Miércoles, Junio 4th, 2014...13:43

Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina.

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Crónica esperanzada de la evaporación

“Todo lo que era sólido”, de Antonio Muñoz Molina (Ed. Seix Barral) es un libro escrito desde la serenidad y el optimismo. Es lo primero que se me ocurre decir de un libro tremendo y lúcido, que hace una descripción precisa y un diagnóstico sobre la España que nos ha tocado vivir en el último decenio. Su testimonio es especialmente valioso, porque su mirada es la de quien ha estado lejos, y, por tanto, ha tomado distancia, y la del que también ha estado aquí. Además de por sus viajes de regreso, naturalmente, porque desde allí –en concreto desde Nueva York dirigiendo el Instituto Cervantes- ha seguido a través de los medios día a día la actualidad de su país de origen.

El libro es demoledor. Pero demoledor desde la serenidad, repito, y añado: desde la inteligencia y la buena literatura. En él se cuenta lo bueno y lo malo de lo que nos ha ocurrido, y el libro también abre un estimulante pasillo hacia un futuro mejor para todos, eso sí, aprendiendo de lo que hemos hecho rematadamente mal, y potenciando nuestras propias capacidades.

Muñoz Molina tampoco se dio cuenta de lo que significaban con exactitud aquellos mensajes que desde la prensa y las instituciones se emitían y que venían a demostrar que éramos un país magnífico, que caminaba imparable hacia el olimpo de los que mejores y más sólidas economías del planeta. En eso no fue original: le pasó como a todos nosotros, como al presidente Zapatero, que diagnosticó que estábamos entrando en la Champions del desarrollo… Cuando se pincharon los globitos, la crisis que él ya vio de cerca en Estados Unidos apareció en todo su esplendor fantasmagórico. Ya era tarde para reaccionar y todas las calamidades se sucedieron inexorablemente una detrás de otra: la desesperación social, el paro, el cierre de empresas, la desmoralización general y el nacimiento de un descontento organizado en forma de concentraciones masivas y mareas reivindicativas.

Las páginas del libro se vuelven mordaces y lúcidas cuando explora el comportamiento de nuestros representantes autonómicos en la ciudad de los rascacielos, a donde todos querían ir para hacerse una foto –pagada, por supuesto, por los contribuyentes-, con la excusa de vender “marcas regionales”. En realidad, no se trataba de vender Valencia, Aragón o Cataluña en Nueva York, sino que en los periódicos de Valencia, Aragón y Cataluña saliera la foto del emisario.

Me duele especialmente la del emisario aragonés, naturalmente, porque aquí ya sabíamos todos que era sencillamente un bobo con ambiciones, pero resulta que un bobo en Nueva York es todavía más bobo por un efecto de contagio en la inmensidad de la altura y la extensión de la propia ciudad.

Libro imprescindible, en mi opinión, de lectura obligatoria en estos momentos, que termina de manera esperanzada: “Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo. No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que lo defiendan. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos a ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón”.



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