Aznar

3 Julio 2009

 

A Aznar lo veo mucho ahora por las televisiones. El motivo es que ha presentado un libro, que no he leído, en donde explica cómo debemos salir de la crisis.

 

Y, efectivamente, luce un rictus de serenidad pedagógica muy evidente. Se presenta con cierta sencillez, muy tranquilo, hablando despacio, explicando los porqués, lo bien que se quedó todo cuando él dejó el gobierno, y lo mal que está todo ahora, pocos años después.

 

Ni se inmuta cuando le dicen que si la economía española está maltrecha es en parte porque estaba muy basada en el asunto del ladrillo, y que eso fue algo que él fomentó durante sus ocho años. No, no va con él nada de eso. Se quita el polvo de la chaqueta como el día que salió por su propio pie de aquel coche blindado, dando ejemplo de reciedumbre y de exhibir algunos “superpoderes”, pero sin ostentación.

 

Pero por debajo de su rostro impasible se percibe un transparente sentimiento de rencor: “perdí las elecciones por lo de la guerra de Irak y mirad ahora lo que está pasando. Nos podemos salvar, pero solo yo puedo impulsar la salvación. Ni siquiera el PP, con ese atontado de Rajoy al frente. Yo, solo yo, y los de mi equipo”.

 

Es el razonamiento implacable de un hombre que parece solo mirar para el frente. Porque, ¿para qué mirar al pasado además de para recordar la bonanza de las cifras económicas en su mandato?

 

Esto sí que es un salvador de la patria y lo demás son tontadas… Pero para salvarla otra vez antes debería contestar a preguntas como éstas:

 

¿Quién puso a Rajoy y de qué manera? ¿Dónde estaban las armas de destrucción masiva en Irak? ¿Considera usted que hay una relación de causa-efecto entre perder las elecciones y los atentados del 11M, con sus mentiras colaterales posteriores? ¿Qué pasó con el Yak 42? ¿Qué ocurrió con el Prestige? ¿Dónde y cómo se casó su hija, señor Aznar?

 

Por cierto, si usted no vio imágenes de la boda de la niña en El Escorial, todo un ejemplo de moderacíón y sencillez castellana, pinche aquí. 

 

 

 

 


Degradada política

5 Junio 2009

 

El otro día escuché en un programa de televisión que el estamento social en el que los ciudadanos creen que hay más corrupción es en el de los políticos. Y nadie pareció sorprenderse demasiado de tal afirmación.

 

¿Nadie se extrañaría tampoco si se hicieran afirmaciones como éstas?:

 

Entre los miembros de la policía es donde hay más ladrones.

Entre los médicos del pulmón es donde hay más fumadores.

Entre los sacerdotes de la iglesia es donde más promiscuidad sexual reina.

Etc.

 

A mi me parece gravísimo, porque el hecho de que los políticos sean contemplados como los más corruptos representa una contradicción de fondo, un síntoma del absurdo en el que nos movemos y al que nos precipitamos. Porque los políticos nos representan, administran nuestro dinero, dictan las leyes, las hacen cumplir, tienen en sus manos nuestro presente, nuestro futuro, y, según como se administre y contemple la memoria, también nuestro pasado. Es decir, siguen siendo la casta social decisoria y decisiva y deberían ser, además y por todo ello, ejemplos de conducta.

 

Y qué decir de estos políticos de escándalo permanente, esos que montados en el burro del populismo -burros ellos mismos-, hacen y deshacen con zafiedad, prepotencia y mal gusto, admirados y aplaudidos por una buena parte de la población. Berlusconi, por ejemplo, que utiliza medios públicos para montar sus fiestas privadas, no se sabe si con menores. Como lo que hacía en España Jesús Gil, corrupto, mal educado, grosero, sin escrúpulos.

 

Siendo ellos un problema, el problema de fondo lo provocan los ignorantes que los votan, los aplauden, los envidian y los aúpan al poder. Y los medios de comunicación que convierten sus tropelías en espectáculo pornográfico del que se benefician económicamente en aras de un concepto adulterado de libertad de expresión.

 

Degradados los votantes, los votados y los votos. Degradada y maltrecha la democracia y el sentido último de la misma política, que en su origen era el más noble de los menesteres sociales y cuyo único y gran objetivo era conseguir el bien común, por encima de intereses particulares, aunque, eso sí, intentando no aplastarlos.


Adiós, Ibarretxe, adiós…

5 Mayo 2009

 

 

Leo en varios medios de comunicación diversos balances sobre la gestión de los diez años de Ibarretxe al frente del Gobierno de Euzkadi. En realidad casi todos ellos son coincidentes en lo sustancial.

 

Se acabó la pesadilla y a los nuevos gestores, con Patxi López a la cabeza, hay que desearles suerte, firmeza y valor para poner en marcha los objetivos que han expresado en la campaña electoral.

 

No lo tienen fácil porque desmontar esa gestión clientelista y corrupta no lo es. Y, naturalmente, porque enfrente tienen a todo el mundo abertzale, con el PNV al mando de una sección, y la propia ETA con las escopetas preparadas y sus huestes juveniles, y no tan juveniles, listas para cometer tropelías, extorsiones y destrozos.

 

Hay que resistir como sea, y ese como sea es dando una lección democrática. No hay que caer en provocaciones, no hay que hacer ese frentismo del que ya se le acusa. Cree el ladrón que todos son de su condición.

 

Deberán reformar cuantas leyes discriminen la cultura y la lengua española. Deberán poner en práctica reformas que aseguren, ahora desde otra perspectiva, la normalización. Deberán desarrollar una política implacable antiterrorista, coordinado al cien por cien su propia policía, con las policías francesa y española. Deberán tratar a las víctimas del terrorismo pasado con el cariño y el respeto que verdaderamente merecen.

 

Deberán ser leales con quienes les votaron, pero con la mano abierta a quienes ahora les denigran y ven en ellos la prolongación de una España que tampoco nos gusta a muchos españoles: intolerante, nacionalista, anclada en sueños de una grandeza sin pies ni cabeza.

 

Y desde estos parámetros, deberán luchar por conseguir un País Vasco próspero y capaz de disfrutar de sus propias riquezas, de su propio patrimonio, de su propia historia y de su propia cultura. Un pueblo libre y sin mordazas.

 

Suerte.