Sábado, Noviembre 21st, 2015...16:16

Arthur Miller

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Siempre me gustó el teatro de Arthur Miller. Por razones objetivas y subjetivas. Empezaré por las segundas.

Tenía yo dieciséis años y no sé exactamente cómo ni porqué me vi dirigiendo y actuando en “Todos eran mis hijos”, la primera de sus grandes obras y con la que logró su primer gran éxito en Broadway y, paralelamente, su primer gran escándalo. Representaba el papel de Joe Keller, empresa a todas luces imposible, no sólo por mi falta de técnica, sino, sobre todo, porque con mi edad era inaccesible intentar representar con un mínimo de verosimilitud a alguien que traspasaba los sesenta. Pelillos a la mar. En aquel grupo de aficionados todo era posible… Como también era posible que yo, que no había dirigido jamás a actores, como por ciencia infusa, los dirigiera de pronto. De todo ello lo más sorprendente es que no albergo un mal recuerdo, sino todo lo contrario. Y además, todavía resuenan palabras de elogio de personas que sí sabían verdaderamente del oficio del teatro. Misterios. En este caso, misterios gozosos.

Estos días releo a Miller obligado por mis clases en la Escuela de Teatro. Acaba de publicarse un volumen con una selección de sus textos en la editorial Tusquets con motivo de su centenario. Sigue ahí: con toda su fuerza dramática, con su perfección a la hora de construir argumentos y estructuras dramatúrgicas. Con su sutileza y profundidad para construir personajes que tienen un lado interior tortuoso, víctimas de sus propios errores, o de los errores de su estirpe. Y en ese sentido, como héroes o antihéroes de la gran tragedia griega. Y con su malestar, elevado a categoría estética y a denuncia implacable, por sentirse en una sociedad que estaba empeñada en sustentarse a sí misma sobre valores vistosos y espectaculares, pero falsos. El “sueño americano” era un fraude para Miller, o como para Philip Roth y tantos otros, en el lenguaje paralelo de la novela.

“Todos eran mis hijos” sigue vivo como drama social y sicológico. Con ese conmovedor suicidio del hijo que arrastra al suicidio del padre. “Muerte de un viajante” sigue contándonos los entresijos mentales de un ser humano que se miente a sí mismo sobre su éxito en la vida y que en su mentira arrastra a los demás, especialmente a los que más cerca tiene.

Sin embargo, “Las brujas de Salem” me ha conmovido más que nunca. Fue una metáfora: la caza de brujas en esa pequeña población de Masachusetts en 1692 que le sirvió a Miller para contar la que él y otros como él padecieron en su país en los años cincuenta, ideada, desarrollada y conducida implacablemente por el inefable senador Joseph Raymond McCarthy. Me parece un drama lleno de nervio, de emoción, de ideas poderosas, de lucha de contrarios, de fuerza teatral. Y también de fuerza cinematográfica. Veo también “El crisol”, rodada en 1996 por Nicholas Hytner, y protagonizada por un extraordinario Daniel Day-Lewis, entre otros grandes nombres de esa gran generación de actores y actrices del cine inglés y norteamericano.

Miller sigue vivo, aunque murió en 2005. Su autobiografía “Vueltas al tiempo” (también publicado en Tusquets), sigue siendo tan recomendable como “Linterna mágica”, de Ingmar Bergman, porque ambas tienen un estilo parecido: no se detienen en los peldaños del éxito sino que se convierten en libros de reflexión moral, de preguntas no contestadas por la vida, de debates interiores no resueltos.

Las obras de Arthur Miller siguen vigentes, me temo que no por razones agradables y humanitarias. De lo que nos habla, sigue vigente. Tal vez de maneras aparentemente distintas, pero desdichadamente vigentes.



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