Lunes, Junio 16th, 2014...0:55

El otoño del Patriarca. Gabriel García Márquez

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El lado grotesco de los dictadores.

En 1975, el año en que  Gabriel García Márquez publica “El otoño del patriarca”, se muere Franco en España. En la cama, si, pero no dejan de impresionarme todavía los últimos días de la enfermedad del dictador español, las peripecias de su larga agonía, relatadas por aquel “equipo médico habitual”, y lo esperpéntico de una situación de la que mucho más tarde supimos los detalles. Parece ser que a Franco lo transportaron entre cuatro en una alfombra del Palacio del Pardo hasta una habitación habilitada como quirófano de urgencia. Impensable.

Yo leí poco después la novela de García Márquez y no me di cuenta de que entre la muerte del dictador de ficción y el de verdad no había tantas diferencias. Releída ahora la novela me inspira misteriosas lecturas y concomitancias. Parece como que la historia les quite a estos animales la grandeza que ellos pensaban que tenían, imbuidos en la creencia de que si estaban allí era porque los altos designios del cielo allí los había colocado. Muertes ridículas después de haber matado, encarcelado, mutilado, sojuzgado a sus pueblos, no solo en situaciones de guerra, sino de paz, aunque fuera, como en el caso de España, de la paz de los cementerios.

Vargas Llosa en “La fiesta del chivo” nos cuenta la historia de otro dictador sudamericano: Trujillo el corrupto presidente de la República Dominicana, muerto por su propia gente, harta ya de aguantar humillaciones del reyezuelo, que violaba y saqueaba despiadadamente. Otro monstruo de la naturaleza, otro excremento de la historia, que como los mencionados, más los Pinochet, Hitler, Videla, Musolini, y tantos otros, nacieron para aplastar libertades, derechos y personas.

“El otoño del patriarca” es una gran novela, que posee las mejores virtudes de la literatura de García Márquez. Aquí nos encontramos frases enormemente largas, imágenes desconcertantes y extraordinarias, recursos estilísticos asombrosos, cambios de narradores en las mismas frases, situaciones grotescas, monólogos interiores… Vemos al feroz dictador, que nadie sabe con exactitud cuántos años tiene (a los dictadores o se les mata o se les prolonga la vida cruelmente, por lo visto), y que en el otoño de su vida y para olvidarse de sus deficiencias e impedimentos físicos comienza a hacer recuentos interiores: nunca fue verdaderamente amado por nadie, excepto por su madre, Bendición Alvarado, cuyo origen es más que dudoso y a quien él decide santificar contra la opinión del mismísimo Vaticano, a quien declara una guerra imposible. Un hijo de puta (literal en este caso), hombre de perfiles incalculables, que recogió un país destrozado por los colonialistas anteriores y que él siguió destrozando entre la admiración y el temor de su propio pueblo.

En el fondo, con un lenguaje asombroso, García Márquez nos cuenta la historia de alguien que representa el símbolo perfecto de toda la caterva de dictadores latinoamericanos que han sabido conservar lo peor del pasado y que han encanallado con sus canalladas a muchos de sus contemporáneos. Gente mala, especie a extinguir, paranoicos, criminales, que siempre adornan sus fechorías con música militar de la peor especie, y que, como todos los seres humanos, pues lo son para nuestra vergüenza, tienen debilidades y contradicciones. Tal vez en ellas se encuentre paradójicamente lo único salvable de sus corazones emponzoñados.



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