Anatomía de un instante

21 Enero 2010

 

“Anatomía de un instante” es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Es sutil, conmovedor, mordaz, dulce, incisivo, desmitificador… Es un libro en el que se nos invita a reflexionar sobre un gesto: el de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado frente a los golpistas del 23F, y, en especial, ante Tejero y los guardias civiles que secuestraron el Congreso de los Diputados aquella tarde noche eterna. Los tres renunciaron a tirarse al suelo y se mantuvieron erguidos entre las balas de los asistentes: ¿qué fue aquello, qué significó verdaderamente aquella actitud de digno enfrentamiento ante la barbarie y los bárbaros?

 

Pero el procedimiento me parece sencillamente asombroso: del gesto a su interpretación simbólica. De su interpretación simbólica al análisis de sus significados más profundos, y de ahí, a la interpretación del golpe que conmocionó nuestras vidas, aportándonos no solo datos, innumerables datos que el autor ha conseguido leyendo y escuchando, sino intuición personal para comprenderlos.

 

Javier Cercas es un novelista que renuncia aquí a escribir una novela, pero que, finalmente, la escribe. Molière simula no hacer la función de teatro que está ensayando, pero fingiendo que no lo hace, la representa. Asistimos en esta crónica del golpe a una catarata de información que no nos pesa, a una traducción de los hechos basada en un estudio concienzudo de los mismos, pero, a la vez, en una potente imaginación que los trasciende, que va mucho más allá de los mismos.

 

En este texto se esboza la personalidad de estos tres hombres con una crudeza que espanta, que entusiasma, que desmitifica, que nos acerca al interior de sus corazones. Es, en este sentido, demoledora, irrefutable.

 

Lo que pudo ser y no fue. Lo que finalmente fue y no pareció que lo era. Los que dieron el golpe y los que estaban detrás. Los que estaban detrás de los que estaban detrás: la placenta del golpe, en palabras de Cercas. Sus beneficiarios últimos, sus instigadores, las diversas variables de golpistas que en esa noche se conjuraron.

 

Cuatrocientas páginas en donde no sobra una coma, a pesar de que los pensamientos a veces se repiten para recordarnos las claves profundas. Libro que se lee de un tirón una vez empezado, porque sus intuiciones nos explican lo que nadie había explicado así y nuestros ojos tienen prisa por conocer toda la verdad, y nada más que la verdad, admitiendo la posibilidad de que ésta no lo sea por completo. A riesgo de no haber sido exactamente así. Oímos las conversaciones que nadie oyó, porque Cercas nos las sugiere, nos las propone, nos las inventa.

 

Este libro es imprescindible para todas las personas que no pudieron dormir aquella noche, o porque querían que triunfara, o porque deseaban su fracaso. También lo es para quienes se mantuvieron en el confort de la duda, porque sacarán conclusiones acerca de su propio cáncer moral. Como algunos de los mejores textos fue escrito por el autor para explicarse a sí mismo otro tipo de cosas más personales y secretas. La historia, a veces, nos cuenta esas otras cosas que no parecen pertenecerle.

 

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Cincuenta años sin Albert Camus

8 Enero 2010

 

En un accidente de automóvil- ese artefacto en el que concentro personalmente buena parte de mis odios- perdió la vida el 4 de Enero de 1960, es decir, hace cincuenta años, Albert Camus. Leo estos días artículos en su memoria, de lo cual me congratulo. Siempre es bueno que se recuerde, y que se lea, claro, la obra de quien nunca quiso tragar con ruedas de molino, ni personales, ni intelectuales. En estos tiempos que corren todavía más.

 

En Orán, cuando estuve en 1999, me escapé de la protección de los que eran mis guardaespaldas para conocer la casa en donde escribió su emblemática novela “La peste”, publicada en 1947. Fue por mi parte un acto de irreflexiva rebeldía que le dediqué a él y que me costó más de un quebradero de cabeza. Estaba yo en Argelia en representación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, y logré llegar hasta ese lugar sin demasiadas dificultades, sin ninguna sensación de peligro. La vuelta fue más difícil. Me perdí por las calles y luego supe que la policía me buscaba por toda la ciudad porque yo era un objetivo muy apetitoso para los integristas locales. Anécdotas aparte, allí pocos lo conocían, algo que, naturalmente, me sorprendió.

 

Más tarde dejó de sorprenderme. Cuando estuve en aquel país se respiraba un clima de desasosiego civil, de permanente amenaza terrorista. Días antes de llegar habían sido asesinados en una carretera interior varios turistas europeos. En esas coyunturas, o se está en contra o se está a favor, sin demasiados matices intermedios, y Albert Camus fue siempre el hombre de los grandes matices, insobornable, comprometido siempre con su propia conciencia. O dicho de otra manera: era y sigue siendo difícil reivindicarlo como un mártir, o como un líder espiritual o político.

 

Hace años leí la muy recomendable biografía que publicara en 1996 el escritor neoyorkino Herbert Lottman, y en esas páginas me emocioné con su relación con María Casares, nuestra eximia y también olvidada actriz española, que tuvo la mala fortuna de morirse al mismo tiempo que Marcelo Mastroniani, con lo que ni siquiera en Francia tuvo demasiado eco su desaparición física. En ese libro aparece con detalle sus encuentros y desencuentros a partir de 1952 con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, su fascinación por las mujeres en general, sus raíces españolas, su vinculación a la resistencia, con la revista “Combat”, etc.

 

Cuando yo era niño una compañía de repertorio trajo a Zaragoza una representación de una de las piezas de Camus. La puesta en escena era sencilla, pero no pobre. A través de ella comprendí lo que era el teatro de ideas, la función movilizadota de las conciencias que el teatro puede llegar a tener. Hace bastante menos tiempo, leí su última e inconclusa obra –“Le premier homme”-, que llevaba en un manuscrito precisamente cuando tuvo ese fatídico accidente y que publicó su hija en 1994. Me conmovió ese pasaje en el que el protagonista habla ante la tumba de un hombre que es su propio padre y describe con hermosas y desgarradoras palabras en qué consiste quedarse huérfano. Me acordé mucho y muy profundamente de ellas cuando algún tiempo después el que conoció el trágico desarraigo de la orfandad fui precisamente yo.

 

Cincuenta años ya y tan presente todavía. Tan presente su reflexión, su lucidez, su amor a la vida, a la humanidad. Tan hermoso lo que dijo sobre el fútbol (para indiferencia o escándalo de a quienes no les gusta…), sobre la voluntad, sobre su propia infancia, sobre su madre analfabeta…

 

Tan joven, tan jodidamente atractivo con su gitanes en los labios, Albert Camus.


Marlon Brando

16 Octubre 2009

 

 

Su manera de actuar revolucionó el propio cine. Llevó como ningún otro “la verdad” a la pantalla, después de recibir una intensa formación en el Actor´s Studio de Nueva York de manos del propio Lee Strasberg, fundador y maestro de una generación de profesionales.

 

Como actor tuvo dos grandes momentos. En el primero era un hombre joven y hermoso, con toda la vida por delante y una energía que a veces se desbordaba. En ese hizo creaciones antológicas, como la de “Un tranvía llamado deseo” (1951), Julio César (1953), y “La ley del silencio” (1954), a las órdenes de Elia Kazan y Joseph L. Mankiewicz. Tras largos periodos de desaparición o en películas de un tono menor, lo volvemos a encontrar esplendoroso en “El Padrino” y en “El último tango en París”, (ambas de 1972). En todas ellas nos transmite ese misterio de la indiscutible genialidad interpretativa, un resultado entre coherencia, imprevisibilidad y economía.

 

Pero cuando le otorgaron el Oscar por su participación en la película de Francis Ford Coppola por su creación inolvidable de Vito Corleone, en su lugar mandó a una mujer india, despreciando así el mismo premio, a quienes se lo daban y a todo el tinglado de la industria cinematográfica. El ya estaba ya en otro sitio.

 

Brando descreyó de sí mismo, de su propia capacidad artística y de la importancia del cine y el teatro para cambiar el mundo. Empezaron a interesarle otras cosas que él consideró más auténticas, como por ejemplo la denuncia del genocidio de los indios en su propio país lo que le llevó a avergonzarse de su condición de ciudadano estadounidense. Durante unos años no hubo protesta social en la que el actor no se involucrara con los consiguientes problemas. Por último, su vida personal se ennegreció. Su querida hija Cheyenne se suicidó, y su hijo, alcohólico, fue acusado del asesinato del novio de ésta.

 

Entonces Marlon Brando se aísla, desarrolla un sentido escéptico de la existencia, y se aparta de Hollywood, industria a la que considera cómplice del genocidio, y, en cualquier caso, propagandista y beneficiaria máxima del mismo.

 

Acabo de leer un libro en el que todo esto aparece con una gran claridad, no exenta de sentido del humor: “Yo confieso. Brando al desnudo”, que escribió el periodista Lawrence Grobel, y que ahora se publica en España. Un libro con insuficiencias, pero muy interesante y útil para adentrarnos en la persona que fue Marlon Brando.

 

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Sobrevivir a un gran amor, seis veces

9 Junio 2009

Luis Racionero

Luis Racionero

Yo recuerdo las primeras páginas de este libro como una de las mejores experiencias como lector de los últimos tiempos. Llegué literalmente a la hilaridad. Me lo pasé bomba.

 

Luis Racionero divide “Sobrevivir a un gran amor, seis veces”, en dos partes. La primera a lo que él llama la teoría. Estamos ante la exposición de las líneas generales de su pensamiento acerca de la naturaleza de las mujeres, y de las diferencias que existen entre el comportamiento habitual de éstas, y el de los hombres. En la segunda nos describe sus seis relaciones afectivas principales, dos de las cuales acabaron en matrimonio. Ni que decir tiene que la primera parte es la destilación intelectual de lo contado en la segunda.

Parece obvio que en este campo de las relaciones de pareja no le ha ido demasiado bien, al menos aparentemente. “El enamoramiento, dice Racionero, es el más alto estado de placer que puede conocer el ser humano en la esfera sublunar. Lo normal, lo inevitable, es que no dure”. Pero añade: “el fracaso hubiese sido seguir casado, aguantando mecha toda la vida. El éxito no es seguir, seguir, seguir, sino tener una relación positiva para los dos. (…). Valga pues, por ahora la hipótesis de que separarse no es fracasar, ni mantenerse triunfar. A veces es peor el remedio que la enfermedad, pero a veces la enfermedad es insoportable y vale más cortar el brazo que dejar que se gangrene”.

 

Desde esta perspectiva, que comparto al cien por cien, las páginas del libro son un recorrido tan lúcido e inteligente, como seguramente molesto y discutible para muchas personas, y, entre ellas, muchas mujeres. No me cabe duda –incluso el autor no se avergüenza de reconocerlo- que el libro transpira un aroma de desencanto que bordea, y a veces traspasa, la línea de la misoginia. Pero, repito, lo hace desde la brillantez, desde la ironía, desde el respeto. Ya el título me parece sencillamente sublime.

 

¿Somos iguales los hombres y las mujeres? La pregunta de entrada me parece valiente, y espero que se entienda de manera adecuada. Iguales en derechos, no cabe la menor duda. Pero, esa igualdad se extiende miméticamente a las zonas de la biología, de la antropología, de la cultura? Aquí hay un debate en ciernes que si consiguiéramos realizarlo de una manera civilizada, rigurosa y amable, saldríamos todos ganando. Ellas y ellos. Y libros como éste se convertirían, en mi opinión, en instrumento de trabajo para empezar a debatir.

 

Para el autor hay diferencias notables, y, en su opinión, tenerlas en cuenta sería lo más sensato por ambas partes.

 

Como digo, una experiencia. Racionero era para mí hasta ahora un ilustre desconocido. Formaba parte de la nómina de escritores que hasta ahora no me interesaban, y no había ninguna razón para que eso pasara. Desde hoy buscaré siempre sus nuevos libros.

 

Imágenes de la entrevista de Buenafuente a Luis Racionero.


Ha muerto Mario Benedetti

18 Mayo 2009

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“Yo no te pido” es un hermoso poema de Mario Benedetti. A partir de ese texto, Pablo Milanés compuso una bella canción que puedes escuchar pinchando aquí.

En “El lado oscuro del corazón”, el cineasta argentino Eliseo Subiela, introduce algunos poemas de Benedetti. Si quieres ver imágenes de la película y escuchar los versos, pincha aquí. Y aquí.


Linterna mágica

17 Mayo 2009

 

 

Veo las películas de Ingmar Bergman y leo mientras tanto su autobiografía “Linterna mágica”, publicada en España por Tusquets.

 

Al terminar las páginas de este libro intento recapitular: Bergman es visto desde fuera como uno de los dioses indiscutibles de la creación cinematográfica, sus películas son admiradas, con razón, hasta por otros genios, como es el caso conocido de Woody Allen. Ha ganado oscars, premios internacionales, ha hecho una gran fortuna. Paralelamente su vida como director teatral ha estado plagada de éxitos similares. Precisamente, tal vez sea el caso más relevante de profesional que ha terminado siendo un icono en los dos campos –el teatro y el cine-, sin que pueda distinguirse en ninguno de los dos un brillo mayor o menor.

 

Y sin embargo, en este libro Bergman parece complacido en manifestar ese lado inseguro de su personalidad, esos momentos de su vida, personal y profesional, en donde no era oro todo lo que relucía. Llevado por una sinceridad indesmallable, que roza a veces la autoflagelación, nos habla con duras palabras de sus fracasos amorosos, de las veces que tuvo que aceptar proyectos que no le interesaban, de las ocasiones en que metió la pata, como cualquier persona normal.

 

Este libro introduce ese punto desmitificador consigo mismo, y extiende su metodología para hablar de los demás, para reflejar sus lados más débiles. Curiosas son las páginas que dedica a describir la relación que mantuvo con muchos compañeros de trabajo, la discutible belleza de la Garbo, la excentricidad maravillosa de Von Karajan, etc.

 

Pero, cómo no, el autor de “Fanny y Alexander” destila en todo momento un aire nostálgico sobre una infancia agridulce, que iba a marcar para siempre su vida. Con los comportamientos de sus seres cercanos, muchos de ellos nacidos de la enfermedad mental o del desequilibrio emocional. Así las referencias a su padre, con quien mantuvo un pulso durante muchos años.

 

El libro acaba con una imaginaria conversación con su madre muerta. Como en sus películas, vivos y muertos se confunden. A esta mujer le solicita las claves de las anomalías familiares, del carácter final de los Bergman. Y esta mujer, una sombra en su cabeza, no sabe ni puede decirle nada.

 

No deben leerlo las personas que esperan encontrar en él un anecdotario de los rodajes y de las peripecias del genio. Solo los que estén dispuestos a reflexionar en profundidad sobre la soledad del ser humano, sobre los estigmas de las herencias culturales y genéticas.

 

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