Mayo 25th, 2014

Kassel no invita a la lógica. Enrique Vila-Matas

El arte como vacuna

Todos los libros de Enrique Vila-Matas sumergen al lector en un ambiente en el que los libros de los demás terminan siendo los protagonistas. Libros que hablan de libros, escritores que escriben y hablan de literatura en situaciones excepcionales y, a veces absurdas. No más absurdas, sin embargo, que la propia existencia de los que la existencia no les parece nada absurdo y viven tan felices en un limbo de imbecilidad consentida y estimulada.

En este caso, un escritor es invitado a Kassel, ciudad alemana de unos doscientos mil habitantes, situada en la región de Hesse, justo en el centro del país, y en donde los hermanos Grimm reunieron la mayoría de sus famosos cuentos. En esa ciudad se celebra además cada cuatro años una festival de arte contemporáneo llamado Documenta en donde suelen verse los últimos trabajos de los artistas internacionales más reconocidos y provocadores. Bueno, pues en ese contexto, nuestro protagonista tiene que ponerse a escribir en una destartalada mesa de un restaurante chino de la periferia “para que le vean escribir”. Solo eso. Es un acto provocador más.

Ni que decir tiene que su experiencia no provoca a nadie, simplemente es la crónica de un fracaso anunciado. Nadie le hace ni caso, excepto un chalado, catalán por más señas. Y, sin embargo, la situación, la ciudad, las obras de Documenta provocan, esta vez sí, en él un subidón, como diría el castizo. No hay razones aparentes. El arte contemporáneo hace nacer en él estímulos indescifrables e incomprensibles, pero altamente eficaces para combatir su irresistible tendencia a la melancolía, la que se presenta con una fidelidad indesmallable todos los atardeceres.

Nada más. Y nada menos. Lo que aquí se nos cuenta es la historia de un viaje interior, impulsado por estímulos exteriores. Es una novela de exploración, un mapa para moverse en el corazón de bosques oscuros, en la profundidad de soledades contumaces, en la desesperación de tristezas infinitas. Un antídoto contra la vulgaridad, tal vez. Una fuente de agua fresca y cristalina en mitad de un desierto de desesperanza y hastío.

Mayo 25th, 2014

El ala oeste de la Casa Blanca

Educación para la ciudadanía

He pasado los últimos tres meses literalmente abducido por una serie de televisión que empezó a emitirse en 1999 y acabó en el 2006: “The West Wing” (“El ala oeste de la Casa Blanca”). Es decir, en este corto periodo de tiempo he visto todos los episodios de las siete temporadas. Y los he visto con auténtica ansiedad. Ansiedad, quiero decir, de llegar pronto a casa para ver seguidos dos, tres y hasta cuatro episodios. Debo decir que soy muy aficionado a este tipo de maratones o pruebas de resistencia literarias, televisivas y cinematográficas… Es decir, cuando me da, me da.

Pero en este caso, hay razones “objetivas”. Quiero decir, que el nivel llega a la excelencia en dos territorios: el de la forma y el del fondo, el del continente y el contenido.

En cuanto a lo primero: perfección milimétrica en los guiones. Capítulos segmentados en 45 minutos, que te dejan satisfactoriamente insatisfecho, y siempre con un crescendo final habitual que te incita, si eres un poco flojo a caer en la tentación, como es mi caso, a ver el siguiente capítulo. Guiones excelentes: que tienden a la concisión y a la claridad, aunque el tema a veces no sea fácil de entender. Personajes absolutamente creíbles y monumentalmente interpretados, que nos revelan el lado interno –con sus peculiaridades, manías, miserias, soledades-, y su lado público: altos ejecutivos de la Casa Blanca, de esos que toman decisiones todos los días a nivel presupuestario, o a nivel militar, que no solo cambian la vida de los ciudadanos de ese país, sino de todo el globo terráqueo. Y actores, lógicamente, que realizan un trabajo excelente: Martin Sheen, que encarna al Presidente demócrata Josiah Barlett, y otros como Stockard Channing (la Primera Dama), Allison Janney (la Jefe de Comunicación, primero, y la Jefe de Gabinete, después), John Spencer (Jefe de Gabinete al que le da un infarto en la ficción y al poco tiempo en la realidad, costándole la muerte), Rob Lowe, Janel Moloney, Richard Schiff, Bradley Whitford, y un largo etcétera que completan un reparto que tiende y solo se explica bien desde la coralidad.

Marthin Seen

Marthin Seen

La dirección es siempre ajustada, reflejando maravillosamente el ambiente de permanente stress laboral, de conversaciones en los pasillos, de reuniones simultáneas, de una actividad frenética, que es contada de un modo sabio y eficaz.

El crítico Pablo Kurt ha escrito estas palabras que suscribo de pe a pa: “El ala oeste de la Casa Blanca” es, sencillamente, un placer para el intelecto, una increíble exhibición de precisión y sutileza para la fabricación de guiones que atrapan tu interés. La inteligencia e ironía se desbordan en cada línea de guión, en cada capítulo. El reparto es perfecto. Si además te apasiona la política, y especialmente la norteamericana, sus entretenidas historias y ágiles diálogos te engancharán sin piedad. Algunas tramas resultan verdaderos thrillers, otras brillantes melodramas. Aaron Sorkin es el gran culpable. Un tipo con un talento descomunal. John Wells –productor también, cómo no, de “Urgencias”- su cómplice. Nunca la televisión (y me atrevería decir que pocas veces el cine) me obsequió con tanto ingenio, tanta inteligencia. Un 10”.

En cuanto a lo segundo… El mismo día en que casualmente el episodio que estaba viendo estaba centrado en un debate electoral entre el nuevo candidato demócrata (por cierto, de color oscuro, interpretado por el conocido Jimmy Smits) y el republicano (Alan Alda, nada menos…), y éste último, en mitad del mismo, propone cambiar las reglas del juego y debatir de verdad sobre ideas, liberándose ambos de las reglas que les restringían la capacidad de hablar, pensar y discutir, acababa de ver a Arias Cañete y Elena Valenciano haciendo el ridículo en la televisión pública española, nerviosos y encorsetados, y comprendí la diferencia… Sí, los segundos eran políticos de verdad, y los primeros actores magníficos, pero esa sensación de que la política es, o debería ser, algo muy diferente a leer un guión, esgrimir estadísticas equivocadas y descalificarse mutuamente, me pareció más evidente que nunca.

Jimmy Smit

Jimmy Smit

Y como de esta segunda parte ha escrito insuperablemente Fernando Savater, le cedo ahora la palabra al filósofo que mejor divulga la producción cultural en nuestro país: “El ala oeste de la Casa Blanca”, que para muchos —entre los que también me cuento— sigue permaneciendo insuperada, fue un curso auténtico de la asignatura de Educación para la Ciudadanía bien entendida. Con programar esa serie en las aulas, seguida de comentarios y debates adecuados que hubieran acercado las circunstancias políticas norteamericanas a las variantes de nuestras instituciones, la tan controvertida como indispensable materia hubiera estado académicamente bien servida. Pero, claro, es pedir demasiada imaginación a nuestras autoridades educativas…”

Pues sí, querido Fernando.

Mayo 16th, 2014

Eugenia Grandet. Honore de Balzac

Vivir sin vivir

Ahí sigue, después de diferentes relecturas, la tristeza infinita, la soledad inmensa de Eugenia Grandet (1834). Eugenia no se tira a las vías del tren, como Tolstoi invita a hacer a su Anna Karenina. Su final es seguir viviendo esa soledad en mitad de sus millones, de esa fortuna amasada por el egoísmo recalcitrante de su padre a lo largo de toda una vida. Eugenia sigue infeliz, sepultada detrás de la sombra y el recuerdo de un primo que nunca volverá. Me acuerdo de Basilio y pienso que los primos suelen ser bastante malos en la literatura perenne.

Mejor para ella, tal vez. Eugenia se sigue casando al final de su novela con un hombre al que no quiere, para que le haga su vida más fácil, para no tener que perder mucho tiempo en administrar sus bienes, ese patrimonio que va a permitirle hacer cualquier cosa, que seguramente no hará jamás: vida desperdiciada esperando a alguien que ya no existe, una voz que le prometió amor eterno en una juventud agostada y remota. Eugenia sigue siendo un personaje inútil, una especie de Nazarín femenino y laico, que entrega su vida a una causa que no le causa placer alguno, víctima de sí misma, de su bonhomía, de una ingenuidad un poco estúpida en la que se queda anclada. Eugenia es una monja de clausura en mitad del mundo, una red de redes que ella nunca conocerá del todo.

Y ahí sigue Balzac, personaje de Balzac (1799-1850). Cada vez más antiguo y cada vez más moderno. Cada vez más infeliz, más ansioso, más retratista del interior y el exterior de sus personajes. Se empeñó en contarnos en siglo XIX, con hambre de totalidad, como confesaba sin rubor García Márquez de sí mismo, y al hacerlo, despertó fobias y filias entre los que convivió y coescribió ese mismo siglo, de ascensos y caídas, de cambios bruscos, antecedente y prólogo del siglo que ya conocimos nosotros y que él pareció intuir de algún modo.

Ahí esta Balzac, con su “de” impostada, como para darse importancia, como para distinguirse y perpetuarse con mayor solemnidad en los libros de historia de la literatura; fuente inagotable de elogios y de insultos. “Mejor hubiera sido que no se hubiera detenido tanto en las descripciones…”, dicen algunos. “Mejor hubiera sido que no hubiera escrito tanto, y hubiera escrito mejor…”, dicen otros. Pero él, que ya no escucha a nadie, se gusta así mismo como personaje de su propia novela, y encuentra en la muerte el sosiego para leerse y reconocerse como un escritor magmático, irrepetible, que abrió caminos y que esculpió personajes y situaciones que forman parte de nuestra memoria, confundidos con los de nuestra propia vida. Gloria, por cierto, que muy pocos escritores comparten.

Mayo 16th, 2014

Un fragmento de vida. Arthur Machen

¿Quiénes somos?

La vida personal de Arthur Machen (1863-1947) es casi tan peculiar y variopinta como su propia obra. Fue periodista, traductor, ocasionalmente actor… Fue relativamente conocido, especialmente por sus obras de corte fantástico. Olvidado, es, sin embargo, de los que regresan, tal vez para quedarse, aunque eso no lo sabemos nunca a ciencia cierta.

“Un fragmento de vida” (1906) (Ed. Siruela, 2005) es un libro de difícil clasificación. Novela corta, relato extenso… Sea lo que sea, es un texto que tiene dos partes claramente diferenciadas, correspondientes al proceso de transformación personal que su personaje central experimenta en su interior por razones que tampoco quedan demasiado claras para el lector. Ese aire enigmático nos mantiene atentos a la lectura, y un poco confundidos al final sobre el sentido mismo de lo que hemos leído.

Un matrimonio convencional recibe uno inesperado regalo. Es el dinero que una tía le regala a su sobrina y con el cual son posibles varias opciones. En qué utilizarlo –si en amueblar una habitación de la casa o comprar una cocina- se emplean las páginas iniciales, la tercera parte de la narración. Matrimonio convencional y juicioso, que toma sus decisiones desde la sensatez y el cálculo de probabilidades y que, en consecuencia, invierte mucho tiempo –demasiado- en optimizar el dinero sobrevenido. Sin embargo, la llegada de la tía en persona, precedida por una desgracia familiar, cambiará la vida de la pareja. Primero la de él, después la de ella.

¿Cambio? No sabría decir con exactitud en qué consiste el cambio y cuáles sean las razones. Tal vez se nos está diciendo que la vida así vivida –como ellos la vivían, llena de dudas, cálculos y temores-, es una aventura sin gracia, y que en la vida, como en la naturaleza de las cosas, es posible o profundizar o quedarse en la epidermis. Aquí la piel es la vida rutinaria, el trabajo aburrido, las amistades previsibles, el claustrofóbico “qué dirán” los demás, etc. Tal vez esa sea la parte de “terror” de la novela, el paso insustancial de los días, la vida vivida como tiempo basura, que se dice en el argot del baloncesto…

Machen parece decir que hay otra capa de la realidad que está por debajo y habitualmente no la vemos. Una capa que nos une a nuestra infancia y a nuestras raíces, a un ser que es el que en realidad se esconde desdibujado por el obsceno desgaste de los días en una sociedad sin valores. Descubrir en nosotros esa otra capa puede ser una aventura peligrosa, pero, en definitiva, la única que nos hace ser quienes verdaderamente somos. El personaje cambia: comienza a pasear por las calles, comienza a descubrir el mapa interior de su ciudad, comienza a ver en ella lo que antes no veía. Y ese fenómeno exterior, lo convierte también en fenómeno interior y en esa aventura arrastra de algún modo a su compañera, con la que hasta ahora mantenía una relación pacífica, pero convencional, respetuosa, pero carente de atractivo y de pasión.

Mayo 10th, 2014

El sobrino de Wittgenstein. Thomas Bernhard.

Una relación de amistad

“Hoy pienso que las personas que han significado realmente algo en nuestra vida podemos contarlas con los dedos de una mano, y muy a menudo esa mano se rebela incluso contra la perversión que consiste en creer que tenemos que recurrir a toda una mano para contar a esas personas, cuando, si somos sinceros, podríamos arreglarnoslas sin un solo dedo”

Thomas Bernhard

Un texto de Thomas Bernhard (1931-1989) es reconocible desde el primer momento. El desaliento vital, la frustración profunda de la existencia, el profundo resentimiento hacia Austria y los austriacos, en general, Viena y los vieneses en particular (tampoco hay que olvidar Salzburgo y sus habitantes), hacen de él un escritor especial, que, sin embargo, transpira sinceridad. Nada parece fruto de la hipocresía, ni de una pose social construida para crear una marca comercial de escritor desesperado. Nada de eso. Todo lo que dice es creíble, y, por tanto, la expresión de sus emociones, sentimientos y recuerdos son, a veces, espeluznantes.

“El sobrino de Wittgenstein”, escrito en 1982 y publicado en España por Anagrama en 1988, un año antes de su muerte, es un texto terrible en el que se nos cuenta la relación que el escritor tuvo con Paul Wittgenstein, sobrino del conocido filósofo Ludwig Wittgenstein. Esta relación, intensa y profunda, se desarrolló a lo largo de muchos años y fue, según parece, de las pocas que Bernhard consideró fructíferas y apacibles en su vida. Se sentían bien juntos, tenían opiniones coincidentes en muchos aspectos, y en donde no existía conexión comenzaba la tertulia y el debate entre ambos. Escribe: “Apareciera lo que apareciera ante nosotros, era acusado. Durante horas nos sentábamos en la terraza del café Sacher y acusábamos…”. Se acompañaban, pues, en sus respectivas soledades y mantenían un intercambio intelectual, en el que las “acusaciones” y la música fueron, sin duda, los puntos fuertes de conexión.

Paul enloqueció y fue ingresado en varias ocasiones en esos terribles manicomios en donde no era infrecuente que los enfermos recibieran un trato algo más que discutible. Y Thomas arrastró toda su vida una enfermedad pulmonar que estuvo a punto de matarlo en varias ocasiones. Pues bien, el libro nos cuenta en las primeras páginas la curiosa y casual circunstancia de que ambos estuvieron, casi al final de sus vidas, a escasos doscientos metros, internados en un mismo centro hospitalario, pero en secciones diferentes. Esos doscientos metros para un loco y para un hombre con los pulmones destrozados constituían una distancia absolutamente insuperable para ambos.

Libro emotivo y brutal. Como hace casi siempre, Bernhard, que se define sin ningún tipo de pudor, como una mala persona, aprovecha la ocasión para contar su repertorio de manías personales (en muchas de las cuales coincidía con su amigo) en hablar pestes de los cafés vieneses, de la naturaleza, que le aburre profundamente y a la que tiene que acudir por obligación para limpiar sus pulmones del aire de la ciudad, y, por supuesto, de sus conciudadanos, de sus hábitos, costumbres y podredumbres. En general, de todo, porque confiesa: “Soy de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y solo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que van”. Es decir, en el viaje.

En las últimas páginas de la obra regresa a uno de sus temas recurrentes: el teatro y sus mezquindades. Nos cuenta su opinión sobre los actores del Burgtheater, que, según él, destrozaron en 1973 una de sus obras –Partida de caza- que, según creyó desde el principio de los ensayos, no les gustaba y que no entendían, impidiendo de paso que el gran Bruno Ganz integrara el reparto que él había pactado con la dirección del teatro. No es la única vez que Bernhard habla horrores de la profesión teatral alemana y austriaca, de los actores y, por supuesto del público, según él aborregado y vulgar. En esta ocasión lo hace porque después del estreno de su obra, sólo recibió una opinión sincera de ese desastre: la de Paul Wittgenstein, que le expresó con absoluta claridad la depresión que había tenido en el teatro viendo naufragar la pieza teatral de su amigo.

Mayo 10th, 2014

Sin Fronteras Zaragoza 2014: el cuerpo

EL CUERPO

El alma tiene mucho prestigio, sí. Pero nadie ha visto pasar un alma por la calle, a pesar del dicho, que confunde más que esclarece. El cuerpo parece una maldición, sí, pero estamos en contacto con cuerpos a todas las horas del día. Nietzsche decía: “El que está consciente y despierto dice: soy todo cuerpo, no hay nada fuera de él”.

Cuerpos bellos, feos, cuerpos estilizados, deformes, delgados, maltrechos, apetecibles, horrorosos.

Cuerpos que despiertan en otros cuerpos deseos inconfensables, (o confesables deseos), que nos excitan y nos repugnan; el cuerpo se deshace en fluidos, secreciones, excrementos, olores, y se concreta tanto en contornos monstruosos e intolerables como en formas apolíneas y perfectas.

¿Perfectas? ¿Perfectas ahora y no tan perfectas hace cien mil años? Porque nuestros cuerpos ahora son cuerpos inservibles, y seguramente feos, para vivir en una incierta y gélida prehistoria en donde el cuerpo era abrigo de sí mismo y, probablemente, de otros cuerpos ateridos… O en momentos en que el ser humano hubiera deseado descorporeizarse para no morir abrasado por un calor incomprensible que hacía desaparecer ante sus aterrados ojos especies animales, árboles y vegetaciones.

Poder y miseria del cuerpo: todo lo que tenemos. Porque el concepto cuerpo se entrecruza con otro: el del tiempo, con sus catástrofes, sus climas cambiantes, sus caprichosos patrones de belleza. El cuerpo es, ha sido, pues, muchos cuerpos.

Pero el cuerpo, con sus dolores, con sus mensajes, con sus gritos, ha estado ahí siempre, acompañando al ser humano en esta paradójica aventura que llamamos vivir. Ya lo decía el gran Quevedo: “Has de tratar el cuerpo no como quien vive con él, que es necedad, ni como quien vive por él, que es delito, sino como quien no puede vivir sin él”.

Paco Ortega

Director Artístico de Sin Fronteras Zaragoza 2014

Mayo 7th, 2014

Cosmética del enemigo. Amélie Nothomb

Lo que no sabemos, lo sabemos…

No es extraño que de “Cosmética del enemigo” (2001) (Anagrama, 2003), de la escritora nacida en Japón, pero de origen belga, Amélie Nothomb (1966), se hayan hecho ya bastantes versiones teatrales. Y es que desde el primer momento, la situación, los personajes que dialogan y el conflicto que entre ellos se establece y va creciendo hasta un impactante desenlace, son de naturaleza dramática. Apetece al lector imaginarse sobre un escenario lo que las palabras van sugiriendo.

Como en otros libros de Nothomb lo que se nos propone es buscar explicaciones de la realidad, ir de su mano hasta encontrar respuestas a algunas preguntas que quedan en el aire y que poco a poco se van enunciando. Descubrimos así que lo que parecía una cosa, en el fondo era otra. En ocasiones, como en “Estupor y Temblores”, de lo que se nos habla es del inexplicable comportamiento de los seres humanos, en ese caso, en al ámbito de las relaciones laborales. Enigmas que quedan ahí, en la memoria, que algunas veces no terminan nunca de resolverse.

Libro, como siempre, breve pero de una extraordinaria intensidad. Esta escritora es una maestra en la concisión y en la creación de argumentos sólidos, imaginativos e implacables. Puzzles que parecen imposibles de completar y cuyas piezas terminan encajando con una facilidad pasmosa y una lógica aplastante. En el dibujo perfecto de los personajes y de las capas exteriores e interiores que los conforman y les da vida propia. Es decir, con escasos ingredientes y pocas palabras construye enormes ficciones que tienen algo de desolador, que reflejan ciertas formas relacionadas siempre con un terror que surge de lo cotidiano, en una línea que se acerca en algunos aspectos a la lúcida y aterradora mirada de Kafka. Eso es, sin duda, una suerte de eficacia que la distingue en el panorama internacional de la literatura contemporánea.

Mayo 5th, 2014

No estamos locos. El Gran Wyoming.

La profunda reflexión de un humorista

Si ustedes tienen la tentación de poner una de esas tertulias televisivas en las que la extrema derecha se despacha a gusto, descubrirán inmediatamente que un personaje del que la mayoría de los invitados habla pestes es de José Miguel Monzón, mucho más conocido como El Gran Wyoming. Y es curioso, porque es la hora en la que este curtido personaje televisivo tiene su espacio propio en la sexta llamado “El intermedio”.

¿Y porqué tanto odio? Pues sencillamente porque ahora mismo no hay nadie como él en España que diga tan alto, tan claro, y la mayoría de leas veces, tan gracioso, lo que en este país de los demonios está ocurriendo.

Acaba de publicar un libro que va por la decimocuarta edición. Por algo será. Lo cierto es que lo he leído. Le sobran cien páginas de las trescientas, porque, en mi opinión, su argumentario se repite en ocasiones. Dicho esto: creo que es el diagnóstico más fundamentado, profundo y lúcido de lo que ocurre en España.

“No estamos locos” analiza con precisión nuestro presente, haciendo un recorrido histórico por lo que ha sido nuestra democracia, desde la muerte de Franco hasta nuestros días. Observa como los agujeros de la transición han creado las goteras de la corrupción actual, y de otras enfermedades de nuestra sociedad. La derecha –según Wyoming- se escapó de rositas, y en vez de asumir sus culpas, complicidades, y beneficios en la etapa anterior, en el fascismo, entendió eso como una lección de impunidad que ahora aprovecha a su antojo. La tesis es sencilla, pero a veces lo sencillo hay que explicarlo, probarlo, y documentarlo bien. Y eso es lo que ocurre en este magnífico libro de reflexiones de un hombre que cree verdaderamente en unos valores y defiende una posición ideológica con toda la fuerza de su talento, de su ingenio y de su capacidad de para hacernos reír, a veces, de cosas que no tienen maldita la gracia.

Mayo 3rd, 2014

Seguridad Jurídica para la Guardia Civil…

Pongo el telediario de la 1 y en ese momento escucho al actual Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz diciendo: “Tenemos que dar más seguridad jurídica a la Guardia Civil para que no la pueda criticar nadie”.

Me quedo unos instantes pensativo. Algo suena raro. Hay algo que no encaja. Vacilo unos instantes, como cuando las llaves de mi casa no están en el lugar adecuado, o cuando no encuentro las gafas para leer que creía haberlas dejado encima del mueble verde.

Pero, ¿qué dice este tío? Ahora lo entiendo. Ha dicho la verdad, pero resulta que la verdad es absolutamente una burrada. Ha dicho una tontería, pero esta tontería es una especie de error freudiano inconmensurable.

No, señor Ministro. Como supongo que estaba refiriéndose al problema permanente que todos los días se manifiesta en la valla de Melilla, cuando cientos de africanos se precipitan hacia ella en busca de una vida mejor, la Guardia Civil es criticada por los métodos que emplea que son, como se ha visto por la televisión, brutales y desproporcionados algunas veces. Recuérdese el episodio de las pelotas de goma a la orilla del mar… Y, por esas actuaciones, es criticada.

Por tanto, en todo caso y sin entrar en el derecho que estos inmigrantes tienen o no para entrar, en la legalidad moral de la existencia misma de fronteras, lo que debería haber dicho el Ministro, era: “tenemos que dar instrucciones precisas, protocolos de actuación exactos, para que la Guardia Civil cumpla con lo que se le pide, sin extralimitarse en sus funciones y sin salirse nunca de un marco en donde no se traspase una línea de dignidad y de respeto a los derechos humanos”. Pero no, eso no es lo que ha dicho. Lo que ha verbalizado es una frase que en realidad significa: “hay que buscar procedimientos jurídicos para que la Guardia Civil actúe en cada caso con total impunidad y después nadie pueda reclamar nada”.

Pero, bueno: ¿qué se puede esperar de un señor que en Mayo de 2013 dijo aquello de que “El aborto tiene algo que ver con ETA, pero no demasiado”. Genio y figura: Jorge Fernández Díaz, Ministro del Interior, Miembro del Opus Dei y a la Orden Constantiniana de San Jorge (que prefiero no enterarme con exactitud lo que sea tal cosa…)

Abril 28th, 2014

Modesta propuesta. Jonathan Swift

La ironía como arma social

Me encanta esa literatura que, amparada en los recónditos vericuetos de la gravedad de alguna ciencia reconocida o algún saber ejemplarizante (la Medicina, por ejemplo, o la Historia, o la Filosofía) y de su jerga habitual, nos cuenta cosas absolutamente inverosímiles. La ironía se convierte entonces en un arma de primera fila, de efectos devastadores.

Para los que no descubren que lo que se dice es falso, debe ser un chasco averiguarlo y quedar en evidencia ante uno mismo. Mucho más si ya han socializado su justa indignación. Los que no se ofenden, son incluso peores. Y los únicos que se salvan de la quema son los lectores que descubren la broma desde el minuto uno.

Al primer grupo pertenecían los que les pareció una monstruosidad lo que Jonathan Swift (1667-1745) escribe en su “Modesta propuesta” (Verdehalago Ediciones) en 1729: que a los hijos de los pobres campesinos irlandeses se los comieran los ricos terratenientes, solucionando así un problema social y económico que ya era importante pero que de no atajarlo a tiempo se volvería un cáncer para la paz social y el progreso. Además, apunta razones de peso, estrictamente gastronómicas, lo cual le confiere al texto unas muy ajustadas gotas de acidez. Al fin y al cabo, estamos ante un supuesto libro de cocina.

Supongo que muchos no dirían nada, y que otros lectores, en concreto los que habían leído sus famosos “Viajes de Gulliver” tres años antes y ya conocían el extraordinario sentido del humor que el escritor poseía, se morirían de risa, primero, y compartirían su indignación con las discriminaciones sociales del país en que cohabitaban.

Léanlo. Y no se les ocurra enfadarse…

Abril 27th, 2014

Firmin. Sam Savage

Malditos roedores…

Tiene el aroma de las fábulas de animales que razonan y hablan como seres humanos, de los que hay tantos testimonios en la literatura mundial. Esos animales, paradójicamente, tienen más sentimientos humanos que los propios humanos… Es, pues, un procedimiento recurrente que, unas veces funciona bien, y otras no tan bien.

En este caso funciona. “Firmin, aventuras de una alimaña urbana” (Seix Barral), del escritor norteamericano Sam Savage (1940) es un relato breve, bien estructurado, que suena bastante a autobiografía sentimental. Si vemos la foto del escritor, esta afirmación se sustenta mejor. Su aspecto de “alternativo” le acerca de manera evidente a lo mejor del (la) protagonista de su relato.

Savage es un hombre culto y pintoresco, que ha sido muchas cosas en esta vida y que posee una carrera literaria corta, de la que yo solo conozco este texto, escrito en 2006 y publicado en España un año después.

Se lee muy rápidamente: por su brevedad y porque no tiene desperdicio. Y porque lo que dice es una metáfora limpia y transparente: nos estamos cargando, con la excusa de la modernización y el progreso, aspectos muy importantes de nuestra vida y nuestra cultura. Como por ejemplo, los libros, las librerías, los barrios en donde siempre vivimos y en donde a la especulación inmobiliaria se le llama urbanización. Hasta una rata se da cuenta de eso. Ojo, pues.

Dibujo de Fernando Krahn

Dibujo de Fernando Krahn

Por cierto, las ilustraciones del artista chileno Fernando Krahn, fallecido en Barcelona en 2010, son deliciosas y contribuyen de un modo eficaz a crear en nosotros una impensable empatía con “los malditos roedores”.

Abril 26th, 2014

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez

Río arriba, río abajo…

La convenció de que uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre.

Gabriel García Márquez

Hay libros que detienen la respiración del lector. Que cuando llegas a la última palabra, sientes que ha acabado algo parecido a una etapa de la vida, que algo importante ha terminado, que la vida no será igual para ti desde ese momento. El que no acostumbra a leer, todo esto podrá parecerle una estúpida cursilería. Una exageración. Los que como Borges pensamos que el Paraíso es un especie de gran biblioteca, creo que este tipo de exageraciones no nos parecen tan exageradas… A mí eso me ha ocurrido leyendo a Stendhal, a Tolstoi, a Balzac, y a otros más cercanos en el tiempo, como Gabriel García Márquez (1927-2014).

En los libros pongo siempre la fecha en que los leí. Es una vieja costumbre que tengo desde niño. Por eso no puedo precisar con absoluta seguridad cuando leí “Cien años de soledad” (1967), porque perdí el libro, supongo que después de habérselo prestado a algún amigo/a (ladronzuelo/a) que decidió quedárselo. ¿En qué estantería ajena reposará en este momento ese libro con mi nombre y una fecha que ahora me serviría para organizar mi propia cronología de momentos importantes? El argumento se me pierde en la memoria (sé que hice una especie de árbol genealógico para no despistarme en el laberinto de Macondo…), pero recuerdo lo esencial; al terminar, los personajes ya serían para siempre como de mi familia, y ese universo literario me había abierto la mente, el cuerpo y la percepción del mundo y de las cosas. Era posible ser de esta tierra, y observarla de otra manera. Ver detrás de las cosas, imaginar mundos complementarios que existen juntos, y a la vez, pero que son de naturaleza diferente.

Releo ahora “El amor en los tiempos de cólera” (1985), y lo hago porque en una de esas entrevistas retrospectivas que han emitido en una televisión, Gabo dice que era la novela que más le gustaba, incluso más que “Cien años de soledad”  y por la que su recuerdo como escritor perdurará en nuestra memoria. Había en ella –decía- mucho de su propia vida, de cómo sus padres se conocieron y se amaron. En esa misma entrevista, decía también que aspiraba a escribir una novela en la que se hablara de “todo”. Curioso. a los escritores jóvenes suele decirseles, como defecto, que han querido abarcar demasiadas cosas a la vez…  Una novela total. Esa es la palabra: hay novelas totales: el Quijote, Rojo y Negro, Guerra y Paz, Cien años de soledad, y algunas otras.

¿Porqué son “totales”? Porque nos muestran todas las capas de la fruta que es la vida. Porque describen lo que está y lo que no está; porque hacen visible lo invisible; porque equivalen a una endoscopia en el cuerpo de los personajes y en el lugar donde los sueños se gestan y crecen; porque se detienen en detalles pero no olvidan el paisaje, porque… Porque parecen escritas por periodistas (García Márquez lo fue y durante mucho tiempo), atentos a lo concreto y particular, y, al mismo tiempo, por poetas/geógrafos/videntes, que perciben no solo lo chiquito de la noticia, sino la inmensidad del océano en la cual surge. Porque nos emocionan, interesan, y nos dejan planchados, barridos por un huracán de belleza. Jean Claude Carrière decía que un libro se puede considerar un clásico cuando el libro habla de nosotros, lo abras por donde lo abras. Bonita apelación a la relación literatura/ser humano. García Márquez es ya un clásico –lo era antes de muerto, evidentemente-, porque el lector sabe que de quien está hablando es de él mismo.

“El amor en los tiempos de cólera” sigue siendo (los libros cambian, no lo olvidemos: rejuvenecen, envejecen, mueren, resucitan…) una obra maestra. Es una de las mejores novelas de amor que se han escrito nunca. Un amor lleno de desamor, de infidelidades, de trabas, de distancia. Un amor que atraviesa etapas, periodos y experiencias. Un amor que atraviesa amores, y se hace completo cuando el amor es ya casi imposible, cuando los enamorados son unos viejos, Florentino Ariza y Fermina Daza, cuando sus cuerpos huelen a naftalina y se quedaron reducidos a huesos quebradizos y una carne que no serviría para alimentar a ningún antropófago que se precie. Cuando el deseo es ya solo el recuerdo de algunos atardeceres cálidos y lejanos. Y, sin embargo, ahí sigue el amor, como maldición, como camino, como obligación, como castigo, como última y gran esperanza. Es una novela en donde el amor explica todo lo demás, en donde todo lo demás no tiene sentido alguno sin ese algo que lo explica.

García Márquez tenía el secreto de saber escribir. Vino al mundo con la cabeza llena de historias que contarnos, y aunque en un momento de su vida, dudó de sí mismo, pronto comprendió, como Borges, como Cervantes, como Goethe, que vino a contar, y, afortunadamente, se puso a contar. Y fueron apareciendo sus historias escritas, una tras otra, para recordarnos verdades esenciales, para instalarnos gafas especiales (como las actuales que nos permiten ver en 3D) y adiestrarnos a ver mejor el mundo, para intentar comprenderlo mejor, y para enseñarnos, al mismo tiempo, a ser humildes: porque hay cosas que no son posible asimilarlas con las armas de la inteligencia, sino con los instrumentos propios de las emociones y los sentimientos.

Si en “Cien años de soledad” había, como afirma Joaquín Marco, una “teoría implícita de la novela”, en ésta, escrita dieciocho años después, hay una teoría implícita sobre el amor, que me parece más profunda, perspicaz y emocionante que muchas de las que escribieron antes y después, impostados expertos en un tema que en el fondo les fue personalmente ajeno. Esos que nos hablan del amor desde la sicología, la química o la inteligencia.

No es eso, no es eso… Para escribir sobre el amor hay que haber amado. Y ese ir y venir río arriba, río abajo, de Fermina y Florentino, con el que este libro fascinante termina, es una de las metáforas más bellas que se han escrito sobre un tema que nos concierne tanto.

Abril 20th, 2014

La nieve estaba sucia. Georges Simenon

Abrir las ventanas

Me entero después de terminar la lectura de “La nieve estaba sucia”, (octavo libro que publica Acantilado) que su autor, Georges Simenon, fue acusado de colaboracionista con los alemanes que habían ocupado su país y otros países de Europa. Tal vez lo supe en algún momento, pero lo había olvidado por completo.

Y, efectivamente, sabido este detalle biográfico importante –sin calibrar por desconocimiento su veracidad, o el grado de veracidad del mismo-, es un tufillo a podrido, a suciedad, a corrupción lo que las páginas del libro exhalan de un modo difícil de definir.

Novela extraña, novela apasionante, escrita en 1948, en Arizona, Estados Unidos y de la que se hizo una versión cinematográfica en 1952 por parte del argentino Louis Saslavsky.

En una ciudad cuyo nombre no se menciona –tal vez Lieja-, ocupada por los nazis, transcurren los hechos. Un chico de apenas diecinueve años llamado Frank Friedmaier comete crímenes absurdos, mata para robar, es capaz de llegar a límites de inhumanidad inconmensurables con gente que le quiere de buena fé, pues parece carecer de una insensibilidad natural para comprender y discernir entre lo bueno y lo malo, entre un ejército y otro. Es el hijo de la dueña de un burdel a quien él parece odiar. Odia a su madre y siente una silenciosa y poco definible nostalgia de la figura de un padre, que nunca conoció.

Se nos cuentan aventuras sexuales efímeras, siempre sin amor ni afecto, ni comunicación humana, se nos cuenta su vida depravada, su soledad, su profunda amoralidad, su desprecio por las mujeres. Se nos cuenta su indiferencia ante esa misma ocupación, se nos cuenta lo que desde la realidad de los hechos, este pequeño monstruo, asocial y sin valores morales, es capaz de hacer. Casi todo.

Finalmente es detenido por las fuerzas de ocupación. Y la novela entonces da un vuelco. Ya no se relatan sus atrocidades, sino su lucha interior por resistir en la cárcel, por aguantar los interrogatorios, los golpes, la tortura, el cansancio agotador, la vigilia provocada, su estrategia diaria por ganar tiempo y retrasar lo que él mismo está convencido que sucederá: su propio fusilamiento. Es un giro literario brutal, una especie de confesión, de introspección sicoanalítica, como nunca yo antes había leído. La vida entonces para él, desde el lugar donde se encuentra, está representada por una mujer que todas las mañanas abre las ventanas, tiende la ropa de su bebé, y deja que el aire limpio y fresco despeje la atmósfera cargada de su casa. Joyce se acerca en el Ulises, Camus también, de otro modo, en El extranjero, Kafka en “La metamorfosis”, Koltès en “Roberto Zucco”, a esta especie de confesión, nacida del horror de uno mismo.

Simenon es un hallazgo para mí. Un escritor de una categoría intelectual y literaria fuera de toda duda, que construye libros extraordinarios, como éste, como “El gato”, como “Los vecinos de enfrente”, que dejan un extraño regusto a tragedia personal, a descripción de un mundo hecho de amargura, en donde la vida humana es muy poco considerada por la mayoría, y en donde hay una desesperación subyacente que me inquieta y desazona profundamente.

Abril 17th, 2014

Stoner. John Williams.

Fracasos

Mi relación con el mundo de la Universidad siempre ha sido distante, para bien y para mal. He estado matriculado en varias facultades, de distintas ciudades, pero nunca he vivido en ellas, nunca he penetrado en su ambiente interior, ni he participado en su atmósfera humana o intelectual, ni he tenido grandes experiencias personales. Es algo que lamento, en cierta medida, pero también es algo de lo que me alegro. Después de haber leído “Stoner”, del novelista norteamericano John Willliams (1922-1994) (Baile del Sol Ediciones), me alegro todavía más. Como de no ser músico.

¿Porqué? Porque me gusta tanto la música –una de mis grandes y escasas fidelidades-, que prefiero conocer sin demasiada precisión lo que es una corchea, o saber leer meticulosamente una partitura. Y, desde luego, estoy encantado de no conocer las tarifas de los músicos de estudio, los problemas sindicales, las normativas internas de las orquestas sinfónicas, los negocios de las grandes empresas discográficas, etc.

Sé que no es lo mismo, pero para mí es inevitable establecer ese paralelismo. Entre otras cosas, porque he tenido muchos amigos, profesores universitarios, algunos de los cuales fueron compañeros míos como alumnos en los mismos edificios de los mismos campus. Cada uno de ellos tiene su propia personalidad y estilo en la vida, pero todos tienen varios denominadores comunes: suelen ser inteligentes, muy cultos y hablan mal de la Universidad para la que trabajan. La Universidad, teórico templo de la sabiduría, y, por tanto, de otros valores asociados, esconde también un lado de cierto egoísmo narcisista, de apología del escalafón puro y duro, de crueldad interna, de extraña competición entre algunos de ellos. En el lugar donde se aprende lo mejor de la historia de la humanidad y sus progresos, en donde deben despertarse los instintos intelectuales y el sano afán de aprender por aprender, también nacen y se desarrollan otros aspectos que parecen más relacionados con una especie de maratón a la que hay que llegar primero, aunque se hagan trampas y se acorte el camino por atajos no demasiado éticos y legales, que con el mundo académico en sí. Alguien podrá decir que “en todas partes, cuecen habas”, y seguramente es verdad, pero esta realidad concreta, con dos caras tan diametralmente opuestas me produce una cierta inquietud.

John Williams

John Williams

Tal vez exagero, pero eso ciertamente le ocurre a William Stoner, personaje protagonista de esta gran novela, un profesor que, a pesar de su talento y capacidad para la enseñanza, fracasa en su vida profesional y personal, o, lo que es peor, él siente en su interior ese fracaso de un modo evidente y lacerador. El fracaso no es, en su caso, consecuencia solo de su experiencia como profesor universitario, pero también. Su fracaso es el resultado de un totum revolutum en donde el periodo que le tocó vivir –las dos guerras mundiales-, un país que se desangraba lejos de su propio territorio, la elección de una bella, pero extraña y distante esposa, el nacimiento de una hija que terminó alcoholizada, y la renuncia al amor de su vida, una estudiante inteligente, culta, con el alma limpia y la cabeza despejada, coaccionado por los prejuicios y la perfidia universitaria, le han convertido en un hombre infeliz.

El libro es conmovedor. Williams (curiosa coincidencia de nombres entre escritor y protagonista) fue profesor universitario, y, al principio del libro nos advierte que cualquier parecido de la novela, y de sus personajes, con la Universidad real y sus compañeros reales, es pura coincidencia… Es para sospechar desde el principio. Y desde esa sospecha se lee toda ella, o, al menos, yo la he leído. Hasta ese modo de morir, atacado ya por un cáncer terminal que le impide pensar y vivir, acariciando sus libros, especialmente el suyo, como un emotivo y verdadero homenaje a la sabiduría y al conocimiento, como bienes en sí mismos, como exponentes de lo mejor de nosotros mismos…

Novela perfecta, emotiva, extraordinaria, que nos matiza hasta extremos increíbles los entresijos de las relaciones humanas, las pequeñas manías, los odios mantenidos, los orgullos heridos y sus nocivas consecuencias en las vidas de todos nosotros. Es magistral la disección del matrimonio, la diferencia de universos entre Stoner y su esposa, que, sin duda genera la infelicidad de la hija de ambos. Este libro nos describe, sí, la historia de un fracaso, la de un hombre que no será recordado por su aportación intelectual, pero también la del fracaso de un lugar en donde se gestó, propició y se consumó esa especie de derrota humana, y la de un mundo en el que el talento, el buen gusto, el amor por la cultura no eran entonces, y no son ahora, los valores ni las prioridades principales para casi nadie.

Abril 13th, 2014

Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Philipp Blom.

Olvidados, olvidados… ¿Olvidados?

Sorprende ese “olvidados” en el subtítulo del magnífico libro de Philipp Blom (Anagrama. Colección Argumentos) sobre lo que fue y significó “la Ilustración”. Sorprende y entristece, porque una de las conclusiones más decepcionantes, entre otras muchas esperanzadoras, es que ese torrente de energía inteligente y creativa que supuso la obra, y la vida, de algunos de los principales “ilustrados” se ha evaporado, se ha diluido en cierta manera. Fundamentalmente de dos maneras: o a bofetadas, es decir, prohibiéndola, demonizándola, “superándola” por la vía del desprecio a los valores que entrañaba y el aprecio a los valores de la más reaccionaria derecha ideológica en Europa, o, lo que es casi peor, tergiversándola, manipulándola, apropiándosela indebidamente.

De esto, Blom pone ejemplos: el que más me ha llamado la atención es el de Robespierre y los revolucionarios franceses. Teóricamente, la Ilustración es el germen de esa misma revolución que combatió en las calles de París y tomando la Bastilla contra la tiranía secular de reyes, nobles, sacerdotes y ricachones. En la práctica, como la Ilustración ensalzaba el pensamiento, la razón y la felicidad de los seres humanos, Robespierre y sus amigos se vieron en la necesidad de demonizarla cuanto antes, porque esas tres actividades difícilmente pueden conciliarse con la revolución en estado puro, que es una especie de devolución de la moneda, pero por causas justas. Es decir, una vuelta a la barbarie de la que veníamos con otro discurso ahora, y otros enemigos reales o inventados. O dicho de otro modo: sustituyendo una religión, con sus dogmas y ritos, por otra diferente, pero igualmente irracional, anestésica y nociva.

Qué pocos años separan a Robespierrre de Diderot, y cuánta diferencia de pensamiento…

Diderot. (Cuadro de Louis Michel Van Loo)

Diderot. (Cuadro de Louis Michel Van Loo)

Este libro es grandioso. Documentado, ameno, instructivo. Nos explica con pormenores lo que fue el fenómeno de la Ilustración, y nos presenta a los principales personajes del movimiento. No lo hace de un modo hagiográfico, sino ponderado y racional. Nos describe a la persona, a sus circunstancias, con sus virtudes y defectos, con sus valores y cobardías, en el contexto en el que vivió, escribió y pensó. No dice solo que Diderot fue el gran hacedor de la Enciclopedia, una de las mentes más privilegiadas de la Francia del XVIII, sino también de lo que no pudo hacer por meterse en semejante esfuerzo al que sacrificó seguramente su propia gloria como creador, como novelista, como autor teatral, como filósofo. Nos habla también de lo que no llegó a hacer por miedo: estuvo siempre horrorizado ante la posibilidad de regresar, esta vez para quedarse, en las mazmorras del castillo de Vincennes, advertido expresamente de ello por las autoridades que le tocaron en suerte soportar y temer. Nos habla pues de fobias y filias, de hombres que dudaron, ganaron y perdieron, que tenían defectos –entre ellos, los de Rousseau son especialmente esplendorosos, como el ginebrino deja bien claro, por cierto, en sus propias “Confesiones”, etc. Nos habla de sus relaciones, algunas exquisitas y otras inevitablemente basadas en la envidia, en el orgullo herido, en la presunción y la petulancia intelectual. Nos habla, pues, de seres humanos con el denominador común de haber levantado desde diferentes trincheras y diferentes posiciones ideológicas e intelectuales, un muro contra la irracionalidad, la superstición y el dominio descarado del fanatismo, la Iglesia y el sacrosanto poder de los monarcas absolutos, y no tan absolutos, y de las diferencias posibles que ellos mismos conservaban.

Eso fue la Ilustración: el estallido de la bomba de la razón. Unos, como Voltaire o Rosseau lo hicieron a su manera. Especialmente Voltaire, nadando y guardando la ropa, intentando conciliar ideas difícilmente conciliables, como el deísmo y la razón, por ejemplo, sin quedar mal ni con sus compañeros de movimiento, desde la distancia de su exilio, ni con las cortes europeas y los jerarcas a los que llegó a prestar dinero, amasando así una fortuna inmensa. Pero otros, de un modo más auténtico, arriesgando más, poniendo en peligro sus propias vidas, escondidos a veces en anonimatos sin los cuales hubieran sido detenidos y probablemente ejecutados.

Porque esa es otra cuestión. La Ilustración no fue un momento de la historia en el que los jerarcas dejaron pensar y escribir sin crear problemas. Es decir, no fue un periodo de libertad concedida, de arcadia feliz de las letras y la filosofía. Al revés, los mecanismos de la censura y la represión intelectual funcionaban de un modo ejemplar y terrorífico, y el ejemplo más relevante fue el de la propia Enciclopedia, que a pesar de su monumentalidad y de albergar en su seno a los principales y más prestigiosos pensadores de Europa, costó dios y ayuda sacarla adelante, a golpes de impulso, a fuerza del tesón de personas que fueron fieles total (Diderot) o parcialmente (D´Alembert), con la idea de sintetizar en un inmenso conjunto de libros todo el compendio de la sabiduría humana hasta ese momento.

El libro de Blom se lee en un momento, a pesar de sus más de cuatrocientas páginas. Porque el joven historiador alemán, actualmente afincado en Viena, ha tenido la buena idea de no atiborrarnos a datos, sino que ha sabido conjugar muy bien las descripciones de las personas, sus ideas y el significado que tuvieron, y los matices diferenciales que existieron entre ellos. Así conocemos a David Hume, el filósofo inglés, siempre amable, correcto, educado y generoso, que durante un tiempo vivió en Paris como Secretario de la Embajada británica, y que se hizo un adicto del salón de Paul  Henri Thiry D´Holbach, y quien acogió posteriormente a Rousseau en Inglaterra, sin que éste supiera agradecérselo. Porque D´Holbach, según Blom, representó el pulmón de todo aquel movimiento, recibiendo a lo más granado de la intelectualidad europea en su magnófico salón de la rue Royale, en donde sus cenas eran envidiadas y sus vinos consumidos al instante, escribiendo manifiestos y libros radicales sin firmarlos porque apostaba sin complejos por cosas tan peligrosas, como la inexistencia de Dios, la primacía de la razón y de la bondad de la naturaleza, y por derribar todos los mecanismos que habían hecho posible hasta entonces, lo hacían posible en ese momento, y parece que siguen haciendo posible todavía para nuestra desgracia, varios cientos de años después, que la ignorancia de las personas siga siendo el arma más eficaz para explotarlas y someterlas.

Philipp Blom en Barcelona

Philipp Blom en Barcelona

Philip Blomm comienza el libro explicando una experiencia personal. Fue a Paris en busca de las tumbas de Diderot (alguien con quien dice que le hubiera gustado cenar…), y de d´Holbach, y averiguó que sus huesos estaban esparcidos entre otros miles de cráneos, rótulas y peronés, puesto que los revolucionarios habían saqueado el lugar donde reposaba. No hay que olvidar que, por razones inversas, los restos de Voltaire y Rousseau se encuentran en el faraónico Panteón, lugar donde se encuentran los más eminentes nombres de la cultura nacional francesa. Por eso, quiso terminar el libro con estas palabras que yo reconstruyo literalmente:

“Diderot yace en un osario anónimo, sus huesos están dispersos, y los guardianes de la tumba de D´Holbach niegan que allí se encuentren los restos del barón. No obstante, las ideas de la Ilustración radical siguen con nosotros, tan vibrantes como siempre. Siguen siendo fuertes, hermosas, un desafío a las suposiciones no cuestionadas, y a menudo dañinas, sobre las que se basan tantas cosas de nuestra vida. No hay tumbas que visitar, no se pueden tomar fotografías delante de un sarcófago, pero las ideas siguen vivas”.

Abril 6th, 2014

Travesuras de la niña mala. Mario Vargas Llosa.

La maldad sostenida

Lamentas que se haga de noche y el sueño te cierre los ojos. Por las mañanas, desearías estar en el paro para quedarte en la cama y no tener que abandonar la lectura. Desprecias ese partido de futbol que tanto esperabas… Todo por saber cómo van a acabar esas “Travesuras de la niña mala” (Alfaguara), que Mario Vargas Llosa escribió hace ahora ocho años. No exagero: es literatura que te atrapa –al menos así- personajes, argumento, desenlace.

¿Es tan mala la niña mala? ¿Son travesuras o autenticas perversidades? ¿Cómo es posible que alguien que tan bien se porta con ella, que le da todo lo que tiene, incluida la vida y la salud, le devuelva desprecio, sufrimiento, crueldad, esta niña mala que poco a poco se va haciendo mujer mala, anciana mala, cadáver malo..? Bueno, cadáver malo…? No, prefiero no desvelar ni una mínima parte del argumento…. Y, sobre todo, ¿cómo es posible que esa conducta se repita tantas veces en el tiempo, en el transcurso de las vidas de la mala y la víctima? ¿Cómo es posible que siempre los hechos se sucedan de una manera tan parecida?

Respuesta: porque hay personas así. Así, me refiero, de crueles. Y así, me refiero, de dependientes del amor, de un amor que incluso les maltrata, les humilla, les anula. Así es la vida, amigos. Y, a partir de ahí, podemos empezar el debate. ¿Es esto bueno o malo, evitable o inevitable, más propio de hombres o de mujeres, es la consecuencia de algo –por ejemplo de un pasado de privaciones y pobreza- o es que la maldad se lleva dentro, como un cáncer que no tiene cura y que avanza inexorablemente? Este es el debate. Debate en el que –dios me libre- yo no voy a entrar, porque no soy sicólogo, ni sociólogo, ni cura, ni abogado, ni dentista… Soy un lector que a lo más reconoce y, a veces, se reconoce en lo que lee, para bien o para mal, y que sabe disfrutar de novelas que te dejan sin tiempo, sin futbol, sin dormir, sin aliento.

Lo diré bien alto: Vargas Llosa no me ha decepcionado nunca. Ni antes ni después. Me puede gustar más “Conversación en la Catedral”, que “Pantaleón y las visitadoras” o “La fiesta del chivo”, pero en todo lo que cuenta hay un talento inmenso para eso, para contar. Para contar bien, para estructurar de maravilla, para perfilar personajes creíbles.

Y para describir el perfume de los lugares. De ese París que tanto ama, en el que tanto ha vivido y en donde tanto ha leído (¿no es esta niña mala una heroína de novela francesa, pero al revés?), de ese Perú que nunca se le fue del corazón ni de la pluma estilográfica, de ese Madrid que tan bien ha llegado a conocer. Vargas Llosa es un merecido Premio Nobel, si es que alguien se merece el Premio Nobel, vaya.

Abril 4th, 2014

El libro de Rachel. Martin Amis

Un libro que representó una verdad

Martin Amis (1949) acaba de publicar en España “Lionel Asbo” (Anagrama), libro que publicó hace dos años en Inglaterra. Pero en mi lista inagotable de libros por leer, yacía desde hacía mucho tiempo “El libro de Rachel” (también Anagrama), escrito en 1973, su primera novela. Se me planteó un problema: qué leer antes, ¿el libro que representó su tarjeta de visita, dos años antes de la muerte de Franco en España, y seis después del Mayo del 68 en París, y que a estas alturas tiene una aureola de libro de culto y que todo el mundo dice haber leído, o dejarme llevar por la novedad, lo cual, por otra parte, no me parece un crimen, ni nada censurable desde el punto de vista intelectual o literario. De hecho, como saben mis amigos y contertulios, me gusta hacer este tipo de cabriolas.

En esta ocasión me comporto como buen lector y no me salto la cola. Opto por la primera opción y leo “El libro de Rachel”. Me sumerjo en una literatura extraordinaria, pero que no tiene vigencia ni puñetera falta que le hace. Porque se nota desde la primera línea que lo que se nos cuenta es antiguo, incluso mas antiguo que Madame Bovary o La Cartuja de Parma, si se me permite la expresión. Siempre me viene a la cabeza esa cita de Charles Peguy: “No hay nada más viejo que el periódico de ayer y Homero siempre es joven”.

Ya está hecha esa revolución de la que se nos habla en “El libro de Rachel”, ya no es novedad comportarse como lo hace el protagonista, Charles Highway, un joven de prometedora carrera en Oxford, que abandona a su chica fetiche por razones… vitales, porque tiene conciencia de que entre ellos terminó una relación que duró mientras duró dura. Temas que, sin embargo, en su momento conmocionaron porque le tomaron el pulso a la sociedad británica de aquellos puritanos años, en donde para los padres, divorciarse era caro y difícil, para los hijos emanciparse un plan casi inasequible, y un machismo estructural inspiraba a todos y a todas desde que por las mañanas se comían las tostadas con mantequilla leyendo el periódico sensacionalista de ese día, y viendo de reojo el informativo de la BBC en donde salía el esplendoroso peinado de Margaret Thatcher que entonces era Ministra de Educación del Gobierno que presidía Edward Heath y ya se iba entrenando para joder a los sindicatos de su país.

Y, sin embargo, sin esa, llamemos, actualidad, el libro es magistral, sigue siendo magistral a pesar del paso del  tiempo y de que lo que nos cuenta ya no pasa, o no pasa así. Porque son magistrales esas descripciones biomecánicas en las que consiste hacer el amor, las discusiones de algunos personajes secundarios, las descripciones de un Londres lleno de hippies y señores con bombín. Y de que entre ese libro y el hoy, hay muchos escritores más jóvenes que escriben también muy bien, y que no me extraña que para ellos, Amis sea, siga siendo, un dios malhumorado y permanentemente rebelde. Ahí, en “El libro de Rachel” empieza algo, no solo la triunfal carrera literaria de Martin Amis, que se definía hace poco en EL País como un cronista de hombres perdedores –que es lo que ha terminado siendo verdaderamente (léase “La información”, “Dinero”, etc.- que tiene mucho de un Javier Tomeo británico, y, por tanto, imposible) con su cara de joven-viejo, coloreada por el whisky que ha debido beberse en estos años intentando gastarse el dinero que justamente habrá ganado gracias a sus malas pulgas y a su justificada fama de “niño terrible” eterno.

Martin Amis

Martin Amis

Me gusta mucho “El libro de Rachel”. Me gusta mucho imaginar sus dudas de escritor que empezaba entonces sobre si con esta novela se haría un hueco en un panorama también muy conservador, en donde la tradición literaria británica tenía un peso probablemente opresivo, y en donde todos los críticos de los diarios importantes mencionaban siempre al gran Dickens y a otros grandes como él, pero como para asustar un poco al que aparecía por el horizonte. Me gusta imaginar las dudas de sus primeros editores, sus primeras e inesperadas buenas críticas, que molestarían a conservadores y puritanos y que inspiraron y dieron fuerzas a otros gamberros posteriores que entendieron que escribir es decir la verdad, escribir sobre el lado oculto de la realidad, que suele alquilar y hacerse con los servicios siempre de reputados falsificadores para que nos parezca aceptable e incluso justa y bonita. Exactamente lo contrario que se atrevió a escribir Martin Amis con apenas 24 años.

Marzo 30th, 2014

Diario de un cuerpo. Daniel Pennac

Somos cuerpos: ¿algún problema?

Somos hasta el final un hijo de nuestro cuerpo. Un hijo desconcertado.

Daniel Pennac

Diario de un cuerpo es hasta ahora la última novela del escritor francés, pero nacido en Marruecos en 1944, Daniel Pennac. Publicada en España por Mondadori, tuene la estructura de una autobiografía, aunque sea una autobiografía falsa, valga la expresión, porque el autobiografiado es, en realidad, un personaje de ficción.

Yo diría que estamos ante uno de los mejores libros de lo que va de milenio, y personalmente voy a hacer un esfuerzo –que me es cada día más difícil, lo confieso, y que me obliga a hacer unas trampas tremendas a mí mismo-, para colocarlo entre mis cien libros favoritos, actividad con la que me torturo cada cierto tiempo y desconozco la razón.

Se pueden hacer autobiografías desde muchas perspectivas. Una de las últimas que he leído ha sido “Diario de invierno”, de Paul Auster, con la que este libro tiene algunas concomitancias. Auster habla también de su cuerpo, de la evolución que su cuerpo ha ido sufriendo a lo largo de su vida. Ocurre que el escritor norteamericano polariza aún más el devenir de sus episodios biográficos a partir de los 27 domicilios en los que llegó a residir hasta instalarse en su lujosa mansión actual en Brooklin, Nueva York.

Daniel Pennac se inventa la biografía de un hombre inteligente, culto, ateo, desenfadado, con gran sentido del humor y de la ironía, a partir del nacimiento, el desarrollo, el apogeo y la decadencia de su propio cuerpo. Esa autobiografía que ha estado escribiendo toda la vida es el último regalo que le deja a Lison, “una vieja, querida, insustituible y muy exasperante amiga”. Y desde esa perspectiva construye una parábola prodigiosa de la vida humana, en la que atravesamos por todas las etapas y en todas ellas el cuerpo es algo –lo es todo- aunque en muchas ocasiones parezca que lo negamos o que no está presente (“Todos los cuerpos son abandonados en los armarios de la luna”, escribe Pennac en un momento del libro). Desde esa perspectiva, el juego, el sexo, la enfermedad, la decadencia, la vejez, la memoria, y, por supuesto, la muerte, adquieren su propia presencia, su gran protagonismo. Es así siempre y en todos los casos, pero nadie lo ha escrito tan claro, tan bien, tan humanamente, si se me permite la expresión.

El cuerpo son los órganos que lo componen y las funciones que éstas cumplen de un modo solitario e independiente, o de un modo coordinado y complementario. Eso es lo que sabemos, porque la ciencia a estas alturas sabe lo que antes solo intuía: la relación estrecha que existe entre lo físico y lo síquico. Y conocemos también que existen conceptos como vergüenza, pudor e incluso negación del propio cuerpo. Algunas culturas lo tapan por impuro, intentan que no se vea, especialmente el de las mujeres porque se le supone un peligro para la virtud de los hombres. En otros momentos, el cuerpo se exhibe, a veces innecesariamente, como si fuera una mercancía y formando parte de un negocio. A eso se le llama pornografía, pero también se le llama negocio publicitario.

Daniel Pennac

Daniel Pennac

El cuerpo que nos describe Pennac es un cuerpo que no entiende de tapujos ni de destapes: algo que habla desde sí mismo, con sus potencialidades e insuficiencias, con sus enfermedades y sus alegrías, con su fragilidad y su extraordinario y milagroso vigor, como ocurre en tiempos de guerra en donde el cuerpo parece ser inmortal, resistente y tenaz a los ataques de la metralla y de los virus. El placer y el dolor se alían con la circulación de la sangre, los latidos del corazón y la respiración de los pulmones. Y yo no he leído nada tan verdadero, hermoso y conmovedor al mismo tiempo sobre eso que todos llevamos siempre, de todo eso, mucho o poco, que somos, como en este libro que sería recomendable leer en escuelas en donde se intente decir verdades sobre lo que en realidad somos y no ocultarlas o edulcorarlas con falsas teorías inspiradas en mentiras o medio verdades más o menos estructuradas mentalmente, llámense Formación del Espíritu Nacional, Religión o Educación para la Ciudadanía-

Una verdadera obra de arte. Una novela que aúna filosofía, poesía y realidad. Una hermosa frase lo define: “Yo cada vez que me sucede algo nuevo, aprendo que tengo un cuerpo”.

Marzo 22nd, 2014

Enterrado en vida. Arnold Bennet

Algo más que un error

Quienes han estudiado en profundidad la obra del escritor inglés Arnold Bennet (1867-1931) dicen que escribió mucho, incluso demasiado, resintiéndose algunas veces la calidad de lo escrito como consecuencia precisamente de la abrumadora cantidad. Sin embargo, también parecen estar de acuerdo en que hay slgunos títulos, entre los que se encuentran, “Cuento de viejas” (1908)(RBA) y “Enterrado en vida” (1921) (Impedimenta), que son indiscutibles obras maestras de la literatura inglesa de finales del XIX y principios del XX. Leeré la primera cuanto antes, porque la lectura de la segunda me ha dejado con ese regusto de saludable ansiedad que dejan los buenos libros y los buenos escritores.

Se sabe mucho del autor, pero se subraya de manera especial sus discrepancias literarias con la mismísima Virginia Wolf, especialmente sobre la importancia que la adecuada construcción de los personajes debe tener en una buena novela, y se sabe que escribió tanto por razones alimenticias, lo cual le disculpa en cierta medida porque vivir es una tarea a veces complicada. También se sabe, en el Postfacio del libro, escrito por José C. Vales, autor de la edición, se dice claramente, que el autor se reía mucho leyéndose a sí mismo con esta novela.

No me extraña. Inglés de nacimiento, Bennet tiene mucho de francés en el estilo y en la distancia con la que analiza las costumbres y peculiaridades de la sociedad inglesa, de la que llega a decir, aunque con la boca pequeña, que le parece un poco ridícula. Por ejemplo, la justicia y su especial boato, el poder omnímodo de la prensa sensacionalista, el interés de las personas por los escándalos y los chismorreos, esa hipocresía por parecer y no ser, etc, características comunes a todos los países civilizados, pero que en Inglaterra tiene un significado reconocible y especial.

Y claro, el argumento es perfecto para meterse con todo eso. Un pintor extraordinario, pero que vive su éxito como una pesadilla, encuentra la manera de escapar de su propia fama en el momento de la muerte de su criado, un auténtico crápula que acaba enterrado en la mismísima Abadia de Wendsmister, confundido con el artista verdadero que asiste a su propio funeral y casi le echan a patadas, por cierto. A partir de ahí, leemos la crónica fallida de un hombre (que tiene algo de doliente personaje kafkiano) que pretende ser normal, lo más normal posible, pero que la sociedad no le deja, por intereses económicos, morales y de otro tipo de naturalezas todavía menos presentables.

Escrito con un leve tono de comedia de costumbres, con descripciones llenas de humor e ironía -muy británicas por cierto-, el libro constituye un verdadero placer, que nos mantiene la sonrisa en los labios durante las trescientas páginas que se extiende la trama en esta magnífica edición de Impedimenta.

Marzo 19th, 2014

Tú y yo. Niccolò Ammaniti

Huir a la vez no es huir juntos

Me deslumbró “Te llevaré conmigo” (Anagrama), una historia de amores paralelos que, al final, confluyen. Me gustó su manera de contar una historia sencilla, pero llena de matices, y extensa. Me gusta “Tú y yo”(Anagrama), una novela corta, en la que se cuenta una extraña relación entre hermanastros, propiciada por la casualidad y la huida que cada uno de ellos emprende.

Huyen de lo mismo: de la sociedad y de sus padres. El, quiere aparentar ante ellos que ha sido invitado a una semana blanca con sus amigos del colegio. Es mentira, nadie le invitó a nada –ojalá lo hubieran hecho- y se avergüenza de esto porque sus padres están convencidos y preocupados, con razón, de su falta de sociabilidad. Ella huye de la droga y elige el mismo escondite para pasar su terrible infierno del mono. Son unos días en los que hablan y se conocen. Dos que huyen se encuentran y se dan ternura, consuelo, mantas y cervezas tibias. La relación dura poco, como el libro.

Libro que termina mal, de forma abrupta. Con un cadáver y un chico diez años mayor que visita a esa hermanastra con la que compartió refugio. Ella no pudo evadirse. El, a su manera, sí.

Historia sencilla, contemporánea, posible, tierna, hermosa. Una novela pequeña que sigue demostrando las grandes dimensiones que como escritor posee  Niccolò Ammaniti.

« Previous PageNext Page »