo XIX, con hambre de totalidad, como confesaba sin rubor García Márquez de sí mismo, y al hacerlo, despertó fobias y filias entre los que convivió y coescribió ese mismo siglo, de ascensos y caídas, de cambios bruscos, antecedente y prólogo del siglo que ya conocimos nosotros y que él pareció intuir de algún modo.

Ahí esta Balzac, con su “de” impostada, como para darse importancia, como para distinguirse y perpetuarse con mayor solemnidad en los libros de historia de la literatura; fuente inagotable de elogios y de insultos. “Mejor hubiera sido que no se hubiera detenido tanto en las descripciones…”, dicen algunos. “Mejor hubiera sido que no hubiera escrito tanto, y hubiera escrito mejor…”, dicen otros. Pero él, que ya no escucha a nadie, se gusta así mismo como personaje de su propia novela, y encuentra en la muerte el sosiego para leerse y reconocerse como un escritor magmático, irrepetible, que abrió caminos y que esculpió personajes y situaciones que forman parte de nuestra memoria, confundidos con los de nuestra propia vida. Gloria, por cierto, que muy pocos escritores comparten.



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