Martes, Agosto 12th, 2014...17:48

Las dos caras de enero. Patricia Highsmith

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Cruce de caminos

Si el estafador Chester MacFarland no hubiera tenido un parecido físico con el padre de Rydal Keener, éste tal vez no se hubiera fijado en él en las calles de Atenas. Hubiera sido mejor para Rydal porque a partir de esa casualidad, su vida, tranquila y dedicada a escribir poemas de tarde en tarde, no se hubiera precipitado en una carrera de obstáculos, directa al precipicio. Además, el estafador iba acompañado por su esposa, Colette, una mujer bellísima, que le recordó también de manera inmediata a su prima Agnes, con la que tuvo una extraña relación en otros tiempos y que, por lo visto, no acabó nada bien. Es decir, el pasado regresa con personas diferentes pero parecidas, espejos o fantasmas que toman cuerpo inesperadamente, al menos en la cabeza de Rydal.

Tres norteamericanos en Grecia. En la capital, primero, y después en otras poblaciones, como Creta, a donde llegan huyendo de la policía que les busca por el asesinato involuntario de un policía que había descubierto la verdadera identidad de Chester y sus problemas con la justicia. En realidad el que huía era uno, pero el resto estaban indisolublemente atados a su destino. Tanto, que en un momento de desesperación provocado por los celos, éste vuelve a matar de manera involuntaria a su esposa, que mantenía una relación secreta y hermosa con Rydal.

Sin duda, como dicen todos los que conocen bien la obra de la escritora norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995), estamos ante algo que es mucho más que una simple novela policiaca. Trescientas páginas que adentran implacablemente al lector en una trama maravillosamente trabada, en unos personajes creíbles y en una situación que se va haciendo cada vez más y más compleja. Como Simenon o Conan Doyle, aunque con otros procedimientos y otro estilo, “lo policíaco” es una parte de los que se nos cuenta, tal vez la excusa para adentrarnos en comportamientos humanos, en su lado frágil y vulnerable, en lo mejor y lo peor de sus caras y sus almas.

Los rivales –padre e hijo en el imaginario del segundo-, siguen huyendo juntos, mantenidos por el odio común, el temor y el rechazo que ambos se producen, y llegan hasta París en donde todo terminará. Al final, la muerte otra vez, no de diré de cuál de los dos, y sobre todo: un acto de generosidad por parte del que queda vivo. Vivo, aunque ya marcado para siempre por sus propias acciones y por las de los demás integrantes de una microsociedad tan fugaz como intensa.

Un consejo, si hay alguien ahí: lean esta joya, antes de ver la película de Hossein Amini que acaba de estrenarse.



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