Sábado, Mayo 31st, 2014...2:24

La embriaguez de la metamorfosis. Stefan Zweig

Jump to Comments

Solo hay un camino

Leer “la embriaguez de la metamorfosis”, de Stefan Zweig (1881-1942) (Ed. Acantilado) es algo que le deseas a cualquier persona por la que sientes algún tipo de cariño. Durante estos tres días que he dedicado a su lectura, he pensado muchas veces: ojalá la leyera menganito o fulanita, porque los buenos momentos de la vida, lo son todavía mejores si son compartidos, si el placer que obtienes lo distribuyes generosamente entre los demás.

Zweig me apasiona. Me gustan sus descripciones: repara en el más mínimo detalle, siempre que sea útil para comprender mejor lo que se propone contarnos. Describe ambientes físicos, intelectuales y morales. Y lo hace a partir de construcciones argumentales implacables. Si fuera un pintor, sería un puntillista, pero figurativo. Es decir, habla de personas de un modo conmovedor, y los sitúa en su contexto: en sus dos contextos, perdón, el más cercano y el que los envuelve desde la distancia, pero de un modo que termina atenazándoles. Y Zweig me parece uno de los mejores escritores sobre lo que a las mujeres les ocurre de manera especial y preferente. Crea antiheroinas, que luchan denodadamente por una felicidad que pocas veces consiguen.

De todo esto hay, y en cantidades extraordinarias, en esta novela, según parece inacabada, una de las más extensas del autor, escrita entre 1931 y 1942. Es decir, once años dándole vueltas a unas ideas literarias, a una estructura diáfana y a unos personajes en los que parece proyectarse la figura del propio escritor, que, como todo el mundo sabe, se suicidó en Brasil en 1942, huyendo de los nazis, después de escribir una carta de despedida que transpira una dramática serenidad. Esta novela transpira, sin embargo, indignación, profundo desprecio por la sociedad burguesa y sus valores, por la aristocracia vienesa, por un mundo que estigmatiza a los más débiles y los convierte en víctimas de guerras absurdas, crueles, abominables, inútiles, que hacen desdichados a sus protagonistas y a generaciones posteriores.

“La embriaguez de la metamorfosis” es la crónica de una terrible frustración. La de una joven funcionaria de correos situada en una población cercana a Viena, que, inesperadamente, conoce el gran mundo de la gran burguesía. Y sufre una metamorfosis interior: quiere ser como ellos. Y muy pronto comprenderá que a ese mundo no se accede así como así, que sus puertas están cerradas a cal y canto, y lo que parece amistad es tan solo burda hipocresía. Se siente entonces despechada, dolida, desesperada y humillada, tanto y de tal manera como que desde ese nuevo lugar –el lugar del que procedía- alimenta en su interior el más brutal de los rencores.

Pero pronto conoce a un alma gemela. Se trata de un hombre enjuto y abatido, que ha conocido el frío del frente, de los campos helados, de la muerte y la destrucción, y todo eso le ha creado una conciencia justa, racional y organizada sobre el drama colectivo que el y su generación han padecido. Y con ese hombre vive una triste historia de amor, en hoteles sórdidos y ambientes malolientes. Los que a ella le ha deparado la injusticia de la historia de su propio país y del mundo en general. Y aquí comienza una segunda novela.

Robar o suicidarse, esa es la cuestión. Ese hombre mutilado, de inteligencia feroz, que atesora un odio contra el estado racional y pragmático, le propone un plan de fuga que tiene esas dos posibilidades. No diré nada más. Léanlo.

El suicidio, controlado, racional, planeado, tiene sus ventajas, y el robo les devolverá en parte lo que a ambos les han quitado. Y ella, ante los dos planes de fuga, inmaculadamente trazados, examinados todos los ángulos, elige uno de los dos y ahí termina, de un modo abrupto la segunda novela y nosotros, como lectores, respetamos esa decisión irrevocable, y, a la vez, nos sentimos conmovidos por la misma, porque, sin duda, sería la que nosotros tomaríamos un miércoles, día 10, a las seis en punto de la tarde.

Stefan Zweig, maestro de la literatura. ¡Que la posteridad nunca más vuelva a cometer el error de olvidarte!



Dejar un comentario