Sábado, Diciembre 12th, 2015...15:18

El bar de las grandes esperanzas. J.R. Moehringer

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La “otra vida”

Yo he tenido “bar”, y los que hemos tenido bar conocemos el alcance que ese concepto tiene. Es el lugar a donde regresamos después del trabajo, del viaje, del amor, de la lectura. Shakespeare tenía el suyo, Sartre también, y casi todo el mundo que se precie tiene uno. El mío fue “El Bonanza”, en la calle del Refugio (no podía estar instalado en una calle de nombre más acertado), y dejé de ir hace años, y del todo desde que se murió el dueño, Manolo. En el Bonanza había una inscripción que decía: “Cerrado los lunes por descanso de los señores clientes”. Yo creo que contenía una gran vedad: si hubiera sido por Manolo, el bar hubiera estado abierto siempre.

En esos bares el dueño es el alma. Suele ser discreto, pero su presencia está ahí. Es el que discretamente marca las normas y crea el estilo. Es el que invita, es el que escucha al cliente entristecido, el que brinda con el cliente alegre. A los bares no solo se va a beber, sino que se va para estar con el dueño, porque es un poco sicólogo, confesor y amigo.

Por eso yo comprendo “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer, escritor norteamericano que recibió el Pulitzer en el 2000 por “Open” porque me pasó algo parecido cuando leí “Fiebre en las gradas”, de Nick Hornby: él y yo tenemos vida propia, sufrimos y gozamos con ella, pero tenemos “equipo de fútbol”. No sé, esto o se entiende o no se entiende, y yo respeto mucho a las personas que no tienen bar ni equipo de futbol pero me dan un poco de pena.

Vida social y vida privada. La vida social nos encumbra y nos destruye. Nos hace ser quienes somos en público. No hay vida privada mejor que la vida privada que se vive en privado pero en un bar en donde noche tras noche, desaparecen las fronteras ideológicas, políticas y personales, y la peña forma una especie de cuerpo pensante colectivo que va notando paralelamente los efectos atenuantes del alcohol. Algunas veces, algún gilipollas rompe esa armonía y casi todos los habituales lo miran mal. Se distingue a uno que no participa del clima colectivo mejor que se distingue a un chino en Ateca, el pueblo de mi padre.

En la novela, densa y larga, se nos cuenta en primera persona la pequeña historia de un niño que todas las noches intenta escuchar la voz de su padre en alguna de las radios de Estados Unidos. Vive con su madre, quiere ser escritor y durante un tiempo vive el sueño de entrar como periodista en el New York Times. En el bar Publicans encuentra “la otra vida”, es decir, el apoyo, la compañía, el consejo, la fuerza necesaria para intentar cumplir sueños y expectativas. Sus personajes son como piezas de un engranaje sentimental, presidido por esa madre abandonada que siempre está ahí, intentando ser feliz y procurando que su hijo también lo sea.

La propaganda del libro dice la verdad, Una frase de Alessandro Baricco en la portada: “un talento inconmensurable”. Lo creo, porque el libro está a la altura de los grandes de la literatura norteamericana. De novelas que representan épocas y describen metafóricamente la realidad del tiempo en que fueron escritas, el estilo de vida de las personas. Y “El bar de las grandes esperanzas” cumple con creces esta misión, además de tener al lector retenido sin poder bajar a su bar, si es que lo tiene.



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