Agosto 24th, 2014

Una misma noche. Leopoldo Brizuela

Sueño, realidad y pesadilla

“Una misma noche”, del escritor argentino Leopoldo Brizuela (1963) ganó el Premio Alfaguara en el 2012. Es una novela sólida, elaborada, bien escrita, que tiene como epicentro una noche ocurrida durante la catástrofe que sucedió en ese país con el golpe de estado de los militares que secuestraron la democracia, asesinaron, secuestraron y torturaron a diestro y, sobre todo, siniestro.

Es una historia particular, sin embargo, autobiográfica, en donde lo que se cuenta es un recuerdo almacenado entre el olvido y la memoria de una terrible noche. El motor de la acción se activa en otra noche, esta mucho más reciente, en la que se dan ciertos paralelismos. A partir de ellos, un hijo, el propio escritor, hilvana datos, rastrea en su interior, reconstruye sucesos, conversa con personas, visita la mítica y tenebrosa Escuela de Mecánica del Ejército, y llega a la aterradora conclusión de que su padre se comportó como un feroz asesino.

No es de fácil lectura, porque en muchas ocasiones la narración atraviesa desiertos, olvidos, zonas áridas, pero en ningún momento el interés flaquea. Es una obra profunda y bien construida que nos sirve a todos para revisar una de las páginas recientes más crueles de la historia del siglo XX. De este devastador siglo en el que tantas atrocidades acontecieron a un lado y al otro del océano en el seno de muchos países y en el interior de las conciencias maltrechas y los corazones rotos.

Agosto 17th, 2014

Acido sulfúrico. Amélie Nothomb

El espectáculo de la realidad

La literatura de esta escritora tiene, sin duda, unos rasgos perfectamente reconocibles. Textos cortos y argumentos irresistibles. Junto a esta economía de medios y este don por estructurar bien lo contado, hay otro que hacen de ella alguien muy especial: cada novela es una sorpresa.

“Acido sulfúrico” (2005) es una de ellas. Porque conjuga elementos supuestamente futuristas, en la línea de Orwell, por ejemplo, con un diagnóstico de la actualidad, de los hábitos, vicios y costumbres de la sociedad en la que vivimos. Será que el futuro es lo que vivimos, y que siempre hay margen para que las cosas sigan empeorando un poco más.

Se han puesto de moda, como todo el mundo sabe, los llamados “reality shows”. Pues bien, este texto es la crónica de uno de ellos, con sus excesos y sus servidumbres. ¿Y si convirtiéremos “Gran Hermano” en una versión de campo de exterminio al estilo de Mauthausen? Esta idea en manos de un escritor poco avezado podría terminar como el rosario de la aurora. Del ordenador de Nothomb salió una obra maestra de camino hacia la imprenta.

Porque es una reflexión profunda de la moral que el mercado se gasta para inventarse fórmulas que le den réditos cuantiosos, sin reparar en ningún otro tipo de menudencias éticas. Porque los poderes públicos están atrapados, consienten e incluso favorecen este tipo de pisoteos a lo que los seres humanos representamos. Y, sobre, todo, porque los millones de espectadores que consumen este tipo de basura se convierten finalmente en los culpables de todo. Si en un acto de dignidad global, a estas alturas inimaginable, nadie los viera, estos programas desaparecerían de la pantalla pequeña.

Y porque en el contexto del criminal disparate, Amélie Nothomb siempre deja destilar un mínimo destello de esperanza. Es mínimo, pero es. No es la solución, pero es un paliativo eficaz. Y, a veces, cuando todo está tan putrefacto, el olor de un clavel puede cambiar la forma de vivir de alguna persona.

Agosto 15th, 2014

Sostiene Pereira. Antonio Tabucchi

Los entresijos del “yo hegemónico…”

Entre todos nuestros yos hay un yo que se va haciendo hegemónico… Es decir, que va conquistando a los demás, o deshaciéndolos como azucarillos… No con éstas sino con mejores palabras, las escritas por el escritor italiano Antonio Tabucchi (1943-2012), le explica un doctor afrancesado y libre al pobre periodista Pereira los entresijos de su atormentada conciencia, sus corrimientos de tierra interiores y que, de momento, lo tienen atrapado en el más profundo desasosiego y en un pozo de contradicciones.

El asunto es fácil de explicar y difícil de vivir. Pereira es el jefe de redacción de las páginas culturales de un periódico portugués en mitad de la dictadura salazarista. Eso de jefe de redacción es una pequeña exageración: la redacción entera es él. Y lo que podría ser un trabajo digno, amable y sin especiales sobresaltos, se transforma en algo muy distinto a partir del momento en que conoce a dos jóvenes que luchan explícitamente contra el régimen. Periodista que no se entera de nada, poco a poco va enterándose de todo. Y entonces aparece la conciencia, un artefacto que dormitaba en el fondo de su ser, algo enmohecido por la falta de uso.

Tabucchi, admirado y ensalzado por Sergio Pitol en “El arte de la fuga”, escribe un libro intenso, que transcurre, sin embargo, con suavidad. Las calles de Lisboa, los tranvías, la desembocadura del Tajo son lugares que invitan a ser mirados de manera embelesada. Pero, desde este momento, a ser mirados por Pereira de otra manera. Obeso, católico lleno de dudas, viudo, interpretado magistralmente por Marcello Mastrioani en la película de Roberto Faenza en 1996, y cuya imagen queda asociada desde ese año a la del personaje literario, pasea en esos paisajes urbanos que hasta hace poco eran acogedores y hermosos y descubre en ellos y en su interior la tremenda estafa en la que su vida está sumida. Sin embargo, le hace falta algo más.

No es solo que las viejas promesas de su director de dejarle escribir con total libertad no se cumplen; no es solo que las opiniones de las personas que conviven con él coincidan en el diagnóstico; no es solo que su intuición como ciudadano vaya clarificándose lenta pero inexorablemente… Es también que la policía se presenta en su casa, tortura y asesina prácticamente ante sus ojos, en nombre de un patriotismo criminal del que los españoles tanto sabemos, a ese joven a quien él ha contratado para escribir necrológicas y que, paradójicamente, amaba la libertad pero especialmente la vida.

Entonces, Pereira sostiene que es necesario que ese crimen no sea en balde y es cuando se le ocurre un plan genial para denunciar la ignominia con las armas que él posee: la inteligencia y la escritura.

Dentro del mejor espíritu de la literatura de Fernando Pessoa y de Luigi Pirandello, Tabucchi explica al final que en realidad el personaje de Pereira vino a buscarlo a él para que lo escribiera. Porque supo de la existencia –en la vida real- de un periodista portugués que hizo lo que hizo el personaje, y que su ejemplo y su valentía le conmocionaron hasta el punto de darle nueva vida, nueva forma, en el contexto de uno de los mejores libros de la narrativa del siglo XX. Un libro que me ha estado recordando la lectura de “Tiempo de silencio”, de Luis Martín Santos, en donde otro personaje iba sufriendo también una metamorfosis parecida en mitad de un país deleznable y carcomido por el peor de los silencios.

Agosto 12th, 2014

Las dos caras de enero. Patricia Highsmith

Cruce de caminos

Si el estafador Chester MacFarland no hubiera tenido un parecido físico con el padre de Rydal Keener, éste tal vez no se hubiera fijado en él en las calles de Atenas. Hubiera sido mejor para Rydal porque a partir de esa casualidad, su vida, tranquila y dedicada a escribir poemas de tarde en tarde, no se hubiera precipitado en una carrera de obstáculos, directa al precipicio. Además, el estafador iba acompañado por su esposa, Colette, una mujer bellísima, que le recordó también de manera inmediata a su prima Agnes, con la que tuvo una extraña relación en otros tiempos y que, por lo visto, no acabó nada bien. Es decir, el pasado regresa con personas diferentes pero parecidas, espejos o fantasmas que toman cuerpo inesperadamente, al menos en la cabeza de Rydal.

Tres norteamericanos en Grecia. En la capital, primero, y después en otras poblaciones, como Creta, a donde llegan huyendo de la policía que les busca por el asesinato involuntario de un policía que había descubierto la verdadera identidad de Chester y sus problemas con la justicia. En realidad el que huía era uno, pero el resto estaban indisolublemente atados a su destino. Tanto, que en un momento de desesperación provocado por los celos, éste vuelve a matar de manera involuntaria a su esposa, que mantenía una relación secreta y hermosa con Rydal.

Sin duda, como dicen todos los que conocen bien la obra de la escritora norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995), estamos ante algo que es mucho más que una simple novela policiaca. Trescientas páginas que adentran implacablemente al lector en una trama maravillosamente trabada, en unos personajes creíbles y en una situación que se va haciendo cada vez más y más compleja. Como Simenon o Conan Doyle, aunque con otros procedimientos y otro estilo, “lo policíaco” es una parte de los que se nos cuenta, tal vez la excusa para adentrarnos en comportamientos humanos, en su lado frágil y vulnerable, en lo mejor y lo peor de sus caras y sus almas.

Los rivales –padre e hijo en el imaginario del segundo-, siguen huyendo juntos, mantenidos por el odio común, el temor y el rechazo que ambos se producen, y llegan hasta París en donde todo terminará. Al final, la muerte otra vez, no de diré de cuál de los dos, y sobre todo: un acto de generosidad por parte del que queda vivo. Vivo, aunque ya marcado para siempre por sus propias acciones y por las de los demás integrantes de una microsociedad tan fugaz como intensa.

Un consejo, si hay alguien ahí: lean esta joya, antes de ver la película de Hossein Amini que acaba de estrenarse.

Agosto 8th, 2014

Ficciones. Jorge Luis Borges

El camino que me lleva a Borges

Muy pronto me encerraré en mi casa, atrancaré las puertas, y me pondré a leer a Borges. Estos días hago ya los preparativos.

Lo leeré en todas las ediciones de sus libros. Las compararé, buscando similitudes y diferencias. Rastrearé errores, comprobaré los tamaños de las letras, y después de hacerlo me pondré a pensar en cómo los dejaré clasificados. Después los clasificaré de modos diferentes: cronológicamente, por similitudes temáticas, por estructuras literarias, por gustos personales, etc, etc, etc.

Esa operación la repetiré varias veces, siguiendo todos los criterios y caminos posibles, y calculo que esto puede durar unos veinticinco años, aproximadamente. Después empezaré lo más sencillo: escribiré su obra. Como digo, esta parte no me parece especialmente complicada. Para ello solo tengo que pensar como pensaba él, leer lo que él había leído, ser argentino, haberme quedado ciego finalmente, odiar los espejos y la procreación, y, en definitiva, “ser” Jorge Luis Borges.

Para esto último, deberé haberme imbuido de un sentido pesimista y conservador de la existencia. Debo haber desarrollado una extraordinaria capacidad para contar mucho con poco, pero también para tender trampas y hacer creer que escribo poco con mucho, y creer que las cosas son como son, pero también como no son. No me importará tanto saber como deberían ser, porque eso es secundario y, por tanto, menos importante, y no conviene invertir mal el tiempo.

Bueno, ahora que pienso… lo del tiempo es relativo, porque Borges es la negación del tiempo, de los tiempos. Borges es tirando a infinito, es decir, como yo lo voy siendo ya. Por lo tanto, rectifico: pensaré las cosas cómo son y cómo no son, cómo deberían ser y cómo no deberían ser, sin descartar sus opciones intermedias.

Después de todo esto, que me llevará medio siglo más, empezaré a cuestionar su obra, y me parecerá mejor la mía, que será la misma a juicio de los bobos que las lean superficialmente, pero que entre ambas habrá diferencias importantes: de forma y de sentido. Por ejemplo, si Borges escribe la palabra “tigre”, yo escribiré “tigre”y, a partir de ahí, que empiecen los congresos.

Bien. Quería decir que estos días de verano, leo a Borges, en concreto sus “Ficciones”, y doy por oficialmente iniciado el proceso. Adiós.

Agosto 5th, 2014

La sonrisa etrusca. José Luis Sampedro

Dos mundos que conviven

El de antes y el de ahora. El de lo artesanal y el de lo industrial. El de los valores relacionados con la naturaleza y el de los relacionados con las ciudades. Difícil convivencia si ambos mundos enseñan sus lados peores, sus más feroces garras: la de la supervivencia y la ley del más fuerte, y el de la alienación, la miseria y el egoísmo individualista.

El segundo se va imponiendo al primero. Estamos en él. Las vacunas van eliminando enfermedades, pero también estilos de vida que encerraban sabiduría, tesón, esfuerzo personal. Difícil dialéctica, que ojalá tuviera una síntesis hegeliana fácilmente aplicable. Lo hacemos difícil, más difícil, quiero decir, porque los ejércitos enemigos se miran casi siempre con desprecio, y con temor.

Un bebé, un cáncer irreversible, el recuerdo de una guerra de valores, una ciudad italiana oscura y llena de coches, una familia estándar, un abuelo que es estudiado en la Universidad como si del hombre de Cromañón se tratara, la metamorfosis de ese hombre… La muerte del viejo cuya última victoria es escuchar cómo su nieto lo llama y al que él ha acompañado en la oscuridad de su cuarto noche tras noche, contraviniendo todos los manuales de pediatría moderna.

Todo eso es “La sonrisa etrusca” (1985), una novela conmovedora, que parece detenida en el tiempo, que nos plantea mucho más que un conflicto doméstico, y que, como ciertos vegetales, está llena de capas de sentido. Metáforas que explican nuestra vida, también la pasada, la que otros vivieron, y la que otros vivirán, esperemos que mejor que nosotros.

Primera novela que leo de un escritor viejo, que ya conocí viejo, hablando bien de los acampados en España, joven, por tanto, de espíritu, que sabía de economía y desmenuzó las causas de la crisis, de esa que dicen los que la crearon en todo el mundo que estamos saliendo porque las cifras macro van estupendamente mientras el sufrimiento y la pobreza de muchos sigue creciendo. Me huelo que, como Bruno, el partisano protagonista de la novela, José Luis Sampedro (1917-2013) tampoco se lo creería.

Julio 30th, 2014

Una soledad demasiado ruidosa. Bohumil Hrabal

Vida y obra confundidas

No se llevó bien el novelista checo Bohumil Hrabal (1914-1997) con las autoridades comunistas de su país, que impidieron la publicación de algunos de sus libros. Pero lo que está claro, es que vida y obra coinciden en él de una forma apabullante.

Sus personajes se suelen suicidar, como le ocurre al protagonista de su extraordinaria novela “Una soledad demasiado ruidosa”, publicada en España por Galaxia Gutemberg (y recomendada hace un par de días por un gran amigo al que me reencuentro en un bar con un ejemplar de “Cien años de soledad” en el bolsillo). Pero éste, no lo hace como el escritor, arrojándose desde un quinto piso, sino metiéndose en una máquina de reciclar papel en la que ha pasado horas y horas de su vida. Curiosamente, además de ferroviario, Hrabal también había trabajado durante años en una de esas máquinas. Supongo que él también, como su protagonista, se quedaba centenares de libros, les salvaba la vida, por así decirlo, en un acto de amor infinito por la cultura en general, el pensamiento y la literatura.

En estos tiempos actuales en los que el libro de papel comienza a perder prestigio –se supone que porque quita sitio para poner en las casas televisiones y jarrones horrendos-, “Una soledad demasiado ruidosa”, publicada en Suiza en 1971, se convierte en un homenaje inesperado al placer de tocar la página, de oler la tinta, de amar el objeto gastado y hermoso en donde hemos aprendido la mayoría de las cosas que sabemos. (Soy de los que pienso que los libros enseñan más que la vida, que es como una verbena ruidosa en la que casi nunca bailas con la más guapa y se te pone muy mala leche…) Homenaje al conocimiento frente a la banalidad, a la cultura frente a la ignorancia, a quienes leen frente a los “neo analfabetos”, como llamaba Félix de Azúa a quienes aprendieron a hacerlo pero nunca lo practicaron después, excepto cuando les llega el recibo del gas.

Hay mucha reflexión implícita sobre los verdaderos valores de la vida y de la muerte, naturalmente. El suicidio es una buena salida cuando éstos pierden la batalla –aunque sea la del supuesto progreso-, y esa es la enseñanza que el escritor nos envía desde su recuerdo y desde su amor por los libros, la cerveza y por los trenes. Leyó muchos libros, bebió mucha cerveza, e incluso trabajó en ella. Lo hizo también en los ferrocarriles de su país, y siguió prendado de ese artefacto con ruedas que nos lleva, despacio, sin prisas, a elegir, dentro de lo que cabe, nuestro propio destino. Como quería Agustín García Calvo: porque no hay nada mejor que un tren que va despacio para pensar con más tranquilidad por el camino.

Julio 29th, 2014

Peste & cólera. Patrick Deville.

Vivir, conocer, viajar

Texto corto, novela de aventuras, novela biográfica… Habría que pensar mucho en qué categoría habría que clasificar “Peste & Cólera” (Anagrama), un libro delicioso, centrado en la vida de Alexandre Yersin, científico de la escuela de Pasteur, descubridor de la vacuna contra la rabia, y hombre extraordinariamente especial. Tan especial como que mantuvo con la ciencia una relación de amor odio, atraído más por los viajes y el amor al conocimiento genérico: por la biología, la medicina, la física, etc. Porque fue un poco de todo, pero especialmente, un inconformista que profanó límites, convenciones y fronteras. Terminó leyendo a los clásicos griegos y latinos y haciendo de su vida un eterno viaje. Reclamado constantemente y huyendo constantemente porque su alma no cabía en una angosta habitación llena de instrumentos y microscopios.

Pareció como si hubiera dejado los honores a los demás. A los que a la sombra del gran Pasteur, realizaron importantes investigaciones y recibieron el reconocimiento del mundo científico. Parece como si quisiera colocarse en un plano existencial que no le impidiera ser libre y vivir una existencia propia.

Y todo eso contado por un escritor, Patrick Deville (1957), al que también los viajes le han marcado la vida. Un escritor, pues, que sabe del desarraigo y las distancias, de las aventuras del día a día, de la vida como un constante cúmulo de sorpresas y empujones.

Julio 29th, 2014

Los funerales de la Mamá Grande y otros cuentos. Gabriel García Márquez.

Cuentos que forjaron un universo

Un universo que después se expandió y en el que nacieron estrellas como “Cien años de soledad”, “El amor en tiempos de cólera” y tantas otras, con sus correspondientes planetas y sus respectivas lunas. Ensayos de escritura que se dirigían hacia una perfección reconocible y diferencial, personajes que aparecían para quedarse, una manera de escribir que se fraguaba. Todo eso lo vemos ahora, medio siglo después, con meridiana claridad. Leo los ocho cuentos, escritos en 1962, en una vieja edición de Alfaguara de 1979. Y, como siempre me pasa, trato de recordarme en aquella primera lectura que me forjó como lector y que entonces me fascinó.

Y me sigue fascinando esa genialidad para saber crear algo que no estaba antes y que se desarrollaría tan admirablemente después. En especial “Los funerales de la Mamá Grande”. Aquí ya García Márquez nos presenta uno de sus personajes apocalípticos, imposibles de comprender en unas coordenadas que no sean latinoamericanas, tan proclives a crear mitologías, a no esconder raíces que se pierden en ancestrales culturas, en incestos indescriptibles, en exuberancias inconmensurables, en excesos, en extremos, en una belleza paisajística que no esconde la brutalidad humana, y su correlato de ancestral sabiduría.

Crónica de la supervivencia de una especie apaleada, pero orgullosa y marmórea.

Julio 25th, 2014

Años luz. James Salter

Qué bello es vivir

Lo que esta preciosa novela del escritor norteamericano James Salter (1925) expresa es el inexorable paso del tiempo. Con sus pérdidas y sus ganancias. Ese ejercicio diario de envejecer, y con el transcurso, ir ganando en conocimientos y experiencia y perdiendo lugares y personas. La vida es lo que va pasando, mientras nosotros hacemos planes, como decía John Lennon.

Las personas siempre se van marchando. Ese parece ser nuestro sino: la despedida. Cuando estábamos con ellas, no valorábamos tal vez su compañía. Cuando las perdemos, las echamos de menos. Con las personas está el entorno que nos unía a ellas: paisajístico, familiar, de múltiples relaciones. Todo eso que un día fue presente, se convierte de pronto en pasado, en recuerdo, en ejercicio de nostalgia. Y así, una y otra vez. Y así, una y otra vida. Condición humana: ir perdiendo.

Salter lo expresa, como digo, admirablemente bien. Como la llegada de la muerte, siempre ahí, acechándonos, y acechando a los que están a nuestro lado. Siempre presente y siempre oculta, claroscuro de la vida, cara y cruz de una misma moneda.

Los años pasan, aunque sean años luz, o tal vez por eso, por la rapidez y la fugacidad con que los vivimos, casi sin enterarnos de que estamos aquí. Que pasen bien, a pesar de que vivir siempre es perder por el camino mucho y ganar de vez en cuando algo. Novela emotiva, empática, fascinante. Novela/espejo. Novela/crónica de un fracaso siempre esperado. Novela.

Julio 17th, 2014

El héroe discreto. Mario Vargas Llosa

Una cierta moderada decepción

En “El héroe discreto” (Alfaguara), Mario Vargas Llosa construye dos poderosas tramas que circulan en paralelo durante todo el libro. En principio, son independientes entre sí, aunque tengamos la sospecha de que en algún momento terminarán cruzándose. Tanto lo que ocurre en ellas, como los personajes que las protagonizan. Son tramas muy potentes, desarrolladas con inmensa sabiduría porque atrapan al espectador de un modo apabullante, como siempre suele ocurrir con los textos del autor. Ambas tienen, sin embargo, dos denominadores comunes: un cierto aire de “thriller” latino americano, y ambas nos describen un Perú encanallado por mafias y personajes aprovechados y siniestros, que consiguen amargar la vida de personas de buen corazón. Por eso, un cierto tono de denuncia moral preside el ambiente desde el principio.

Ambas avanzan, y nuestra atención va en aumento. Vargas Llosa escribe magníficamente, sus libros se dejan leer solos: es una sensación que siempre viene a mí en mitad de la noche, cuando suelo leer. Me provocan una indefinible comodidad, que se basa tanto en la manera de escribir, como en el interés de lo escrito.

Al final del libro, todo se desmorona un poco. Las tramas se juntan por donde menos nos lo podíamos esperar, y ambas se resuelven felizmente, no sin antes complicarse un poco más. Hay algo de forzado en esos finales felices, incluso de simplista, que me decepciona en cierta manera, algo que en otras ocasiones no me había ocurrido de una forma tan flagrante.

Sea como fuere, la novela es un prodigio de estructuración, de escritura, de sentido del humor, de creación de personajes creíbles y bien armados por dentro y por fuera. En esta novela se regresa a otras anteriores, a personajes anteriores, a obsesiones anteriores. Sergio Ramírez en El País dice que “el Vargas Llosa de sus brillantes inicios resucita siempre en el último de sus libros”. Y es verdad.

Julio 14th, 2014

Otra vuelta de tuerca. Henry James

Todo bien, menos los fantasmas

No es el Henry James (1843-1916) de “Otra vuelta de tuerca” (Alianza Editorial) el que más me interese. En pocos días leo a dos autores muy distintos: Lovecraft y Henry James, hablando sobre el más allá. Será que el tema no me interesa en absoluto por lo que, reconociendo las virtudes literarias de uno y otro, he tenido sensaciones de desencanto parecidas.

Claro: Henry James construye maravillas escriba de lo que escriba, y mantiene el interés hasta la última página. En ese sentido, son justos todos los elogios que he leído sobre esta pequeña novela, escrita en 1898, en donde todo el mundo dice que es un antes y un después en el género de fantasmas que se ha escrito. Digamos que me gusta todo, menos los fantasmas, incluso si, como en este caso, no sabemos si lo son o no lo son. Me gusta como está trazada la intriga creciente. Me gusta el ambiente opresivo que consigue describir con cuatro trazos. Me gusta la elección del punto de vista, y reconozco que en algunos momentos hasta las apariciones fantasmales pueden ser interesantes, en la medida –me temo- que no parecen fantasmales precisamente, sino muy humanas. Pero, al final, la literatura y los fantasmas se desvanecen juntos sin dejar huellas apreciables en mi interior.

Prefiero aquel magnífico Henry James de “Los papeles de Aspern” (1888), en donde todas esas virtudes literarias resplandecen, pero en donde el énfasis argumental está centrado en los misterios de los seres humanos, en la reconstrucción de vidas y de recuerdos vividos por los personajes en el plano de la realidad. Realidad ficcional, pero realidad al fin y al cabo.

Eso me lleva a pensar que nunca me gustaron los géneros de terror porque conmigo no consiguen nunca lo que pretenden. Siempre recuerdo el estreno en el cine Elíseos de Zaragoza de una película de terror, con asistencia del director incluida, en donde el público se moría de risa porque era malísima, es decir, terrorífica, pero desgraciadamente no en el sentido que él quería. No es el caso de Henry James, ni puede serlo, porque este escritor nacido en Nueva York y muerto en Inglaterra, conocía el oficio como nadie y eso es indiscutible.

Pero no. Me da más terror la realidad de la vida, y en eso me pasa como a Kafka, como a Hitchcok o como a Simenon, cada uno a su manera. Son otros los temas que siempre me aterrorizaron y los fantasmas nunca estuvieron entre ellos, y no voy a cambiar a estas alturas. Ni aunque sean como los de James, medio en la penumbra, medio en la cabeza de algunos personajes, medio en la cabeza del lector.

Los fantasmas no existen, los seres humanos sí.

Julio 13th, 2014

El arte de la fuga. Sergio Pitol

Sergio Pitol

Sergio Pitol

Viajar y escribir

No recuerdo en qué novela, Roberto Bolaño mencionaba a Sergio Pitol y a Claudio Magris como ejemplos de escritores que unen dos mundos de una forma indivisible: sus viajes y su escritura. He empezado a leer a ambos, y, en efecto, esa es la sensación más evidente, más directa, más inmediata. Ahora termino “El arte de la fuga”, del mexicano Pitol (1933), en donde textualmente escribe:

“¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, solo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que deparará el destino al regresar a su Ítaca personal”.

De Magris leí hace muy poco “El Danubio”, un libro que solo puede escribir alguien que haya atesorado una especial sabiduría. Una sabiduría que surge de una conexión entremezclada de lecturas, viajes, y, sin duda, capacidad para observar y describir. Ahora este libro de Pitol, primero de la llamada “Trilogía de la Memoria”, texto difícil de definir también, mezcla de autobiografía, de libro de reflexiones sobre la naturaleza misma de la literatura, del arte de escribir, de la lectura como pasión, del ser humano, en definitiva, y sus peculiaridades mejores y peores.

Un libro asombroso, lleno de sugerencias, de pensamientos inteligentes. Contiene ideas literarias, expuestas magistralmente por alguien que paradójicamente nos confiesa sin complejos que nunca le interesó demasiado la “teoría”, pero que describe con un talento especial los entresijos de su propia escritura, y lo que le gusta de los escritores que le gustan y que son muchos y muy variados: Chejov, Galdós, Henry James, Conrad, Borges, y un largo etcétera, a algunos de los cuales tradujo al castellano.

Sergio Pitol será otro escritor al que leeré al revés: desde el final hasta el principio. Otro escritor al que he conocido a través de otros libros y otros escritores, que escribe ordenadamente sobre el pasado y la memoria, sobre el paso del tiempo, desde una perspectiva de serenidad personal que nos sirve para comprender a la perfección en qué consistió su vida apasionada, el privilegio de haber conocido a quienes él admiró, como el caso de Maria Zambrano y tantos otros, y que estuvo en los países que quiso estar, llevado por la literatura y por la vida.

De él son estas palabras:                                                                                                                                                                                                                    ”La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras. La memoria puede, a voluntad de su poseedor, teñirse de nostalgia, y la nostalgia solo por excepción produce monstruos. La nostalgia vive de las galas de un pasado confrontado a un presente carente de atractivos”.

A sus largos ochenta años, Pitol define los contornos de su propia existencia con una sencillez que invita a repensar la vida, a vivirla de ese modo curativo que siempre pretendemos cuando hemos superado una enfermedad peligrosa, cuando la hemos casi perdido por los pelos. De manera que, en cuanto nos restablecemos, olvidamos pronto para reintegrarnos nuevamente en este absurdo suceder de los días, envenenados por la prisa de llegar a algún lugar innecesario y la pretensión de ser alguien que en el fondo no somos ni seremos jamás. Pitol aconseja desde su personal confesión, su conocimiento del mundo, de culturas y países, y desde la atalaya de sus recuerdos que nos miremos en uno de esos espejos que a su admirado Borges tanto le aterraban, y que veamos lo que hay enfrente, con calma pero con entusiasmo, con una especie de distancia apasionada:

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su infancia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes”

Julio 6th, 2014

El caso de Charles Dexter Ward. H. P. Lovecraft

Ingenuidad y miedo

En algún momento la vida de un lector empedernido se encuentra con el escritor norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937). Supongo que, como le ocurrió a Michel Houellebecq, cuando ese encuentro se produce muy pronto –a él le ocurrió a los dieciséis años, según parece-, estamos ante un tropezón de resultados incalculables.

Si le pasa a mi edad –es decir, con cierta experiencia en la vida-, la cita literaria produce un placer más suave. Uno ha visto mucho, ha leído por ejemplo a otros autores a los que Lovecraft ha inspirado –como el propio Huellebecq-, y el pánico a uno a estas alturas se le produce por las cosas reales y tangibles de la existencia, no tanto por las capas oscuras y profundas, que precisamente por su profundidad y su falta de luz, se perciben como dudosas e improbables.

Pero, visto lo visto y dicho lo dicho, me puedo imaginar la conmoción que estos textos causaron en su momento, y en concreto “El caso de Charles Dexter Ward”, escrito entre 1927-28, que leo en la edición de Acantilado. Porque es un cóctel abrumador: magia negra, usurpación de personalidad, fenómenos paranormales, etc, conducido todo ese caudal por una trama perfectamente estructurada y unos personajes creíbles y atormentados.

De ahí, de esa construcción realista de las vidas, los paisajes y las situaciones, surgiría el terror y el desasosiego con que eran leídos en su momento unos textos, que ahora, a principios del siglo XXI, se sostienen especialmente por una suerte de lúcida ingenuidad, de astucia literaria, y de audacia para conmover y provocar.

Junio 30th, 2014

El amor de Erika Ewald. Stefan Zweig.

Un camino literario que se abre

En 1904, Stefan Zweig tenía –o creía tener- mucho futuro por delante, como novelista y como persona. Faltaban diez años para que comenzara la primera parte de su drama personal y el primer acto del drama que toda Europa vivió de manera devastadora. En ese contexto, tiene mucho valor “El amor de Erika Ewald” (Ed. Acantilado), una de sus primeras novelas cortas, tal vez la primera, porque ya en ella están muchas de sus constantes posteriores.

Erika Wald es una pianista vienesa que conoce a un joven violinista, del cual se enamora. Desconocedora de un lenguaje de intercambios y sentimientos, ella misma desbarata la posibilidad de que esa incipiente relación sedimente de algún modo. Y cuando quiere remediarlo es ya demasiado tarde: lo encuentra con otra mujer, indiferente a lo que ella siente en su interior.

Solo eso. Pero ya se trasluce en estas páginas un extraordinario conocimiento de las relaciones humanas, de la sicología femenina, del dolor que solo el desamor puede llegar a causar. Y, en este sentido, nos anticipa muchos temas, matices y procedimientos que después el gran Zweig empleará con gran maestría, por ejemplo en “Carta de una desconocida” (1927).

Junio 16th, 2014

El otoño del Patriarca. Gabriel García Márquez

El lado grotesco de los dictadores.

En 1975, el año en que  Gabriel García Márquez publica “El otoño del patriarca”, se muere Franco en España. En la cama, si, pero no dejan de impresionarme todavía los últimos días de la enfermedad del dictador español, las peripecias de su larga agonía, relatadas por aquel “equipo médico habitual”, y lo esperpéntico de una situación de la que mucho más tarde supimos los detalles. Parece ser que a Franco lo transportaron entre cuatro en una alfombra del Palacio del Pardo hasta una habitación habilitada como quirófano de urgencia. Impensable.

Yo leí poco después la novela de García Márquez y no me di cuenta de que entre la muerte del dictador de ficción y el de verdad no había tantas diferencias. Releída ahora la novela me inspira misteriosas lecturas y concomitancias. Parece como que la historia les quite a estos animales la grandeza que ellos pensaban que tenían, imbuidos en la creencia de que si estaban allí era porque los altos designios del cielo allí los había colocado. Muertes ridículas después de haber matado, encarcelado, mutilado, sojuzgado a sus pueblos, no solo en situaciones de guerra, sino de paz, aunque fuera, como en el caso de España, de la paz de los cementerios.

Vargas Llosa en “La fiesta del chivo” nos cuenta la historia de otro dictador sudamericano: Trujillo el corrupto presidente de la República Dominicana, muerto por su propia gente, harta ya de aguantar humillaciones del reyezuelo, que violaba y saqueaba despiadadamente. Otro monstruo de la naturaleza, otro excremento de la historia, que como los mencionados, más los Pinochet, Hitler, Videla, Musolini, y tantos otros, nacieron para aplastar libertades, derechos y personas.

“El otoño del patriarca” es una gran novela, que posee las mejores virtudes de la literatura de García Márquez. Aquí nos encontramos frases enormemente largas, imágenes desconcertantes y extraordinarias, recursos estilísticos asombrosos, cambios de narradores en las mismas frases, situaciones grotescas, monólogos interiores… Vemos al feroz dictador, que nadie sabe con exactitud cuántos años tiene (a los dictadores o se les mata o se les prolonga la vida cruelmente, por lo visto), y que en el otoño de su vida y para olvidarse de sus deficiencias e impedimentos físicos comienza a hacer recuentos interiores: nunca fue verdaderamente amado por nadie, excepto por su madre, Bendición Alvarado, cuyo origen es más que dudoso y a quien él decide santificar contra la opinión del mismísimo Vaticano, a quien declara una guerra imposible. Un hijo de puta (literal en este caso), hombre de perfiles incalculables, que recogió un país destrozado por los colonialistas anteriores y que él siguió destrozando entre la admiración y el temor de su propio pueblo.

En el fondo, con un lenguaje asombroso, García Márquez nos cuenta la historia de alguien que representa el símbolo perfecto de toda la caterva de dictadores latinoamericanos que han sabido conservar lo peor del pasado y que han encanallado con sus canalladas a muchos de sus contemporáneos. Gente mala, especie a extinguir, paranoicos, criminales, que siempre adornan sus fechorías con música militar de la peor especie, y que, como todos los seres humanos, pues lo son para nuestra vergüenza, tienen debilidades y contradicciones. Tal vez en ellas se encuentre paradójicamente lo único salvable de sus corazones emponzoñados.

Junio 10th, 2014

Barba Azul. Amélie Nothomb

Amado monstruo

No me he podido quitar de la cabeza a mi amigo Javier Tomeo desde la primera línea de este “Barba Azul”,  libro de Amélie Nothomb (Ed. Anagrama). Tiene su aire, los personajes son parecidos a los que se imaginaba Javier, las situaciones que entre ellos se crean son de naturaleza similar: equívoca, inquietante, de fascinación y repulsión al mismo tiempo. Y por debajo, enorme densidad teatral, mucho diálogo, mucho círculo que se estrecha en torno a un conflicto de titanes. No en vano, los textos de la belga y del escritor de Quicena han sido llevados al teatro en numerosas ocasiones, y, además, con extraordinario éxito.

Como sucedía en “Cosmética del enemigo”, esa relación bipolar, que al principio parece una cosa, termina siendo otra. El asesino es asesinado. El que comete el crimen, realiza un acto de justicia final, y, en alguna medida, de amor hacia el asesinado, atrapado en su mundo, hecho de feroces perversiones que tienen un lado inevitablemente ridículo, esclavo de sus manías y víctima de su terrible soledad. En este caso, se trata de un anacrónico hidalgo español, lector empedernido de autores reaccionarios, admirador de Torquemada, coleccionista de cadáveres de mujeres, a las que fotografía muertas y por las que sigue manteniendo una suerte de amor desbordante.

La última, de la que de verdad se enamora, es la que termina vengando a todas las demás, enamorada a su vez, a su modo, de forma también inverosímil.

Libro breve, intenso, esencial, sin desperdicio.

Junio 7th, 2014

La hierba de las noches. Patrick Modiano

El pasado no hace más que regresar

“Es ahora, decenas y decenas de años después, cuando intento descifrar las señales en morse que me envía desde lo hondo del pasado ese interlocutor misterioso”.

Esta frase se encuentra al final del libro “La hierba de las noches” (Ed. Anagrama), del escritor francés Patrick Modiano. Resume con exactitud el sentido de esta novela, y se podría decir que, por extensión, de todas sus novelas. Puede gustar o no esa necesidad permanente de buscar en el pasado el sentido de ese propio pasado, tratando de organizar los retales que nos ha dejado, los hilos de la memoria, llena de personajes desdibujados, situaciones casuales, cafés que albergaron conversaciones y confidencias, calles por las que transitamos y que han cambiado por completo de fisonomía, habitaciones en las que estos seres se amaron o sencillamente se contaron sus secretos, que ya solo existen como murmullos dispersos en la memoria del protagonista, voces de un más allá que estuvo aquí.

Yo creo que es una forma sublime de literatura, porque Modiano con poco construye mucho. Porque su viaje se hace nuestro en cuanto la máquina del recuerdo se pone en marcha. Y porque, al final del recorrido, descubrimos parte de la realidad vivida, nunca la totalidad, y entonces recordamos que vivir es eso: olvidar y recordar. No existe el presente ni el futuro, sino el pasado que regresa una y otra vez, decía Eugenio O´Neill.

Junio 4th, 2014

Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina.

Crónica esperanzada de la evaporación

“Todo lo que era sólido”, de Antonio Muñoz Molina (Ed. Seix Barral) es un libro escrito desde la serenidad y el optimismo. Es lo primero que se me ocurre decir de un libro tremendo y lúcido, que hace una descripción precisa y un diagnóstico sobre la España que nos ha tocado vivir en el último decenio. Su testimonio es especialmente valioso, porque su mirada es la de quien ha estado lejos, y, por tanto, ha tomado distancia, y la del que también ha estado aquí. Además de por sus viajes de regreso, naturalmente, porque desde allí –en concreto desde Nueva York dirigiendo el Instituto Cervantes- ha seguido a través de los medios día a día la actualidad de su país de origen.

El libro es demoledor. Pero demoledor desde la serenidad, repito, y añado: desde la inteligencia y la buena literatura. En él se cuenta lo bueno y lo malo de lo que nos ha ocurrido, y el libro también abre un estimulante pasillo hacia un futuro mejor para todos, eso sí, aprendiendo de lo que hemos hecho rematadamente mal, y potenciando nuestras propias capacidades.

Muñoz Molina tampoco se dio cuenta de lo que significaban con exactitud aquellos mensajes que desde la prensa y las instituciones se emitían y que venían a demostrar que éramos un país magnífico, que caminaba imparable hacia el olimpo de los que mejores y más sólidas economías del planeta. En eso no fue original: le pasó como a todos nosotros, como al presidente Zapatero, que diagnosticó que estábamos entrando en la Champions del desarrollo… Cuando se pincharon los globitos, la crisis que él ya vio de cerca en Estados Unidos apareció en todo su esplendor fantasmagórico. Ya era tarde para reaccionar y todas las calamidades se sucedieron inexorablemente una detrás de otra: la desesperación social, el paro, el cierre de empresas, la desmoralización general y el nacimiento de un descontento organizado en forma de concentraciones masivas y mareas reivindicativas.

Las páginas del libro se vuelven mordaces y lúcidas cuando explora el comportamiento de nuestros representantes autonómicos en la ciudad de los rascacielos, a donde todos querían ir para hacerse una foto –pagada, por supuesto, por los contribuyentes-, con la excusa de vender “marcas regionales”. En realidad, no se trataba de vender Valencia, Aragón o Cataluña en Nueva York, sino que en los periódicos de Valencia, Aragón y Cataluña saliera la foto del emisario.

Me duele especialmente la del emisario aragonés, naturalmente, porque aquí ya sabíamos todos que era sencillamente un bobo con ambiciones, pero resulta que un bobo en Nueva York es todavía más bobo por un efecto de contagio en la inmensidad de la altura y la extensión de la propia ciudad.

Libro imprescindible, en mi opinión, de lectura obligatoria en estos momentos, que termina de manera esperanzada: “Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo. No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que lo defiendan. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos a ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón”.

Mayo 31st, 2014

La embriaguez de la metamorfosis. Stefan Zweig

Solo hay un camino

Leer “la embriaguez de la metamorfosis”, de Stefan Zweig (1881-1942) (Ed. Acantilado) es algo que le deseas a cualquier persona por la que sientes algún tipo de cariño. Durante estos tres días que he dedicado a su lectura, he pensado muchas veces: ojalá la leyera menganito o fulanita, porque los buenos momentos de la vida, lo son todavía mejores si son compartidos, si el placer que obtienes lo distribuyes generosamente entre los demás.

Zweig me apasiona. Me gustan sus descripciones: repara en el más mínimo detalle, siempre que sea útil para comprender mejor lo que se propone contarnos. Describe ambientes físicos, intelectuales y morales. Y lo hace a partir de construcciones argumentales implacables. Si fuera un pintor, sería un puntillista, pero figurativo. Es decir, habla de personas de un modo conmovedor, y los sitúa en su contexto: en sus dos contextos, perdón, el más cercano y el que los envuelve desde la distancia, pero de un modo que termina atenazándoles. Y Zweig me parece uno de los mejores escritores sobre lo que a las mujeres les ocurre de manera especial y preferente. Crea antiheroinas, que luchan denodadamente por una felicidad que pocas veces consiguen.

De todo esto hay, y en cantidades extraordinarias, en esta novela, según parece inacabada, una de las más extensas del autor, escrita entre 1931 y 1942. Es decir, once años dándole vueltas a unas ideas literarias, a una estructura diáfana y a unos personajes en los que parece proyectarse la figura del propio escritor, que, como todo el mundo sabe, se suicidó en Brasil en 1942, huyendo de los nazis, después de escribir una carta de despedida que transpira una dramática serenidad. Esta novela transpira, sin embargo, indignación, profundo desprecio por la sociedad burguesa y sus valores, por la aristocracia vienesa, por un mundo que estigmatiza a los más débiles y los convierte en víctimas de guerras absurdas, crueles, abominables, inútiles, que hacen desdichados a sus protagonistas y a generaciones posteriores.

“La embriaguez de la metamorfosis” es la crónica de una terrible frustración. La de una joven funcionaria de correos situada en una población cercana a Viena, que, inesperadamente, conoce el gran mundo de la gran burguesía. Y sufre una metamorfosis interior: quiere ser como ellos. Y muy pronto comprenderá que a ese mundo no se accede así como así, que sus puertas están cerradas a cal y canto, y lo que parece amistad es tan solo burda hipocresía. Se siente entonces despechada, dolida, desesperada y humillada, tanto y de tal manera como que desde ese nuevo lugar –el lugar del que procedía- alimenta en su interior el más brutal de los rencores.

Pero pronto conoce a un alma gemela. Se trata de un hombre enjuto y abatido, que ha conocido el frío del frente, de los campos helados, de la muerte y la destrucción, y todo eso le ha creado una conciencia justa, racional y organizada sobre el drama colectivo que el y su generación han padecido. Y con ese hombre vive una triste historia de amor, en hoteles sórdidos y ambientes malolientes. Los que a ella le ha deparado la injusticia de la historia de su propio país y del mundo en general. Y aquí comienza una segunda novela.

Robar o suicidarse, esa es la cuestión. Ese hombre mutilado, de inteligencia feroz, que atesora un odio contra el estado racional y pragmático, le propone un plan de fuga que tiene esas dos posibilidades. No diré nada más. Léanlo.

El suicidio, controlado, racional, planeado, tiene sus ventajas, y el robo les devolverá en parte lo que a ambos les han quitado. Y ella, ante los dos planes de fuga, inmaculadamente trazados, examinados todos los ángulos, elige uno de los dos y ahí termina, de un modo abrupto la segunda novela y nosotros, como lectores, respetamos esa decisión irrevocable, y, a la vez, nos sentimos conmovidos por la misma, porque, sin duda, sería la que nosotros tomaríamos un miércoles, día 10, a las seis en punto de la tarde.

Stefan Zweig, maestro de la literatura. ¡Que la posteridad nunca más vuelva a cometer el error de olvidarte!

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